Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 10
19%

CAPÍTULO 10

Katrina

Decir irritable era quedarse corto. No entendía qué me sucedía, pero mi humor era un caos. Me moría de ganas por matar a alguien, arrancar algún miembro o hacer cualquier cosa que conllevara sangre y dolor. «Mucho dolor». Solo eso podría darme el placer que me negué ayer.

Mi puño volvió a impactar en el rostro de mi contrincante. Esta vez en la nariz, partiéndola por la mitad. Se tambaleó hacia atrás y llevó sus manos a la zona para detener la hemorragia.

«Blandengues. Eso son esos críos. Putos blandengues que no pueden aguantar un puñetero golpe».

Cegada por la ira, volví a cargar contra él. Cayó de espaldas contra el suelo y usó las manos de escudo sobre su rostro, como si eso pudiera detenerme. Mis golpes eran imparables, conectando en su ojo, pómulo, labio… Nada se salvaba.

Los gritos y voces eran una niebla a mi alrededor; no escuchaba, no reaccionaba. Solo quería sangre y la suya era la que tenía más cerca.

Unos brazos me rodearon la cintura y me separaron de mi presa.

Me lo quité de encima con un movimiento rápido y con un puñetazo lo mandé a la lona.

Otro llegó por atrás, vi su sombra, pero estaba ocupada sacándome de encima al que se había vuelto a levantar.

No llegó a tocarme, ya que un cuerpo se interpuso en el medio.

Cogió al chico por el brazo y se lo partió a la mitad.

No contento con ello, lo cogió por el cuello y lo levantó en el aire.

—¡El próximo que intente tocarla, clavaré su cabeza en una pica en el jardín! —rugió con fuerza.

La niebla en mis ojos se evaporó y la silueta se hizo más visible: Cabello castaño, espalda ancha, brazos fuertes y ese culo… Bufé, «¿no podía ser otro? ¿Tiene que ser el culpable de mis males?».

Aiden sostenía al chico, que lo miraba con rabia. Los que nos rodeaban tenían una actitud similar. No los culpaba, no tenían ni idea de quién era el que los amenazaba. De ser así, saldrían despavoridos. Igual que cuando se enteraban de que ella venía de visita.

Aiden lo notó, sonrió de lado, con una maldad que hasta ahora solo había visto aquella noche, y me puso de peor humor del que ya estaba.

El instructor que había intentado detenerme y el chico al que había golpeado debieron notar algo, porque retrocedieron, dejando que el verdugo dictaminase sentencia como le complaciera.

Sus labios se estiraron, enseñando esos dientes blancos y perfectos. Sus ojos brillaron, con todas sus intenciones al descubierto. El pobre diablo al que sostenía se dio cuenta de su futuro. O más bien de la falta de él…

El asesino fue preciso, rápido, pulcro. Solo le hizo falta un movimiento y su víctima cayó inerte en la lona, con los ojos y boca abiertos en sorpresa y su cuello rajado por la mitad. La nuez de Adán asomaba por el agujero que ahora lo recorría.

Los demás nos quedamos inmóviles ante tal ataque.

Aiden se giró y fijó sus ojos en las dos personas que estaban a mi lado.

Lo hizo de tal manera que incluso yo tragué saliva.

Su mirada me recordaba a ella, a cuando estaba en plena faena y completamente fuera de control.

A cuando yo también lo perdía y la oscuridad nos ganaba, cubriéndolo todo.

Dio un paso, con el cuchillo en su mano goteando la sangre de su víctima.

El chico al que estaba entrenando fue el primero en moverse y se arrastró hasta ponerse detrás de mí.

El instructor hizo lo mismo, aunque en su huida colocó su mano en mi brazo, acción que lo hizo enfadarse más, si es que eso fuera posible.

Con una rapidez casi imparable, alargó el brazo, con la navaja apuntando al cuello del pobre hombre a mi espalda, y atacó. Esta vez no me quedé quieta. Empujé su extremidad a un lado e impedí que llegase a su objetivo.

Aiden coló la pierna entre las mías y me desestabilizó, pero no me dejó caer. Con el brazo libre, rodeó mi cintura y me atrajo hasta él. Volvió a embestir contra su presa, llevándome a mí en el proceso, manteniéndome fuera del alcance de su arma.

El instructor cogió al muchacho y se apartó, a la vez que yo hacía lo posible por frenarlo.

Mis piernas se colaban entre las suyas, mis manos se esforzaban por desarmarlo o inmovilizarlo, pero nada era suficiente. Él se movía al compás de mis ataques, convirtiendo nuestro enredo en un baile, en un juego… Uno que me exasperaba al mismo nivel que me excitaba.

Poco a poco fue acorralando a sus presas, hasta que ellos se quedaron sin lugar donde huir y yo sin manera de detenerlo, ya que sus músculos rodearon mi torso envolviendo los míos para evitar más ataques.

Un segundo fue todo lo que tuve para pensar.

Para buscar algo para detenerlo. Para salvar las vidas que yo misma había puesto en peligro, así que lo besé.

Presioné mis labios contra los suyos y se detuvo.

No me dio acceso a su boca, tampoco la busqué.

Me separé hasta quedar a un roce de él, cerré los ojos y dije lo único que se me ocurrió.

—Para… Por favor.

Las palabras salieron en un ruego, puesto que así era como lo sentía. Mi trabajo era entrenar al chico, enseñar a los instructores cómo actuar. No buscar sus muertes. Y menos a manos de él.

Aiden lanzó el cuchillo hasta que el filo quedó enterrado en la lona, llevó sus manos a mis glúteos y me levantó hasta que mis piernas rodearon su cuerpo.

—Joder, cómo echaba de menos que me rogaras.

Fue todo lo que dijo. Su boca atacó la mía en un beso feroz, furioso, necesitado. Su pasión no hizo más que encender la mía y me olvidé de dónde estábamos, quiénes nos miraban o lo que nos rodeaba. No existía nada ni nadie más, tan solo Aiden y yo.

Ese era el efecto que él tenía en mí: me hacía olvidar quién era, lo que debía ser o el peso en mi espalda, la mochila que cargaba. Con él, no era la asesina de la mafia checa, la hija del cazador, la futura líder de la organización… Solo era Katrina y él era solo Aiden.

Mis dedos se enredaron en su cabello, nuestras lenguas peleaban sin descanso y sus manos me recorrían todo lo que podían.

Frotó su erección contra mi centro y, automáticamente, mi cabeza se fue hacia atrás, soltando un jadeo.

Él aprovechó para devorar mi cuello, bajó por mi clavícula y enterró el rostro en el canal de mis pechos, mientras su cadera no dejaba de moverse contra la mía.

No lo soportaba, era demasiado. La tensión del día anterior más la de ese momento iba a acabar conmigo.

Bajé la mano hasta colarla por dentro de sus pantalones y coger su dureza entre mis dedos.

Fue su turno de jadear, apoyando la frente en mi hombro.

Volví a moverla y su cadera siguió el ritmo, tan desesperada como yo.

Necesitaba que me arrancara la ropa y me lo hiciera allí mismo. Como si me hubiese leído la mente, hizo algo que me dejó perpleja y cabreada.

—No puedo follarte aquí —dijo y retiró mi mano de sus partes.

—¡¿Qué?! —Lo mataba… Sin duda lo iba a matar.

No me respondió. En vez de ello, llevó la mirada hasta el cuerpo tendido en el suelo.

—Está muerto —repliqué exasperada.

—Ni siquiera los muertos merecen verte y menos escuchar tus gemidos. Eso solo nos pertenece a nosotros —susurró con sus labios pegados a los míos.

Arrugué la frente. El día anterior había dicho lo mismo. Si hubiese tenido alguna duda, en ese momento se habría confirmado: estaba loco.

Abrí la boca, pero no fui capaz de vocalizar una sola palabra y menos cuando una voz atronadora se hizo eco en la estancia.

—¡¡¡Bájala ahora mismo!!!

El rugido de mi padre hizo que me tensara.

Intenté alejar a Aiden, que me tenía aferrada a él.

Le rogué con los ojos, su rostro se arrugó y su mandíbula se tensó, pero lo hizo.

Me dejó en el suelo, aunque se mantuvo a mi lado, con su mano aferrada a la mía.

Quise retirarla, sobre todo cuando la vista de mi padre cayó sobre ella.

Sin embargo, era imposible. Cuanto más tiraba yo, más apretaba él.

—Aiden —susurré.

Silencio. Eso fue lo que obtuve de su parte. Eso y expresión mortífera que mantenía con mi padre.

—Katrina, a mi despacho, ahora.

Di un paso, pero me volvió a jalar hacia él.

—No —contestó Aiden.

—¿Perdona? —inquirió mi padre dando un paso adelante.

—He dicho que no. Al único sitio al que irá será a mi dormitorio. ¿O no te has dado cuenta de que nos has interrumpido?

Abrí los ojos con espanto. «¿Qué coño le pasa? ¿Dónde quedó el hombre calmado y metódico?». Parecía una bestia aferrándose a un hueso, enseñando los dientes a cualquiera que se le acercara.

La ira de mi padre estalló. Lo vi en sus ojos, en el rojo de su rostro. Sacó su arma y apuntó a la cabeza del asesino, pero este no se quedó quieto y sacó la suya, apuntando en dirección contraria, justo hacia mi padre.

—¡¡¡Te he dicho que sueltes a mi hija!!!

—Y yo te he dicho que no. Ella es mía. ¡Mía! Y si tengo que matarte para dejarlo claro, que así sea. Clavaré tu cabeza en una pica junto a la del mierdesilla que se atrevió a tocarla.

La irritación superó la sorpresa, más cuando vi que no iba de farol. Iba a hacerlo, iba a matar a mi padre. Antes de que alguno de los dos hiciera una tontería, me puse en medio y empujé el pecho de Aiden con la mano libre.

—¡¿Te has vuelto loco?! ¡Baja eso!

Me observó y por un segundo vi la duda, la resignación. Hasta que mi padre volvió a abrir la boca.

—Tienes tres segundos. O la sueltas y te alejas de ella para siempre, o me veré obligado a buscarle otro asesino a Gabriele.

Cerré los ojos con frustración. En esos momentos hasta yo le habría pegado un tiro si no fuera mi padre.

La mirada de Aiden volvió a oscurecerse y me preparé para luchar contra él.

Para meterme en medio del disparo si hacía falta, pero no lo hizo.

Desvió la vista un segundo; fue rápido. La dirigió hacia un rincón; quise girarme, pero él no me lo permitió.

Bajó el arma, me atrajo hacia su pecho y pegó sus labios a los míos, en un beso que era más una promesa que otra cosa.

Con ello me dejó libre y dio un paso atrás.

Lo observé un instante, analizando lo que acababa de suceder.

Pero no conseguí nada; con este hombre siempre tenía la sensación de que me perdía algo.

—Katrina.

No lo hice esperar. Me di la vuelta y caminé hacia mi padre. Él también había bajado su pistola. Colocó su mano en mi espalda y me llevó en dirección a la salida. Antes de terminar de irnos, se giró y observó con odio a Aiden.

—Limpia eso.

Dejada su orden, una que seguro Aiden no cumpliría, me llevó con él a su despacho. Suspiré para mis adentros; ahí se venía otra de sus charlas.

«Sin duda será otro día de mierda».