Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo veintiocho #2
91%

Capítulo veintiocho #2

A la señal, la música llenó la sala y las cortinas se abrieron.

La silueta de una mujer hermosa adoptó una pose sensual en el centro del escenario mientras se inclinaba a besar la barra de baile.

Los contornos oscuros de otras tres mujeres ligeras de ropa aparecieron en el escenario retroiluminado.

Ellas también coqueteaban con las barras.

Sus cuerpos eran sombras sinuosas balanceándose al fondo.

El nivel de violencia en la sala aumentó a la par que la lujuria que se apoderó de los rostros de aquellas bestias. Aquellos no eran hombres que vivieran bajo ningún código que no fuera la violencia. Larson había dado carta blanca a los presentes para hacer lo que quisieran con las bailarinas.

¿Sabían aquellas mujeres el peligro que corrían?

—Venga —Larson me agarró del brazo y me sacó del invernadero—. Si quiere echar un polvo, puede hacerlo más tarde. Es la hora.

Atravesamos el salón contiguo al invernadero, donde los guardaespaldas de los magnates esperaban ociosos a sus jefes, una concesión que Larson había hecho al negociar aquella reunión.

Lo malo era que los guardaespaldas sumaban más enemigos entrenados y armados a mi lista. Lo bueno, que Larson había tenido que desplegar mercenarios adicionales para vigilar a los equipos de seguridad de sus invitados. No había confianza entre aquellos enemigos asociados.

Eso significaba que mi escolta se había reducido de ocho a cinco guardias, Caleb incluido. Quizá eso me daba alguna ventaja. Quizá no.

—¿Por dónde? —exigió Larson cuando llegamos al vestíbulo.

—Por aquí —me solté de su agarre y aminoré el paso, obligando a Larson y a sus guardaespaldas a reducir la marcha mientras avanzaba por el pasillo.

—Solo cuatro —señalé mientras atravesaba las cocinas.

Larson me lanzó una mirada perpleja.

—¿Qué?

—Solo trajo cuatro mujeres para doce hombres, trece contándolo a usted —dije—. ¿Por qué?

—Haga cuentas —gruñó—. Cada una tiene tres agujeros. Y…

—¿Y?

—Deshacerse de cuatro putas es fácil —dijo—. Nadie hará preguntas ni le importará una mierda. Es más difícil hacerlas desaparecer en mayor número. Siempre aparece algún pariente afligido que presiona a la policía para obtener respuestas.

Hijo de puta. Pensaba matar a aquellas mujeres cuando sus asociados terminaran con ellas.

Como si no tuviera ya bastantes problemas, tampoco podía permitirle hacer eso.

***

Tee

Desde mi puesto en la parte trasera del escenario, alcancé a ver a Kass en el lado opuesto del invernadero. Estaba muy guapo con el esmoquin, tranquilo y sereno como siempre.

Solo yo conocía el significado de su rostro impasible y su mirada glacial. La furia brillaba en sus ojos, apagando el azul y convirtiendo sus iris en un par de láseres translúcidos.

Cuando Larson se unió a Kass junto a la puerta, este desvió la atención hacia él y los guardaespaldas que los rodearon de inmediato. Parpadeé y Kass ya había desaparecido, mucho antes de que los focos se encendieran para iluminar nuestras siluetas en la oscuridad.

Adiós a mis esperanzas de establecer contacto rápido.

¿Adónde había llevado Larson a Kass?

La música subió de volumen, anunciando que era el momento de que Blue desplegara su superpoder. Emme, Lexi y yo nos apresuramos hacia el lado izquierdo del escenario, donde Marisol permanecía en su papel de conductora, controlando el sistema de sonido.

Blue permaneció en el escenario, cautivando al público con los movimientos sensuales de su increíble baile. Era poesía en movimiento, provocación elegante y sexo sin contacto.

Pero al asomarme desde detrás de la cortina y percibir el ambiente lascivo que se apoderaba de la sala, supe que el tiempo se nos acababa. Este público no se conformaría con mirar sin tocar por mucho más tiempo.

—Preparaos —dije—. No creo que tengamos más de unos minutos antes de que estos chacales se nos echen encima con las pollas fuera. Ya sabéis qué hacer. Os alcanzaré en cuanto pueda.

Moviéndonos al unísono, todas sacamos los tapones para los oídos que habíamos escondido en nuestros tops escuetos y nos los colocamos. También sacamos los bolsitos de debajo de la mesa y nos los colgamos en bandolera.

Abrí la puerta oculta detrás del escenario portátil y, protegida por las sombras, eché un vistazo. Un movimiento me alertó de que algo sucedía en la parte trasera de la casa. Divisé a Kass, Larson y el equipo de seguridad atravesando los jardines.

Maldición. Eso era un problema. Cualquier desviación del plan podía ser letal.

—Aquí tienes —Marisol hizo rodar el tercer altavoz que habíamos traído como respaldo, según les habíamos dicho a los guardias de la entrada.

Moviéndome con sigilo, saqué el altavoz por la puerta, lo orienté hacia los jardines y me aseguré de que estuviera conectado al sistema principal.

Mientras tanto, conté los guardias que patrullaban los terrenos. Eran muchos y estaban por todas partes. Tragué en seco.

Dios, espero que esto funcione.

***

Kass

—Aquí estamos —me giré y encaré a Larson en el jardín de rosas.

—¿Aquí? —entrecerró los ojos, clavando su mirada fría en mí—. Pero... buscamos aquí. Buscamos por todas partes. Trajimos detectores de metales y georradares.

—No necesitabas nada de esa mierda —dije—. Solo me necesitabas a mí.

—¿Dónde está? —giró lentamente sobre sí mismo, evaluando todos los posibles escondites—. ¡Dímelo!

—Lo haré. En cuanto liberes a mis hermanos. Tráelos aquí. Hasta entonces, estamos en un punto muerto.

—Los puntos muertos no van conmigo —el tono gélido de Larson anunciaba una jugada de poder en marcha—. Juego para ganar. Siempre. Y para que sepas que no estoy faroleando, tengo una pequeña confesión que hacerte.

Hizo una pausa, como saboreando el momento.

—¿Tu hermano Leo? Fui yo quien pagó a los hombres que colocaron el artefacto explosivo que acabó con él. Fui yo quien sobornó al artificiero encargado de despejar su ruta. Yo lo maté.

La verdad de sus palabras me atravesó, sacudiéndome hasta los huesos. Larson era responsable de la muerte de Leo. Había matado a Leo. Eso ya era bastante impactante.

Pero ¿por qué me lo contaba ahora?

Para quitarme el suelo bajo los pies. Para asegurarse de que entendiera que tenía el poder de matar a mis hermanos y destruir mi vida. Para reducirme a mi estado emocional más vulnerable.

Pero Ice acudió en mi ayuda y mi entrenamiento Delta impidió que mi ira estallara. —¿Por qué mataste a Leo?

—Pensé que, sin él, vuestra pequeña hermandad se derrumbaría —dijo, disfrutando del dolor que percibía en mí—. Pero no funcionó. Si acaso, su muerte os unió en un equipo aún más fuerte. Tuve que seguir adelante, probar algo diferente.

Algo como cazarnos a mis hermanos, a mi mujer y a mí como si fuéramos animales destinados al matadero en su coto privado.

—Así que ya ves —continuó Larson—. Leo fue mi primera víctima y ni siquiera lo sabías. Pero ahora que lo sabes, puedes ver que no me detendré hasta que me des el código. Si me lo das ahora mismo, perdonaré a tus hermanos.

Sí, claro. Apreté los dientes y luché contra la rabia.

La sonrisa de suficiencia de Larson era prueba de que estaba disfrutando de lo lindo.

Esto era parte de su modus operandi, de su necesidad de causar confusión, dolor y angustia en su víctima.

Su revelación estaba diseñada para desestabilizarme.

Casi lo consiguió, pero Ice estaba al mando, procesando, calculando, anticipando.

Larson mató a Leo para dispersar a nuestro equipo y dejarme solo y vulnerable ante su acercamiento. Ahora todo tenía sentido. Leo lo había hecho todo bien. Max, que había estado con Leo cuando murió, lo había confirmado. Y aun así, lo habían matado. No matado. Asesinado a sangre fría.

La rabia que me recorrió el cuerpo tiñó mi visión de destellos rojos.

—El código —ladró Larson.

—Mis hermanos —apreté la mandíbula hasta saborear sangre.

—¿Crees que puedes jugar conmigo? —se burló Larson—. ¿Crees que puedes doblegarme a tu voluntad? Te equivocas. Yo no me doblego.

Sacó lo que parecía un mando a distancia del bolsillo y posó el dedo sobre el botón superior. —Leo fue la víctima número uno —dijo—. Ahí va el hermano número dos.

El dispositivo en mi bolsillo vibró. Lo saqué y observé horrorizado cómo una mampara translúcida descendía en el frente de las celdas de los chicos.

Jax frunció el ceño y empezó a toser, llevándose la mano a la garganta antes de dejarse caer a cuatro patas y cubrirse la boca y la nariz. Un siseo distante captó mi atención: gas que salía de las rejillas de ventilación.

—El código —repitió Larson—. Ahora. O…

Pulsó el segundo botón.

—Hermano número tres.

Se me retorcieron las entrañas cuando Max intentó salir de su celda a patadas antes de caer también al suelo, tratando de evitar el aire que no tenía más remedio que respirar.

El corazón me rugía en los oídos mientras Apollo llamaba a los demás y Troy se quitaba la chaqueta, se subía a la cama y la encajaba en una de las rejillas.

Mis hermanos. Estaban muriendo. Por mi culpa. Por culpa de mi padre lunático. El terror me agarró por la garganta.

«Aguanta, Ice. No te vengas abajo».

—Hicimos un trato —me planté con firmeza y clavé la mirada en Larson—. Detén esto.

—El código —gruñó Larson—. Es demasiado tarde para Leo. Pero puedes salvar a los demás si actúas rápido.

Joder.

Larson había querido tener a todos mis hermanos entre sus garras para asegurarse de que no pudiera negarle su victoria final. No podía darle el código a Larson, pero tampoco podía dejar morir a mis hermanos. Mentiras dentro de mentiras, trampas dentro de trampas.

Todo se reducía al plan Z.

***

Tee

Me toqué el pendiente.

—Atención. Estamos listas. Pero Ice no está en la sala.

—Recibido —la voz de Trev atravesó el crepitar de una fuerte interferencia electrónica—. Transmitiendo información. Estamos listos.

El número musical de Blue estaba llegando a su fin. Algunos de los pervertidos del público ya estaban de pie lanzando silbidos y piropos. Blue hizo un último giro de helicóptero alrededor de la barra, aterrizó con gracia y pirueteó hacia nuestro lado del escenario.