Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Marik

El tacto se había convertido en mis nuevos ojos, el oído en mi salvavidas y el olfato en mi seguridad.

Era increíble cómo perder un par de sentidos había hecho que reacomodara los otros.

Cómo me había tenido que adaptar a mi nueva realidad, a mi nueva vida.

Una que se encontraba apagada y llena de oscuridad.

La visita de Smert lo había cambiado todo y dejado claro lo indiscutible: No éramos más que cucarachas bajo los pies de Mikhail. Insectos de los cuales se desharía sin contemplaciones si así lo quisiese. Había ido a por mí sin importar mi conexión con Ramsel y ahora iba a por Gabriele.

Mikhail siempre fue osado, creyéndose un rey entre reyes.

El único que podía tenerlo todo. Y ahora, con ese asesino a su lado, su ego había aumentado a niveles inimaginables.

Una parte de mí lo odiaba por ello; la otra lo envidiaba.

Si yo tuviera a Smert conmigo, sería el más fuerte, el líder de todos, el intocable, pero ahí estaba.

Siendo el hazmerreír, el último del escalón, el paria del grupo.

Un grito gutural explotó desde mi interior, a la vez que barría todo lo que encontraba en mi escritorio.

Eso era lo que me había hecho él. Lo que me habían hecho ellos y lo que había permitido ella…

Mi asesina. La que se debía encargar de protegerme había permitido que mi verdugo entrase en mi casa, matase a mis hombres y me mutilara.

«Él tenía razón. Ella no debería ocupar ese puesto y mucho menos, ocupar el que le espera».

Escuché cómo la puerta se abría y las pisadas se aproximaban. Por el sonido, sabía que era Milko. Me había acostumbrado al ruido de sus zapatos. Era el único que se mantenía a mi lado, el que aguantaba mis explosiones y ayudaba a gestionarlo todo. Se había convertido en mis ojos y mi voz.

Apoyé las manos en el roble de la mesa, con la cabeza caída hacia delante y el pecho agitado de la rabia.

Oí cómo recogía las cosas del suelo, cómo pisaba los cristales rotos y se colocaba frente a mí.

Deslizó lo que sabía que era una libreta y un bolígrafo y aguardó, a la espera de que yo decidiera cogerlo.

Suspiré. Con cuidado, tanteé la silla a mi espalda, me senté, acerqué mi cuerpo hasta que mis rodillas tocaron la madera del escritorio y cogí lo que me daba.

No era fácil, pero me había acostumbrado a ello.

No me quedaba otra manera de comunicarme; él se había encargado de ello. Hasta me lo había susurrado.

Sabía que mi letra no era pulcra y lo más probable es que fuese poco comprensible, pero Milko nunca se quejaba; él seguía a mi lado como si nada.

«¿Se ha comunicado?»

—Sí. Ha dicho que nos lo advirtió. Que llevaba años diciendo lo mismo y nadie quiso escucharlo. El día que ellos quieran deshacerse de nosotros, nadie los detendrá, ni siquiera el consejo.

«¿De Gabriele?»

—Que es mejor esperar. Él nunca se pondrá de nuestra parte y menos de la de él, pero que con suerte se terminan matando entre ellos.

«¿Y de lo otro?»

—Está de acuerdo. Si ya es un problema ahora, cuando ocupe el puesto, lo será más. No podemos fiarnos. Él es la mejor opción. Es más manejable.

«¿Y la pequeña? ¿No le importa?»

—Dijo textualmente que era otro grano en el culo. Que hiciéramos con ella lo que nos diera la real gana. Eso sí, que no nos lo tomemos con calma. Al parecer, a la chiquilla le ha dado por husmear donde no debe.

«No entiendo cómo siempre logra enterarse de todo.»

—Ni yo, señor, pero dijo que esto era un asunto primordial.

«La chica lleva años buscando y nunca ha conseguido nada.»

—Pero ahora tiene a Aiden a su lado y, si consiguen lo que buscaban, sería nuestro fin.

«También el suyo.»

—Lo mismo le dije, pero respondió que en su caso tiene alguien que lo resguarde. Nosotros nos quedaríamos solos y a merced de todos ellos. Y con todo el respeto, señor… Tiene razón. Nos cazarían como ratas.

«Bien, pues pon todo en marcha y dile que tiene nuestro apoyo.»

—Enseguida, señor.