CAPÍTULO 12
Aiden
Observé cómo se alejaba. Mi rubia despampanante se iba sin yo poder hacer nada. La volvía a perder, dejando claro que volvería a tener una noche de insomnio. Soñando, pensando y rememorando ese momento. Esa oportunidad que tuve, que se me negó durante tanto tiempo.
Me di la vuelta y pateé con rabia el cuerpo que se encontraba en el suelo. No satisfecho con eso, volví a hacerlo tantas veces que perdí la cuenta. Lo hice hasta que sus voces me interrumpieron.
—¿Has terminado con el berrinche?
—Sería raro, por norma general le duran más.
Los fulminé con la mirada. «Serán idiotas».
No me hizo falta decir las palabras en voz alta. Sabían lo que pensaba, siempre lo hacían.
—Voy a terminar matando a ese viejo —dije con los dientes apretados.
—Te recuerdo que tenemos un plan y no incluye eso —respondió, fijando sus ojos en el cadáver a mis pies.
—¿Y qué esperabas que hiciera? ¿Dejar que este desgraciado la tocara?
—Estaban entrenando —murmuró el otro.
—¡Me importa una mierda! —rugí y me agaché para recoger el cuerpo.
—¿Ahora qué vas a hacer?
—Lo que me ha dicho Ramsel.
— ¿Tú vas a limpiar algo? —comentó alzando las cejas.
Se las partiría si pudiese. ¿Qué decía? Podía. Y como de costumbre, él lo sabía. Dio un paso y se acercó a su espalda.
Mis labios se arrugaron. «Estúpido instinto de los cojones». Decidí ignorarlos, coloqué el cuerpo del chico sobre mi hombro y pasé entre ellos con dirección al jardín. Tenía un cometido, pero antes de salir por la puerta, su voz me detuvo.
—Recuerda que tenemos una misión. No hemos planificado y trabajado tanto solo para que tú folles.
—Él tiene razón. Nos jugamos mucho, Aiden.
Apreté los puños. Claro que lo sabía, era consciente de todo lo que habíamos trabajado, de lo que habíamos arriesgado hasta llegar allí, pero cuando de ella se trataba…
—Aiden.
—Que sí, joder. Ya lo sé. Y deja de llamarme así, puto tocahuevos.
Me largué de allí, antes de que pudiera responder nada. Odiaba cuando hacían eso, cuando me trataban como si no fuese más que un crío.
Yo era un asesino temible, un símbolo del caos, de la destrucción, de la muerte. Y se dedicaban a darme sermones como si fueran mis padres…
No pude evitar reírme. Ni siquiera ellos se atrevían a tal cosa. Nunca lo hicieron, razón por la que terminé en ese tugurio, abandonado. A merced de otros que lo único que consiguieron fue volverme peor de lo que era. Más agresivo, violento, sanguinario.
Mis padres me condenaron. Me olvidaron por nacer por lo que ellos llamaban una deficiencia.
Por nacer imperfecto ante sus ojos, dañado.
«Dos me sentenciaron. Dos me salvaron». Esa era la razón por la que los toleraba, por la que dejaba que me encadenaran cuando ellos consideraban que la bestia no debía salir.
Con mis pensamientos bombardeándome llegué al jardín. Tenía que buscar el sitio perfecto, el lugar adecuado… Mis ojos se posaron en un ventanal y sonreí de lado; no había sitio mejor. Le daría la mejor vista de su miserable existencia.
Dejé caer sin piedad el cuerpo en el césped, accedí al cobertizo y cogí todo lo que necesitaba.
Al volver, desvié la mirada hacia las sombras.
Estaba seguro de que allí estaban ellos, vigilando mis pasos, aguardando el momento de volver a intervenir, buscando otra razón para darme por culo, aunque no podía importarme menos…
A ellos también les otorgaría una vista espectacular.
Hice un hueco en la tierra, lo bastante profundo para que no se cayera. Cogí la estaca de madera y la enterré. Limé la punta para dejarla bien afilada, agarré el hacha y me encaminé al cuerpo.
Volví a sonreír. Sería mi regalo para ella y un aviso bien claro para el mundo entero, sobre todo para su padre.
En un solo corte separé la cabeza del resto del cuerpo. Enterré los dedos en su cabello y la levanté, dejándola a mi altura. Dejé caer mi arma y recorrí la piel hastiada, bañando mis yemas de rojo carmesí.
Con los dedos manchados, escribí sobre su piel.
Primero, la frente, luego un moflete, después, el otro y por último, el mentón.
Una vez que quedé satisfecho, clavé la cabeza en la pica y me alejé para admirar mi obra.
Contemplé la belleza que ella había ocasionado, el arte que emergía siempre que nos juntábamos.
Mi teléfono vibró, sacándome de mi momento de paz y regocijo. Bajé la vista, mi rostro se volvió a arrugar del disgusto, suspiré y conté hasta tres. Si no contestaba, no iba a detenerse.
—¿Qué coño quieres ahora?
—¿Qué vas a hacer con el resto?
—¿Tienes que saberlo todo?
—Es solo una pregunta, relájate.
—Tirarlo —respondí a su pregunta con rabia.
—Pues no lo hagas, tengo otros planes para él. —Sin más explicaciones, colgó.
«Y luego el raro soy yo».
No le di más vueltas. «Si él lo quiere, no voy a ser yo quien se lo niegue». Levanté lo que quedaba del pobre desgraciado, lo llevé hasta el dormitorio y lo tiré a un lado del balcón.
Cuando me iba a ir a la ducha para asearme un poco y ya de paso satisfacer el calentón que me había dejado mi diosa, el móvil volvió a sonar. Un grito de rabia agitó mi pecho, pero esta vez no era de ellos de quien se trataba…
Pesadilla:
Aunque has sido un capullo,
yo siempre cumplo. Sale.
No respondí, lo que ocasionó que me enviara otro.
Pesadilla:
Ha enviado una foto de visualización única.
No me molesté en abrirla, sobre todo porque otro mensaje ocupó mi pantalla.
Dañado 1:
Compórtate.
Voltee los ojos. «Cómo lo odio en estos momentos».