5. Joel
JOEL
Me doy cuenta de que Kat se marcha a mitad de los discursos, pero no es hasta que termina el primer baile cuando logro escaparme.
La encuentro sentada sobre una alpaca de paja en un cobertizo junto al establo. Está contemplando la granja con una botella de vino en los labios.
—Sabes que pierde el sabor si se bebe así.
Se sobresalta al oír mi voz y por poco se le cae la botella. Me dirige una mirada lenta y me doy cuenta de que ha bebido demasiado.
—Te has perdido el primer baile.
Se encoge de hombros. —Me he perdido muchas más cosas este año.
Debe de estar refiriéndose al funeral de su madre. Para sus hermanas, el hecho de que ella no regresara es un tema espinoso.
—¿Quieres contármelo?
Se queda mirando la granja un buen rato. Hay una buena vista desde aquí: colinas onduladas con ganado pastando perezosamente.
—¿Alguna vez te has metido en algo de lo que no puedes salir?
Arrastra las palabras al hablar y yo alargo la mano hacia la botella.
—Creo que vamos a dejar el resto para luego.
Mientras le arrebato la botella, su rebeca se le sube por el brazo y deja al descubierto su muñeca. Hay una hilera de cicatrices, algunas todavía de un rojo vivo y recientes.
Miro de las cicatrices a su cara y nuestros ojos se encuentran. Suelta la botella y se cubre los brazos con cuidado.
A mí me parecen signos de autolesión. Resulta chocante verlo en su piel joven y me muero de ganas de hacer preguntas. Pero soy un hombre paciente. He aprendido a esperar.
Me siento a su lado y me quedo en silencio. Soy consciente de su respiración y de la forma en que su pecho sube y baja.
Tras unos instantes, empieza a hablar.
—Estaba en una mala situación en California. Me quedé atrapada. —Arranca un poco de paja de la alpaca—. Me metí en una relación tóxica.
Se me hierve la sangre al pensar en un tipo tratándola así. Convirtiéndola en una mujer rota que no conoce su propio valor.
—¿Qué pasó?
Tarda un rato en responder y noto el conflicto en su rostro. Quizá no quiera hablar de ello, pero he aprendido que hablar suele ayudar.
—Pensé que me quería. Me trató bien cuando nos conocimos. Yo era joven y estúpida. Trabajaba de camarera; él lavaba platos en el mismo restaurante. Pero estaba en una banda y estaba seguro de que triunfaría.
—Al principio era divertido, pasar el rato en los ensayos del grupo; me llevaba a los conciertos. Me mudé con él y ahí fue cuando las cosas cambiaron.
Sigue trasteando con la paja, perdida en sus recuerdos.
—Empezó a controlar lo que me ponía y a quién veía. Me obligó a cerrar mi cuenta bancaria.
Hace una pausa y se limpia los ojos.
—Bueno, sé que no me obligó. Lo sugirió y yo era demasiado estúpida y estaba demasiado enamorada para llevarle la contraria. Me pareció raro, pero dijo que, como estábamos juntos, no necesitaba mi propia cuenta.
Niega con la cabeza, con expresión de rabia. —¿Cómo pude ser tan estúpida?
Le pongo la mano en la espalda y dibujo círculos tranquilizadores. —No eres estúpida, Kat. Todos cometemos errores.
—Él fue un error bastante grande. Dejó su trabajo diciendo que necesitaba concentrarse en la música.
Así que todo mi dinero se ingresaba en su cuenta y yo no tenía acceso a él.
Empezó a revisarme el móvil para ver con quién me mensajeaba; miraba mis correos.
Tenía demasiado miedo como para contactar con nadie.
Ahora todo cobra sentido; el silencio que sus hermanas interpretaron como un desaire.
—Debió de ser duro.
—Y entonces mamá se puso enferma.
Se le quiebra la voz y se detiene. Creo que va a llorar, pero lucha contra sus emociones y, cuando continúa, su voz es firme.
—Quería volver, pero no me dejó. Sé que suena estúpido; ¿por qué iba yo a necesitar su permiso? Pero no tenía acceso a nada de dinero. Me quitó el móvil por si intentaba llamar a mis hermanas. Tenía un concierto y dijo que me necesitaba allí.
Niega con la cabeza incrédula. —Aun así era tan tonta como para pensar que me quería. Que todo era porque me amaba. Dijo que no podía tocar si yo no estaba; que yo era su amuleto de la suerte.
Se toma un momento para contemplar la granja. Me hierve la sangre al oír todo esto. Un desgraciado se aprovechó de una joven de buen corazón.
—Luego murió mamá. Esta vez su voz sí se quiebra. Sus hombros se hunden en un sollozo.
Saco mi pañuelo y se lo entrego.
—No me dejó volver para el funeral. Intenté marcharme y me amenazó.
Se me acelera el pulso y siento que la ira crece en mi interior. —¿Te hizo daño?
Ella niega con la cabeza. —Nunca fue físico. No le hacía falta. Sus palabras me herían lo suficiente.
Miro sus muñecas. Se da cuenta de mi mirada y se sube la manga. —Esto me lo hice yo misma.
Las cicatrices le recorren el brazo; le tomo la mano y recorro una con el dedo, deseando sanar su piel, sanar su corazón.
—Era lo único que aliviaba el dolor. Me hacía sentir bien cortarme, como si tuviera el control de algo.
No puedo fingir que lo entiendo, pero no me hace falta. Me está hablando y eso tiene que ayudarla a sanar. —¿Cómo conseguiste escapar?
Suspira y se yergue, como si tratara de recobrar la compostura.
—Fue entonces cuando supe que tenía que salir de allí.
En el restaurante se suponía que teníamos que poner las propinas en común.
Pero empecé a esconder algunas de las mías.
No podía hacerlo a menudo, pero si una mesa dejaba dos billetes de cinco, ponía uno en el bote y el otro me lo guardaba en el escote.
Puedo imaginarme que podría esconder una caja fuerte entera en ese escote, pero no es momento para bromas.
—Tardé mucho tiempo, pero después de unos meses tenía unos cien dólares. Los escondí por distintos sitios de la casa, con miedo de que los encontrara. Al final hubo suficiente.
—Esperé hasta que salió una noche. Le había dado por encerrarme bajo llave, pero yo había encargado una copia en secreto. Así que cogí mi bolso, cogí mi dinero y me subí al primer autobús de Greyhound hacia Portland y luego hacia Maple Springs.
Termina de hablar y se queda mirando la granja. Es toda una historia y nos quedamos sentados en silencio. No puedo imaginar por lo que ha pasado y lo asustada que debió de estar. Me dan ganas de protegerla, de mantenerla a salvo para siempre. De no dejar que nada le haga daño.
—Eres valiente.
Suelta un bufido. —Más bien estúpida.
—Yo no creo que seas estúpida.
—Pero mis hermanas lo creerán.
—¿No se lo has contado?
Niega con la cabeza. —No lo entenderían. Míralas, con sus novios normales. Yo no soy más que la hermana pequeña tonta. La chica rebelde que se metió donde no la llamaban.
Se tambalea un poco y recuerdo la botella de vino medio vacía.
—¿Por qué no te llevo a la casa y te meto en la cama?
Se vuelve hacia mí con una sonrisa pícara en los labios. —Me metería en la cama contigo encantada.
Mi polla se pone firme y tengo que luchar contra el impulso de poseerla aquí mismo, en la paja. Pero no voy a tratarla de esa manera.
Niego con la cabeza. —Vales más que eso, Kat.
Ella se endereza. —¿De verdad lo crees?
—Lo sé. Vamos.
La ayudo a levantarse y se apoya en mi brazo. Se desploma contra mí como si se hubiera quedado sin fuerzas para luchar. La guío hasta la casa y la arropo en la cama.