Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Katrina

Estaba empezando a cansarme. Mi paciencia se iba agotando a cada segundo que pasaba ahí sentada escuchando a ese imbécil. Debería de haberlo degollado, regado con su sangre la mesa y luego haber tirado su cuerpo a los pies de su amo como el perro que era.

Pero no, ahí seguía, oyendo sus sandeces.

Era una de las cosas que odiaba de ser la heredera: La política.

Mantener el equilibrio entre todas las mafias, lidiar con el puto consejo, lleno de vejestorios que estarían mejor en una caja de pino que ahí sentados creyéndose dioses cuando no sabían ni cómo encender un ordenador, cuando ya no tenían noción alguna de cómo manejar a los nuevos asesinos, de prepararlos para los tiempos que corrían.

—Entiendo tu punto de vista, Milko —intervino mi padre—. Pero has de entender que es de Smert de quien hablamos. Sabes tan bien como yo que no es alguien que se pueda controlar.

—¿Entonces para qué estáis vosotros?

—Para ocuparnos de la mierda que vuestra gente no es capaz.

Mi respuesta hizo que me ganara una mirada severa de mi padre y otra de odio de Milko.

Me importaba bien poco, sobre todo porque era la verdad.

Smert y Aiden podían tener otro tipo de relación con sus jefes, pero yo no.

Para Marik no era más que su sirvienta, a la que llamaba cada vez que no era capaz de resolver algo, cosa que sucedía con regularidad.

—Lo que mi hija intenta decir es que nuestro trabajo es encargarnos de los enemigos de los cuales vosotros no sois capaces.

—Exacto… No somos vuestros perros guardianes.

—Sois lo que yo diga que seáis. —Escribió Marik en una libreta.

Sonreí de lado. Qué gusto me daba verlo así. Él no podía ver mi gesto, pero su gusano sí.

—¿Esto te hace gracia, asesina? ¿Disfrutas viendo a tu jefe así?

—Esas son las consecuencias de provocar a Mikhail. Ni mi padre ni yo tenemos culpa de que tu jefe haya bebido unas copas de más y no haya disciplinado a esa zorra —expliqué haciendo hincapié en «tu» y me levanté—. Creo que ha sido suficiente por hoy, la reunión ha terminado.

—Tú no eres quién para decidir eso.

—Sí, lo soy. Además, esto es una pérdida de tiempo; conocéis a la perfección nuestra ley. No nos matamos entre nosotros, y a no ser que queráis iniciar una guerra contra Mikhail, no hay nada más de que hablar.

Se les fue el color de la cara y sus cejas se alzaron.

—Lo que me imaginaba. Buenas noches, caballeros —me despedí, al tiempo que abría la puerta del despacho.

Milko apretó los puños, pero se incorporó y ayudó a su jefe a hacer lo mismo. Con cada paso que daba, sus ojos me miraban con más rabia. Estaba segura de que, si hubiese podido, me habría matado ahí mismo.

—Esto no se quedará así, Katrina.

—¿No? ¿Qué vas a hacer, Milko? ¿Matarme? —interrogué con una ceja levantada—. No hace falta que te diga lo imposible que es eso, sobre todo para los ineptos que tienes trabajando contigo.

—Sin mencionar que eso sería un ataque interno y dejaría el contrato anulado al instante —añadió mi padre.

—¿Y cómo os dejaría eso, Milko? ¿Qué seríais sin mí para limpiar vuestra mierda? No hace falta que respondas, lo haré yo por ti: no seríais nada.

Se puso rojo de la ira; ambos lo hicieron, pero no les quedó más remedio que marcharse. No esperé a la charla que sabía que me iba a dar mi padre y puse rumbo al comedor. Ya era hora de la cena y tenía cosas más importantes con las que lidiar.

«Vaya día de mierda».

—No deberías haber reaccionado así —comentó a mi espalda.

Venía detrás de mí y, cómo no, era incapaz de guardarse sus pensamientos.

—¿Querías seguir escuchando sus tonterías? Ambos sabemos que si no fuera por el estúpido tratado que firmó el abuelo con ellos, ni siquiera los serviríamos.

—Si de mí dependiera, hubiera roto ese estúpido papel hace años, pero es imposible.

—¿Por qué? —cuestioné con rabia.

Me detuve en el umbral de la puerta y lo observé con fijeza.

—¿Porque uno de ellos murió por defender a uno de los nuestros, les debemos devoción de por vida?

Es absurdo. Hemos pagado la deuda con creces, derramado miles y miles de litros de sangre por la poca que él perdió, arrebatado tantas vidas que es imposible llevar una cuenta.

Joder, están entre las cuatro familias gracias a nosotros.

Me miró con comprensión. Él sufría por este absurdo tratado tanto o más que yo. Estiró la mano y acarició mi mejilla con ternura. Era lo que siempre hacía cuando yo no podía más, cuando estaba a un solo paso de volverme como Smert o incluso peor.

Cerré los ojos y me dejé llevar, absorbiendo lo que él me daba.

—Encontraré la manera, Kati, te lo prometo —susurró.

No respondí, preferí no hacerlo. Si no lo había conseguido hasta esa fecha, ya no lo haría, pero yo no era él.

Estaba dispuesta a entrar en guerra si era necesario, iba a librarme de ese acuerdo sin importarme las consecuencias.

Ya tenía suficiente con cargar el peso que tenía a mi espalda; no pensaba llevar ese también.

—Entiendo que la reunión no ha ido muy bien.

La voz de mi madre hizo que nos separáramos. Nos giramos y allí estaba ella, de pie, con su espectacular aspecto y la sonrisa cálida. Tenía el don de reconfortarme, de ser mi hogar cuando me sentía perdida, mi luz cuando la oscuridad me absorbía, la roca que me mantenía anclada.

Ella siempre era lo que necesitaba, sobre todo en días como hoy. Y esa vez también lo habría sido, pero había un problema, o mejor dicho, dos: las personas que se encontraban detrás de ella.

Mi hermana me observaba con pena; siempre lo hacía en estas ocasiones. Nadie mejor que ella conocía por lo que había tenido que pasar. Sabía que se cambiaría por mí si pudiera, pero nunca lo permitiría, no con ella.

Aun así, no era su mirada la que me irritaba. No, de esos se encargaban los otros dos. Aiden lo hacía con intensidad y Oliver con prepotencia.

Le hice un gesto de asco y pasé por su costado como si no existiera, directa a mi lugar en la mesa.

Mi hermana tomó asiento a mi derecha, mi padre en la cabecera con mi madre a su derecha y nuestros invitados junto a ella.

Para mi desgracia, mi posición me dejaba con Aiden frente a mí, el cual daba la impresión de que ni siquiera pestañeaba.

Estaba distinto, diferente. No solo por lo callado que estaba. Había algo más. Nos estudiaba, analizaba todo a su alrededor, sobre todo a mí. Su silencio era perturbador y su forma de observarme… Entrecerré los ojos; algo no cuadraba.

—Entonces, ¿la reunión ha ido mal? —preguntó Oliver, haciéndome desviar la atención.

—No es de tu incumbencia —solté.

—Katrina… —intervino mi padre—. Nada fuera de lo esperado, están enfadados por lo sucedido, pero nosotros no podemos hacer nada, a no ser que quieran entrar en guerra con Mikhail.

—Oh, por favor, dime que han dicho que sí. Me muero de ganas por ver lo que les hace Smert —comentó Valery con alegría.

—Ni siquiera contestaron, por poco se mean encima cuando se los sugerí —respondí con una sonrisa de lado.

—Como futura líder, tu trabajo es evitar una guerra entre las familias, no alentarla —murmuró Oliver.

Un silencio sepulcral cubrió la estancia; todas los ojos estaban puestas en mí, a la espera de mi reacción, excepto la que siempre había estado ahí; esa que se dirigía a mi primo, lo observaba con oscuridad, una que seguro lo haría temblar, pero se esforzaba por parecer fuerte. Todos sabíamos que no lo era.

—Y dime, primo. ¿Qué habrías hecho tú?

—Habría controlado a Smert.

El ataque de risa de Valery echó por pique la convicción con la que había dicho esas palabras. Yo también me reí; incluso a mis padres les costaba mantener las apariencias.

—Solo por curiosidad voy a preguntarlo, ¿cómo harías tal hazaña?

—Seguro por la espalda, como las ratas —respondió mi hermana en su lugar.

—¡Valery! —la reprendió mi madre.

—¡¿Qué?! No he dicho nada nuevo.

—Parece que te has vuelto muy graciosa, prima —dijo Oliver, fulminándome con la mirada.

Arrugué la frente y lentamente cogí el cuchillo a mi lado. Escuché cómo mi padre dejaba sus cubiertos en la mesa y se alejaba, listo para intervenir.

—Sigue mirándola así y te arranco los ojos.

Mi advertencia hizo que volviera a fijarse en mí. Un atisbo de ira brilló en sus ojos; era leve, pero ahí estaba. La misma mirada de aquella noche.

Ambos nos inclinamos hacia delante, listos para saltar a la yugular en el siguiente suspiro.

—¿Te crees muy valiente? ¿Ahora? ¿Por qué? ¿Por qué ya no hay que aguantar las náuseas al verte?

Dolor fue lo primero que sentí; lo siguiente fue rabia pura. Empujé la silla hacia atrás, decidida a hacer lo que debería haber hecho hace mucho tiempo, pero no llegué muy lejos, no me hizo falta.

Todo sucedió en cuestión de segundos: el caos se apoderó de la cena y no era yo quien lo estaba ocasionando.

Era Aiden. Estaba de pie, sosteniendo a Oliver por el cabello y ahogándolo con el puré de patatas.

Tenía la cabeza enterrada en su plato mientras movía los brazos en un intento inútil por liberarse.

El resto estábamos paralizados, sin apenas respirar. Ninguno sabía qué narices estaba pasando, pero joder… Cómo lo estaba disfrutando.

En un momento, Aiden levantó la cabeza de mi primo y la llevó hacia atrás, lo suficiente para que sus labios quedaran a escasos centímetros de él.

—Discúlpate —susurró.

Mi primo fue incapaz de decir nada, solo jadeaba y tosía. Eso hizo que Aiden perdiese la paciencia y volviera a bajar su cabeza hacia el plato, aunque esa vez Oliver tuvo tiempo de apoyar las manos en la mesa.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —gritó.

Aiden afianzó el agarre en su cabello y empujó su cabeza en mi dirección.

—Con ella, discúlpate con ella —insistió.

—Lo… lo siento, Katrina.

Estaba estupefacta, no sabía qué decir. Mis ojos se quedaron fijos en Aiden y cuando los suyos conectaron con los míos… Fuego, eso era lo que había. Fuego. Uno tan grande y ardiente que prendía todo a nuestro alrededor.

Valery fue la primera en salir de su letargo y, cómo no, no podía quedarse callada.

—¿Y qué hay de mí? ¿No debería disculparse conmigo también? —protestó y se cruzó de brazos.

Aiden torció la cabeza de Oliver como si de un títere se tratase. Este comprendió a la perfección lo que debía hacer y no tardó en disculparse.

Yo seguía de pie, con el cuchillo en mi mano y sin ser capaz de pronunciar una sola palabra.

El famoso asesino soltó a su presa, pero no contento con lo que ya había hecho, cogió su plato, que ahora era un caos con comida derramada, y lo arrojó.

—Los perros comen en el suelo.

Oliver se le quedó mirando con los ojos muy abiertos. Todos lo hacíamos. Mi padre, para sorpresa de todos, no se movió. Tampoco lo hizo mi madre. Ambos seguían los acontecimientos como si no estuvieran presentes, como si se encontraran viendo una telenovela.

Aiden hizo un gesto. Fue muy sutil, pero lo suficiente para que Oliver se girara hacia mi padre, en busca de una ayuda que nunca llegó. Él no movió un solo dedo. Así que no le quedó más remedio que incorporarse e irse.

Volvió a tomar asiento; yo lo seguí y comenzamos a comer con normalidad, como si nada hubiese sucedido, aunque para mí no era así. Un mar de sentimientos se arremolinaba en mi interior. Sentimientos que no quería, que no necesitaba y que no estaba dispuesta a aceptar.

No pasó mucho tiempo hasta que todos nos acompañaron y terminamos de cenar en un silencio cómodo; por lo menos para mí lo era, incluso con los vistazos furtivos que mi padre nos daba a ambos.

Al acabar, nos dispusimos a marcharnos cada uno a nuestro dormitorio, pero Aiden se quedó de pie en la escalera, con la vista clavada en mí. Me detuve en el rellano, observándolo con la misma intensidad.

—Me gusta. Ya puedes compensarlo bien —me susurró Valery al oído.

Mi rostro se sonrojó, algo que no me sucedía desde la adolescencia, y la fulminé con la mirada.

—Vosotros dos, a mi despacho —interrumpió mi padre con voz sonora.

Ninguno se movió. Continuamos observándonos como si no existiera nadie más.

—¡Ahora! —bramó.

Salimos de lo que narices fuera eso y lo seguimos.

Una vez dentro del despacho, cerró la puerta de un golpe y se ubicó delante de nosotros con el rostro arrugado por el enfado.

—Quiero saber lo que sucede entre vosotros, y no quiero excusas.