CAPÍTULO 7
Aiden
Mis ojos estaban sobre ella, siempre estaban en ella. Daba igual en qué lugar de la estancia estuviera, con quién hablase o que me ignorase… Yo siempre la observaba; me era imposible no hacerlo. Me tenía atrapado en un embrujo que ni yo entendía, pero del cual me negaba a salir.
Tenía que pinchar su teléfono, poner cámaras en su dormitorio y en su coche. Debía tenerla vigilada en todo momento. No hacerlo me provocaba ansiedad, ira, pánico…
—¿Alguno va a decir algo?
Ramsel seguía furioso, observando fijamente a su hija a la espera de su respuesta. A mí no podía importarme menos; todo lo que me interesaba estaba frente a mí, mirándome con esos ojos del color del hielo más frío e intenso.
—Katrina —insistió el cazador.
La llamada hizo que le prestara atención, retirándola de mí. El enfado comenzó a burbujear; respiré hondo y me controlé, recordándome una y otra vez que a partir de ahora iba a tener que lidiar con ese vejestorio más de lo que tenía previsto.
—No somos nada —contestó ella con naturalidad.
Apreté los puños con fuerza. «¡¿No somos nada?! Mis cojones».
—Es mi mujer —espeté y di un paso adelante.
Ambos me observaron con los ojos muy abiertos. No sabía quién estaba más impactado, si ella o él, pero me la sudaba. «Ella es mía. Mía ».
—¿Cómo has dicho? —interrogó Ramsel con los dientes apretados.
—He dicho que es mi mujer. Mía . Así que ya puedes quitar esa cara de perro muerto y meterte tu opinión donde te quepa, porque nada de lo que digas o hagas va a cambiar eso.
Cada palabra que salía de mi boca lo hacía enfurecer más y más. Incluso a mí me llegó a sorprender un poco. Yo era el meticuloso, el callado. La paciencia y la estrategia eran mis fuertes, aunque cuando de ella se trataba, me convertía en él.
Para sellar mis palabras, cogí a su preciosa niña de la mano, pero ella se liberó de un manotazo y puso distancia entre nosotros.
—No somos nada. Solo nos acostamos una vez.
—Más de una vez, si mal no recuerdo. Incluso eras tú la que pedía más.
Su rostro se bañó de un rosa exquisito y el mío reflejó una sonrisa egocéntrica.
Era perfecta: Despiadada, calculadora, feroz, sensual y tímida al mismo tiempo. Una combinación inusual en una mujer, pero inmejorable. Ella era la receta ideal, con todos los ingredientes añadidos en sus justas cantidades.
Pronto volvió a ponerse su armadura, a levantar ese muro que mostraba a todo el mundo, pero conmigo ya era tarde.
Ya había visto lo que ocultaba detrás de tantas barreras y pensaba llegar a ello para adueñarme de todo.
Me encargaría de hacer de ella algo irrompible.
Y para ello solo tenía una opción: Iba a arrebatárselo y sustituirlo por mí.
Me convertiría en sus sentimientos, miedos, pasiones, recuerdos e incluso traumas.
Guardaría los suyos en un cofre y lo enterraría en lo más profundo de mi ser, donde no pudieran volver a encontrarlo jamás, donde solo estuviera a mi disposición, donde nadie pudiera acceder para intentar arrebatármela o, peor aún, hacerle daño.
De esa manera yo lo sería todo para ella, y solo sería mía.
—Como bien has dicho, fue una noche. No hay, ni habrá, nada más.
Se cruzó de brazos, reforzando su postura. El problema era que ese gesto solo hizo que sus pechos se alzaran y mis ganas de empotrarla contra la pared del despacho de su padre y follarla se hicieron más fuertes. Incluso si lo tenía que hacer con él delante.
Sonreí de lado. Quizás no era mala idea, así le dejaría claro a quién pertenecía ahora su niña. Descarté ese pensamiento por ahora, a lo mejor en otra ocasión.
Di dos pasos adelante, acercándome con cautela, como lo hacía con mis presas. Al fin y al cabo, en eso se había convertido ella, en mi presa.
Me quedé a solo unos milímetros de su rostro, donde pude inhalar ese perfume que me enloquecía.
—¿Estás segura de ello?
—Sí —respondió y alzó el mentón.
Mi sonrisa se amplió. Me enderecé y puse distancia entre nosotros.
—Bien. Me gustan los desafíos.
No esperé su respuesta, ni la del hombre furioso que se encontraba a su lado.
Salí del despacho sin mirar atrás. Sabía que ambos me observaban. El padre con ganas de degollarme y su hija, perpleja.
Fui directo a mi dormitorio, dejé la puerta abierta, cogí la silla del pequeño escritorio que había a un lado y la coloqué mirando hacia el pasillo. Tomé asiento y aguardé.
No habían pasado ni cinco minutos cuando él apareció.
—Y yo que pensaba que querías a tu hija…
—Ni una sola palabra, malnacido —dijo, señalándome con el dedo, acercándose a mí—. En una hora estarás fuera de esta casa. Te quedarás en una de las residencias seguras hasta que Smert termine.
—No.
—¿Cómo has dicho?
Su padre me había entrenado de niño, Ramsel de adolescente, por lo que tenía claro lo que su tono de voz significaba. Estaba a segundos de arrancarme la cabeza, pero la información era poder y yo tenía una que él no sabía.
—He dicho que no.
Me acomodé en la silla, con la espalda recostada y las piernas cruzadas.
—La verdad, no entiendo qué es lo que te molesta tanto de que estemos juntos.
—¿Qué me molesta? Veamos… Primero, tú. Segundo, está prohibido. Y tercero, tú.
—¡Au! —exclamé y me llevé la mano al corazón fingiendo dolor—. Eso me ha hecho daño, pero estoy dispuesto a que lo entiendas por las buenas.
—¿Me estás amenazando? —cuestionó con una carcajada.
—No, jamás le haría eso a mi suegro.
Su alegría se esfumó, pero la mía volvió.
—Katrina se va a convertir en mi mujer… O mejor dicho, ya es mi mujer, solo que le está costando asimilarlo, pero no me malinterpretes, no la culpo, sé que soy mucho para digerir.
«Y en más de un sentido». Obviamente, eso no lo dije en alto. La idea era apaciguarlo; para alterarlo ya tenía lo otro.
Cogió aire y se presionó el puente de la nariz. Lo estaba llevando al límite y, joder, cómo lo disfrutaba.
—¿Acaso te has parado a pensar lo que eso ocasionaría? Dos asesinos de mafias rivales juntos, en una puñetera relación. Y no cualquier asesina, sino la futura líder de la organización. Gabriele y Marik enloquecerían, sin mencionar a las otras dos familias o el consejo… Podría estallar una guerra.
—No puede importarme menos. Si el mundo tiene que arder para que ella sea mía, que así sea… Que arda hasta los cimientos.
—Estás loco… Prepara tus cosas, avisaré a Oliver para…
—¿Y qué hay de ti?
—¿Qué pasa conmigo? —cuestionó con el ceño fruncido.
—Bueno, acabas de decirme que no podemos confraternizar entre nosotros; sin embargo, tú lo haces.
—¿De qué narices hablas? Yo soy neutral, ni siquiera intervine cuando Smert fue a por Milenka, y ya sabes cómo trabajamos… Que Katrina sea mi hija, no significa que la favorezca a ella o a Marik.
—No me vas a dejar otra opción, ¿verdad? —pregunté con un suspiro.
—¿A qué te refieres?
—A ir por las malas.
—¿Vas a matarme?
—No, eso solo conseguiría enfadar a Katrina, aunque no voy a decir que no se me pasara por la cabeza —contesté y me puse de pie—. Voy a usar mi mejor arma.
—Y esa es…
—La información. Tu padre me enseñó que no hay mayor poder que la información y yo de esa tengo mucha.
—¿Por ejemplo? —me retó cruzándose de brazos.
Qué bien me lo iba a pasar viendo su cara.
—Tu relación con Mikhail o la de tus niñas con Smert… ¡Oh, no!, espera… También la gran amistad que había entre vuestras mujeres.
Ahí estaba la expresión de sorpresa que esperaba. Sonreí y pasé por su lado hasta apoyarme en la puerta.
—Me pregunto qué pensaría el resto de familias, o el consejo, si supieran que Mikhail Smirnov, el hombre más poderoso de todos es tu íntimo amigo y padrino de Katrina. Sin mencionar que Smert, la propia muerte, tiene una relación muy estrecha con tus dos hijas.
Ese último dato era un farol, pero el tic de su ojo me dijo que no estaba desencaminado.
—Ese dato desequilibraría bastante la balanza, ¿no lo crees? Y más teniendo en cuenta los últimos acontecimientos.
Notaba cómo los engranajes de su cabeza giraban uno tras otro, buscando la manera de rebatir mis palabras, pero ambos sabíamos que eso era imposible; nunca hablaba sin pruebas, o casi nunca.
—¿Qué pasa con Gabriele? ¿Qué pensará él de que estés con la ahijada del hombre que quiere matarlo?
—A él le da igual con quién yo salga, siempre que cumpla con mi deber y, en el peor de los casos, estará muerto, así que no tendrá nada que objetar.
Ramsel negó con la cabeza, tan frustrado como furioso por el giro de nuestra charla. No dijo una sola palabra más, bufó y se encaminó a la salida, pero yo no había acabado todavía.
—Una cosa más… —dije, haciendo que se detuviera—. ¿Te importaría decirme dónde está el dormitorio de Katrina?
Sus ojos habrían ardido en llamas si hubiese sido posible. Se aproximó hasta pegar su rostro al mío y apretó tanto los dientes que pensé que se le romperían.
—Que te follen, Aiden.
—Sí, esa es la idea, por eso te pregunto por su dormitorio.
Pensé que me golpearía; incluso vi cómo cerraba los puños, pero solo me dio un empujón y cerró la puerta tan fuerte que se batieron sus bisagras.
Me encogí de hombros; qué le íbamos a hacer… «Habrá que recurrir al plan B».