Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo veintinueve #2
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Capítulo veintinueve #2

Ni de coña. Yo no era de las que se arrepienten. Me alegraba de que Larson hubiera desaparecido y de que Kass estuviera libre de él para siempre.

Nunca más tendría que mirar a los ojos de su padre con el temor de estar contemplando su propia alma putrefacta. Ni sentirse una versión más joven del monstruo que Larson había sido. Kass merecía ser libre y, si el precio de su libertad era mi vida, estaba bien empleada.

Mis pensamientos abandonaron todo arrepentimiento. Mi calma etérea venía acompañada de una buena dosis de alegría e increíble agudeza mental. Qué suerte estar aquí, con las personas que más amaba, todos juntos al fin. Emme y Jax. Lexi y Max. Marisol y Troy. Blue y Apollo. Kass, por supuesto.

Todos eran míos y yo era de ellos.

Nosotros no éramos tan diferentes del bosquecillo de álamos donde yacía.

Cada árbol era único y hermoso. Cada persona tenía sus fortalezas y debilidades.

Pero al final, nos habíamos convertido en un equipo y, mejor aún, en una familia.

Cónyuges, parejas y amantes; hermanos y hermanas; aliados y guerreros; amigos verdaderos y duraderos.

Como los álamos sobre mí, estábamos conectados por un profundo sistema de raíces subterráneas que perduraría más allá de cada uno de nosotros, más allá de mí.

Era un inmenso legado de amor, aceptación, coraje y lealtad que, como los álamos, sobreviviría a la sequía, el viento, la nieve y el fuego para hacer brotar los tallos de un nuevo bosque, el futuro con el que siempre habíamos soñado.

Había sido parte de eso. No. Me atraganté con un trago de sangre. No era momento para modestias. Vale, nunca había sido precisamente modesta, pero no iba a empezar ahora. La verdad era que había tomado la iniciativa y plantado las semillas. Y además, me había divertido haciéndolo.

Claro, hubo momentos en los que dudé, pero siempre supe que estaríamos mejor juntos, más fuertes y mucho más felices. Sonreí para mis adentros. Había tenido toda la maldita razón.

—Oye. ¿Titan? —El rostro de Kass interrumpió mis pensamientos—. ¿Por qué sonríes así?

—Porque te quiero —percibí el impacto que le causaba cada vez que se lo decía—. Porque siempre te he querido y siempre te querré. Punto.

—Tee —su voz sonó ronca, quebrada—. No puede haber un punto para nosotros. Siempre hemos sido puntos suspensivos.

—Puntos suspensivos, exacto —mi risa sonó más a tos que a otra cosa, y mis fuerzas se desvanecían cada vez más rápido—. Sigues siendo mi gramático favorito.

Intentó sonreír, pero la sonrisa se le desmoronó. Su pecho se sacudió con un sollozo reprimido contra mi mejilla. Apoyó su frente contra la mía y me estrechó más fuerte. Se secó las lágrimas, pero seguían brotando.

Kass. Mi Kass. Después de todos estos años. Estaba llorando. Su dolor me entristecía, pero aprender a llorar era un hito importante, uno que le haría mucho bien en los días y años por venir.

Me encogí con un siseo cuando una punzada de agonía me robó el aliento. El rostro de Kass reflejó mi dolor. Era como si alguien me estuviera arrancando las entrañas.

Entrecerré los ojos y miré hacia abajo, a lo largo de mi cuerpo. Encontré a Marisol, Apollo, Jax y Max arrodillados a ambos lados, inclinados sobre mí. Todos tenían las manos cubiertas de sangre.

—Oye —llamé con voz débil—. ¿Qué demonios estáis haciendo ahí abajo? ¿Me estáis serrando por la mitad o qué?

—Solo remendándote —Apollo esbozó su sonrisa profesional y segura, pero no le llegó a los ojos. Nunca había podido ocultarme sus preocupaciones—. En un santiamén estarás dando saltos.

Ahora me estaba mintiendo con todo el descaro.

—Ya tengo una vía —anunció la voz grave de Max, alzando una bolsa de líquido transparente hacia Emme—. Sujeta esto.

—Lo estás haciendo muy bien —dijo Emme desde arriba—. La ambulancia viene de camino.

¿Por qué estaban todos tan empeñados en mentirme?

—Mantened la presión —ordenó Apollo, y luego se giró hacia donde algunos de los otros estaban agachados, rebuscando frenéticamente en una mochila—. Necesito ese apósito hemostático. Ya.

—Estamos buscando —dijo Troy, pero su voz temblaba como nunca la había oído.

—Lo encontraremos —añadió Lexi, rebuscando frenéticamente en la mochila.

—Tiene que estar aquí en alguna parte —Blue hurgó en el montoncito que iba formando Lexi.

—¿Dónde demonios está la evacuación médica? —gritó Jax a alguien más allá.

La respuesta que llegó mencionaba algo de un retraso por el tiempo.

—Diles que muevan el culo y vengan ya —bramó Kass, pero el acero en sus ojos se suavizó cuando cruzó la mirada conmigo—. No te preocupes por nada, Titan.

Sí. No pintaba bien.

Hora de ocuparme de lo importante.

—¿Kass? —le rocé la mandíbula recién afeitada con los nudillos—. Necesito algo. ¿Me dirás que sí, por favor?

—Sí —jadeó—. Sí, a lo que quieras.

—Vale —debía de haber sacado fuerzas de lo que me estaban metiendo en las venas, porque ahora sonaba tan decidida como me sentía—. Hazme un favor. Encuéntrame un cura, un pastor, un notario, lo que sea. Date prisa. Porque no pienso irme de este maldito mundo sin casarme contigo.

La conmoción en su rostro fue épica. —Tú... quieres casarte conmigo. Ahora. Conmigo.

—Sí, contigo —dije—. Ya dijiste que sí a lo que quisiera, y como estás muy guapo con ese esmoquin, vas perfectamente vestido para la ocasión. Tendrás que hacer la vista gorda con mi atuendo. Me vestí para la luna de miel.

Eso debería haberle arrancado una risa, pero no funcionó. Alzó la vista y buscó a los demás con la mirada, la boca tensa por una desesperación que yo quería borrar a besos. Todos esos otros rostros que flotaban al fondo se enfocaron mientras intercambiaban miradas.

—Quiere casarse con él —Emme, llorosa, agarró a Jax de la chaqueta—. Por favor. Encontrad a alguien.

Hubo más gritos, movimiento frenético a mi alrededor que ya no podía seguir. Apollo y los demás seguían haciendo cosas que dolían. Pero a medida que la vida se me escapaba, esa sensación de claridad absoluta me dio el enfoque que necesitaba. Todo mi ser se concentró en el rostro de Kass.