Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo veintinueve #3
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Capítulo veintinueve #3

Estaba tan triste. Las lágrimas le arrasaban las mejillas y le enrojecían los ojos, cayéndole sin parar. Con un gran esfuerzo, levanté la mano y le acaricié la mejilla.

—No llores por mí, Kass. Todo mereció la pena. Cada minuto. Incluso cuando estábamos separados, estaba justo aquí, contigo —le di unos golpecitos sobre el corazón.

—No me hagas esto —me apretó la mano contra su pecho, donde el corazón le latía fuerte y rápido—. Esto no. No me dejes, Titan.

—No hasta que me case contigo —de repente me sentí tan lúcida que me pregunté si me brillaría la cara—. Pero daos prisa, por favor —esto podía ser el comienzo de eso de la luz blanca y brillante.

—Encontré a alguien. —El rostro de Jax apareció de pronto ante mí, arrastrando a alguien para que se arrodillara a mi lado, en el lado opuesto a Kass.

Fruncí el ceño. —¿Seb?

Sabía que era contratista militar además de pertenecer a Fuerza Delta, pero fue Kass quien hizo la pregunta. —¿Eres ministro ordenado?

—Más o menos —dijo, con los ojos muy abiertos—. Tuve que hacerlo por mi hermana. Es una larga historia. Me hizo registrarme en línea para poder casarla.

—Oh, qué maravilloso. —Volví a mirar a Kass—. ¿Empezamos?

—Hazlo —ordenó porque así funcionaba mi chico—. Hazlo rápido.

—Bien, pues. —Seb se aclaró la garganta y me miró—. ¿Tú, Liberty Rose, aceptas a Kassius Battleson como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo desde este día en adelante, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

—Sí, acepto. —Clavé los ojos en Kass y luego me giré un momento hacia Seb—. Y gracias, Seb, por no decir nada sobre obedecer.

Eso arrancó una risita al público lloroso que seguía atendiéndome mientras hacían de testigos.

—Me toca. —Kass miró a Seb—. ¿Vale si hago mis propios votos?

Seb asintió.

Kass respiró hondo. —Yo, Kassius Battleson, te acepto a ti, Liberty Rose, como mi legítima esposa. Te juro frente a toda esta gente que nunca he amado a nadie como te amo a ti y que te amaré para siempre y más allá, si tal cosa existe.

—Aw. —Sonreí—. Eso es tan romántico, Kass.

—Romántico, mis narices —dijo—. También juro ir detrás de ti si intentas dejarme solo en esta vida, que Dios me ayude.

—¡No! —protesté porque, aunque casarme con él era mi sueño, lo que quería para él era una vida larga y feliz—. Esto no funciona así.

—Ese es mi voto —dijo mi apuesto y terco novio—. Asúmelo.

¿Kass muerto? De ninguna manera.

Reuní todas mis fuerzas para asegurarme de ganar nuestra última discusión. —Entonces quizá cambie de opinión y no me case contigo después de todo.

—Lo siento, demasiado tarde. —Logró sonreírme con suficiencia—. Ya hemos intercambiado los votos. Seb, haz lo que tengas que hacer para terminar esto.

—Estoy confundido. —Seb frunció el ceño—. Tee, ¿eso es un sí o un no?

—Es un sí, pero quiero dejar constancia de mi protesta. —Fulminé a Kass con la mirada—. Tienes toda una vida por delante.

—¿Seb? —Kass ignoró mi comentario y clavó la mirada en su amigo—. Termina esto ahora o te juro que te arranco la cabeza y se la doy de comer a los tiburones.

—Bien. —Seb tragó saliva—. ¿Hay anillo?

—Un anillo. —Kass se dio una palmada en la frente—. Mierda.

—Aquí. —Lexi extendió las manos ante Kass, mostrando su habitual colección de anillos en cada dedo—. Elige uno. Este no. —Señaló uno y miró con anhelo a su marido—. Me lo dio Max.

—Hay tantos. —Kass observó los anillos más desconcertado de lo que lo había visto nunca—. Joder. No sé. Maldición.

Me estaba casando con un Battleson, así que las palabrotas que formaron parte de mi ceremonia de boda parecían perfectamente naturales y de lo más apropiadas.

—Este. —Kass deslizó un anillo del dedo de Lexi, lo sostuvo entre sus grandes dedos y miró a Seb—. ¿Qué hago ahora?

—Ponle el anillo y dile que...

—Con este anillo, yo te desposo. —Kass deslizó el anillo en mi dedo, llevó mi mano a sus labios y la besó—. Te lo prometo. Te compraré cualquier diamante que quieras después.

—Me encanta este anillo.

Tenía forma de serpiente enrollada y estaba grabado en filigrana con escamas plateadas.

La serpiente se curvaba con elegancia como si reptara por mi mano.

¿Y lo mejor? Lucía dos diminutos ojos de zafiro.

Eran del color del hielo glacial y brillaban con el mismo fuego azul que centelleaba en los ojos de Kass cuando me miraba.

Una nueva punzada de dolor me atravesó y solté una mueca.

—¿Hemos terminado? —exigió Kass.

—Casi —dijo Seb—. Por el poder que me confiere la Iglesia de la Vida Universal, os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

Los labios de Kass se posaron en los míos, la única parte de él suave y sedosa, como su alma. Su calor me inundó en una oleada de alegría y fuerza. Por fin. Estaba casada. Con el amor de mi vida. Con Kass.

Cerré los ojos y, saboreando su beso, me perdí en él. Y mientras sentía mis últimas hojas temblando en el viento y alejándose de mis ramas, di la bienvenida al otoño que me llevaría a mi invierno final. Y así fui a su encuentro, besando a Kass.

Qué manera de irse.