CAPÍTULO 5
Aiden
No podía creerlo. Ahí estaba ella, la diosa nórdica de mis sueños y pesadillas, la mujer que me tenía en vela todas las noches, escuchando sus gemidos retumbar en las paredes de mi cerebro.
Katrina, la tercera asesina más despiadada, la hija del cazador, heredera y futura líder de la organización, la mujer que había dado vuelta a mi mundo en una noche.
La contemplé alejarse, seguida de su madre que cuidaba su espalda, o más bien hacía de barrera para que no intentase acabar el trabajo, para que no matase a Oliver… El supuesto encargado de encontrarla.
La ira inundó mi visión, encendió mi sangre como si de lava se tratara, y antes de que él terminara de recuperarse, ya estaba rogando por oxígeno otra vez.
—Dame una razón para no acabar lo que ella empezó.
—Juro que no sabía que era ella.
—¿No sabías que era tu prima? ¡¿Me crees tonto?!
—Puedo… Explicarlo.
Cedí mi agarre cuando su rostro volvió a cambiar de color, dándole una oportunidad para que hablara, aunque si de mí dependía, ya habría estado sirviendo de abono.
—Tienes dos minutos antes de que piense en alguna excusa para tu tío y riegue con tu sangre el pasillo.
—No nos veíamos desde hacía más de diez años y en aquella época ella era muy diferente. Nada que ver con lo que es ahora; además, nuestra relación nunca fue de las mejores.
—¿A qué te refieres?
—Katrina y yo siempre competimos por el puesto de líder de la organización. Aún lo haríamos si mi tío no hubiese cambiado esa ley.
Arrugué la frente y di un paso atrás. «Oliver, ¿líder de la organización? Imposible. Si no vale ni para limpiar el suelo donde pisa su prima».
Debió de ver mi desconcierto, porque se aclaró la garganta y me lo explicó.
—Veo que mi tío nunca te lo contó… Soy descendiente de sangre del antiguo cazador, mi abuelo. Según nuestras leyes, yo debería ser el sucesor de mi tío.
—¿Por qué? Si tú no eres su hijo, Ramsel fue el elegido para liderar y tu padre murió años después, al retarlo.
La mención de ese hecho hizo que su rostro se tensara. Fue algo muy leve, pero no lo suficiente como para que no me diera cuenta.
—Pero soy el único hombre —contestó con la voz tensa.
—¿Y? —cuestioné con una ceja levantada.
«¿Acaso intenta decirme que una mujer no puede liderar?
» Aún no conocía del todo a Katrina, pero solo con verla ya se notaba el poder que exudaba.
Oliver era una tirilla a su lado, sin contar que ahora el poder de esa mujer había aumentado estrepitosamente, porque si a alguien se le ocurriese tocarla, usaría sus tripas para darle de desayunar a los perros.
«Nota mental: comprar perros».
—Esa era nuestra ley, ninguna mujer se ha sentado jamás en la silla de líder.
Los engranajes de mi cabeza empezaron a girar y mi rostro se fue transformando poco a poco. Oliver notó el cambio.
Di un paso hacia delante, luego otro. Por cada uno que yo daba, él retrocedía dos.
—¿Aún quieres ese puesto? ¿Aún eres su competencia? —pregunté con mi voz oscurecida.
Su cabeza se movió de un lado a otro frenéticamente, su cuerpo temblaba de manera involuntaria y su piel palideció.
No me detuve, seguí moviéndome hasta que su espalda chocó contra el ventanal del pasillo.
—Sabia decisión, porque si me entero de que no es así, serás el nuevo juguete de mi sesión de relajación y una vez que acabe, usaré tus restos para alimentar a los perros.
Silencio. Uno tan grande que no se oía ni su respiración.
Llevaba lo suficiente conmigo como para saber que yo no advertía en vano, siempre cumplía mi palabra y siempre me divertía de lo lindo haciéndolo.
Le hice un gesto con la cabeza para que se marchara. No lo dudó ni un segundo y salió despavorido, pero antes de que llegara muy lejos…
—Oliver —dije, haciendo que se detuviera a los pies de la escalera—. Consígueme unos perros; cuanto más grandes y feroces, mejor.
—S-sí, señor —tartamudeó antes de bajar corriendo.
Observé cómo huía, cual rata a su madriguera. Mis labios se estiraron en una dulce sonrisa. Puede que ella me hubiese traicionado, pero pensaba cumplir lo que dije esa noche.
—A Katrina no le gustan los perros, es más de gatos.
La voz me tomó por sorpresa, me giré a gran velocidad y lo que me encontré me dejó confuso. No era más que una chica de 20 años como máximo, «¿cómo narices consiguió acercarse sin que yo me diera cuenta?»
Giró la cabeza a un lado y comenzó a reírse. «¿Cómo se atreve? ¿Es que no sabe quién soy yo? Es más, ¿qué hace ella aquí?». Los aprendices no podían estar en la casa principal y la que ellos habitaban estaba bastante lejos.
—Sabes… No te imaginaba así de… Mono.
—¿Mono? ¿Quieres tentar a la muerte, niña?
—Puff, ahórrate tus amenazas —dijo e hizo un gesto despreocupado con la mano—. En mí no tienen efecto, estoy acostumbrada a tratar con alguien peor que tú.
—No existe nadie peor que yo.
—¿Ah, no? Curioso… Sin duda, él discreparía.
Tenía muy claro a quién se refería, pero no tenía ni idea de cómo podía conocerlo.
Me tomé un momento para evaluarla: era alta, delgada, sin mucho busto; su piel era de un moreno intenso, su cabello era largo, liso y oscuro. Y sus ojos… Entrecerré los míos; había algo en el color de sus ojos.
Sonrió y pasó por mi lado sin decir más, ni una sola explicación, nada… Se iba como si ese encuentro no hubiese sido más que un chiste para ella; yo era un simple payaso con el propósito de entretenerla.
No pensaba permitir que se fuera así. «Una niña no se iba a reír de uno de los asesinos más temidos del mundo».
—Haces bien en marcharte, no estoy de humor para aguantar a una chiquilla que no sabe cuál es su lugar.
Mis palabras hicieron que se detuviera. Se giró en el escalón y me miró desde abajo.
—Sé muy bien cuál es mi lugar, al igual que sé el tuyo, segundón.
Cerré las manos en puños y los apreté con fuerza. «Maldita mocosa de los cojones… ¿Ramsel se enfadaría mucho si matase a una de sus aprendices? Seguro que no, más teniendo en cuenta que se coló en su casa, aunque hay un detalle… Dijo que lo conocía».
—Será mejor que te marches, al cazador no le gustará saber que te colaste en su casa.
Su carcajada fue tan sonora, que retumbó en las paredes.
—Dudo que le importe, sobre todo porque vivo aquí.
Decir que me dejó en shock sería quedarse corto. Volvió a reírse y siguió descendiendo, dejándome igual de estupefacto que cuando apareció.
—Y recuerda… No le gustan los perros.
Con eso terminó de desaparecer. Con razón esos ojos se me hacían tan familiares; Ramsel tenía dos hijas, aunque el aspecto de esta no tenía nada que ver con el de su hermana, ni con el de sus padres.
Lo único en lo que se parecía a alguno de ellos era en el color de ojos, que sin duda eran de su madre.
Me presioné el puente de la nariz, puse rumbo a mi dormitorio y cerré la puerta de un puntapié mientras sacaba el teléfono y le mandaba un mensaje a Oliver.
Olvida lo de los perros
«A ver cómo cojones le voy a dar de comer restos humanos a un gato».