CAPÍTULO 9
Aiden
Las estrellas anunciaban el momento, la hora de actuar. De llegar hasta mi Dulcinea, si ella tuviese la sed de sangre de Hannibal Lecter .
Comprobé que la cuerda estuviera bien amarrada, la puerta cerrada y las cámaras en la mochila. Me asomé por el alféizar y, una vez la luz del balcón se apagó y la siguiente se encendió, supe que era mi momento.
Descendí con cautela y bajo la oscuridad de la noche. Por alguna razón que desconocía, esa zona se encontraba carente de farolas. Permanecía ensombrecida, incluso durante el día.
Mis pies tocaron suelo firme; desenganché el arnés y aguardé. La balconera estaba abierta, con largas cortinas que impedían visualizar el interior, y había un silencio que otros considerarían inquietante.
Me costó unos segundos acostumbrarme a la penumbra al entrar; la única luz que había era la que salía del baño. La puerta estaba entreabierta y se podía escuchar el sonido del agua al moverse.
Tragué saliva. Podía imaginarla ahí tumbada, desnuda, cubierta de jabón hasta el cuello, con sus pechos sobresaliendo. Sus manos acariciando sus largas piernas, adentrándose por el interior de ellas y subiendo hasta ese coño rosado y delicioso.
Mi lengua acarició mis labios; entretanto, mi mano se colaba por dentro de mis pantalones.
Estaba despierta, alzada y dura. Sabía que no tenía tiempo para esto, que había venido con un cometido, uno que se iría al traste como siguiera así, aunque me moría por asomarme, por echar un único vistazo y quizás hacer alguna foto para masturbarme más tarde.
Di un paso hacia la luz. «Será un vistazo rápida y luego pondré las cámaras». Estaba cerca, a solo unos centímetros de mi nuevo objetivo. A nada de poder saborear ese cuerpo creado para tenerme de rodillas.
Un gruñido fuerte y feroz me detuvo. No fue el miedo, sino la curiosidad, lo que hizo que me diera la vuelta. Escaneé la oscura estancia, pero no había nada, estaba vacío.
La advertencia de Valery vino a mi mente. «Ten cuidado con el gato» . No era mucho de animales, pero sabía que no había gato doméstico que pudiera hacer ese sonido.
Volvió a gruñir. Esta vez seguí las vibraciones que provocaba. Sin duda venía del fondo del dormitorio, pero seguía sin ver nada. La oscuridad no dejaba vislumbrar ni un mísero mueble. Hasta que alcé la mirada.
Dos ojos, azules como el hielo, el mismo color que mi asesina, me observaban. Me acechaban, a la espera de un movimiento para abalanzarse sobre mí.
Podía no tener ni idea de felinos, pero reconocía a un depredador cuando lo veía. Y esa cosa, fuera lo que fuese, lo era.
Sus ojos descendieron en la penumbra. Me lo podía imaginar, agachándose, preparándose para atacar.
Moví mi mano hacia la espalda, donde siempre llevaba una navaja, pero ese gesto le hizo enseñarme los colmillos, blancos y relucientes, que sobresalieron del resto de dientes, los cuales cubrían una boca capaz de arrancarme el brazo de cuajo. Era oficial, no era un puto gato cualquiera.
«Mira por dónde, al final sí que voy a poder darle de comer restos humanos», aunque en ese momento, mi mayor objetivo era no convertirme en uno de ellos.
Cambié de táctica, abrí las manos y se las enseñé. Con una aún alzada, metí la otra en el bolsillo. Volvió a enseñarme los dientes, pero no atacó.
Saqué una bolsa con carne troceada que había robado de la cocina para entretener al gato.
En su momento me pareció una gran idea, pero viendo su tamaño, los trozos comenzaron a parecerme ridículos.
Aun así, abrí la bolsa y le lancé uno, lo bastante lejos para mantener una distancia prudente.
El felino bajó de su pedestal y se aproximó.
Eso hizo que la luz de la luna me dejara verlo.
Era una pantera negra. Enorme y magnífica. Su pelaje brillaba y sus pasos eran seguros, lentos y elegantes. Caminaba como si fuera una reina y yo su súbdito. Consciente de que la depredadora era ella y yo una mosca que podría aplastar en cuestión de segundos.
Sonreí. Era mi asesina en forma de felino. Hasta los ojos eran como los de ella. Quedé maravillado, totalmente cautivado por su belleza.
Olfateó y se comió lo que le di sin necesidad de masticarlo.
A cada pedazo que le arrojaba, se iba aproximando más, hasta que el último quedó en mi mano.
Volvió a olfatearlo, esta vez con más cuidado, absorbiendo también mi aroma.
Su lengua, grande y áspera, recorrió mi palma, llevándose la carne que quedaba.
Alzó la mirada, dejando su nariz a un soplo de la mía. Mantuve mis ojos fijos en los de ella, no como un reto, sino con fascinación. Me permití tocar su pelaje: era corto y fuerte, pero con una suavidad impresionante. Mis caricias la hicieron ronronear y mi sonrisa se ensanchó.
—Lo que me faltaba.
Ambos nos giramos. Katrina estaba envuelta en una toalla y recostada en el marco de la puerta. Nos miraba divertida y exasperada.
La pantera se alejó y fue junto a ella. Estiró la cola y comenzó a frotarse contra sus piernas a la vez que ronroneaba. Katrina la acarició, pero sus ojos seguían puestos en mí.
«Joder, cómo la envidio».
—Si te ronroneo, ¿también me acariciarás?
Bufó, se alejó del animal y se adentró en su vestidor.
—¿Qué haces aquí, Aiden?
—Conocer a tu mascota.
—¿Con una mochila que supongo estará llena de cámaras?
No dije nada, lo vi innecesario, ambos conocíamos la respuesta. En vez de ello, centré mi atención en el animal.
—¿Qué PSI tiene su mordida? —indagué.
—Mil quinientos.
—Impresionante.
Me volví a agachar y le abrí la boca. Asomé la cabeza y observé sus dientes. Eran una maravilla.
—Eres consciente de que estás metiendo la cabeza dentro de la boca de un depredador que podría convertir tu cráneo en astillas, ¿verdad?
—¿Puede hacer eso? —pregunté entusiasmado.
—No sería la primera vez.
«Fascinante. Sin duda, fascinante».
—¿Cómo se llama?
Katrina resopló. Seguro estaba cansada de mis preguntas, pero aun así, contestó.
—Ubiytsa —dijo y salió con una camiseta que le llegaba hasta la mitad de los muslos.
—Asesina en ruso —susurré, contemplándola—. ¿Regalo de tu padrino?
—No, más bien de su asesino.
—¿Smert te regaló una pantera?
—Sí. Dijo que le recordaba a mí y que esperaba que cada vez que yo la viera, me acordara de él. Ahora, si has acabado con tus preguntas, puedes marcharte. Me da igual si es por la ventana o la puerta.
La ira comenzó a florecer. Ese desgraciado le había regalado una pantera a mi chica. «¿Es que acaso estaba interesado en ella? ¿Pensaba robármela igual que hizo con el puesto?» Volví a pensar en las palabras de Valery: «aspirante a cuñado». Eso sí que no… Katrina era mía.
Arrojé la mochila al suelo y me encaminé hasta quedarme frente a ella.
Apreté sus mofletes con la mano y acerqué sus labios hasta los míos.
Ubiytsa se movió, agachando la cabeza, preparándose para saltar encima de mí.
Katrina movió una mano y eso fue todo lo que necesitó el animal para no convertirme en su cena, pero no se apartó, se mantuvo vigilante, a la espera de lo que fuera a suceder.
—¿Te gusta? —pregunté, ignorando su interacción.
Levantó una ceja, desafiante como siempre, pero mi paciencia ya no estaba; era inexistente cuando se trataba de ella.
—Que si te gusta Smert —insistí.
Algo brilló en sus ojos. Fue fugaz, lo suficiente para que no lo reconociera, y estiró su cuello hasta que sus labios rozaron los míos.
—Sí.
Esas dos simples letras mandaron a la mierda mi cordura.
La empujé hasta que su espalda chocó contra el armario y nos fundimos en un beso.
Sus dedos se enredaron en mi cabello, despeinándolo y tirando de él con vigor, con desesperación.
Los míos se adentraron en su camiseta, recorriendo cada centímetro de su piel, acariciando esa textura con la que tanto había soñado, de la que tanto había alardeado.
Dejó mi cabello y comenzó a arrancarme la ropa como una desquiciada. Eufórica por poder tocarme igual que yo a ella.
No la ayudé, permití que hiciera todo el trabajo. Verla tan desesperada por mí era mi droga favorita.
No me molesté en quitarle la camiseta, ya que con un fuerte tirón la rasgué por la mitad. Sus pechos se sacudieron por la fuerza, lo que hizo que mi polla hiciera lo mismo, rogando un poco de atención.
Cuando terminó de desnudarme, se alejó y me contempló. Sus ojos de hielo recorrieron mi abdomen, descendiendo hasta mi miembro. Al llegar a él se mordió el labio. Suspiré, planeando todo lo que pensaba hacerle a esa boquita.
Estiró las manos y clavó sus uñas, largas y rojas, en mi piel, perforando mi carne. Arañó mi pectoral izquierdo, pasando por mis abdominales hasta mi cadera. Por cada centímetro que ella recorría, cinco hilos de sangre roja la acompañaban.
¿Sentía dolor? Sí, pero sobre todo excitación. Mis manos estaban cerradas en puños para evitar tocarla, aunque me moría por hacerlo y reventar toda la habitación si hiciera falta, penetrándola salvajemente.
—Mi padre dice que estás prohibido —dijo con lujuria—. Pero no se da cuenta de que eso te hace más deseable. Quizás tanto como a él —culminó, observándome con una sonrisa de lado.
Apreté los dientes. No tenía que explicarme a quién se refería, lo sabía muy bien.
Cargado con un sentimiento poco común en mí, enredé mi mano en su cabello y la obligué a ponerse de rodillas.
—No haces más que usar esa boca para cosas malas. Ya es hora de que la uses para algo bueno.
Sin esperar a que me pudiera rebatir, introduje la polla en su interior. Mi cabeza cayó automáticamente hacia atrás de placer y mis caderas temblaron.
«Joder, esta mujer no es normal. No puede serlo».
Afiancé mi agarre en su cabellera y comencé a embestir con fuerza. Ella no intentó detenerme, aceptó todo lo que le daba sin resistencia. Eso hizo que fuera más duro y feroz. Aquello era un castigo, uno placentero, pero un castigo.
Moví su cabeza hacia arriba, para que sus ojos me vieran y su garganta se inclinara.
—No volverás a mirar a otro. —Embestida—. No volverás a pensar en otro. —Embestida—. Para ti solo existiré yo. —Embestida. Y para mí solo estarás tú. —Embestida.
Clavó sus uñas en mis nalgas empujándome más adentro, alentándome a darle más, mucho más.
El dolor me hizo sisear y el placer temblar.
Me puse de puntillas, mis manos se recolocaron, una en su nuca, otra en su cráneo y me corrí.
Lo hice con un jadeo sonoro. Uno que, si las paredes no estuvieran insonorizadas, se podría haber escuchado en toda la casa.
Di unos golpes más, alargando el placer que me recorría, y la saqué. El semen cayó por un costado de su boca. Sin dudar, recogí todo lo que pude con la mano y empujé mis dedos hasta el fondo de su garganta, asegurándome de que nada quedara fuera, de que se lo tragara todo.
—A partir de ahora, esto se convertirá en tu comida favorita. Tu única alimentación. Solo mi semen se deslizará por esa garganta. Si me entero de que codicias, aunque sea por un segundo, el de otro… Haré que te arrepientas y te castigaré hasta que ruegues piedad.
No respondió. Solo me observó con la frente arrugada y la mirada fija. Decir que me tenía embrujado era quedarse corto.
Se puso en pie con lentitud, sin apartar sus ojos de los míos. Apoyó su mano en la herida de mi pecho y comenzó a empujarme hacia atrás. No me molesté en ver a dónde me conducía; me daba igual. Solo me importaba ella.
Sus pasos eran calculados; caminaba como lo hacía su pantera, que hasta ahora había estado al margen, pero se había unido a su dueña, acompañándola en cada pisada.
Pasaba la vista de una a otra, fascinado por lo que veía. Eran iguales. Elegantes, letales, depredadoras, asesinas. Y yo me había convertido en su presa.
Mi espalda chocó con la madera de la puerta. Katrina pegó su pecho al mío, sacó la lengua y recorrió con ella desde mi mentón hasta la comisura de mis labios. La piel se me erizó y mi polla volvió a cobrar vida.
—Nunca lo olvides —susurró.
—¿El qué? —contesté con la voz ronca y completamente perdido.
—Aquí, la cazadora soy yo.
Con esas palabras abrió la puerta y me empujó fuera.
La observé perplejo. Ella me sonrió de lado y cerró.
Escuché cómo pasaba el seguro, dejando claro que no iba a dejar que volviera a entrar.
Me había botado de su habitación, cerrando la puerta en mis narices, dejándome desnudo en el pasillo, donde cualquiera, incluido su padre, podía verme.
La sonrisa más grande que jamás había tenido bañó mi rostro mientras contemplaba la estructura que nos separaba con adoración. «No cabe duda, esta mujer ha sido creada para mí. Y para mí será».