CAPÍTULO 16
Aiden
Ella lo era todo, siempre lo había sido. Desde el primer segundo en que mis ojos captaron los suyos, supe que tenía un problema. Su abuelo decía que, si nos atrapaban, nos podíamos dar por muertos; lo que no sabía era que yo ya lo estaba y todo por culpa de ella.
El despojo humano al que la habían enviado a matar seguía gritando y rogando una piedad que nunca llegaría; que era ignorada, apartada como una mota de polvo. Eso era para ella su vida, algo que no valía la pena ni mirar.
Ubiytsa no lo soltaba. Meneaba su extremidad con tanta vehemencia que el hombre era como un muñeco de trapo en sus fauces. No se cansaba, ni cedía ante los pocos golpes que él lograba asestarle. Se mantenía firme en su causa. Incluso diría que le divertía.
Katrina no les prestaba atención; toda estaba centrada en mí, con sus ojos consumiendo los míos, sus ansias alimentando las mías y su excitación avivando la mía.
Lo hacía con determinación; parecía que algo hubiese cambiado en ella.
Como si en el último instante se despojara de un gran peso, dejando de aparentar y siendo quien era en realidad.
Lo que siempre había querido ser. Una hoja movida por el viento: Libre, ligera, sin cargas.
Di un paso. Ella otro. Todo sin apartar mis ojos de los suyos, sin perder esa electricidad que nos tenía amarrados. Yo era el fuego y ella mi gasolina. Yo era el cazador y ella mi eterna presa. La presa que por fin tenía a mi alcance, la que tanto había ansiado y esperado.
Caminamos hasta quedar uno delante del otro, hasta que solo nos separaba un roce. Ambos teníamos la respiración agitada, los ojos brillando de lujuria y deseo.
No aguardé más. No podía. La deseaba tanto…
Estiré la mano y la enrosqué en su cintura.
Tiré de ella hacia mí, pegando nuestros cuerpos.
Katrina acarició mi mejilla. Su roce era una locura; se sentía como si fuegos artificiales estallaran contra mi piel.
Me dejé caer sobre su mano y disfruté de cada segundo, de la suavidad de su piel contra la mía.
Mi polla se agitó en mis pantalones y no pude evitar pensar en lo fácil que le resultaba. Con qué poco lograba tenerme a sus pies como un cachorro rogando cariño. Lo sencillo que le era apaciguarme, cabrearme, callarme… Era un juguete en sus manos y lo peor es que ella lo sabía. Lo disfrutaba.
Apreté más nuestros cuerpos, rozando mi longitud contra su vientre. Contuvo un gemido y no pude soportarlo más. Bajé la cabeza hasta pegar mis labios a los suyos. Ese simple contacto estalló una bomba imaginaria.
Enterró sus dedos en mi cabello y tiró de él con fuerza. Mis manos llegaron hasta sus nalgas y la alcé, consiguiendo que sus piernas se enredaran en mi cintura y su sexo se apretara contra el mío. «Joder, quiero más. Necesito más».
Nos moví hasta apoyar su espalda en el árbol más cercano.
No fui delicado, cuando siempre lo era, pero lo que ella provocaba en mí era tan poco natural que me cabreaba hasta perder la cordura, el razonamiento, la lógica.
Lo hacía hasta que perdía todo lo que me definía, lo que me diferenciaba de ellos.
Apoyó la cabeza contra la corteza, dejando su cuello a mi merced, y no me resistí. La mordí con tal fuerza que chilló. Sus gritos se fundieron con los de su víctima, con los rugidos de su bestia y con el vaivén de las hojas que nos rodeaban.
Sus manos se dirigieron con urgencia a mi bragueta.
Me moría de ganas por permitirle liberarme, dejar que hiciera lo que quisiera conmigo, pero había otro hombre en ese lugar.
Otra persona que podía escuchar sus gemidos de placer.
Uno que hasta hace unos segundos la codiciaba y la deseaba para él.
Ellos me matarían si permitiese tal cosa.
Hasta yo quería hacerlo solo de pensarlo.
La detuve cuando ya casi me tenía libre, cuando sus dedos rozaban mi piel más sensible.
—Como se te ocurra detenerme, te mato aquí mismo —reclamó con furia.
Sonreí de lado. Esa faceta suya solo conseguía excitarme más.
—No pienso dejar que él te escuche. Los sonidos que salgan de estos labios —dije, estirándo el inferior con el pulgar—, hoy son solo míos.
No se enfadó, ni cumplió su amenaza. En vez de ello, aferró con más fuerza sus piernas a mi cintura, elevó su cuerpo hasta que mi glande, ya un poco fuera del pantalón, presionó contra su ropa interior y sus labios quedaron a un suspiro de los míos.
—Si ese es todo el problema, tiene solución. Ubytsa, zabít.
En cuanto esa palabra salió de sus labios, la bestia soltó la extremidad del hombre, pero no tardó en ir a por otra parte de su cuerpo.
Observé y escuché, entre maravillado y asqueado, cómo Ubytsa hundía los colmillos en su rostro.
Su cráneo se astillaba y su piel se rasgaba, separando su carne y dejando que la sangre brotase.
Antes de terminar de asimilarlo, ella ya tenía su rostro colgando de sus fauces. Mi vista se desvió un solo segundo hasta el cuerpo sin vida tendido debajo de ella.
No sabía cómo sentirme. La imagen era… ¿Increíble?
¿Asquerosa? Ni siquiera yo tenía palabras para definirlo, pero le di la vuelta, sin ser consciente del motivo ni de la razón que me impulsaba a ello.
Puse a Katrina con su rostro mirando hacia su bestia, hacia ese animal que ella misma había educado para ser un depredador tan formidable.
Quería que lo viera. Que observara el caos que había causado, la sangre que había derramado.
Incliné su cuerpo hacia delante, dejando su culo a mi merced y sus ojos puestos sobre el cadáver que Ubytsa devoraba.
—¿Mejor ahora? —dijo sin importarle la postura.
Esa mujer era perfecta para nosotros… Y nosotros para ella.
Sin nada que nos interrumpiera y con una imagen sin igual, me deshice de todas mis barreras. Todos esos pensamientos que me retenían, los que me hacían ser el prudente, el sereno de los tres.
Me convertí en ellos. En lo que ella necesitaba.
Rajé su ropa interior y me introduje de una estocada. Su espalda se dobló hacia arriba, dejando una curva que tracé con mis dedos, que recorrí hasta terminar enterrándolos en su cabello y tirando de él hasta llevarla a la posición en la que tenía que estar.
—¿Te gusta? ¿Te excita ver el desastre que has montado?
Mis embestidas se hacían más feroces, necesitadas.
Katrina se aferraba a lo que podía, enterrando las uñas en mi carne hasta hacerme sangrar y llevarme a la completa locura.
El dolor, el placer. Todo se difuminaba en una línea casi inexistente, completamente invisible por el sonido que hacía mi polla al entrar y salir de su coño.
Sus gemidos se alzaban sobre el viento. Sobre esas hojas que caían una tras otra encima de nosotros. Sobre el ruido de Ubytsa rasgando y masticando la piel de su víctima mientras se la comía, degustando su recompensa. A su lindo cervatillo…
La corriente que danzaba por mi cuerpo se hizo mayor cuando su centro se estrechó sobre mi miembro, que comenzó a palpitar en cada embestida.
Cuando ya me era casi imposible sacarla, mis dedos rodearon su cuello, dejando pequeñas marcas en su piel blanca, privando a su cuerpo del oxígeno que necesitaba, haciendo que su corazón y el mío golpearan con más fuerza de lo que ya lo hacían.
Mi piel se erizó, mis dedos se doblaron y mi glande se agrandó como nunca.
Con sus aullidos y los míos resonando en mi mente, me corrí con un rugido atroz. Uno que salió de lo más profundo de mi ser. De esos que quiebran el cuerpo, pero sobre todo el alma.
Era lo único que me quedaba por entregarle a esa mujer y, sin saberlo, se lo había llevado esa noche, convirtiéndose en la dueña de todo.
Mi mente… Mi cuerpo… Mi corazón… Mi alma.
Todo le pertenecía. Ya no me quedaba nada más que entregarle, por lo que solo tenía una misión: llevarme lo mismo de ella.
Y lo haría, así me costara la vida…