Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 14
26%

CAPÍTULO 14

Katrina

Oscuridad. Sigilo. Rapidez. Paciencia. Invisibilidad. Eran las cinco lecciones principales de todo asesino y en la última, yo era experta… Lo había sido toda mi vida, incluso antes de que me enseñaran a serlo.

Me apoyé en la columna del rincón. Cerré los ojos, intentando despejarme. Llevar mi mente lejos de ese tugurio, lejos de la misión a la que me habían enviado. El problema era que cada vez que lo intentaba, terminaba pensando en él. En sus ojos, la suavidad de su cabello, el tacto de su piel…

Suspiré y volví a la realidad, fijando mi mirada en mi presa. Estaba jugando a las cartas. Ya había perdido una gran suma de dinero, pero se negaba a parar. Seguía intentando recuperar lo que era imposible. Desesperado por una victoria que nunca llegaría.

El plan principal era vigilarlo, esperar a que se cansara y seguirlo hasta afuera, donde me sería más fácil matarlo sin llamar la atención de cientos de personas, pero visto que acababa de pedirse otra copa, no se movería de ahí en horas y yo ya estaba cansada de esperar.

«La penúltima lección nunca la llevé bien». Así que nada… plan B: Seducirlo y llevármelo. Solo pensar en que me iba a tener que dejar tocar por ese tipo me daba náuseas, pero mejor eso que seguir allí la noche entera.

Salí de mi escondite y caminé directa a la silla, a su lado. Estaba a dos pasos de cogerla y sentarme, pero se me adelantaron.

Me quedé de piedra. Con los ojos muy abiertos y una expresión de asombro. ¿La razón? El nuevo jugador que había ocupado mi lugar. No me dio tiempo a reaccionar. Alargó el brazo, lo enroscó en mi cintura y tiró de mí hasta sentarme en su regazo.

—¿Qué haces aquí? —susurré solo para nosotros.

—Jugar a las cartas —contestó sin mayor importancia.

Lo fulminé con la mirada. Aiden ni se inmutó y pidió al crupier que repartiera.

—Estoy trabajando, tienes que irte —insistí.

—Lo ibas a seducir.

No sabía cómo se había dado cuenta, tampoco le pregunté. Sobre todo, porque era verdad.

—¿También vas a clavar su cabeza en una pica?

—Podría.

Entrecerré los ojos. No parecía el de esa tarde.

Estaba calmado, callado, atento, evaluando todo y a todos a su alrededor.

Su actitud me recordaba a la de la cena, cuando metió la cabeza de Oliver en el plato y lo hizo atragantarse con el puré.

Nada tenía que ver con la locura que había desatado horas antes.

«Tampoco parezco de los que salen desnudos por el pasillo o meten la cabeza dentro de las fauces de una fiera».

—¡Mierda! —El grito del hombre a nuestro lado me sacó de mis pensamientos. Había vuelto a perder, «qué sorpresa».

Aiden se echó hacia atrás en el asiento, llevándome con él, y tiró las cartas boca abajo sobre la mesa.

—Estoy de acuerdo, esto es una mierda.

—Dímelo a mí, he perdido una millonada —contestó la presa.

—Debería haberle hecho caso a mi chica e ir al otro casino —comentó y me observó—. Solo espero que no esté muy enfadada.

A medida que iba hablando, su mano subía por el largo de mi brazo. Mi piel reaccionó como siempre lo hacía y se erizó. Cuanto más lo hacía, más lento me acariciaba. Regocijándose en lo que me provocaba su tacto.

—No tiene pinta de estar enfadada —murmuró el hombre.

—No, ¿verdad? Y eso que hasta hace un minuto no paraba de recordarme que hoy estaba el crupier que siempre va colocado.

Sus esmeraldas marrones absorbían las mías azules. Y yo, pareciendo una adolescente embobada y no la asesina de élite que era, me dejé llevar. Consumida por esa atracción que teníamos.

Un pellizco en la cintura me hizo parpadear. Volver a la realidad, a mi presa. El hombre me observaba con intriga y lascivia. Sus ojos viajaron del canal de mis pechos a mis labios. Me mordí el inferior y él suspiró, lo que ocasionó que Aiden llevara la mano libre hasta el cuchillo en su espalda.

Estaba dividida. Entre seguirle la corriente y así tener una excusa para sacar a la presa de este lugar, o provocarlo solo para ver el caos que ocasionaba.

Lo negaba, pero en el fondo me gustaba. Estaba encantada de ser la causa por la cual perdía la cordura.

Por la que se resquebrajaba su fachada perfecta.

Mi mano lo tuvo claro antes que yo misma. Se movió con lentitud, subió desde mi pierna, a través de mi abdomen hasta la costura de mi escote. Acaricié con suavidad el contorno de mi seno derecho y eso fue todo.

A la presa se le escapó un gemido involuntario.

Aiden sacó el brazo de su espalda a una velocidad asombrosa y se lanzó a por él, pero lo detuve.

Apoyé mis manos sobre su pecho y lo volví a sentar en su asiento.

Él desvió su atención hacia mí. Con el ceño fruncido y los ojos brillando de ira.

Le sonreí sin molestarme en ocultar mi regocijo, momento que mi presa aprovechó para huir, llevándose el poco dinero que le quedaba.

El silencio lo reinaba todo. La gente había dejado de jugar, los crupieres de repartir y los de seguridad nos observaban esperando para intervenir. Hice lo que tanto le había visto hacer a ella. Me puse de pie y fingí la sonrisa más dulce.

—¿Qué hombre no se pone sensible cuando otro codicia lo suyo? —comenté con gracia.

Conseguí lo que pretendía, cuando unos comenzaron a reír, otros bufaron y los de seguridad retrocedieron. Puse rumbo hacia donde sabía que él estaría y Aiden no tardó en seguirme. Acomodó su mano en mi espalda, como si fuera él quien me guiara al exterior y no al revés.

Fuera, la noche lo cubría todo. La luz de la luna no llegaba para dar claridad a ese paraje en medio de la nada y perdido de la mano de Dios.

El ruido de un forcejeo se hizo cada vez más fuerte, más desesperado. Era él. Mi presa. La víctima de esa noche, que forcejeaba con la puerta de su coche, como si por arte de magia esta se fuera a abrir… Me había encargado de que no sucediera y que no tuviera escapatoria.

—¿A dónde vas, mi pequeño cervatillo?

Mi voz lo hizo detenerse; su rostro reflejaba pavor. Ojos y boca bien abiertos, tez blanca como la leche. Mis labios se estiraron. Algo en esa reacción despertaba un cosquilleo en mi interior. Como cuando la brisa de otoño hace que las hojas de los árboles acaricien tu piel.

Puede que estar tanto con Neith me hubiese dejado tan mal como a ella, o puede que tuviera razón y ese fuera mi verdadero yo.

Al ver que no conseguía su propósito, volvió a hacer lo de antes. Salió huyendo como si tuviera escapatoria. Como si el bosque le fuera a dar refugio.

Nunca lo había cuando un cazador salía de caza.

Aiden maldijo y se preparó para ir a por él. Lo cogí del brazo y evité que se moviera. Se fijó en mi mano y luego en mis ojos. No entendía nada. No lo culpaba; jamás me había visto trabajar.

—¿Vas a dejar que se escape?

—No —respondí con seriedad.

—¿Quieres correr tú detrás de él?

—¿Estás loco? ¡Llevo tacones!

—Pues ya me dirás, porque yo paso de buscarlo toda la noche por el bosque.

Puse los ojos en blanco y saqué el silbato de mi bolso. Me lo llevé a los labios y soplé. No hubo ruido; el silencio lo seguía bañando todo. Tan solo hubo un movimiento. Una sombra, baja, oscura, tan rápida que por poco no se notó.

Aiden me miró de lado y yo le sonreí. Volví a guardar el silbato y caminé con completa calma por donde se había ido.

Él me siguió, lo hizo hasta que un rugido, seguido de un grito desesperado, quebró el cielo.

Seguimos el sendero que nos llevaba hasta ellos y, cuando los encontramos, el orgullo me llenó.

«Ella nunca falla».

El cervatillo estaba en el suelo, gritando y retorciéndose del dolor. Sus uñas escarbaban la tierra, buscando un apoyo para poder salir de su agarre, pero era imposible.

Ubiytsa apretaba su pierna. La sangre goteaba de su boca, su nariz estaba arrugada y su gruñido era suave, pero letal. Me aproximé y acaricié su lomo erizado, consiguiendo que aflojara el agarre. Su gruñido cesó y se alejó… No mucho, lo suficiente para volver a atacar.

—¡¿Quién coño sois?! No he hecho nada —lloraba el pobre cervatillo.

—Solo soy una mandada.

—No he hecho nada —repitió con desesperación.

Era tanta que no se le ocurrió nada mejor que arrojarme una piedra. La esquivé, pero su estúpido intento de defensa ocasionó que Ubiytsa volviera a morderle. Esta vez con suficiente fuerza como para hacer estallar sus huesos.

Aiden se mantuvo en todo momento a un lado, observando, analizando lo que ocurría. Su presencia provocaba algo en mi interior difícil de controlar. Cada vez era mayor; cada oportunidad que dejábamos a medias lo empeoraba.

El hombre seguía gritando y llorando; yo solo pensaba en acabar con esto para centrar mi atención en lo que me era importante.

Estaba agotada. Cansada de que mis actos siempre fueran para los demás y nunca para mí. Frustrada por tener que seguir un camino que nunca quise. Un legado que nunca pedí y una responsabilidad que detestaba.

Por una vez deseaba ser libre. Hacer lo que quisiera sin importarme las consecuencias. Y lo quería a él. Al hombre que me observaba como si él fuese el cazador y yo la presa. Al que lo hacía con una intensidad abrasadora. El único que estaba dispuesto a enfrentarse a todo por tenerme.

Nos miramos fijamente y lo tuve claro. «Voy a ser libre, aunque solo sea por una noche».