CAPÍTULO 13
Katrina
Esperar… Ese nunca había sido mi fuerte y menos cuando sabía lo que iba a ocurrir.
El ruido de sus pasos hacía eco en las paredes, su sombra se paseaba de una esquina a otra y sus murmullos me calentaban los oídos.
El mal humor de mi padre era indiscutible.
Estaba acostumbrada a verlo, a vivirlo, aunque rara vez iba dirigido hacia mí.
Sin embargo, desde que él había llegado, parecía que yo siempre era el foco… Y solo llevaba allí dos días.
—Como sigas así, vas a estropear la moqueta.
Mis palabras consiguieron que se detuviera en seco y me fulminara con la mirada.
Me mantuve recta, estoica, tal y como él mismo me había enseñado.
Lo que hizo que sus ojos centellearan. El orgullo batallando con el enfado.
El amor de un padre contra la ira por haberlo desobedecido.
Pero terminó suspirando. Rindiéndose ante lo que mi madre siempre llamaba una batalla perdida.
Tomó asiento en su silla y apoyó la frente contra sus manos.
El cansancio hacía mella. Sabía lo agotador que era estar en su posición, tener que llevar el peso del equilibrio…
Por eso, siempre me esforzaba por cumplir sus órdenes, respetar ese estúpido acuerdo y obedecer esas arcaicas normas.
El problema era que Aiden lograba que lo olvidase todo.
No entendía cómo era capaz de ello, pero así era y cada vez se hacía más innegable.
—Compensaré yo misma a la familia del chico.
Se dejó caer contra el respaldar, suspirando.
—No hay necesidad de ello, Katrina. Estoy seguro de que ese desgraciado se ocupará de ello y, la verdad, no es algo que me preocupe.
—Voy a atreverme a preguntarlo, aunque creo saber la respuesta. ¿Qué es lo que te preocupa, padre?
Y con ello me gané la segunda mirada de muerte.
—Tú. Él. Vosotros.
—Ya te he dicho…
—No te atrevas a volver a mentirme, Katrina. Sé lo que vi.
—Fue algo fortuito.
—¿Igual que en el club? ¿O anoche en tu habitación?
Mis ojos se abrieron con espanto. ¿Cómo…?
—Soy el cazador, Katrina. Lo sé todo, y más si sucede bajo mi techo.
—¿Me estás espiando? —cuestioné con ira.
—No me hace falta. El capullo se paseó en pelotas por los pasillos como si estuviera en su propio dormitorio. Una de las asistentas se desmayó y las otras por poco se le tiran encima.
Apreté la mandíbula; fue breve, pero no lo suficiente para que él no lo notara.
—Tenemos normas, las conoces tan bien como yo. No van a consentir una relación entre asesinos.
—Esas leyes son arcaicas, hechas y mantenidas por dinosaurios que no ven más allá de sus ojos.
—Puede… Pero, ¿qué harías si Gabriele envía a Aiden a matar a Marik?
«Lo ayudaría». Pensé para mí. Y, como de costumbre, lo supo. Sus ojos lo delataban.
—Mikhail envió a Smert a matar a Gabriele y tú has sacado a Aiden del medio —defiendo.
—Algo de lo que me arrepiento. Además, eso es diferente. Gabriele mató a Elisa.
—No hay pruebas.
—Katrina…
—No —lo corto—. Hasta tú sabes que esas leyes son prehistóricas. Llevas siendo amigo de Mikhail años y nunca ha sucedido nada. Siempre has sido imparcial.
—Podría haber filtración de información —alega.
—¿La misma que puede haber con Smert?
—¡¡¡Basta!!! —Golpeo la mesa al ponerse de pie—. No tendrás una relación con él y punto. No hemos peleado tanto para que tú puedas sentarte en este sitio y que ahora venga Aiden y lo tires todo por la borda.
La risa más irónica, frustrante y desesperada sale desde el fondo de mi ser y atraviesa mi boca como si de un escupitajo se tratase.
—Cómo no —dije aún entre risas—. Siempre se tiene que tratar de lo mismo.
—Es tu legado, Katrina.
—Uno que nunca pedí.
—Pero que decidiste aceptar. Y si el consejo se entera de tu relación con él, te retirarán el derecho.
La frustración iba en aumento. Quería gritar. Decirle todo lo que llevaba dentro. Cuánto odiaba ese título, lo que detestaba mi apellido, la gran roca que había cargado en mi espalda solo por complacerlo… Por evitar que la perdiera, que sufrieran los dos. Lo que soportaba por amor a ellos.
Quería decir tanto. Contarle que me sentía atrapada. Encadenada en mi propia vida. Rehén de un futuro y una posición que nunca había deseado. Explicarle que aquella noche no solo había perdido él. Que también lo había hecho yo.
Se quedó en silencio. Observándome y esperando mi acometida, la explosión de mi interior. Siendo conocedor de lo que llevaba dentro, pero prefiriendo ignorarlo y hacer ese hecho a un lado como si no existiera. «Total… Yo no me quejo. Así es más fácil».
Como de costumbre, no dije nada. Me mantuve en silencio y tragué todo lo que rogaba ser liberado.
Él enderezó su espalda. Dejó de ser Ramsel el padre y volvió a ser el Cazador: Líder de la organización de asesinos.
—Marik nos ha enviado una presa. —Sacó una carpeta del cajón y la tendió hacia mí.
Al principio no me moví; mis pies estaban pegados a la moqueta como si pesasen una tonelada. Como si todos mis sentimientos hubiesen echado raíces y no me dejaran avanzar.
Pasaron unos segundos e hizo un gesto, moviendo la carpeta. Respiré hondo y la cogí. Al abrirla vi la foto del pobre idiota que se había cruzado con ese parásito. No me molesté siquiera en leer mucha información... Era lo de siempre.
—Otro que no paga, ¿eh? Quizás les compense más contratar cobradores del FRAC y no asesinos. Ya me dirás cómo piensan cobrar a los muertos.
—Eso no es asunto nuestro. Nosotros solo cumplimos órdenes.
—Querrás decir que yo solo cumplo órdenes.
—Katrina… —comenzó, masajeándose la frente.
Sus palabras murieron ahí. La puerta se abrió de golpe y mi alocada hermana entró con su habitual sonrisa.
—Espero no interrumpir.
—Nunca lo haces —me adelanté a decir.
Mi padre me miró de reojo. Estaba claro que no estaba de acuerdo, pero no iba a llevarme la contraria delante de Valery y atreverse a que mi madre se enterara de nuestra pelea.
—Tenéis que estar muy ocupados, ni os enterasteis de la que se está liando en el jardín.
Ambos fruncimos el entrecejo. Mi hermana puso los ojos en blanco, se acercó al ventanal, corrió las cortinas, señaló al exterior con una expresión que decía: Estáis en las nubes , y se apartó a un lado.
Mi padre y yo nos acercamos, pero solo vimos a un montón de gente aglomerada alrededor de algo.
—¿Qué narices sucede? —cuestioné.
—Deberías salir. Te va a encantar.
No me lo pensé y le hice caso, sobre todo porque conocía lo que conllevaba esa sonrisa suya, y nunca era algo bueno.
Puse rumbo al jardín con mi padre pisándome los talones y Valery detrás. Cuando llegamos, la muchedumbre se hizo a un lado dejándonos paso. A medida que nos acercábamos, mis pisadas se iban ralentizando hasta quedarme ahí de pie, con los ojos muy abiertos y observando la desfachatez de ese hombre.
«Ha cumplido su promesa».
La cabeza del chico que Aiden había matado estaba insertada en un pica ante los ojos de todos.
La hierba debajo de ella estaba manchada con la sangre seca; los restos de piel y carne mal seccionada colgaban, con trozos más largos tras ser picoteados por las aves.
Sus párpados estaban abiertos con las cuencas vacías y su boca se encontraba con la lengua a medio arrancar.
Mi mujer no se toca. Estaba escrito con sangre, seguro la de la propia víctima, y repartido por toda su cara. La frente: Mi mujer. Una mejilla: No. La otra mejilla: Se. El mentón: Toca.
Sonreí. Una sonrisa auténtica que solo él conseguía sacarme.
Mi padre me miró. Le devolví el gesto. Ninguno dijo nada, pero mis pensamientos eran claros. «Puedes frenarme a mí, pero a ver cómo lo haces con él».
Sin más, me di la vuelta y salí del lugar, con mucho mejor humor que antes y dejando atrás a mi padre, riñendo a Valery por sacarse un selfie con la cabeza diseccionada.