Kat (Small Town Sisters nº 5) 3. Joel
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3. Joel

JOEL

Enciendo la luz e ilumino una habitación azul pálido con fotos satinadas de coches pegadas en las paredes.

—Esta era la habitación de mi hijo —digo a modo de explicación.

Kat suelta su bolsa en el suelo. Me he ofrecido a subírsela, pero se ha aferrado a ella con actitud protectora. Me jugaría mi granja a que todo lo que posee en el mundo está en esa mochila de mala muerte.

—¿Dónde está ahora?

Se me infla el pecho como cada vez que hablo de David. —En la universidad. Se está sacando el título en ciencias agrícolas.

En mis tiempos, uno aprendía a cultivar trabajando en el campo, pero hoy en día hay un título para todo. Aun así, no puedo decir que no esté orgulloso del muchacho.

Kat está inspeccionando los estantes, pasando el dedo por la librería y mirando los títulos.

—¿Y tu mujer?

¿Me ha parecido notar un nudo en su voz?

—Falleció.

Kat me mira rápidamente. —Lo siento.

Durante mucho tiempo, cada vez que alguien preguntaba por Suzie, sentía una punzada en el pecho, pero han pasado diez años desde que murió y el dolor se ha mitigado.

Ahora, siempre que pienso en mi difunta esposa, es con cariño. —Fue hace mucho tiempo.

Kat asiente despacio y se inclina para inspeccionar los libros del estante de abajo. Su escote se abre y, Dios me valga, tengo la vista perfecta de dos pechos generosos.

Puedo imaginarme el peso de ambos en mis manos, su suavidad contra mis palmas ásperas. Apuesto a que los pezones saben a sal, a dulzura y a juventud.

Se me agitan las entrañas y se me pone dura la polla, apretando contra los vaqueros.

Ella levanta la vista y mis ojos se encuentran con los suyos. Hay un destello de triunfo en ellos y me doy cuenta de que se ha agachado a propósito. Quiere que me deleite con sus pechos.

Por un momento no puedo respirar. Hay que reconocer que Kat es una descarada, y resulta sexy a más no poder. No puedo apartar los ojos de ella mientras se incorpora.

La chica asustada de antes se ha ido, reemplazada por una confianza propia de una mujer hecha y derecha. Cruza la habitación hacia mí y se queda de pie con las piernas abiertas y las manos en las caderas.

—¿Cómo puedo agradecerte tu amabilidad?

Sus manos se dirigen a la hebilla de mi cinturón, y se me ocurren cien formas en las que podría agradecerme mi amabilidad. Pero ninguna de ellas es correcta.

—Kat… —pongo mi mano sobre la suya mientras ella cae de rodillas. Saca la punta de la lengua y se lame los labios.

Oh, Dios, esos labios envueltos tras mi polla serían el cielo puro.

Pero ella es una mujer joven y vulnerable. No voy a aprovecharme de eso, por mucha hambre que mi polla tenga de ella.

Sus dedos tiran de mi cremallera y la detengo con las manos temblorosas. —Kat. No tienes por qué hacer eso.

Me mira desde debajo de sus pestañas arqueadas. —Pero quiero hacerlo.

Elevo una oración silenciosa. Dios, dame fuerzas para ser un buen hombre.

La ayudo a ponerse en pie con suavidad. —Solo porque alguien sea amable contigo no significa que tengas que pagarle así.

Parece herida; debo de haber dañado su orgullo. Pero no hay forma de que me tire a una mujer así. Está claro que está confundida, que es vulnerable y que huye de algo.

Se da la vuelta y se sienta en la cama. —Pensé que por eso me habías invitado a venir.

Me sorprende que piense eso. Evidentemente, no tiene una gran opinión de los hombres.

—Te he invitado porque necesitas un lugar donde quedarte. Eso es todo.

—¿Pero no te sientes atraído por mí?

Me echa una mirada de soslayo, y parece una especie de tentadora de cine.

—Cielo, eres de las cosas más hermosas que he visto en mucho tiempo. Pero hay una forma correcta y una incorrecta de tratar a una mujer. Me parece que a ti te han tratado mal. Déjame demostrarte que también hay hombres buenos en este mundo.

Se muestra abochornada y se lleva una mano a la boca para morderse las uñas.

—Tengo una hija de tu edad. Haría cualquier cosa por protegerla. Y tus hermanas son como de la familia para mí. Así que créeme cuando te digo que no busco nada de ti, ¿de acuerdo?

Asiente con la cabeza mientras sigue mordisqueándose las uñas.

—Si tienes hambre, sírvete lo que quieras en la cocina. Tengo que ir a preparar unas cosas al establo para mañana.

Me marcho pronto antes de que intente cualquier otra cosa. Porque hay algo en Kat que se me ha metido bajo la piel, y puede que no sea capaz de resistirme una segunda vez.

Le he dicho que no quiero nada de ella, ¿pero es eso cierto? Su vulnerabilidad me ablanda el corazón, haciéndome sentir protector hacia ella.

Pero debo de doblarle la edad. No es más que la insensatez de un viejo.