Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

Kass

La cabeza aún me palpitaba por el haz sónico, pero si quedaba alguna niebla nublándome los sentidos, se disipó en cuanto vi a Larson salir de los arbustos perfectamente recortados, apuntando con una Sig Sauer a la cabeza de Tee.

Mi Sig Sauer con monograma.

Gruñí.

—Como le hagas daño...

—No mataré a la señorita Rose —Larson presionó la nuca de Tee con el arma—. ¿O debería llamarte Fantasy? Fuiste muy astuta al engañar a mis guardias y colarte en la finca. Sin embargo, las mujeres astutas rara vez sobreviven a sus hazañas.

De un tirón con la mano libre, Larson le arrancó el pendiente a Tee. Ella hizo una mueca pero no gritó, ni siquiera cuando el lóbulo desgarrado le quedó colgando partido en dos y la sangre empezó a correrle por el cuello.

—Dijiste que no le harías daño —ladré, conteniendo el impulso de lanzarme contra Larson.

—Dije que no la mataría... todavía —aplastó el pendiente en el puño hasta hacerlo añicos—. Los comunicadores tenían que desaparecer.

—Suéltala —escupí, enfurecido al ver a Tee sangrando y atrapada—. Si lo haces, seguiremos tu guion original.

—Me canso de negociar contigo. Es como negociar conmigo mismo, pero aún más agotador —hizo una pausa y ladeó la cabeza hacia los sonidos del combate—.

Llegarán pronto. Me garantizarás un salvoconducto para mí y mis hombres.

Pero si quieres que la señorita Rose viva un minuto más, te sugiero que me consigas el código ahora.

—No lo hagas, Kass —dijo Tee—. Sea lo que sea esto, no lo hagas.

—Calla, cariño —Larson le rodeó el cuello a Tee con la mano y apretó, jugueteando con su frágil garganta—. Las mujeres están mejor desnudas y calladas.

La imagen de Larson disparando contra mi madre me golpeó casi tan fuerte como el LRAD. Sabía de lo que era capaz. No estaba faroleando. También sabía que quería matar a Tee, aunque solo fuera para hacerme daño.

—De acuerdo —dejé caer el arma al suelo—. Pero ella vive.

—Vivirá —dijo aquel hijo de puta mentiroso—. Si me consigues el código.

Me di la vuelta y me encontré de frente con los guardaespaldas de Larson, ya en pie y armados. Pasé junto a Caleb y me dirigí al grupo de árboles más allá del jardín de rosas, donde se alzaban los álamos, con las hojas temblando en la brisa.

Larson y sus hombres me siguieron, arrastrando a Tee con ellos. Los álamos habían cambiado y crecido con los años, pero yo sabía exactamente adónde ir.

Me arrodillé junto al más grande del grupo, el árbol más viejo, que quizás había dado origen a todos los demás del bosquecillo.

Con Larson mirándome por encima del hombro, cavé en la base del árbol, en la cara norte.

Tras apartar el mantillo y las capas de vegetación descompuesta, no tuve que cavar muy hondo.

Y ahí estaba. El huevo de Pascua azul, encajado en su escondite excavado por un niño, de plástico y por tanto invisible a los detectores de metales y demás.

Sostuve el huevo y, presionando en lados opuestos, lo abrí. Dentro había una sola página doblada en un pequeño cuadrado. Desdoblé el papel y, recreándome en la caligrafía suave y elegante de mi madre, leí las pocas palabras que contenía.

Lars, decía. Quemé el código, igual que tú arderás en el infierno.

Quería reír. Quería llorar. Mi madre había sido más fuerte de lo que Larson imaginaba, más inteligente que él, mejor en todos los sentidos.

—¿Y bien? —exigió Larson.

—Está aquí —volví a doblar el papel y lo metí en el huevo—. Exactamente como estaba cuando lo enterramos —lo alcé hacia los ojos centelleantes de Larson—. Puedes quedártelo. Si me entregas a Tee.

—Ve con él —le dio un empujón a Tee en el hombro con el arma.

Sabía lo que estaba pensando. Había ganado. En cuanto le diera el huevo, nos mataría a los dos.

Pero él no había visto lo que yo había visto: las sombras silenciosas entretejidas en el jardín, la visión que me devolvía el aliento.

Tee tampoco.

En lugar de venir hacia mí, se dio la vuelta, se plantó con los brazos en jarras y fulminó a Larson con la mirada.

—Convertiste su infancia en un infierno.

—Lo hice fuerte. Poderoso. Sin miedo —Larson ensanchó su sonrisa cruel y le apuntó al pecho con el arma—. Lo convertí en lo que es.

—¿Tee? —la llamé, clavado en el sitio por la visión de esa arma tan cerca de su corazón—. Ven aquí.

—Un momento —escudriñó el rostro de Larson buscando algo que no supe identificar—. Kass se labró su propio camino en el mundo, y tú no tuviste nada que ver.

—Su vida fue obra mía —Larson me miró—. Siempre será mío.

—Te equivocas —dijo Tee—. Nunca fue tuyo.

De un manotazo, desvió a un lado el brazo con el que Larson empuñaba el arma. Un cuchillo pequeño y fino relampagueó en su mano. Yo ya me estaba moviendo cuando los mercenarios de Larson cayeron, abatidos por disparos con silenciador.

Pam, pam, pam.

Al caer Caleb, recogí su arma del suelo. Un paso, dos pasos, tres pasos: la distancia parecía insalvable en los milisegundos de que disponía.

La daga de Tee rasgó la garganta de Larson, trazando una línea roja en su cuello.

Larson, sorprendido, la apartó de un empujón y retrocedió tambaleándose, apretándose la herida con una mano como si pudiera detener el silbido del aire que escapaba de su cuerpo y el río de sangre que le caía en cascada por la pechera del esmoquin.

Movió la boca sin emitir sonido. Su mirada se encontró con la mía. Por una vez, los ojos de Larson rebosaban emociones que jamás habían habitado en él: miedo, incredulidad, conmoción.

Sabía que yo era peligroso. Él me había convertido en eso. Pero nunca se dio cuenta de que tenía un arma secreta: la feroz mujer alfa cuyo amor había sanado el daño que él me había infligido.

Atrapado en una sensación infernal de cámara lenta, luchando por dominar la interminable duración de un segundo, disparé. Uno, dos, tres disparos.

El cuerpo de Larson se sacudió con cada impacto mientras yo cumplía la promesa que había hecho de niño. Sus ojos se vaciaron antes de que su cuerpo se desplomara y quedara inmóvil.

Sentí un atisbo lejano de sorpresa. Parte de mí esperaba que se levantara como un zombi. La otra parte ya había tirado sus cenizas por el váter y lo había borrado de mi vida una vez. Eliminarlo por segunda vez no sería ningún problema.

Extendí los brazos y atrapé a Tee justo antes de que ambos cayéramos al suelo. Caí de rodillas y la apreté contra mi cuerpo, aspirando su aliento, absorbiendo su calor, aferrándome a ella como quería hacer el resto de mi vida.

—Kass —susurró ella.

Mi nombre nunca sonaba tan dulce como cuando ella lo susurraba.

—Tenía que hacerse.

—Tenía que hacerse —coincidí con todo mi corazón—. Y lo hicimos. Juntos.

Su sonrisa le iluminó los ojos y me envolvió en su calidez.

El tiempo aflojó por fin su garra sobre nosotros y fui vagamente consciente de las múltiples presencias que nos rodeaban.

Mis hermanos estaban aquí. Todos, gracias a Dios.

Tendrían mucho que contar, pero al alzar la vista, capté lo esencial.

Sus mujeres alfa estaban con ellos, por ellos, junto a ellos.

Éramos un puñado de cabrones con suerte.

Pero cuando volví a mirar a Tee, se me heló la sangre en las venas. Sus labios eran una línea blanca y su rostro se retorcía de agonía. Solo entonces el olor metálico de la sangre invadió mi conciencia. Cuando le agarré la mano, mis dedos resbalaron sobre una capa de sangre tibia.

Su sangre.

***

Tee

Me miré el estómago y vi la sangre que borboteaba entre mis dedos. Tenía un agujero en el cuerpo. ¡Un agujero!

Estaba furiosa, sobre todo conmigo misma, pero también con el hijo de puta de Larson. Había dejado que ese viejo monstruo me disparara. Yo era mejor que eso.

El horror en el rostro de Kass me lo dijo todo. Vaya. Ya lo había hecho. Lo que él siempre había temido más. Me habían disparado. Pero no podía ser tan grave. ¿Verdad?

Me removí en sus brazos e intenté mover las piernas. Nada. Eso y el dolor ardiente en el centro de mi cuerpo no auguraban nada bueno. Y vaya, me sentía mareada, tan débil.

Puede que perdiera el conocimiento unos momentos.

Cuando volví en mí, Apollo me estaba haciendo algo que implicaba mucha presión y dolía como el infierno.

Los rostros de mis amigos más queridos se cernían sobre mí y a mi alrededor, gritando órdenes, haciendo cosas, mirándome, con la conmoción estampada en sus rasgos.

Todos esos rostros tenían algo en común. Estaban asustados.

—Vas a estar bien —dijo Kass mientras me sostenía en sus brazos—. Vas a estar bien.

Entonces supe que estaba en serios problemas.

—¿Dónde demonios está el botiquín? —ladró Apollo—. Necesito una vía. ¡Ya! Necesito plasma.

Alcé la vista y vi los terrenos inundados de luz.

Todas las lámparas de la casa y el jardín estaban encendidas.

La luz se filtraba a través de las hojas temblorosas de los álamos y las impregnaba de un resplandor mágico.

A mi alrededor, los álamos captaban el brillo de las lámparas de gas y el bosquecillo resplandecía con un destello dorado que me recordaba al otoño, mi estación favorita.

Una calma etérea descendió sobre mí y yo, que nunca había aceptado nada que no fuera por mi propia voluntad, me encontré extrañamente dispuesta a aceptar lo que viniera después.

Mi mente estaba clara y un flujo constante de pensamientos desfilaba ante mis ojos en hermosa caligrafía, la historia de mi vida.

Mi madre vino a consolarme como solía hacer en mis sueños. Me recordó que mi padre distaba mucho de ser perfecto, pero que me había amado lo mejor que había podido.

—¿Kass? —busqué su mano a tientas—. Por favor, dile a mi padre que lo quiero. ¿Vale?

—Ni hablar, Titan, tienes que hacerlo tú misma —parpadeó para contener las lágrimas—. Tú se lo dirás.

—Prométemelo —mi voz sonó débil—. ¿Por si acaso?

—Te lo prometo.

Respirar se volvió un esfuerzo. Mis pulmones traqueteaban y gorgoteaban. Pero por alguna extraña razón, no tenía miedo. Quizás había agotado mi reserva de terror temiendo por la vida de Kass.

Ya que me acercaba al Final, ¿debería arrepentirme de haberle quitado la vida a Larson?