CAPÍTULO 11
Aiden
No dejaba de dar vueltas en la silla mientras contemplaba el techo. Mi cerebro no paraba de recrear lo sucedido la noche anterior. Sus labios alrededor de mi falo, su mano envolviéndolo, la saliva escapando por los lados, sus ojos nublados por la lujuria, la manera en la que se tragó mi semen…
—¿Vas a prestarme atención? —se quejó la niña a mi lado.
Suspiré con frustración. Había veces que detestaba ser el listo.
—¿Es que no lo he hecho ya? Te he explicado cómo programar, ¿qué más quieres? No me puedes culpar porque seas una negada o porque te falten neuronas.
—Yo no quiero aprender esta porquería. —Señaló la pantalla.
—¿Y qué narices quieres?
— Hackear.
Cerré los ojos y cogí aire. Si no fuera porque su ayuda era muy valiosa, la habría enviado a la mierda en el mismo instante en el que propuso el trato. Me armé de paciencia, una que por lo general solo dedicaba a una persona, pero que por lo visto ahora también iba a tener que compartir.
«Qué feliz se va a poner».
—Mira, a ver cómo lo explico para que tu cerebro subdesarrollado lo entienda.
Mis palabras provocaron que su frente se arrugara, sus morros se estiraran y sus brazos se cruzaran. Parecía estar a un pelo de un berrinche. ¿Me importaba? Ni lo más mínimo. Por lo que seguí con mi explicación.
—Antes de volverte una superhacker y entrar en todas las tiendas de ropa ñoñas para conseguir artículos exclusivos, o entradas agotadas o lo que sea, debes aprender lo básico. Y esto. —Señalé la pantalla—. Es lo básico.
Pensé que su rostro no podía arrugarse más, pero estaba equivocado. Podía. Incluso sus ojos se enrojecieron. Entrecerré los míos. ¿Iba a llorar? Ojalá. A ver si así se sentía tan mal como yo dándole clases.
—Mira, segundón —dijo haciendo hincapié en «segundón»—. No quiero aprender a hackear para eso, aunque no lo parezca, no voy por ahí pensando solo en ropa y entradas de conciertos.
—¿Ah, no? ¿Y en qué piensas?
—Eso no es asunto tuyo.
Nuestras miradas quedaron entrelazadas en una batalla de egos. Me moría de ganas de decirle que se buscara a otro. De levantarme e irme, pero no podía. Tenía que cumplir mi objetivo. Además, se volverían locos si supieran que la había cagado tanto.
Hice un gesto de desagrado y volví a recostarme en mi asiento.
—Vale… Dime, señorita inteligente, ¿cómo te enseño a colarte donde quieres si no sabes ni programar?
—Dime cómo saltarme su seguridad. Su firwor y eso, y ya me busco yo la vida.
Suspiré. Comenzaba a convertirse en una de mis peores misiones.
—Para comenzar, se dice firewalls . Y no se puede enseñar a saltar uno y ya. Cada uno es distinto y cada vez se están volviendo más complejos. Tienes que pelear contra él.
—¿Quieres que luche contra un programa?
—Exacto.
—¿Y cómo hago eso?
—Aprendiendo a hacer esto. —Volví a señalar la pantalla.
Llevó los brazos al aire, dejó caer la cabeza hacia atrás y bufó con fuerza. No sé de qué se quejaba; era yo quien sufría la tortura.
La analicé unos instantes. Me sería tan fácil romperle el cuello en esa postura: un pequeño tirón, un puntapié a las patas de su silla la haría caer y la gravedad se encargaría del resto. Había tantas maneras…
Sus ojos viajaron hasta los míos y se enderezó de golpe. Como si supiera lo que estaba pensando, se tensó, preparada para defenderse o por lo menos intentarlo.
—Si me matas, mi hermana te odiará.
—Ocurren accidentes…
La tensión a nuestro alrededor se podía cortar con un cuchillo de plástico. Tragó saliva y yo sonreí. Estaba bien que me temiera, aunque fuese un poco. Sobre todo, para cuando le tocara lidiar con él.
—Katrina se pondría muy triste y se terminaría culpando.
—¿Por qué iba a culparse por un accidente?
—Porque ya lo hace y eso que no me ha sucedido nada.
Silencio. Eso fue lo que provocó su respuesta. Un millar de dudas me asaltaron, preguntándome a qué se refería. «¿Por qué se culpa? ¿Qué ha sucedido?». Los engranajes de mi cabeza comenzaron a funcionar, a encajar una pieza tras otra.
—Esto lo haces por ella —afirmé.
—No —contestó, desviando la vista a la pantalla.
Se puso a programar lo que le había explicado, dejando claro que no me iba a decir nada más.
La frustración al no conseguirlo se veía en sus ojos, al igual que la determinación por lograrlo.
Mis dedos tamborilearon en la mesa. Lo que le había puesto no era algo sencillo.
Mi intención era frustrarla hasta el punto que desistiera, pero ya que sabía que había algo de fondo y ese algo incluía a mi diosa nórdica, mi interés cambiaba.
«A quién quiero engañar… Lo he hecho desde que pronunció su nombre».
Abrí la boca para indagar más, para conseguir algo por donde tirar y ser yo quien se encargase de resolver ese asunto, porque si esperábamos por Valery, moriríamos antes de viejos. Pero no llegué a nada. Mi móvil sonó de una forma única y eso era raro, muy raro, porque sabían dónde estaba.
Grupo: Los dañados.
Dañado 1:
Hay un problema.
Dañado 2:
Yo sí que tengo uno.
Esta cría es insoportable.
Dañado 1:
No me refiero a ese.
Dañado 2:
¿Y a mí qué me cuentas?
Resuélvelo tú. Estoy ocupado.
Dañado 1:
Ha enviado una foto de visualización única.
Al abrir el archivo salté del asiento. Joder, eso sí que era un problema, y uno de los grandes.
Valery se hizo a un lado rápidamente al ver mi reacción. Me habría regocijado por asustarla si no hubiese estado tan preocupado.
—Tengo que irme. Deja eso, ya conversaremos después.
—No. Lo seguiré intentando, sé que puedo conseguirlo.
—No, no podrás… Me encargué de que así fuese —dije, abriendo la puerta.
Salí sin mirar atrás, pero por el pasillo pude escuchar su grito.
—¡Eres un hijo de perra!
«Mira por dónde, eso sí es algo que no le voy a discutir».