Kat (Small Town Sisters nº 5) 4. Kat
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Me duele el costado donde se me clava la cremallera de este vestido demasiado estrecho. No metí nada apropiado para una boda en mi bolsa de emergencia, así que llevo el único vestido de Sarah en el que he podido entrar a presión.

Se ofreció a prestarme lo que quisiera de su armario. La amabilidad debe de ser algo de familia, porque incluso tuvo la delicadeza de decirme que me queda bien, cuando sé de sobra que parezco un ganso relleno.

El vestido es unas dos tallas más pequeño de lo que debería. Es de un rojo intenso, con mucha caída, y lo que a Sarah probablemente le llegue por las rodillas, a mí se me sube por los muslos.

Habrá quien diga que mis muslos son demasiado grandes para lucirlos, pero a mí siempre me han gustado mis piernas fuertes.

Me he puesto la rebeca negra encima para ocultar los brazos y me he abrochado un botón para taparme el pecho. Se me sale el busto por la parte de arriba del vestido, e incluso yo sé que es demasiado escote para una boda.

Estoy sentada a una mesa junto a Sarah. Es dos años menor que yo, pero parece que haya un mundo de distancia entre nosotras.

Envidio su inocencia. De lo único que quiere hablar es de los perros que ayuda a cuidar en la perrera de Brook y de un chico rubio del pueblo con el que fue al cine.

Me entran ganas de agarrarla por las mejillas y decirle que conserve esa inocencia, que se quede en Maple Springs, donde todo es tranquilo y seguro y donde su padre siempre cuidará de ella.

Que no haga lo que hice yo: ir en busca de aventuras para acabar descubriendo por las malas lo cruel que puede ser el mundo.

—Está preciosa —dice Sarah con entusiasmo.

Miro hacia donde está Brook, charlando con una mujer de mi edad que sostiene un plato de galletas decoradas con glaseado blanco y purpurina dorada. Brook y Owen han elegido galletas especiales en lugar de una tarta para el postre.

—Esa es Bella —me dice Sarah—. Se ha hecho cargo del Candy’s Café con su hermana.

—El nombre me resulta familiar y entrecierro los ojos para observar a la mujer de la sombra de ojos brillante y el pelo azul eléctrico, intentando relacionarla con la niña que recuerdo de mi infancia.

Habla animadamente con una sonrisa en la cara.

—Ellas han hecho las galletas de la boda —me informa Sarah.

Suspiro con nostalgia ante otra mujer inocente de mi edad que hizo lo sensato y se quedó en Maple Springs.

Bella y yo éramos amigas de pequeñas. Me pregunto si se acordará de mí y si me dirigiría la palabra ahora.

He estado intentando pasar desapercibida en la boda y me hundo un poco más en la silla.

El brazo del nuevo marido de Brook rodea su cintura con naturalidad.

Está guapísima. El vestido es de un sencillo corte en A que cae sobre su figura curvilínea, dándole un aire grácil y elegante. No tiene tirantes y lleva un ribete de encaje en la parte superior que enmarca su pecho.

Termina de hablar con Candy y Owen le aprieta la cintura. Le susurra algo al oído y ella le mira sonriendo, compartiendo una mirada de puro amor.

Siento una punzada en el corazón. Creía que sabía lo que era el amor. Estaba muy equivocada.

Creía que el amor consistía en renunciar a todo lo que eras por otra persona.

Creía que era amor cuando me decía que no podía ser amiga de alguien por internet porque tenía celos.

Creía que era amor cuando me revisaba el móvil, tomaba el control de mi cuenta bancaria, me decía cómo peinarme y cómo vestir.

Fui una ingenua y una estúpida.

—¿Estáis bien, chicas?

Me incorporo cuando veo que Joel se acerca a grandes zancadas. Podría haberme muerto de vergüenza cuando me rechazó anoche. Pensé que eso era lo que quería. Pensé que eso es lo que quieren todos los hombres. ¿No es así?

Pero me mira como si valiera algo, y empiezo a pensar que quizá sea cierto.

—Me vendría bien otra copa.

Joel me frunce el ceño y yo parpadeo con inocencia, intentando que no se note que ya me he tomado una copa de vino grande.

—A mí también.

Sarah le tiende una copa de vino y Joel la intercepta. —Buen intento.

Me mira entrecerrando los ojos. —Tienes veintiuno, ¿verdad?

—Claro.

No los tengo. Pero parezco mayor de mis veinte años.

Se marcha a buscarme una bebida y yo observo a mis otras hermanas.

Erin y Theo están uno frente al otro con las piernas entrelazadas. Ella echa la cabeza hacia atrás y se ríe, y no es moco de pavo conseguir que Erin se ría. Theo se inclina y le besa el cuello. Se comportan como si acabaran de conocerse y no llevaran juntos desde el principio de los tiempos.

Zoey y Nick bailan despacio, abrazados, aunque la banda aún no ha empezado a tocar y solo suena música de fondo.

Hasta Violet ha encontrado a alguien, lo cual me hace muchísima ilusión. De todas mis hermanas, Violet es con la que mejor me llevo. Es tranquila y no juzga a nadie.

Está radiante. Erin le ha dejado las cejas perfectas y lleva el pelo recogido en un peinado sofisticado, con unos mechones sueltos ondulados alrededor de la cara.

Su nuevo novio no puede quitarle los ojos de encima, ni las manos. Mientras observo, él le pasa el brazo por la cintura y ella se apoya en él con una expresión de pura felicidad.

Joel deja una copa de vino sobre la mesa y yo le doy un sorbo largo.

—Con calma.

Le entrega a Sarah una botella de zumo de naranja Sunshine Squeeze y ella pone una mueca.

Debería ir más despacio, pero estar de vuelta y ver a todas mis hermanas emparejadas y felices me hace sentir como una auténtica fracasada.

¿Cómo es que a todas les ha salido todo tan bien y a mí tan mal?

Joel está a punto de decir algo cuando la música se detiene. Erin se pone en pie y golpea un tenedor contra una copa, haciendo un tintineo.

—Que todo el mundo tome asiento. Es hora de los discursos.

Joel se levanta. —Me necesitan en la mesa presidencial. —Su mirada es de total preocupación—. No bebas demasiado, ¿vale?

No sé qué es lo que busca. Nadie es tan amable, ¿verdad? Parece que solo atraigo a los malos. Seguro que quiere algo de mí.

Vuelve a su mesa y Sarah me da un codazo.

—¿Me das un poco de tu vino?

Sostiene su copa por debajo de la mesa con cara de esperanza.

Niego con la cabeza. —Tu padre me mataría.

Hace una mueca, pero enseguida se convierte en una sonrisa. —Había que intentarlo.

Doy otro trago. Empieza a hacer calor aquí dentro, pero no me atrevo a quitarme la rebeca. Quizá si bebo lo suficiente, olvide el calor, el dolor y el hecho de que soy la oveja negra de la familia.

Doy otro sorbo y espero a que el alcohol empiece a surtir efecto.