Capítulo Dieciocho
Kass
El flashback duró menos de tres segundos, pero la agonía que me desgarró era una aflicción de por vida, una enfermedad crónica. Ahora la sentía con más intensidad, más vívida, tan real como el día en que mi padre mató a mi madre.
Aferré mi carabina mientras observaba al monstruo que me engendró. Con los labios tensos, los dientes al descubierto, apretó el gatillo y descargó plomo en el hombre ya muerto.
El cuerpo de Arturo cayó por el costado de la silla con un golpe sordo.
Su cara había desaparecido. La mayor parte de su cabeza, también.
El hijo de puta no me caía bien. Después de lo que le había hecho a Tee, no sentía la menor simpatía por él.
De hecho, yo mismo quería cargármelo. Pero cuando miré el cuerpo desangrándose sobre la alfombra, no era a Arturo a quien veía.
Mamá.
¡Corre! Su desesperación resonó en mi cabeza. ¡Escóndete!
No me escondí ni eché a correr. No moví un músculo ni sentí nada.
Estoy paralizado, y mi alma también.
Caí en la cuenta de que había intentado huir de mi pasado y había fracasado.
Larson giró en su silla para encararme. Una salpicadura de sangre le manchaba la mejilla.
Enmarcado por el gran ventanal, envuelto en un halo de luz azul que se reflejaba en la piscina, se limpió la sangre de la cara, dejó el arma sobre el escritorio y recompuso sus rasgos salvajes para dedicarme su plácida sonrisa de después del asesinato.
Por un instante, me sorprendí deseando no necesitar sus respuestas, que su cargador no estuviera vacío y que me disparara para que pudiéramos largarnos juntos de este puto mundo.
—Kass, hijo —dijo—, ya me lo agradecerás después.
—¿Agradecerte qué? —logré articular.
—Haber vengado a tu mujer.
—Sé vengarme solo —el recuerdo del asesinato de mi madre tensó mi dedo sobre el gatillo—. Nos vemos en el infierno, Larson.
Detecté las sombras que se acercaban a la ventana en el último momento. Un milisegundo después, los ventanales estallaron y los cristales volaron por todas partes.
Al unísono, tres guerreros con equipo completo irrumpieron en la habitación. Podría haberles disparado antes de que soltaran las cuerdas, pero me contuve. Todas sus armas apuntaban a Larson, sin suponer ninguna amenaza para mí.
El primero aterrizó a la derecha de Larson.
El segundo, a su izquierda. El tercero se estrelló contra Larson desde atrás, lo arrancó de la silla y empezó a molerlo a golpes mientras lo arrastraba en un trayecto que los hizo saltar por encima del escritorio, rodar por la habitación y acabar a mis pies.
Para entonces, Larson estaba desarmado e inconsciente, el rostro cubierto por una máscara de sangre que manaba de un corte en la frente.
Colgaba como una marioneta sin hilos de los brazos del guerrero musculoso y fornido que lo había tumbado.
El guerrero dejó caer a Larson al suelo, se incorporó y me encaró con sus ojos verdes relampagueando peligrosamente.
—¿Jax? —Miré por encima de su hombro y observé a los otros dos soldados. Iban equipados hasta los dientes: camuflaje, cascos, chalecos tácticos y protección ocular, así que no podía verles la cara. Pero sabía exactamente quiénes eran.
Eran mis hermanos.
—¿Max? ¿Apollo? —Miré a los recién llegados atónito—. ¿Qué coño hacéis aquí?
—Adivina, gilipollas —Jax recogió el arma de Larson del suelo, se la guardó en el chaleco y se agachó junto al hombre inerte—. Hemos venido a echarte una mano para trincar a este hijo de puta.
Iba a preguntar por Troy, pero me lo pensé mejor. O estaba trabajando en nuestra estrategia de salida o presentando una demanda contra mí por traición, deserción o alguna mierda por el estilo.
Parpadeé varias veces, intentando reiniciar el cerebro.
—No necesitaba ayuda.
—Eso dice el boina verde que no se cargó a esta jodida serpiente —Max me fulminó con su único ojo mientras se ajustaba el parche y se dirigía a la puerta. La entreabrió y escudriñó el pasillo con la carabina en ristre.
Bajo todo el equipo, Max era un metro ochenta de músculo fibroso y atlético.
Sus bonitos rasgos élficos habían quedado destrozados por un IED, pero el parche de cuero negro y la cicatriz que le serpenteaba por la mejilla añadían carácter a su rostro y le conferían esa apariencia feroz que encajaba con la fiereza de mi hermano.
—Para ser un soldado de infantería que prefiere las balas a la cháchara, te estabas enrollando bastante con Viklund —con los ojos verdes brillando contra su piel de caoba, Apollo echó un vistazo al bulto desplomado a mis pies mientras montaba guardia junto a la ventana, donde hincó la rodilla, apoyó la carabina y pegó el ojo a la mira—. ¿Zero Tango, supongo?
—Zero Tango —confirmé.
Zero Tango y mucho más.
En ese momento, no tenía huevos para decirles a mis hermanos que Zero Tango también era mi padre. Que todos sus problemas eran culpa mía. Que nuestra hermandad y nuestra familia habían sido el blanco y habían corrido peligro porque yo era el hijo de un monstruo.
Eso me convertía a mí también en un monstruo.
—Vamos diez minutos por delante de lo previsto —Jax sacó unas esposas, inmovilizó las manos de Larson a la espalda y, tras cerrarlas, las apretó bien, y no precisamente por su comodidad—.
Como los mercenarios de esta isla no saben que estamos aquí y la marea no bajará en veinte minutos, podemos quedarnos aquí tranquilos un rato.
Sacó una jeringa cargada del chaleco táctico, le quitó el capuchón y, tras rasgar la manga del traje y la camisa de Larson, le inyectó la sustancia en una vena de la cara interna del codo.
Miré a Jax desde arriba con el ceño fruncido.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Qué coño te parece que estoy haciendo? —Jax le metió una mordaza en la boca, se la abrochó bien y pasó a asegurarle los pies—. Estoy empaquetando a este hijo de puta para la extracción y garantizándole doce horas de sueño ininterrumpido, eso es lo que estoy haciendo.
—No hace falta —dije—. Estaba a punto de meterle una bala en la cabeza y acabar con esto.
—Vaya, qué lástima —la sonrisa de Jax destelló sin rastro de su humor habitual, solo con la furia que explicaba por qué lo llamaban Mayhem—. Guárdate la bala para después. No podemos matar al hijo de puta.
—Sí que podemos —insistí—. Tiene que morir.
—Créeme, quiero matar a este pedazo de mierda tanto como tú —la cicatriz de metralla que le servía de hoyuelo se marcó más cuando apretó la mandíbula con furia—. En cualquier otra circunstancia, te daría la razón. Pero como te largaste sin avisar, tu opinión me la paso por el forro.
—Me importa una mierda lo que pienses, pero te lo voy a decir ahora mismo —señalé a Larson—. Ese cabrón tiene que morir.
—Vale, eres un gilipollas, pero pongámonos de acuerdo en dos cosas —las rodillas de Jax crujieron al incorporarse del todo, se plantó con las manos en las caderas y me fulminó con la mirada—. Este cabrón tiene que morir. Después de que recuperemos a mamá y papá.
—¿Qué has dicho? —Tenía la cabeza tan llena de mierda que podría hundir un transatlántico; las palabras no me entraron en el cerebro.
El corpachón de Jax vibró de furia contenida. —¿Ahora también estás sordo además de imbécil?
Ignoré su agresividad nada pasiva.
—Has dicho algo de recuperar a mamá y papá —la palabra recuperar me dejó el cerebro dando vueltas en círculos—. ¿Estamos hablando de Scott y Maria Battleson?
—Sí, cabeza hueca. ¿Te acuerdas de ellos? —Jax se metió los puños en los bolsillos y me desafió alzando la barbilla sin afeitar—. Son la buena gente que nos adoptó a los seis cuando no éramos más que mierdas flotando en la letrina.
—Ya sé quiénes son —me entraron ganas de pegarle a Jax.
—Pues si te hubieras quedado y hubieras trabajado con tu equipo, ya sabrías la mierda que ha pasado —escupió Jax, más cabreado que antes.
—Mayhem, tranquilo con el rubio idiota —la voz serena de Apollo atravesó la neblina que me nublaba la cabeza—. Es imbécil, pero fue a buscar a Tee. ¿Te acuerdas?
—¡Solo! —gruñó Jax.
—Joder —murmuré—. Decidme de una vez qué coño pasa.
—Zero Tango envió fotos —los antebrazos fornidos de Jax se tensaron al apretar los puños—. Ha secuestrado a nuestros padres del orfanato que dirigen en Honduras.
Imposible. —Teníamos un equipo de seguridad con experiencia vigilándolos...
—No sirvió de nada —dijo Jax—. Ahora mamá y papá son rehenes de Zero Tango.
Las palabras de Jax me golpearon como un batazo en la cabeza. Algo se rompió dentro de mí. Conseguí mantenerme en pie, pero la habitación me dio vueltas. Unas cuantas. O un montón. Yo mismo había diseñado el plan de seguridad de mamá y papá. Era infalible. ¿Y ahora habían desaparecido?
Esto no podía estar pasando.
Mantuve el rostro impasible y me esforcé por conservar la calma. —Tenemos que encontrarlos.
—No me digas, Sherlock —los ojos de Jax relampaguearon—. No es que hayamos estado tocándonos los huevos. Hemos buscado por todas partes. No tenemos ni puta idea de dónde los tiene este cabrón. Tampoco están en esta isla. La peinamos antes de venir a por ti.
—Estos dos cabrones hablaron de un búnker cerca de aquí...
—Lo encontramos —intervino Apollo desde la ventana—. Estaba vacío.
Me pasé los dedos por el pelo. —Entonces, ¿dónde coño están?
—Solo Zero Tango sabe la respuesta —los ojos de Jax se apagaron, la única señal de lo hondo que le llegaba la desesperación—. Y dejó muy claro que si muere, ejecutarán a nuestros padres.