Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 3
6%

CAPÍTULO 3

El cazador

—¡¿Es la única explicación que se te ocurre?! —bramé.

—No tengo ninguna más que darte, Ramsel. Smert cumplió su parte, no mató a Marik.

Maldito ruso de los cojones.

Mikhail y yo nos conocíamos desde niños.

Su afán por defender a esa mocosa estaba llevando nuestra amistad al límite.

Entendía por qué la había cogido bajo su ala protectora y también comprendía la razón por la cual estaba en el primer puesto.

Neith era espeluznante. La mejor asesina que había visto jamás, no tenía límites y eso era algo a lo que temer.

Daba gracias a Dios todos los días porque mis hijas le hubiesen caído en gracia.

—¿Sigue enfadado? —la voz de Neith se escuchó de fondo.

—Sí. Cree que no cumpliste tu promesa, Boginya Voyny.

—Pues no veo por qué, si Marik sigue con vida…

—Le arrancaste la lengua y los ojos —interrumpí.

—Pero no lo maté.

—Oh, claro, muchas gracias.

—De nada —me respondió con completa calma.

Cogí aire y me presioné el puente de la nariz. No podía con esa cría.

—Mira, prometí que no lo mataría y no lo he hecho. Tu cabrón checo sigue respirando, así que no hay por qué montar todo este circo. Además, ¿tú qué habrías hecho en mi lugar si hubiese sido a Kamilia a la que hubiesen insultado?

Me quedé en silencio. Me hubiese encantado decirle que no habría hecho lo que hizo ella, pero sería una mentira muy grande, y todos lo sabríamos.

—¿Lo ves? Nada más que alegar, buenas noches, Ramsel. Y saluda al cagado de Aiden de mi parte.

Con esas palabras colgó la llamada. Arrojé el teléfono sobre el escritorio con enfado.

Admiraba a esa niña tanto como la detestaba; siempre hacía lo que le daba la gana y salía impune como si nada. ¿La razón? Ni yo mismo lo sabía. Tenía una forma de rebatir mis enfados hasta dejarme callado y sin alegatos.

—Entiendo que ha vuelto a quedarse sin castigo.

Alcé la vista y me encontré con esos ojos azules que seguían quitándome el aliento.

Kamilia me observó con una sonrisa tierna y al instante mi mal humor se evaporó como por arte de magia.

—¿Cuánto has escuchado? —pregunté, atrayéndola a mis brazos.

—Lo suficiente para saber que se ha vuelto a salir con la suya.

Rodeó mi cuello y aproveché para hundir la nariz en su cabello; su aroma era mi obsesión.

—La maldita te utilizó a ti como escudo; me preguntó qué habría hecho si Milenka te hubiese insultado a ti.

Su cuerpo vibró por la risa. No entendía qué veía en Neith, pero para ella era como otra hija.

—Entiendo… Es una chica lista.

—Demasiado para mi gusto.

Volvió a reír y el sonido fue como una melodía en mis oídos.

—Anda, olvídate del tema, Aiden ya ha llegado y al parecer casi mata a Oliver en la entrada. Tuve que curarle una herida en el cuello… Suerte que no era profunda.

Suspiré. Ahí venía otro de mis dolores de cabeza.

—Sabes… No recuerdo que mi padre tuviese que lidiar con esta clase de asesinos que parecen empeñados en ver quién me cabrea más.

—Bueno, son otros tiempos; además, solo son dos: Katrina es obediente y Tristan es como si no existiera.

—Tu hija fue quien dejó a Smert sin vigilancia por ir a follarse a un desconocido.

—Tanto tú como yo sabemos que ese plan estaba condenado al fracaso desde el principio.

Neith habría hecho lo que le diera la gana incluso estando tú mismo allí, así que no le eches la culpa a nuestra hija; además, lo más probable es que Katrina la hubiese terminado ayudando, lo que te convierte a ti en el único responsable.

—¿Y ahora por qué es mi culpa?

—Porque conoces los sentimientos de Katrina y, aun así, la enviaste a controlar a Smert.

«Increíble… Al final, la culpa va a terminar siendo mía».

—Las tienes demasiado consentidas.

—Y tú eres muy exigente con ellas, pero te perdono porque te amo. Le diré a Aiden que pase y espero que averigües por qué casi degüella a tu sobrino.

Se dio la vuelta y se alejó, dejándome allí, mirando la puerta con cara de tonto.

Yo era el cazador, el asesino más temido de mis tiempos, el líder de la élite, y sin embargo ahí estaba, bailando al son de tres mujeres o cuatro, si teníamos en cuenta a mi niñita.

«Mi padre me abriría para ver dónde se han metido mis pelotas si aún siguiese con vida».

Dejé ese pensamiento a un lado y tomé asiento detrás de mi escritorio.

Aiden no tardó mucho en entrar. Caminó con su habitual arrogancia, como si todo este lugar le perteneciera, y se sentó después de desabrochar el botón de su abrigo, se cruzó de brazos y piernas y esperó.

No hubo saludo ni disculpa por lo que había sucedido y mucho menos una señal de respeto. Mantuvo sus ojos clavados en los míos, aguardando, observando.

Cerré los puños con fuerza. Había entrenado a este mocoso yo mismo. Él y Parker eran los mejores, insuperables en sus campos; Aiden siempre había sido arrogante, petulante, insensato. Sería Parker quien ocuparía su puesto si no hubiese muerto en aquel incendio.

—¿Qué sucedió ahí fuera? —interrogué rompiendo nuestro sosiego.

—Tienes un sobrino muy bocazas.

Silencio. Ninguno dijo nada más; nos mantuvimos en una guerra silenciosa. Qué suerte tenía de que Smert ya me hubiese agotado mentalmente.

Con un suspiro me dejé caer en el asiento, resignado a dejar pasar el tema.

—Sabes por qué estás aquí. —No fue una pregunta, sino una afirmación.

—Sí… Y lo veo del todo innecesario.

—Qué pena, porque yo no… Te quedarás hasta que esta guerra entre Mikhail y Gabriele acabe.

—No soy un crío, Ramsel. No me puedes retener aquí porque a Mikhail se le haya antojado cargarse a Gabriele.

—No pienso arriesgar la vida de uno de los míos porque esos dos hayan decidido ver quién la tiene más grande.

—No tenía pensado involucrarme.

—Pero es a Smert a quien han enviado. Si se le antoja, te involucrará igual.

—¿Crees que no puedo con él? —preguntó con irritación.

—No lo creo, lo sé.

El silencio volvió a llenar la habitación; ignoré su infantil comportamiento y cogí el teléfono para hacer una llamada.

La línea no tardó en ser atendida.

—Ven a mi despacho, por favor.

No esperé su respuesta y colgué. Sabía que vendría sin discusión.

—Así que vas a dejarme aquí encerrado como si no tuviera nada más que hacer —protestó.

—Será solo hasta que Smert haga de las suyas; después de ello, puedes ir a reunirte con tu nuevo jefe.

—Si es que queda alguno…

—Gabriele no lo sabe, pero Smert tiene órdenes de matarlo solo a él… Matteo está fuera del asunto.

Antes de que pudiese decir algo más, la puerta del despacho se abrió y mis ojos volvieron a caer en esos azules que tanto adoraba. Solo que estos no pertenecían a mi esposa, sino a su clon más joven.

Ella caminó sin molestarse en mirar a mi acompañante; lo hizo hasta posicionarse a mi lado. Aiden tampoco le prestó atención, no hasta que la tuvo delante. Su boca se abrió, su rostro se desencajó y sus ojos brillaron con algo que no me gustó ni un pelo.

—¿Me necesitabas?

La voz de mi hija hizo que dejase de mirar al hombre frente a mí, al cual me habían entrado unas ganas enormes de cortarle la cabeza.

Me puse de pie, haciendo que ella se hiciera a un lado para darme paso, y caminé hasta quedar frente a Aiden.

Este se incorporó, sin dejar de observarla con sorpresa y deseo.

—Aiden, esta es mi hija Katrina, ella te acompañará hasta tu habitación para que te instales. Una vez Smert acabe, te lo comunicaré para que puedas volver a tu vida.

No hubo más protestas, quejas o discusiones; solo asintió, con toda la atención puesta en mi acompañante, a la que seguía devorando con los ojos. Ella no le dio la más mínima importancia y salió del despacho. Se dispuso a acompañarla, pero lo sujeté del hombro y lo detuve.

—Está fuera de tu liga… Tócala y seré yo quien le pida a Smert que esparza tus pedacitos por todo el continente —susurré en su oído.

Me observó de reojo y le mantuve la mirada, dejándole claro que no estaba jugando. Una vez que la ira brilló en sus ojos, me quedó claro que lo había entendido y lo solté.

Lo vi alejarse detrás de Katrina, preguntándome si había tomado la decisión correcta al traer a ese parásito a mi casa.