Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Aiden

—¡Te la follaste! —Al igual que tú. No entiendo a qué viene el numerito.

—No, si al final parece que soy el único tonto. Y eso que se supone que soy el listo de los tres —murmuré.

—¡¡Cállate!! —gritaron a la vez.

Puse los ojos en blanco y me dejé caer en la cama. Si se querían matar, bien, que lo hicieran. Más para mí.

—Deja de ser tan dramático y centrémonos en lo que importa.

—¿Y eso es…?

—Averiguar qué es lo que busca Valery. Dijo que tenía algo que ver con Katrina.

Dicho eso, ambos se giraron para observarme. Volví a poner los ojos en blanco y apoyé los codos en la cama.

—Oh, ¿ahora ya se me permite hablar? —cuestioné con chulería.

—No empieces tú también. ¿Qué es lo que sabes?

—Pues no mucho. Os recuerdo que tuve que salir pitando porque cierto animal estaba a punto de cargarse nuestra misión, literalmente hablando.

—Y debería haberlo hecho.

—Claro, me había olvidado de que hacer que Katrina nos odie era parte del plan —contesté.

—Te crees muy listo, ¿verdad?

—No me lo creo. Lo soy —proclamé con una sonrisa enorme en el rostro.

Acción que, sin duda, lo hizo enfadar más, ya que se arremangó ambas mangas y dio varios pasos hacia mí. Hasta que él se interpuso.

—Suficientes peleas por hoy. Estamos de acuerdo con el hecho de que no esperábamos que ella fuera su hija, pero no podemos hacer nada al respecto. Ahora lo que importa es averiguar qué es lo que busca esa niña. ¿Cuándo vuelves a verla?

—Se supone que, dentro de una hora, pero, sabiendo lo plasta que es, llegará en unos minutos.

—Bien. Averigua qué busca y la relación que tiene con Katrina. Seguro nos será de utilidad.

—No entiendo por qué seguimos jugando a esto.

—¿Qué propones? Déjame adivinar. ¿Terminar la misión de un golpe y secuestrarla? —pregunté.

—¿Por qué no? Le contaríamos la verdad.

—¿Y si no la acepta? Y, aunque lo haga, ¿crees que nos va a perdonar?

—Pues la retendría hasta que lo hiciera —respondió, encogiéndose de hombros.

Nosotros suspiramos, aburridos ya de su cabezonería cavernícola.

—Ya hemos hablado de esto. Es importante ceñirnos al plan.

—Por supuesto, porque tus planes siempre son la mejor opción.

—Exacto —contestó, enfrentándose de nuevo el uno al otro—. Por algo yo soy la astucia, él la inteligencia y tú el caos. Así que nos mantendremos en lo acordado —sentenció antes de voltearse a verme—. Averigua qué narices busca la mocosa. Puede que sea lo que nos dé la ventaja final.

Asentí y, sin más, ambos desaparecieron.

Me quedé contemplando el techo blanco e impoluto.

Pensando en cómo fue que acabamos allí. Cómo la vida podía llevarte a donde se suponía que debías estar sin importar la mierda que estuvieras pasando.

Las posibilidades de que nos encontráramos eran efímeras y más de que acabáramos así.

Lo que me llevó a pensar en ella y en aquella tarde.

Metí la mano en el bolsillo, donde siempre lo llevaba, y comencé a acariciarlo. Su tacto era áspero, duro, envejecido por el paso de los años.

Mis pensamientos se cortaron con el sonido que produjo la puerta al ser golpeada. Odiaba esta parte de la misión, pero no me quedaba otra y menos ahora que sabíamos que era tan importante, así que  cogí aire y me incorporé.

Los golpes eran cada vez más frenéticos, así que me apoyé en la madera y esperé.

En cuanto sentí su peso sobre ella, abrí de un tirón.

Valery cayó hacia delante, directa a comerse el suelo con los dientes.

Su chillido fue muy gracioso, más cuando lo único que se le ocurrió fue tapar su rostro con las manos.

Así que justo antes de que acabara con la cara aplastada, alargué la mano y la cogí por la parte trasera de la ropa.

Su cuerpo quedó suspendido en el aire, a escasos centímetros del suelo, pero en vez de levantarla, fui yo quien se agachó.

—Parece que hay mucho que tienes que aprender aún, niñita.

—¡Lo has hecho a propósito! ¡Suéltame ahora mismo!

—Como tú digas.

Tal y como ella me solicitó, solté su ropa y cayó, provocando un sonido que me hizo reír.

Muchas veces me costaba creer que ambas fueran hijas del mismo hombre estricto y severo.

Sin prestarle la más mínima atención, puse rumbo al escritorio y me dejé caer en mi asiento.

Valery comenzó a protestar e insultarme por lo bajo, o no tan bajo, teniendo en cuenta que escuchaba todo.

Una vez terminó con su pataleta, se sentó a mi lado.

—Empecemos —dijo entre dientes.

—Primera lección de hoy. Si te caes, coloca las manos hacia delante; ayudarán a amortiguar la caída. Cubrirte el rostro no sirve de una mierda.

—¿Te has vuelto loco? ¿Y si me hago daño en la cara? Este sábado tengo un recital.

Bufé y puse los ojos en blanco.

—Mira, mejor comencemos; ya suficiente tortura es tenerte aquí como para escuchar tus tonterías.

—Sabes, teniendo en cuenta todo el follón que estás montando, deberías ser más amable. Perderme como aliada no te traería nada bueno.

—¿Lo dices por lo de la cabeza? No creo que haya sido para tanto.

—Lo digo por todo en general. Mi padre y Katrina jamás habían discutido y ya no digamos que ella le desobedeciera. Si a eso le sumamos que has logrado enfrentarlo también con mi madre y que el consejo ayer lo llamó… Lo dicho, no te conviene perderme —dijo y se cruzó de brazos.

—¿El consejo lo llamó? —interrogué con la frente fruncida.

—Sí, y antes de que me preguntes, no tengo ni idea de para qué. Puedo imaginármelo al igual que tú, pero mi padre no ha dicho una sola palabra sobre el tema.

—¿Y cómo se enteraron tan rápido?

—No tengo certeza, aunque creo conocer al responsable. Es más, tú también lo conoces.

La observé perplejo. Los engranajes de mi cabeza comenzaron a girar uno tras otro, pero no podía ser. No podía ser él.

—Oliver —dije con cuidado.

—Bingo.

—Es imposible. No es más que un cagado; nunca iría en contra de mis órdenes.

—Él solo no.

—¿Qué quieres decir?

—No digo nada. Son solo suposiciones o puedes llamarlo un pálpito. Él siempre ha querido destruir a Katrina. No es la primera vez que lo intenta.

—¿Qué…?

—Mira —dijo y alzó la mano para callarme—, voy a confiar en ti, a pesar de que todo mi ser me diga que no lo haga, creo que de verdad quieres a mi hermana. Y si es así, me ayudarás.

Asentí sin decir nada más, aunque me moría de ganas por decirle que debía confiar en su instinto. Ya que yo podía ser muchas cosas, pero de confianza no, y mucho menos para ella.

—Tú te has criado aquí, así que estabas cuando sucedió el gran incendio.

Si antes tenía curiosidad por lo que buscaba, al mencionar eso, tenía toda mi atención.

—Por tu cara voy a deducir que lo conoces. Bien, pero lo que no se dijo es que mi hermana y yo tuvimos algo que ver. Eso y que no fue un accidente como se notificó, sino que fue provocado.

Ese último dato ya lo conocía; era una de las razones por las que estábamos allí. Por la que llevábamos años planeando, esperando la oportunidad, pero había algo que no me cuadraba.

—¿Qué tenéis que ver, tu hermana y tú, con el incendio?

—¿Qué es exactamente lo que sabes sobre ese suceso?

—Que se cobró la vida de uno de los chicos. La casa era antigua y estaba en ruinas. Muchos la usábamos para ir a despejarnos y pasar el tiempo. Al parecer, hubo un cortocircuito en la caja de luces. Eso provocó el incendio.

No tenía certeza de qué era lo que Valery sabía, así que le di la versión oficial. Haciendo como si no supiera nada, como si no fuera algo que ya hubiese investigado. Algo que había repasado una y otra vez. Si ella pensaba que no conocía la verdad, quizás me diera algo nuevo de lo que tirar.

—Eso fue lo que se dijo, pero no lo que sucedió.

Verás, hace unos años, estaba buscando algo en el despacho de mi padre y encontré una carpeta.

Como la cotilla que soy, la abrí y descubrí que eran fotos e informes sobre aquel día.

Lo que provocó el incendio no fue el cuadro eléctrico, sino gasolina.

Me dejé caer en el asiento; era una pérdida de tiempo. No me estaba diciendo nada que no supiera ya, aunque, por el bien de la misión, puse mi mejor cara de asombro, la cual no pareció convencerla.

Valery entrecerró los ojos y me observó con atención.

—Tú ya lo sabías —dijo y me apuntó con el dedo.

—¿Qué te puedo decir? Soy una persona curiosa. —«Y más si eso me afecta».

—Vale, pero lo que seguro no sabes es que todo fue planeado para matar a Katrina.

Mis ojos se abrieron de golpe y mi sangre se heló. «No. No. No puede ser».

—¿Cómo…? ¿Qué…?

Era la primera vez en mi vida que me quedaba sin palabras. Sin una respuesta coherente que dar.

—Pero Katrina no estaba ahí —fue lo único que pude decir.

Era algo de lo que tenía completa certeza. «Ella no apareció. No estaba cuando se produjo el incendio. ¿Verdad?».

—Sí que estaba, llegó más tarde, pero fue.

Mi respiración se cortó, mi sangre se heló y todo mi mundo cayó a mis pies. Valery ignoró mi shock y siguió hablando, contándome un dato que lo cambiaba todo. Que nos cambiaría a todos.

—El día del incendio encontré a Katrina robando comida en la cocina.

Mi abuelo era muy exigente con su alimentación, así que no me sorprendió que robara, pero me juró que no era para ella, sino para unos niños, y me hizo prometer que no diría nada.

Luego se marchó en dirección a la casa, aunque regresó poco después, llorando.

—¿Fue a la casa? —interrogué con incredulidad.

—Sí. No llegó porque se encontró con Oliver. Él, aparte de meterse con ella como siempre por su peso, le dijo que tuviera cuidado con las sombras, que eran muy traicioneras. Katrina se asustó, ya que tenía muy claro que él quería su muerte. Y el camino a la casa…

—Estaba lleno de sombras —murmuré.

—Así es.

—Para intentar ayudarla, me ofrecí a acompañarla. También me escabullía allí de vez en cuando, por lo que sabía el camino.

—Pero todo era una trampa —dije, con los engranajes de mi cabeza volviendo a funcionar.

—Sí, en cuanto entramos, la casa se puso en llamas.

—Y crees que tú no eras el objetivo.

—No lo creo, estoy segura. El objetivo era Katrina, aunque yo era un daño colateral muy válido.

—¿Cómo conseguisteis salir de ahí?

—No tengo la menor idea. Lo último que recuerdo es que me desmayé por el humo y que Katrina luchaba por cargarme. Cuando desperté estaba en el hospital. Mi hermana se encontraba a mi lado, pero desde entonces no volvió a ser la misma.

—¿Y tú qué es lo que quieres hacer?

—Quiero quitarle ese peso de encima a Katrina; ya lleva muchos, merece por lo menos liberarse de este. Si demuestro que ella no fue la responsable, sino Oliver, por fin podrá tener paz, y ya de paso tendrá carta libre para matar a ese carbón. Son todo ventajas.

—Oliver era un niño.

—Lo sé… Sé lo raro que parece, pero créeme, fue él, estoy segura.

—Para conseguirlo debió tener ayuda.

—Al igual que para chivarse al consejo.

Nos observamos. Era algo gordo. Muy gordo… Si lo que Valery estaba contando era cierto, y sabía que lo era. Lo cambiaba todo y significaba que nos habíamos equivocado.

—Tienes que irte —dije, cogiéndola del brazo y arrastrándola a la puerta.

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Confié en ti!

—Aunque no me creo lo que voy a decir, hiciste bien. Pienso averiguar la verdad y te aseguro que te lo contaré todo, pero ahora tienes que irte.

No le di tiempo a seguir protestando. Abrí, la saqué a empujones y, antes de que intentara volver a entrar, cerré de golpe. Saqué el teléfono y busqué el grupo.

Dañado 2:

Reunión urgente.

Dañado 3:

Ya la has liado?

Dañado 1:

Qué has averiguado?

Dañado 2:

Es sobre el incendio. No era lo que

pensábamos. Ella fue. Estuvo allí.

Silencio, eso fue lo que conseguí tras mis palabras. El chat se quedó durante unos instantes sin una sola respuesta y yo caminaba de un lado a otro de la habitación, con la desesperación consumiendo cada poro de mi cuerpo.

Dañado 2:

Me habéis escuchado????

Dañado 3:

Estoy llegando.

Dañado 1:

Estoy llegando.