Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Aiden

La oscuridad, las sombras, los rincones o puntos muertos. Esos eran los grandes aliados en nuestro trabajo. Los que conseguían que nos convirtiéramos en los mejores, en invencibles.

Me mantuve en un rincón, aguardando, acechando, esperando a que mi plan B hiciera acto de presencia.

Nadie sabía mucho sobre ella; al igual que su hermana, estaba rodeada de misterio, de preguntas sin respuestas. Su padre así lo había dispuesto. Había hecho tan bien su trabajo que incluso para mí había sido complicado encontrar algo, pero no imposible.

La vi salir. Iba vestida con unas mallas negras, una sudadera ancha y el cabello recogido en una coleta alta. Se detuvo en la puerta para despedirse de sus amigas, las vio alejarse y sus ojos se dirigieron hacia el callejón de enfrente.

Podía sentir que la observaban. Era de esperarse; no sería una asesina, pero la habían entrenado en lo básico, aunque le quedaba mucho camino por recorrer.

Se quedó mirando el mismo punto con fijeza durante un rato, a la espera de un movimiento que nunca iba a ocurrir.

Más que nada porque ahí estaba yo, en el callejón de su lado.

Miré al cielo y suspiré: «dichosa niña». No cabía duda de que tenía el sentido de peligro en el culo, pero yo no era quién para decir nada, ya que carecía de ello.

—Síndrome de Urbach-Wiethe, también conocido como lipoidosis proteica —dijeron los médicos.

Enfermedad genética que causa daños en la amígdala cerebral.

¿Consecuencias? Nunca podré sentir miedo, ni reconocerlo en otras personas, e incluso tendré el resto de emociones conservadas.

Mi madre lloró durante días y mi padre me apartó como si tuviera la peste.

No tardaron en enviarme al internado más lejano que encontraron, pero no me quejé; gracias a ello había acabado con el padre de Ramsel. Bueno… «Habíamos».

Cansado de verla buscar un fantasma, decidí salir de las sombras y caminé sin prisas hasta quedarme justo a su lado.

—Valery.

—Es la que está justo debajo de la tuya. Si te asomas por la ventana, podrás ver su balcón.

—¿Cómo…?

Se giró y me prestó atención.

—¿No era eso lo que venías a sonsacarme? —interrogó, cruzándose de brazos.

—Sí, aunque la verdad es que no esperaba que fuera tan fácil.

—Nada lo es, querido asesino.

Entrecerré los ojos. «Vale… quizás no es tan tonta como imaginaba en un principio».

—¿Qué es lo que quieres?

—Te lo diré de camino a casa. ¿Dónde está tu coche?

—¿No tienes un chofer?

—Sí, pero como sabía que vendrías, lo mandé de vuelta. Ahora, si no te importa, aspirante a cuñado, llevo horas ensayando y estoy cansada.

Podría haberla mandado a la mierda y que se volviera a pie. Total, ya tenía lo que había ido a buscar, pero algo me decía que, si hacía tal cosa, iría corriendo a contárselo a su padre o a su hermana y mi idea de colarme sin ser visto se iría a la mierda.

Levantó una ceja, mirándome fijamente. No me equivocaba, se chivaría sin pensarlo dos veces.

Bufé, saqué las llaves del coche y lo abrí.

Ella me sonrió, se quitó la mochila, me la arrojó a los brazos y entró al auto, sentándose como si nada.

Cerré los ojos, cogí todo el aire que pude y encendí el motor.

—Antes de que empieces con tus exigencias, respóndeme a una pregunta.

—Tú dirás.

—¿Eres tonta o también tienes jodida la amígdala cerebral?

Su carcajada retumbó en el coche. La miré de reojo; no entendía por qué reaccionaba así.

—Entiendo que lo dices por mi actitud hacia ti… Digamos que cuando una pasa tanto tiempo entre asesinos tan temibles, pierde el miedo con los más simplones —dijo y se encogió de hombros.

—Tú y yo nunca hemos pasado tiempo juntos.

—¿Quién dijo que hablaba de ti?

Cerré las manos con fuerza alrededor del volante y mis dientes chirriaron.

—No te pongas así. No me refería solo a Smert. No creas que viene mucho de visita; odia las reprimendas de mi padre… Me refería a mi hermana.

—Ella está por debajo de mí.

—No te confundas, aspirante a cuñado, está ahí porque así lo quiere. Patearte el culo sería darle más poder a Marik y no sé si te has dado cuenta, pero no se llevan muy bien que digamos, aunque dudo que te importe. Seguro disfrutas más teniéndola arriba que abajo.

Sus palabras trajeron un recuerdo de esa noche. Ella desnuda, cabalgando, con sus uñas enterradas en la carne y sus pechos botando en cada movimiento. Un gemido involuntario salió de mis labios mientras mi erección iba tomando vida. La niña no se equivocaba, no me importaba tenerla encima.

—Puf, qué asco. ¿Te importaría dejar de pensar en cómo te tiras a mi hermana?

—No puedes culparme, tú empezaste… Ahora dime de una vez qué narices es lo que quieres.

—Clases.

Arrugué la frente. «¿He escuchado mal?»

—¿No te pagan las suficientes?

—Se niegan a darme lo que quiero, así que lo harás tú.

—Vale, dame tu cuenta y te pasaré el importe de las dichosas clases.

—No lo estás pillando. Quiero que tú me des las clases.

Frené de golpe. Fue tan brusco que su cuerpo se fue hacia el salpicadero; si no hubiera sido por el cinturón, habría salido disparada a través del parabrisas.

—Recuerda que, si me matas, mi hermana te odiará de por vida.

—¿Quieres que sea tu profesor? —pregunté iracundo.

—Sí, quiero que me enseñes a hackear. Sé que eres increíble en ese campo; de no ser así nunca me habrías encontrado, ni conocerías la relación entre Mikhail y Katrina.

—Tu padre tiene gente que enseña, ¿sabías? Yo aprendí con ellos.

—No, tú los superaste a ellos, que es distinto. Además, están empeñados en tratarme como una muñeca de cristal, por lo que no me dejan aprender. Dicen que no lo necesito, que ya los tengo a todos ellos.

—¿De verdad crees que voy a aguantarte una vez a la semana solo porque me has dicho dónde duerme?

—En principio serían dos veces a la semana… Y no, por supuesto que no será solo por eso. Lo harás porque seré tu mejor aliada.

—¿Qué puedes ofrecerme tú? —Me reí.

—Información, oportunidades, salvoconductos…

—¿Salvoconductos?

—Sí. Te recuerdo que soy la niña consentida de esa casa, lo que significa que haga lo que haga, no tengo represalias. Mi madre siempre me defenderá, mi padre me perdonará y Katrina hará la vista gorda. Por lo que podría colarte en acontecimientos, salidas a solas con mi hermana y demás.

Mis dedos tamborilearon en el volante. «La mocosa tiene razón, podría ser de gran ayuda». Detuve el coche justo en la entrada de la mansión y la observé. Sin duda, no era tan tonta como yo pensaba.

—¿Hay trato? —cuestionó y estiró la mano.

—Hay trato —afirmé y estreché su mano con la mía.

—Bien. Y como comienzo de esta sociedad, te diré que te cueles en su dormitorio a última hora de la noche.

Katrina es de rutinas; siempre a las nueve se da un baño y deja el teléfono en la mesilla, así que tendrás tiempo de poner los cachivaches que quieras.

Eso sí, no tardes mucho.… Tiene un gato y no le gustan los desconocidos.

Con esas palabras salió del coche y desapareció. Nada había salido como yo pensaba, pero eso era mejor.

Decidí irme a preparar todas las cámaras que quería instalar. Me llevaría un rato, no más que su baño y, con suerte, podría acompañarla.

«¿A quién le preocupa un puto gato?»