Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Aiden

Volví a repasar las imágenes de mi táblet.

Se había convertido en mi único pasatiempo de los últimos dos días y el resultado siempre era el mismo: una gran erección y la frustración más grande que había tenido en mi vida.

Incluso mayor que cuando apareció y me quitó mi puesto como el número uno.

La admiración que sentía por ese ser era casi igual al odio que le profesaba.

«Casi».

Arrojé la táblet a un lado del asiento y me recosté en él. Cerré los ojos y me masajeé la frente.

Para terminar mi nefasto día, estaba de camino a una reunión en la central de los asesinos.

Ramsel, más conocido como el cazador, me había hecho llamar. Él era quien dirigía la organización, quien se encargaba de nuestros entrenamientos y mantenía a todos a raya. Nadie en su sano juicio se atrevía a llevarle la contraria.

Solo él. El único de todos nosotros que no tenía juicio ninguno. Smert.

Había aparecido de la nada y se había posicionado como el más sanguinario de la noche a la mañana. Mikhail lo había enviado un día a una misión y él había hecho el resto.

Por lo que pude averiguar, el ruso solo le envió un correo a Ramsel informando que ya tenía nuevo asesino, sin presentación ni explicaciones. Era por su culpa que había sido llamado a la central.

Al parecer, Mikhail lo había enviado a encargarse de Gabriele, y yo, al ser su asesino, temía enfrentarme a ese demente, aunque ganas no me faltaban.

Con él fuera de juego recuperaría mi posición como el número uno, pero no era tonto, sabía que esa batalla sería «muy a mi pesar» una muerte segura, sin tener en cuenta que, si llegaba a ganar, Ramsel se encargaría de cortarme los huevos por ir en contra de sus reglas.

Apreciaba demasiado mis partes para arriesgarlas por tocar a ese idiota egocéntrico.

—¿Ya puedo hablar contigo o vas a arrojarme algo por interrumpir tu descanso?

La voz de Oliver hizo que volviera a abrir los ojos. Él era mi asistente, la persona encargada de mi agenda, de los pormenores de mi trabajo y de encontrarla a ella, aunque en esto último había hecho un trabajo nefasto, como en prácticamente todo.

—A no ser que sea para decirme que la has encontrado, puedes meterte la lengua donde te quepa.

Me observó por el retrovisor; sabía que se moría por ponerme los ojos en blanco o mandarme a paseo, pero se contuvo, igual que lo hacía siempre.

Me conocía a la perfección como para saber las posibles consecuencias de cabrearme y más teniendo en cuenta mi humor en los últimos días, desde esa puñetera noche.

Apreté la mandíbula; ya comenzaba a parecerme a él.

Oliver suspiró y volvió a centrar su atención en la carretera.

—Ya lo has visto por ti mismo, ha desaparecido. Incluso su amiga de los ojos exóticos lo hizo. No se las ve entrar ni salir. Si no fuera porque yo también estuve allí, dudaría de su existencia.

—¿Entonces qué? ¿Me acosté con un puto fantasma?

—Todo apunta a que sí.

Me entraron ganas de pegarle un tiro y lo habría hecho si él no estuviera conduciendo o si no fuese su puto sobrino.

Por lo visto, el cazador ya se había cansado de buscarme asistentes porque terminó endosándome al hijo de su hermano.

—Es imposible que no tengamos nada, estuvieron ahí igual que nosotros, igual que Milenka.

—Y mira cómo terminó… —murmuró.

Suspiré. La noticia había volado como la pólvora.

Milenka, una de las mejores asesinas checas, muerta a manos de Smert mientras este tenía sexo con ella, aunque eso no fue lo peor, «nisiquiera el resto de soldados muertos por cruzarse en su camino». Lo peor fue lo que le hizo a Marik, al jefe de la mafia.

—¿Crees que estaba ahí? ¿En la misma sala que nosotros? —preguntó Oliver.

Me mantuve en silencio, no me hacía falta pensar en la respuesta, ya que la sabía y era obvia.

Sí, había estado allí. Me esforcé por recordar la cara de aquellas personas que había visto con Milenka esa noche, en busca de su rostro. La única que se me venía a la mente era la rubia de piernas kilométricas.

—Es probable. Es como la mugre, está en todos lados.

Mi comentario hizo que se moviera incómodo. Incluso él le temía a Smert. Muchas veces me preguntaba si existía alguien que no tuviera miedo de ese ser. Seguro que incluso Mikhail le temía.

El camino se volvió más suave, la vegetación más cuidada y eso solo significaba una cosa: la fortaleza estaba cerca.

—He estado repasando mentalmente todas las caras que recuerdo haber visto con Milenka, pero la única que me llamó la atención fue la chica de los ojos lilas.

—¿Me tomas el pelo? Te acuerdas de ella porque te la querías tirar —inquiero molesto—. Es imposible que esa niña sea Smert, si parecía más delicada que una rosa.

—No lo voy a negar, me habría encantado follar con ella, pero quién sabe, quizás cuando encontremos a la rubia despampanante.

No le di tiempo a terminar la frase; el filo de mi cuchillo presionó su garganta y un hilo rojo comenzó a brotar de la punta.

Oliver se detuvo de forma brusca justo al pie de la verja metálica negra. Su rostro palideció y los guardas miraron el coche con recelo. Conocían la matrícula, sabían quién era. Razón por la que no se acercaron.

—Ella es mía, ¿me oyes? Es. Mi. Rubia. Despampanante —dije, haciendo más presión con la punta de mi arma—. Repítelo.

—Tu rubia despampanante —contestó a la vez que tragaba saliva.

—Recuérdalo la próxima vez.

Retiré el cuchillo y volví a mi asiento.

Oliver se llevó la mano temblorosa hasta la zona, comprobando que sangraba, y me miró a través del retrovisor con temor.

No podía importarme menos; dejaría que se desangrara delante de su tío si se atrevía a codiciar lo que me pertenecía, y esa mujer lo hacía.

Ella aún no lo sabía, pero haría que se arrepintiera por huir mientras estaba desprevenido.

No dejaría que eso volviera a suceder; la encadenaría a mi brazo si así lograba mantenerla a mi lado.