Katrina (Mujeres de sangre 2)
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CAPÍTULO 1
Katrina
Las luces escaseaban, el suelo estaba pegajoso y el aire olía a sudor y sexo. La bata que cubría mi cuerpo era tan áspera que raspaba mi piel y el cesto con condones y lubricantes que había a mi lado no hacía más que empeorar la situación.
—Sigo sin entender cómo me dejé arrastrar hasta aquí.
La persona a mi lado me otorgó esa sonrisa escalofriante por la que muchos se habrían meado encima. Yo no. Y eso fue lo que había hecho que se volviese mi amiga o, por lo menos, que me considerase alguien que no merecía morir.
—Fue tu padre el que se empeñó en que me acompañaras. No es culpa mía que a tu socia le guste este tugurio.
—No es mi socia y la única razón por la que sigo aquí es para que no te pases con Marik.
—Prometí que no lo iba a hacer. Me duele que ninguno de los dos confíe en mí.
Su rostro y sus palabras reflejaban dolor. Cualquiera le hubiese creído, incluso la consolaría, pero sabía quién era. Y lo peor, sabía cómo trabajaba.
—¿Alguna vez te han dicho que eres una actriz fabulosa?
—A todas horas.
Puse los ojos en blanco y la seguí a través del asqueroso pasillo.
A medida que nos acercábamos a la sala principal, los jadeos y gemidos se hacían más fuertes.
No era que nunca hubiese estado en una sala como esa; es más, visitaba una con regularidad, pero a la que yo iba tenía más clase y, sobre todo, estaba más limpia.
En el instante en el que atravesamos el umbral de la puerta, varias miradas lascivas se volvieron hacia nosotras. Hombres y mujeres nos observaban con hambre y deseo.
Ella estiró sus labios, volviendo su rostro puro y adorable, y a mí me entraron ganas de volver a poner los ojos en blanco. Si hubiese dicho su nombre en alto, todos habrían huido en masa.
—Insisto en que podríamos habernos ahorrado esto. Colarnos en la mansión habría sido pan comido, aunque seguro tampoco nos hubiese hecho falta. Si llamas a Marik y le dices que si no te la entrega, le harás una visita, te la pondrá en la puerta con un lazo enorme.
—¿Y qué gracia tendría eso?
—¿Para ti? Ninguna; ¿para mí? Mucha.
—Deja de quejarte y señálamela. Quiero practicar mis dotes de seducción con la perra antes de matarla.
Suspiré, pero hice lo que me pidió. Con un gesto hacia un lado le dije dónde estaba su objetivo.
Ella se volteó en esa dirección y su rostro se volvió otra vez espeluznante.
Se acomodó el escote de la bata y comenzó a alejarse, pero antes de que lo hiciera del todo, la cogí del brazo y la detuve.
Sus ojos bajaron hacia mi mano y de ahí a mi rostro.
Bufé, pero aun así, la solté.
—Recuerda lo que acordamos.
Fue su turno de poner los ojos en blanco, igual de exasperada que yo con esa situación.
—Que sí… Una vez me lleve a la mansión y termine de divertirme con ella, me voy sin montar más follón.
—Bien. Te estaré esperando en el pasillo para irnos.
—Querrás decir para asegurarte de que cumplo.
—Llámalo como quieras, pero date prisa. No quiero estar aquí toda la noche.
—Qué pena, porque yo no tengo prisa. Ve a dar una vuelta a ver si encuentras algo que llame tu atención. Te avisaré cuando nos tengamos que marchar.
La miré con fijeza. Ni por un segundo creí que me fuera a avisar. Ella negó con la cabeza y me hizo un gesto de despedida con la mano, alejándose. Maldije internamente a mi padre por encargarme ser su niñera y me alejé unos pasos, los suficientes para darle intimidad y poder controlarla a la vez.
«¿A quién quiero engañar? Esta mujer es indomable».
Observé la mercancía. Muchos de los que, al entrar, nos comían con los ojos se fueron tras ella.
No me extrañaba; esos ojos eran como un puto imán, igual de exóticos que peligrosos.
Otros no me perdían de vista; no me gustaba alardear, pero era atractiva.
Mi piel blanca, cabello rubio y ojos azules llamaban la atención de muchos.
Mis piernas kilométricas me hacían destacar, mis pechos sugerentes y caderas amplias invitaban a mirar y mis labios carnosos llamaban en susurros a los pecadores.
No siempre había sido así. En mis años de juventud, mi aspecto había sido muy distinto. El mero recuerdo de ello y por lo que tuve que pasar hizo que apretase las manos en puños.
«Da igual, Katrina. Es pasado. Ahora eres una persona nueva». Me repetí como tantas veces hacía.
No tenía problemas en atraer tanto hombres como mujeres. Era hermosa, pero mi pasado me había dejado marcada y eso era algo irremediable. Era una cicatriz invisible, de esas que con el tiempo se hacían más grandes, más pesadas. De esas que era imposible olvidar y mucho menos curar.
Nadie lograba captar mi atención. Nadie conseguía complacerme, excitarme hasta chorrear o hasta tener un orgasmo que me hiciera temblar.
El sexo se había convertido en un pasatiempo, en un trayecto para llegar a un fin.
Algo tan mundano como quién jugaba al dominó.
Razón por la cual no iba a distraerme de mi cometido: vigilar a la muerte reencarnada.
Negué con la cabeza, resignada y lista para esperar a esa loca en los vestuarios, mientras jugaba con el móvil.
Un gemido sonoro me hizo detenerme. Al principio pensé que se trataba de ella, pero venía de la dirección contraria.
Un montón de cuerpos sudorosos, colocados en diferentes posturas y chocando entre ellos, me impedían mirar.
Dudé, sin estar segura de irme o adentrarme a través de ellos.
Otro gemido, más sonoro y sin duda de otra mujer.
«A la mierda. Será solo una miradita y luego vuelvo».
Rodeé los cuerpos, evitando las manos que se estiraban para tocarme y me dirigí a la zona más alejada: un rincón apartado de los demás, oculto entre columnas y con menos luz que el resto de la sala.
Un sofá redondo, tan grande que podría valer de cama.
Tres mujeres y un solo hombre. Él estaba tumbado bocarriba, con una de las chicas cabalgando sobre su polla, otra sobre su cara y la tercera a un lado, follándose sus dedos como una desquiciada.
Las tres gritaban y jadeaban como perras en celo, con el sudor empapando sus cuerpos y sus cabellos tan mojados que parecían recién salidas de la ducha.
Él no se estaba quieto; sus caderas se levantaban con fuertes embestidas, su boca se movía como una aspiradora y su mano se elevaba hasta perderse entre las piernas de la chica. La imagen era… sofocante.
Sentí la presencia en mi espalda antes de que se acercara, pero no lo detuve. Dejé que me rodeara con su brazo e introdujera la mano por mi bata hasta llegar a mis labios inferiores.
—Estás empapada —me dijo en un susurro.
Lo sabía. Estaba tan mojada y sensible que el mínimo roce me llevaría a la locura.
Acarició mi clítoris y me doblé sobre su pecho. Un gemido abandonó mis labios antes de poder darme cuenta y se hizo el silencio. Las mujeres ya no gritaban, no rogaban por más. Abrí los ojos y lo que vi me dejó inmóvil.
Ellas ya no estaban sobre él. Ya no las complacía. Sus ojos estaban puestos en mí.
Era guapo: piel morena, ojos castaños y cabello del mismo color. Tenía la mandíbula afilada, unos brazos anchos y un torso marcado. Lo recorrí con lentitud, a medida que iba bajando la mirada, mi sangre se calentaba más y al llegar a su polla, me mordí el labio. Era grande, gorda y estaba erecta.
Dos dedos se adentraron en mi canal y jadeé con fuerza.
Su rostro siguió el movimiento, pero parió la vista, arrugando la frente con ira.
Mi cara copió su expresión. Sin él estimulándome, no era lo mismo.
Intenté que ese éxtasis volviera, que el calor quemara mi sangre y mis flujos resbalaran.
Pero, no había manera. Ese sentimiento se negaba a volver.
El hombre detrás de mí se esforzaba, besaba mi cuello, me penetraba con los dedos y su polla se frotaba entre mis nalgas así que cerré los ojos y lo imaginé a él. Sus labios sobre mi piel, sus brazos rodeando mi cuerpo, sus dedos en mi interior y su miembro en mi espalda.
La corriente volvió, el calor me recorrió y… nada. Ya nadie me acariciaba ni besaba, nadie me complacía. Abrí los ojos de golpe y me lo encontré a él. Su rostro a escasos centímetros del mío, sus orbes marrones perforando los míos.
—¿Quieres compartirla? —dijo la voz a mi espalda.
—No.
Su voz era oscura, áspera, con un acento italiano que me enloqueció. Cargada de magnetismo, tensión, sensualidad y… ¿Peligro? No me dio tiempo a terminar de pensar lo que traía, ya que pronto la situación cambió.
No volvió a hablar, no le hizo falta. Alargó la mano, donde tenía un Karambit , y abrió la garganta del hombre de abajo hacia arriba. Las mujeres que antes estaban con él comenzaron a chillar como si las víctimas fuesen ellas.
Los gemidos pararon y fueron sustituidos por gritos de terror. La gente comenzó a correr de un lado a otro. Yo los miraba con una sonrisa en el rostro. Era muy gracioso ver culos, tetas y pollas saltando. Huyendo como ratas muertas de miedo por un corte insignificante.
La sangre me empapaba, goteaba desde mi nuca, corría por mi cabello y se resbalaba de mis hombros a mis senos.
Él no se inmutó. Bajó el arma y me cogió por la cintura hasta que su polla quedó presionada contra mi canal.
—Ahora te voy a enseñar cómo se debe hacer.
Lo miré con fijeza. Su deseo era innegable, al igual que el mío. Pero no podía olvidar lo que me había traído hasta ese lugar.
Giré el rostro en busca de ella, ya no estaba, el lugar estaba vacío.
Mi frente se arrugó y me preparé para alejar al hombre que me sostenía e ir en su búsqueda, pero no tuve la oportunidad.
Su mano que aún sostenía el arma se colocó en mi mentón e hizo girar mi rostro hasta volver a centrar nuestras miradas.
No hizo falta más; con ese simple gesto lo tuve claro. Iba a tener que fiarme de Smert, porque no pensaba irme sin probar a ese hombre.