CAPÍTULO 4
Katrina
Mi día empeoraba por momentos: primero, había sido la noticia de Marik, luego la bronca de mi padre y ahora él.
Íbamos sumergidos en el silencio, siendo nuestras pisadas lo único que se oía a nuestro alrededor.
Sentía su mirada clavada en mi espalda, su respiración soplando mi nuca, sus brazos rozando mi cabello.
Intenté ignorarlo, hacer como si no lo conociera, pero eso era imposible; era un ser creado para no ser ignorado: alto, atlético, con un aura magnética, y para colmo, follaba como los jodidos dioses.
Un fragmento de esa noche cruzó por mi mente: salvaje, sudoroso, placentero.
Negué con la cabeza, descartando esos recuerdos, y di los últimos pasos hasta llegar a la puerta de la que ahora sería su habitación.
La abrí y me hice a un lado, dejando espacio suficiente para que pasara sin tocarnos, pero no fue así.
Su hombro rozó el mío, enviando una deliciosa corriente hasta la parte baja de mi abdomen.
Reprimí el gemido que mis labios se morían por gritar y me mantuve recta en mi lugar. Sin acercarme más de la cuenta.
Lo vi recorrer la estancia, sin que su rostro dejase ver ni una sola de sus emociones. No como esa noche. No como hace un rato cuando me volvió a ver.
Cuando terminó, posó sus ojos marrones en los míos, metió las manos en los bolsillos y esperó. No sabía a qué aguardaba, pero no lo iba a obtener. No pensaba volver a caer en la tentación. No podía, no debía… «Esa no soy yo. Ya no».
—¿El baño?
Su voz masculina, con ese dichoso acento italiano, retumbó en las paredes.
«Joder, cómo lo odiaba».
Señalé con la cabeza la puerta que había a un lado; él levantó una ceja, como si no me comprendiera, pero sabía a la perfección lo que quería y lo que no debía hacer.
No debía entrar; lo mejor que podía hacer era darme la vuelta y dejarlo explorar a él solo, pero aun teniendo claro lo que iba a suceder, entré.
Caminé con la espalda recta hacia mi destino. No terminé de llegar cuando escuché cómo la puerta se cerraba y pasaba el seguro.
En menos de treinta segundos sus brazos rodearon mi cintura, su pecho presionaba mi espalda y su aliento bañaba mi oído.
—Nunca debiste dejarme —me reprochó mientras su nariz se enterraba en mi cuello y absorbía el aroma—. Joder, es mejor de lo que dijo —susurró tan bajo que por poco ni lo oigo.
—No sé de qué me hablas.
—Sí que lo sabes, una traición así no se olvida.
—Debes estar confundiéndome con otra persona.
Me dio la vuelta a una velocidad asombrosa, mi cuerpo golpeó contra el marco del baño y su mano se enredó en mi cabello.
—No juegues conmigo. Yo nunca pierdo.
—Mira por dónde, yo tampoco.
Nuestras miradas se enfrentaron en una batalla silenciosa, cargada de un fuego que bien nos podría haber hecho arder a ambos en cuestión de segundos.
La manilla se movió, haciendo que ambos desviásemos los ojos en esa dirección.
—¿Aiden?
Esa voz… Reconocía esa voz.
De un empujón me deshice de Aiden, puse rumbo hasta la puerta, saqué el seguro y la abrí de un tirón.
La persona que llamaba se quedó con el puño en alto y sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Eres tú… Pero… ¿Cómo? —Observó a mi espalda—. Es ella —repitió.
—Sí, lo es. Ella. Tu prima —contestó Aiden con frialdad.
El rostro de Oliver palideció, volvió a mirarme, pero esta vez me recorrió con cautela. Sorpresa, ira, miedo, incluso terror fue lo que pude ver reflejado en él; era a lo que olía, y me encantaba.
—No, no puede ser, no puedes ser tú.
Mis labios se estiraron en una mueca espeluznante, mi cabeza giró a un lado y mis pies se movieron hasta quedar a escasos centímetros de él.
—¿Por qué? —cuestioné.
—Estás muy cambiada, yo… hace tiempo que no te veía, antes no eras así.
Mi risa fue tan fuerte que incluso me dolió el pecho. En cuanto me controlé, rodeé su cuello con una mano y golpeé su cabeza contra la puerta. La madera tembló y Oliver hizo un amago de defenderse, pero se contuvo, por la sombra que se colocó a mi lado.
Una advertencia silenciosa pero mortífera.
Mi corazón latió, sintiendo algo que hacía tiempo no sentía. Negué con la cabeza y desterré ese sentimiento. No me hacía falta, ya no.
Centré mi atención en Oliver, mi primo, hijo del hermano de mi padre, sangre de mi sangre y mi peor pesadilla durante décadas.
—¿Qué esperabas? ¿Poder seguir haciendo de las tuyas? —lo interrogué, al tiempo que lo privaba de aire.
—No…Yo…
Su tez se iba volviendo cada vez más pálida y con ella sus intentos de recuperar el oxígeno, pero cada vez que levantaba las manos, Aiden hacía un gesto. Una clara amenaza de que, si me tocaba, le iría peor con él.
—Katrina.
Estaba disfrutando, viendo cómo se apagaba lentamente cuando me interrumpió. Giré hacia el sonido de su voz. Me miraba con esos ojos tan iguales a los míos, los cuales estaban bañados de reproche, el mismo que tenía cada vez que me reñía de niña.
—Suéltalo, hija —dijo, estirando su mano hacia mí.
Apreté la mandíbula, empujé a la escoria al suelo, me hice a un lado y caminé en dirección a mi madre.
Me sonrió, entrelazó sus dedos con los míos y observó a nuestro invitado con cariño.
—Siento que hayas tenido que presenciar esto, Aiden; en todas las familias hay pequeñas… disputas. Espero que no nos lo tengas en cuenta.
—No se preocupe, no hay nada que reprochar —respondió este mirándome fijamente.
—Te lo agradezco. Oliver, ¿te encuentras bien?
—Está perfecto, señora Adamik —contestó Aiden por él.
—Oh, por favor, llámame Kamilia. Odio lo de señora Adamik.
—Si así lo quiere, así lo haré.
Ella le volvió a sonreír y yo solo quería poner los ojos en blanco.
«Puñetero zalamero italiano de las narices».
—Bueno, será mejor que mi hija y yo os dejemos instalaros; espero verlos a los dos en la cena.
—Ahí estaremos.
Mi madre se dispuso a marcharse, pero antes de que me arrastrase con ella, me zafé de su agarre y fui hasta Oliver.
Me puse de cuclillas y acerqué mis labios a su oído. Tenía un mensaje para él, uno que hacía tiempo debería de haberle dado.
—Cuidado, primero. Las sombras son muy traicioneras.
Dicho eso, acompañé a mi madre escaleras abajo, con la sensación de tener dos miradas clavadas en mi espalda, aunque cada una con una intención diferente.