Capítulo veintiocho #3
Mientras Marisol corría la cortina, Blue también se colocó los tapones y cogió el bolso brillante.
Nosotras, las chicas, necesitábamos herramientas para hacer nuestro trabajo.
Recé una breve oración para mis adentros y levanté el pulgar antes de plantarme frente al sistema de sonido y clavar el dedo con fuerza en el botón rojo.
***
Kass
Me moví tan rápido que Caleb no me vio venir. Con un movimiento fluido, lo inmovilicé en una llave que le aplastaba la garganta. También tenía la pistola en la mano y el cañón presionado contra su cabeza.
La sonrisa feroz de Larson distorsionó su rostro pétreo.
—¿Crees que me importa una mierda si matas a Caleb? Porque no.
Pulsó los dos siguientes botones.
—Hermanos cuatro y cinco. Los códigos o morirán todos.
—No te importa una mierda nadie más que tú mismo.
Con un fuerte empujón, mandé a Caleb de bruces a los pies de Larson. Al mismo tiempo, me puse la pistola en la sien.
—Pero si no detienes el gas ahora mismo, me vuelo los sesos. Nunca, jamás conseguirás el código.
Por primera vez en mi vida, vi el miedo reflejado en el rostro de Larson. El plan Z lo pilló desprevenido.
Vio mi determinación y tartamudeó.
—¡Kass, no! ¡Hijo! Esto no es necesario.
—No me vengas con esa mierda de «hijo». Detén el gas y libera a mis hermanos —ordené—. ¿Qué van a decir tus amigos cuando aparezcas con las manos vacías? Las balas volarán, estoy seguro.
—No lo harás —dijo Larson, pero su rostro delataba su incertidumbre.
—Me conoces tan bien como te conoces a ti mismo —dije con calma—. No me doblego. No me conformo con tablas. Y yo también juego para ganar. Siempre.
Tensé el dedo índice en el gatillo.
—¡Espera!
Larson pulsó el botón azul del controlador y luego lo trasteó frenéticamente cuando las luces rojas no se apagaron.
—Algo va mal. El mecanismo de parada. No funciona.
Con la mano temblorosa, levantó el controlador y me mostró un conjunto multicolor de luces que anunciaba un fallo del sistema.
En la pantalla, mis hermanos luchaban: algunos se retorcían en el suelo, otros atacaban las rejillas y los barrotes, pero todos combatían lo que sería una muerte lenta por asfixia.
—No lo hagas, Kass —me suplicó Larson, luego empujó a uno de sus hombres—. Ve. ¡Detén el gas!
Pero sabía que era demasiado tarde. Un vacío oscuro tiraba de mí. El hombre no podía llegar a tiempo. Mis hermanos se habían comprometido a acabar con Larson y su banda. Me habían confiado sus vidas. ¿Había calculado mal los riesgos? ¿Había matado a mis hermanos?
***
Tee
Durante un momento, no pasó nada. Y entonces, mientras el corazón se me subía a la garganta, un silbido agudo y amortiguado atravesó los tapones, chirriando en mi cabeza.
Incluso con los tapones puestos, el sonido estridente me revolvió el estómago y me mareó.
Aguanta, princesa. Necesitaba salir del camino del rayo sónico.
Justo a tiempo, Marisol, Emme, Lexi y Blue irrumpieron por la puerta trasera y se dividieron en dos grupos.
Marisol y Emme se dirigieron hacia el lado sur de la casa con los planos de la cámara de gas cosidos en el forro de la chaqueta de Marisol y la llave inglesa para cerrar la válvula exterior oculta en los zapatos de plataforma de Emme. Su misión era cortar el flujo de gas hacia la cámara letal.
Lexi y Blue corrieron hacia las puertas, armadas con los botes de gas pimienta ocultos en los bolsos. Su misión era acercarse sigilosamente a los guardias, tomar el control de la garita, desactivar la valla eléctrica y abrir las puertas para dar acceso a Seb y su equipo armado de élite.
Mi trabajo era mantener el LRAD funcionando el mayor tiempo posible. Saqué el tampón del bolso, retiré el cilindro de plástico y, tras arrancar el algodón, extraje la pequeña daga afilada que había escondida dentro.
Desde detrás de la cortina, vi que todos los hombres de la sala y alrededores estaban completamente incapacitados. Ninguno de esos desgraciados iba a poder alcanzar el panel de control ni los altavoces en un buen rato.
Volví a envolver la daga en el algodón y me la encajé en la cintura. Salí por la puerta y me abrí paso entre los guardias que se retorcían en el césped. La mayoría se tapaban las orejas con las manos, aunque no les servía de nada.
Sin detenerme, le arrebaté un fusil de asalto a uno de los matones caídos. Me cubrí tras los setos y, mientras corría en la noche, cambié de planes.
***
Kass
Los fuertes chirridos me perforaron los tímpanos y me apuñalaron el cerebro. El dolor paralizante me atravesó la cabeza y me puso de rodillas. Se me escapó el arma de las manos a la vez que perdía el equilibrio y caía al suelo, incapaz de moverme.
Mi cráneo debía de estar rompiéndose en diminutos fragmentos de hueso. Mi materia gris temblaba como una masa de gelatina a punto de derramarse del cuenco.
¿Qué coño?
Me tapé las orejas con las manos, pero no sirvió de nada.
El terrible pulso me torturaba, golpeándome con oleadas de dolor tan fuertes que quería vomitar.
El mundo giraba a mi alrededor y yo luchaba por recordar mi nombre.
La confusión me atacó. La combatí. En lo más profundo de mí, sabía lo que era esto.
Me obligué a pensar pese a la agonía.
LRAD. Dispositivo Acústico de Largo Alcance. Arma sónica de uso militar. Un haz de amplitud intolerable que servía para despejar hostiles de un área de operación determinada. Un tono disuasorio de 162 decibelios que superaba con creces el umbral de dolor humano.
Apreté los dientes y entrecerré los ojos escudriñando la noche. Larson se retorcía en el suelo, gritando a pleno pulmón. Caleb y los guardaespaldas también. Paralizados. Incapacitados.
Aprovecha eso.
Me obligué a moverme y me arrastré con los codos hasta los parterres. Entre gruñidos y gemidos, clavé los dedos en el suelo y agarré un puñado de tierra negra. Desafiando el horrible dolor que me pulsaba en la cabeza, me metí la tierra en un oído. Tampoco sirvió.
Muévete... Sal del alcance del haz...
Un par de tacones brillantes aparecieron frente a mi cara. Vislumbré tul azul transparente y monedas de oro centelleantes. Unas manos frías me sostuvieron el rostro. Unos labios se movieron. Un rostro se cernió sobre mí. Conocía ese rostro, pero por un momento tuve que buscar en lo más profundo.
Tee.
Ni siquiera un LRAD podía impedirme recordar su nombre.
Tee había venido. Estaba aquí.
Entonces el ruido infernal se detuvo.
***
Tee
En cuanto la mirada de Kass se aclaró, supe que el LRAD había dejado de funcionar. O alguien había llegado hasta él y lo había apagado, o había fallado por problemas técnicos. También sabía que teníamos que salir de aquí. El suyo no sería el único cerebro liberado en el recinto.
—Manos en la cabeza, todos —grité, apuntando con el fusil de asalto prestado a los hombres que empezaban a moverse en el suelo—. Como os mováis, estáis muertos.
Me quité los tapones de los oídos y ayudé a Kass a ponerse de pie. Se recuperó más rápido que nadie en el jardín, pero el estruendo de un nuevo sonido me alertó de que todavía estábamos en peligro.
Había disparos por todas partes. Recé para que Blue y Lexi hubieran salido victoriosos y para que Seb y sus hombres estuvieran dentro del recinto.
—Los chicos —dijo Kass con voz ronca y urgente, mientras recogía el arma del suelo y se ponía de pie con las piernas temblorosas.
—Lo sabemos. —La agonía en la mirada plateada de Kass me desgarró el corazón.
—Si están muertos... —gruñó él.
—Todavía no sabemos nada.
Los chicos no podían estar muertos. Simplemente no podían. El mundo se convertiría en un planeta oscuro sin ellos en mi universo, y Kass... no, me negaba a pensar en eso.
Los ruidos del feroz tiroteo me dijeron algo, pero no estaba segura de qué.
—Yo no haría eso si fuera tú. —Con el arma en alto, Kass avanzó hacia el mercenario que intentaba alcanzar su arma y la apartó de una patada. Moviéndose entre los hombres caídos, se recuperó a toda prisa mientras se aseguraba de separar a los mercenarios de sus armas.
Cubriendo a Kass, mantuve a los mercenarios encañonados y me llevé la mano al pendiente.
—Control, tengo a Ice —hablé por el micrófono—. Estamos en los jardines traseros. ¿Informe?
—Aquí control. —La voz de Trev se cortaba, apenas audible—. Hemos atravesado las puertas. Estamos en combate.
La mejor noticia del mundo. —¿Sabes algo de Emme o Marisol?
Una ráfaga de estática y luego: —¿No están contigo?
—Negativo. —Mi estómago se contrajo—. Tuvimos que separarnos.
—Se lo paso a Seb ahora mismo. —Oí la preocupación en el tono de Trev—. Espera.
—¿Dónde está Larson? —Kass frunció más el ceño mientras examinaba a los hombres en el suelo—. Estaba aquí hace un minuto.
Un clic sonó muy cerca de mi oído.
Oh, mierda.