Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Ramsel

Ni la oscuridad de la noche conseguía que no viera la sangre.

La prueba de su amenaza, de su sentencia.

No solo hacia todo ser viviente de este recinto, sino también hacia mí.

El mensaje era fuerte y tan claro como el agua: no se iba a acobardar…

Iba a tenerla, aunque eso significara matar a todo aquel que se le cruzara en el camino, incluso si eso me incluía.

Lo vi en sus ojos esta tarde cuando me apuntó con el arma. No iba a ceder. Me gustara o no, estuviera de acuerdo o no… Katrina era suya.

La puerta del despacho se abrió y me sacó de mis pensamientos.

A través del reflejo del cristal pude ver cómo Kamilia entraba con una bandeja de comida.

Estaba tan enfadado en la cena que no probé bocado.

Lo peor era que, al parecer, yo era el único en esta familia que veía el problema de esa situación, ya que mi esposa e hija estaban encantadas con la idea de que Katrina y Aiden estuvieran juntos.

Dejó la bandeja con cuidado sobre el escritorio, pero en vez de marcharse, se cruzó de brazos y levantó una ceja.

Suspiré y me di la vuelta. Lo mejor sería acabar con esto cuanto antes.

—Di lo que tengas que decir y acabemos de una vez.

—A mí no me hables así, Ramsel. No soy una de tus subordinadas.

Me presioné el puente de la nariz, dejándome caer en la silla. «Empezamos bien…»

—No tengo un buen día, Kamilia, y estoy seguro de que nuestra conversación no va a mejorarlo, sino lo contrario.

—Estás de ese humor porque tú quieres. Sigo sin ver por qué te parece tan mal que estén juntos. Katrina merece ser feliz. Y si la persona que lo consigue es Aiden, bienvenido sea.

—Son asesinos de familias rivales.

—¿Y? —interrogó volviendo a alzar la ceja.

—Conoces tan bien como yo las normas.

—Eso no te importaba antes.

—Y mira cómo acabó, arruinando nuestras vidas.

Mis palabras cayeron como una bomba, dejando en absoluto silencio la estancia.

—Kamilia, yo…

—No —me cortó, levantando la mano—, me ha quedado claro. Lamento que pienses así, pero Katrina ya carga con un peso que no debería. Esa responsabilidad nunca fue suya.

—Siempre lo fue. Es mi hija.

—No, Ramsel. Es nuestra hija… Y como su madre, no pienso dejar que la sigas forzando a ser lo que no quiere.

—Es su obligación. Es para lo que nació.

—Te vuelves a equivocar. Ella no nació con ninguna obligación; tú se la impusiste. Solo porque decidiste priorizar tu felicidad a la de ella.

Abrí los ojos de golpe y la ira me inundó como un tsunami.

—Tienes que estar de broma. Lo hice por nosotros, por ella. Peleé contra todo el consejo por reclamar lo que le pertenecía por derecho. Lo hice contra mi propio padre. ¡Maté a mi hermano por su derecho! —rugí y golpeé el escritorio con el puño.

—¿Seguro que fue por ella? ¿Estás seguro de eso, Ramsel?

Nos miramos con fijeza a los ojos sin decir nada.

Por mi lado, era incapaz de procesar lo que escuchaba.

Por el suyo, se mantenía firme. Impasible ante todo lo que decía.

Su postura me recordaba a la mujer de la que me enamoré: Fuerte, desafiante, terca.

Lista para luchar contra el mundo. A la mujer que era antes de esa fatídica noche.

Antes de que nuestras vidas se arruinaran.

Abrí la boca para responder, aun sin saber qué decir, aunque conocía esa expresión y quedarme callado no era una opción, pero antes de pronunciar palabra, la puerta se volvió a abrir, dejando ver a uno de mis hombres.

—Señor.

—¿No sabes llamar? —inquirí molesto.

—Lo siento, pero es urgente. Los del consejo están en videollamada y dicen que lo quieren ver ahora mismo.

«Genial, lo que me faltaba». Lo más probable era que ya se hubieran enterado de lo de esa tarde.

—Diles que estoy reunido, no tardo más de cinco minutos.

—No será por mí —interrumpió Kamilia—. Ya me iba.

—Kamilia…

—Tranquilo, Ramsel. Ve y atiende a tu adorado consejo —dijo y se dio la vuelta en dirección a la puerta, pero se detuvo en el umbral—. Puede que tu vida esté arruinada, pero no pienso dejar que le hagas lo mismo a nuestra hija.

Sin más, salió sin ni siquiera voltearse para mirarme. Yo me quedé observando, completamente callado y perplejo.

—Señor, el consejo.

Cerré los ojos y llené mis pulmones de aire. Cogí mi teléfono y salí para ir a la sala de juntas, con las palabras de Kamilia repitiéndose como un disco rayado.