Capítulo Diecinueve
Kass
Apreté los dientes e intenté reprimir el rugido en mi garganta. Aun así, salió como un gruñido profundo. Con razón Larson estaba tan seguro de poder obligarme a negociar con él. Al mirar al hijo de puta desplomado a mis pies, reprimí el impulso de patearlo hasta dejarlo hecho una masa sangrienta.
Joder. Hace quince minutos estaba a punto de acabar con la amenaza de Zero Tango. Ahora que sabía que tenía a mamá y papá, la amenaza solo había empeorado, se había vuelto más peligrosa, y nuestras pérdidas potenciales se habían multiplicado hasta proporciones desastrosas.
Me pasé las uñas por el cuero cabelludo. Teníamos que recuperar a mamá y papá.
Con la carabina en una mano, Jax se acercó pavoneándose y esbozó su sonrisa más salvaje.
—Tengo un mensaje para ti.
—¿Un mensaje? —fruncí el ceño—. ¿De quién?
—De mí para ti.
Su puño se estrelló contra mi mandíbula. El poderoso golpe me hizo rechinar los dientes, llenó mi visión de destellos rojos y me dejó la cara ardiendo.
Qué idiota soy.
El apodo de Jax no era Mayhem por casualidad. Estaba hecho como un tanque y arrasaba como uno. Debería haberlo visto venir. Y quizá lo vi. Si encajé el golpe, fue porque me lo merecía.
Me tambaleé hacia atrás. Mi espalda chocó contra la pared. Logré aferrarme al arma y mantenerme en pie, pero por los pelos.
—Vale, Jax-gilipollas, ya tienes mi atención. ¿Qué coño te pasa?
Fingiendo que el golpe no me había dolido, me froté la mandíbula y enseñé los colmillos.
—Eres parte de un equipo —Jax se acercó hasta que quedamos nariz con nariz, con el puño derecho listo para repetir la lección si hacía falta—. No desapareces de la faz de la tierra para ir por libre solo porque te ha dado un ataque de imbecilidad.
Lo aparté de un empujón.
—Yo no...
—Nos mentiste —me agarró del chaleco táctico y tiró de mí hacia él—. ¡Me mentiste a mí!
Eso me dio en el estómago. Mentirle a Jax y a mis hermanos había sido una de las cosas más difíciles que había hecho en mucho tiempo. Pero aun así, nadie me zarandeaba, ni siquiera Jax. Volví a apartarlo de un empujón, pero Apollo interrumpió nuestra pelea de empujones.
—Eh, ¿imbéciles? ¿Qué tal si vosotros, par de sacos de testosterona apestosos, os enfrentáis en el ring más tarde, como mucho más tarde?
—Apollo mantuvo el ojo en la mira mientras escudriñaba las paredes alrededor de la terraza de la piscina—.
Veo conejos asomando la cabeza aquí y allá, y eso me dice que estamos a punto de que nos metan un guiso de conejo por la garganta.
—Lo mismo aquí —anunció Max con su voz grave desde su puesto junto a las puertas—. Deberíamos esperar para hacer cantar a Ice cuando no haya un montón de botas pateando la mansión. Es solo cuestión de tiempo que vengan por aquí y llamen a la puerta.
—Luego —Jax me soltó y me apartó de un empujón—. Kass-pullo.
Me lanzó una mirada asesina mientras cruzaba la habitación para unirse a Max en la puerta.
Max hizo como si no hubiera pasado nada.
—¿Echamos un vistazo más de cerca?
—¿Por qué no? —Jax me fulminó con la mirada de reojo—. Sé que no te largarás dejando que alguien me meta una bala en la espalda.
Ay. Eso dolió de cojones. Toda esta miserable noche se había convertido en el festival de putear-a-Kass.
Sin perder de vista a Larson, ocupé el puesto de Max en la puerta, listo para cubrirles si atacaban a Max y Jax. Tee había tenido razón. Estos payasos estaban cabreados conmigo.
Viendo cómo estaban saliendo las cosas, no los culpaba. Con mamá y papá capturados, parecía que no había sido el único hundido en la mierda hasta las cejas últimamente. Iba a tener que hacer las paces de alguna manera, quizá durante mucho tiempo.
O por el resto de mi vida.
Joder.
—La cagaste, pero bien —comentó Apollo desde el otro lado de la habitación, como si necesitara que me lo recordaran—. Pero esos gorilas tienen el corazón tan grande como los bíceps. Ya se les pasará.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿No estás cabreado conmigo?
—Pues claro que estoy furioso contigo —mantuvo el ojo en la mira, con su cuerpo largo y ágil listo para disparar—. Solo que pienso hacértelo saber la próxima vez que te ponga la vacuna del tétanos.
Me estremecí ante su amenaza. Y pensar que una vez creí que Apollo, tan sereno y centrado, era el cabrón más majo, diplomático y emocionalmente maduro de todos nosotros.
Déjate de gilipolleces y céntrate en la misión.
—¿Cómo habéis llegado? —pregunté mientras inspeccionaba el pasillo.
—Saltamos en paracaídas —dijo Apollo—. HAHO.
Maldije entre dientes. Los HAHO —saltos en paracaídas de gran altitud con apertura alta— eran jodidamente difíciles y arriesgados. Requerían un montón de entrenamiento y que la suerte te sonriera.
Un HAHO implicaba saltar de un avión a altitud de crucero, abrir el paracaídas a unos 8.200 metros y recorrer largas distancias en formación escalonada bajo guía GPS, planeando bajo la cúpula.
Era una técnica clásica de inserción encubierta para operadores especiales, sobre todo cuando el objetivo contaba con sistemas de defensa avanzados, como la isla de EchoSat.
También era extremadamente peligroso, y más de noche: en la comunidad de operaciones especiales, dejaba viudas y huérfanos a montones.
Me mataba que mis hermanos hubieran corrido semejantes riesgos por mi culpa, pero en el fondo no me sorprendía.
—Vosotros tres chiflados no deberíais haber tentado a la suerte así —gruñí sin apartar la vista del pasillo—. Sois unos putos maníacos suicidas.
Apollo resopló. —Mira quién habla, el emperador de los maníacos suicidas.
Al imaginarme cómo habían llegado a la isla, llegué a la conclusión lógica. —Así que fuisteis vosotros quienes volasteis el Quijote. ¿Me equivoco?
—Genio. —Apollo resopló—. ¿A quién esperabas, a Papá Noel o a Peter Pan?
—Francamente, no esperaba a nadie.
—Lo cual no dice mucho a tu favor.
Hoy no hay tregua para Ice.
—Hablando de crear una distracción —dijo Apollo—, ese barco voló como un cartucho de dinamita.
—Bravo Zulu —dije, jerga militar para bien hecho—. Con esa os cargasteis un montón de droga.
—No eres el único payaso por aquí que sabe lo que coño hace.
—Ya van tres puyas, imbécil. —Le lancé una mirada por encima del hombro—. Se te acabaron los turnos. Si sigues tocándome los cojones cada vez que abres la boca, vas a acabar en el puto ring junto con Jax y Max.
—No hay problema, Rain Man —contraatacó—. Tener que coserte después de ese desastre hará aún más placentero machacarte esa dura mollera. ¿Sabes cuánto tiempo llevamos buscándote?
—Ya, a propósito de eso —dije—. ¿Cómo me encontrasteis?
—No rastreando el microchip geolocalizador que te implanté, eso seguro. Ya sabes, el que cada uno llevamos para poder localizarnos cuando la cosa se pone fea. Supongo que no querías ponérnoslo fácil. Así que simplemente, clic, desactivaste el chisme.
—Lo hice —dije—, y pediría perdón si me arrepintiera. Así que. Otra vez. ¿Cómo?
—No estoy autorizado a hablar del tema.
Lo miré desconcertado. —¿Por qué no?
—Porque quiero sobrevivir a esta misión y volver con Blue con los huevos intactos, por eso —espetó Apollo, algo que rara vez hacía—. Así que déjate de preguntas, ¿quieres? Ahora mismo no tienes derecho a hacerlas.
Quizá tenía razón, pero habría insistido hasta aclararlo si Jax y Max no hubieran aparecido y avanzado por el pasillo rápido y en silencio. Les mantuve la puerta abierta, luego la cerré sin hacer ruido y eché el cerrojo.
—Por ahí no hay salida fácil —informó Jax.
Max señaló con la cabeza hacia la ventana rota. —Yo voto por salir por ahí.
—Si ese es el plan, sugiero que nos movamos, ya. —Apollo cerró un ojo y apretó el gatillo.
Un disparo silenciado dio en el blanco en las ramas altas de un árbol: un explorador enemigo que sin duda intentaba evaluar nuestra situación.
Dejarlo escapar habría significado revelar nuestro número, ubicación y capacidades a sus colegas mercenarios.
Las decisiones de un francotirador nunca son fáciles, pero Apollo había tomado la correcta.
El hijo de puta que había intentado sorprendernos cayó unos nueve metros desde el árbol y aterrizó en el jacuzzi. Su sangre dibujó estelas rojas ondulantes en el agua. Un robusto rifle de francotirador M24 se disparó al golpear el otro lado de la terraza de la piscina, con un estruendo.
Mierda.
Eso iba a atraer atención no deseada.
—Yo voy en punta. —Max quitó a culatazos los cristales dentados que sobresalían del marco y salió por la ventana—. Voy a limpiar el camino de basura.
—Tranquilo, Raider. —Apollo volvió a pegar el ojo a la mira—. Te cubro.
—Haz lo tuyo, Mage. —Max se fundió con las sombras.
El estruendo de botas que resonaba en el pasillo anunció una ofensiva en marcha, esta vez desde dentro de la casa.
—Bien, chicos, se acabó el recreo. —Jax se quitó la mochila, la abrió y, tras sacar un bloque de C-4 y un detonador sensible al movimiento, se puso manos a la obra con las puertas.
—Yo me encargo del comité de bienvenida. —Sus ágiles dedos trabajaban a toda velocidad—. ¿Quieres dejarles una cartita de despedida a los cabrones? Asegúrate de decirles que les hemos dejado unas cuantas sorpresas.
—Eso está hecho.
Me moví rápido hacia el escritorio de Larson y encontré un bolígrafo y un bloc. Decidido a proteger a nuestros padres, garabateé los términos de aquel punto muerto.
Tenemos a vuestro jefe. Os paga para mantenerlo vivo, así que no la caguéis.
Si nuestra gente sufre daño, vuestro jefe es historia y vosotros también.
Vuestra isla está comprometida. Nos aseguramos de eso.
También os tenemos vigilados. Así que pisad con cuidado o volaréis por los aires. Esperad instrucciones.
Clavé la nota en el reposacabezas de la silla ejecutiva de Larson con el abrecartas en forma de espada que encontré en su cajón. Imposible que alguien pasara por alto nuestro mensaje con aquella empuñadura brutal sobresaliendo del cojín atravesado.
La nota les daría a los cabrones algo en que pensar. También nos permitía retrasar, distraer y despistar.
—Bien, ahora sí que estamos. —Jax agarró su mochila y me la lanzó.
La atrapé y me la eché sobre la mía. Ambas iban ligeras de equipaje para esta misión. Mientras me guardaba el móvil de Larson en el chaleco, Jax se agachó y se echó al hombre inconsciente al hombro como si el cabrón no pesara más que un saco de grano de veintitrés kilos.
Jax se irguió y me miró directamente a los ojos. —¿Vas a quedarte con el equipo o qué?
—Voy. —Le sostuve la mirada—. Y lo creas o no, te cubriré las espaldas o moriré en el intento.
Puso los ojos en blanco.
—Ahórrame la brostalgia, ¿quieres?
Le hice una peineta.
Nos formamos. Apollo salió primero, luego Jax con su carga y después yo. Nos movimos con fluidez, cubriéndonos mientras avanzábamos, cruzamos la extensa terraza de la piscina, nos escabullimos hasta el muro del fondo y nos agrupamos con Max, que nos esperaba allí.
Entrelacé las manos y le ofrecí a Max un punto de apoyo. Se impulsó, se puso de pie sobre mis hombros y echó un vistazo por encima de la valla antes de hacernos la señal de que todo estaba bien. Apollo se subió a una unidad de aire acondicionado y nos cubrió mientras Max saltaba el muro.
No hacían falta palabras. En nuestro equipo, todos sabían lo que hacían.
Mi trabajo en ese momento era proteger la espalda de Apollo y asegurar nuestra retaguardia.
Me arrodillé detrás de una jardinera en la base del muro y, con el arma lista, puse el ojo en la mira, con todos mis sentidos alerta hacia la casa y la terraza de la piscina.
Sin ceremonias, Jax dejó caer su carga al suelo, se colgó el rifle y se arrodilló junto a mí. Se unió a la vigilancia mientras barríamos la zona en busca de hostiles.
—Podrías habérmelo dicho, tío —murmuró, sin dejar de vigilar—. No tenías que mentir. No a mí.
—Tenía que asegurarme de que Tee estuviera a salvo —respondí mientras barría el terreno con mi M4.
—Sí, lo sé —Jax soltó un suspiro quedo, pero mantuvo el ojo en la mira—. Yo habría hecho lo mismo. Menos la parte de mentirle descaradamente a mi hermano e irme solo. No soy tan estúpido.
—Jax, yo...
—Disculpas aceptadas —gruñó.
Lo miré de reojo.
—No...
—Sí, te disculpaste, a tu manera especial de Kass el idiota —dijo. Por un instante, nuestras miradas se encontraron—. Nunca vas a decir que lo sientes. A nadie. No va contigo. Así que te estoy tendiendo una rama de olivo. Tómala y pasemos página.
—Recibido —dije. Quería al hijo de puta. Me conocía jodidamente bien—. Pero sea lo que sea que estés planeando, tengo que hacer un desvío para recoger a mi chica.
—Algo me llegó de eso —Jax me dedicó una sonrisa, una de verdad—. Tu chica, ¿eh?
Asentí.
—Mi chica.
—Ya era hora —Jax ensanchó la sonrisa—. Debe gustarle mucho tu culo blanco para aguantar esa cara de feo que tienes.
—Tiene buen gusto, eso es lo único que voy a decir. Ahora, sobre el desvío...
—No hace falta ningún desvío —dijo Jax—. Por lo que sé, no está sola en el bar mirando el fondo de su copa de martini y pinchando una aceituna con un palillo.
—Eh, eh, para el carro —le lancé una mirada fulminante—. Yo no quería que viniera, pero ella insistió y asumió un papel clave para colarme aquí.
—Solo te estoy tomando el pelo —Jax sonrió con suficiencia, aunque seguía sondeando nuestra retaguardia y flancos igual que yo—. Conozco a Tee. Es un huracán de categoría cinco metido en un frasco delicado. No te envidio.
—Yo tampoco —resoplé—. Aunque, bueno, Emme tampoco es moco de pavo.
—Parece que todos los simios nos hemos enamorado de mujeres de armas tomar —Jax sonrió—. Nuestro récord es impresionante. Vamos cinco de cinco en eso de las fieras.
—Ni que lo digas —refunfuñé—. Me estoy haciendo viejo solo de pensarlo.
—No te preocupes, Ice. Si todo salió según lo previsto, a estas alturas Titan está a cubierto con alguien mucho más agradable que tú. Y mucho más guapo. Alto, moreno, atractivo y con labia.
—Así que ahí está Rogue —dije. Por eso Troy no había venido con los demás.
—¿Puedes culparlo? —Jax sonrió—. Tee es mucho mejor compañía que tú.
—No me gusta darte la razón en nada, pero puede que la tengas en esto.
Una sensación de alivio me quitó un peso de los hombros y aflojó el nudo que me había estado royendo las tripas toda la noche. Si Troy estaba con Tee, se aseguraría de que estuviera a salvo.
—Por si no te quedó claro —dijo Jax—, la moraleja de esta historia es que es bueno formar parte de un equipo.
Puse los ojos en blanco.
—Y no vas a dejar que lo olvide.
—Así es —dijo Jax.
—Hablando de misiones y mierdas —dije—, la balsa que me trajo a esta isla está jodida y he visto que vais ligeros de equipaje.
—No hay mucho espacio para equipaje cuando saltas desde 11.000 metros.
—Los paracaídas bajan, pero no vuelven a subir —dije—. ¿Vosotros, payasos, tenéis una estrategia de salida?
—Claro.
Lo miré. La sonrisa que me dedicó olía a problemas.
Oh-oh.
—Claro que tenemos una estrategia de salida —su sonrisa burlona se ensanchó—. Y tú, patesuelos, la vas a odiar.