Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 32
98%

CAPÍTULO 32

dylan

—¿Por qué le haces fotos a mi mesa? —quiso saber con curiosidad desde el sofá, mientras repasaba. Su primer examen empezaba en dos horas, se lo habían adelantado a traición. Tenía los apuntes abiertos sobre las piernas y el estómago demasiado revuelto.

—Para una entrevista de trabajo en un taller de carpintería. Me pidieron fotos de algunos de mis trabajos —explicó Rhae, comprobando el resultado de su foto.

Ignoró el dolor de estómago para sonreír, feliz por él. Le salió de verdad, aunque también le pinchó por dentro.

—Esas son buenas noticias —aseguró. Era sincero, no quería que se fuera, pero había visto lo mucho que disfrutaba de ello.

—Creo que sí, aunque todavía podrían decirme que no.

—Estarían locos si no te cogieran después de todo lo que hiciste aquí —insistió, convencido.

Rhae le sonrió y volvió a guardar el móvil en el bolsillo.

—Oye, Dy, ¿crees que podrías guardar mis cosas en tu casa durante una temporada? —tanteó.

—¿No vas a llevarte tus muebles cuando te marches? —soltó con sorpresa—. ¿Volverás a por ellos?

Rhae suspiró, dejándose caer a su lado.

—La verdad es que no lo sé. Tengo mucho en qué pensar —admitió.

—¿Algo con lo que pueda ayudar? —preguntó, preocupado.

—Nada de lo que quiera hablar.

—Puedes contarme lo que sea, aunque te vayas. No voy a darte un mal consejo —prometió.

—Ya lo sé, Dy. No es por eso —aclaró, poniéndole la mano en la pierna—. Es que tengo opciones, no una. Varias. Por primera vez desde que salí, no tengo que conformarme, puedo tener una elección y me parece…

—¿Un milagro? —adivinó.

Rhae asintió.

—Puede que sea tu trébol, que me dio suerte extra —bromeó.

—Es posible —concedió, sonriendo—. Me alegro por ti.

—Sé que lo haces —repuso Rhae, inclinándose para besarlo.

Sonrió contra sus labios, profundizando el beso. Dejó los apuntes a un lado para que no acabaran doblados entre los dos.

—No me entretengas, estoy estudiando —protestó, dándole una palmada en el pecho.

Rhae se rio, pero le robó otro beso.

—¿Te puedo pedir otro favor? —planteó él.

—Claro —aceptó sin dudar.

—¿Me acompañas a mi última visita de la condicional?

Observó su cara con atención.

—Eres un idiota —dictaminó muy serio—. ¿De verdad pensabas que diría que no?

Rhae se carcajeó, tirándose en el sofá para apoyar la cabeza en su pecho.

—Estaba seguro de que vendrías, pero quería decirte que te quiero allí —reconoció.

—No hagas que me enfade, tengo que estar relajado para estudiar —avisó.

—Puedo ayudarte con eso —sugirió Rhae, poniendo la mano sobre su muslo mientras la arrastraba hacia arriba.

—Nada de sexo antes de los exámenes —ordenó, empujando su mano.

Rhae se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¿De verdad? ¿Igual que si fueras jugador de la NBA?

—Esto es mucho más importante que esa tontería de la NBA —replicó, enseñándole sus hojas con los temas de matemáticas—. Ahora quédate quieto y callado, puedes ser mi amuleto.

Rhae se rio, rodeándole la cintura con ambos brazos.

—¿Soy tu extra de suerte?

—Podrías serlo, pero tendría que llevarte conmigo a todas partes y no creo que encuentre un llavero del que poder colgarte —razonó, pasándole la mano por el pelo, incapaz de dejar de tocarlo.

Era imposible estudiar así, con su peso encima, la mano metida en su pelo y la cabeza llena de fórmulas que no querían quedarse quietas. Aun así, no le pidió que se apartara. Apoyó los apuntes contra su hombro y decidió que, si suspendía, al menos tendría una excusa bastante buena.

—Te lo dije, soy talla grande.

—Ya está alucinando el flipado —dijo de manera teatral—. Tienes suerte de ser guapo o no soportaría mirarte a la cara.

—¿Soy guapo? —tanteó Rhae, fingiendo sorpresa.

Le empujó la cara, pero lo besó en los labios. Fue un beso corto, más para callarlo que para darle la razón, aunque no funcionó demasiado bien.

—Eres un trol, pero ¿qué puedo decir? Tengo un gusto espantoso.

Rhae volvió a reírse, pero se quedó dónde estaba, con una sonrisa en la cara.

—Eres muy guapo —admitió en voz baja.

—Ya lo sé.

rhae

Era su última visita a ese horrible lugar, pero era diferente a cualquiera de las otras. Estaba tan nervioso que no había podido dormir. Dylan se quedó despierto con él, viendo programas antiguos hasta que por fin se durmió.

Se prepararon juntos por la mañana y fueron directos a su cita. Dylan habló sobre sus exámenes todo el camino. Sabía que prefería escucharlo hablar para no tener que pensar en todo lo que podría ir mal. No lo presionó cuando aparcó, pero él siguió parado dentro del coche.

Dylan le cogió de la mano y esperó sin dejar de hablar. Miró sus manos unidas. Nunca había tenido a nadie que lo acompañara ni lo apoyara. Era la primera vez que no estaba solo allí.

—Puedo entrar acompañado —lo interrumpió—. ¿Quieres entrar conmigo?

Dylan asintió con energía.

—Claro que quiero. —Se llevó sus manos unidas a los labios y besó su palma—. Todo irá bien, vas a quedar libre y tendrás libertad para hacer lo que quieras.

—¿Y si me dicen que no? ¿Y si hay algún problema y me la deniegan? ¿Y si me tienden una trampa? —soltó sin molestarse en disimular su agobio.

Dylan no se burlaría ni lo usaría para hacerle daño. Trataría de hacerlo sentirse mejor y ahora lo necesitaba. Ansiaba consuelo porque estaba muerto de miedo.

—¿Y si entramos y recibimos tu liberación total? —planteó Dylan en voz baja.

—No puedo volver a la cárcel, Dy.

—No lo harás —afirmó, mirándolo a los ojos—. Si pasara algo, que no pasará, nos enfrentaremos a ello.

El nudo de su estómago se aflojó, haciendo que respirara con un poco más de facilidad.

—Vale —murmuró.

Dylan le dio un pequeño beso en los labios.

—Irá bien, sé que sí. Hiciste todo lo que te pidieron, cumpliste tu condena. Se acabó —insistió.

Salieron del coche y caminaron el uno junto al otro. Lo hicieron esperar los quince minutos más largos de su vida. El reloj de la sala parecía moverse a propósito, lento y cruel.

Miró el número que tenía en la mano mientras comprobaba en la pantalla que no se le pasara el turno.

Dylan estaba sentado a su lado, en calma, y eso lo ayudó a estar menos nervioso. Aun así, cuando lo llamaron, dio un salto. Se aseguró de mirar a Dylan para que supiera que lo quería también en la oficina.

Dylan lo siguió en silencio.

—Rhae —lo saludó Amanda desde su mesa sin levantar la cabeza.

Se sentó y le hizo una señal a Dylan para que ocupara la otra silla.

—Bien. Veo que te hicieron una visita sorpresa para un análisis de orina.

Normalmente habría contestado, pero se quedó en silencio. No quería darle nada que pudiera usar, ni una palabra mal puesta, ni un gesto de más.

—Conseguiste las cartas de recomendación y pasaste la inspección de tu trabajo y de tu casa. Negativo en drogas, alcohol y no hay nuevos delitos. Todo en orden.

Amanda levantó la cabeza y se quedó mirando a Dylan en vez de a él.

—Trajiste a tu abogado —señaló con sorpresa.

—No es mi abogado —atajó.

Amanda lo miró buscando más respuestas.

—Tu expediente dice que no tienes más familia.

—No somos parientes —aclaró, poniendo cara de asco.

Dylan lo miró con reproche.

—Soy Dylan, un amigo —intervino.

—¿Un amigo? —repitió ella con interés.

—Sí, lo soy. Estoy aquí para acompañarlo.

Amanda volvió a mirarlo a él, esperando que por fin dijera algo.

—¿Y ahora qué pasa? ¿Cuándo me das la libertad total? —exigió para que dejara el tema.

—Ahora mismo. El juez firmó el final de tu periodo de libertad condicional —indicó ella, señalando el documento—. Firma las tres páginas donde pone una equis.

Cogió el bolígrafo con rapidez y firmó antes de que ella pudiera echarse atrás.

—Bien, tengo que recordarte las limitaciones que tendrás desde ahora —anunció Amanda.

Abrió la boca para protestar, pero Dylan le puso la mano en el brazo. Giró la cabeza para mirarlo. Él le dedicó una mirada tranquilizadora. La presión de sus dedos era leve, suficiente para mantenerlo sentado y no mandarlo todo a la mierda a un minuto del final.

—¿Qué limitaciones? —preguntó. Sabía que no lo dejarían irse sin más.

Amanda volvió a mirar a Dylan, pero respondió.

—No puedes ser jurado, ni ejercer ningún cargo público —empezó a decir ella.

Asintió, porque ya lo sabía, se lo habían advertido.

—No puedes tener, comprar o portar ningún tipo de arma.

—Vale.

También lo sabía.

—Vuelves a tener derecho a voto a partir de este momento.

—Ni siquiera sé quién coño es presidente —replicó.

Era lo que menos le importaba.

Dylan dejó salir una pequeña risa, pero le apretó el brazo para que prestara atención.

—En tu juicio se te impuso una multa de costas judiciales, entre otros gastos, por un coste total de dieciocho mil dólares. Te quedaban pendientes tres mil. ¿Liquidaste la deuda?

—Sí, lo hice hace una semana —confirmó.

Le ofreció el justificante de pago y esperó a que ella comprobara en su ordenador que todo era correcto.

—Bien hecho —lo felicitó Amanda con una pequeña sonrisa—. No me gustaba tu trabajo de noche, pero tengo claro que has sido responsable con el dinero y te has mantenido lejos de problemas.

—Dije que lo haría —le recordó.

—Lo hiciste, sí.

—No me creíste —dedujo.

—Sí, lo hice. Te lo dije, cogí tu caso porque pensé que tenías posibilidades —contestó Amanda—. Sé que no es fácil mantenerse en el camino correcto, pero lo hiciste.

Se apoyó en el respaldo y agarró la mano de Dylan con la suya. Le importó una mierda que ella estuviera mirando.

—¿Y ahora qué?

—Ahora eres un hombre libre. Cumpliste tu castigo con la ley, pagaste con tiempo y dinero, se acabó.

Ya no tienes obligación de advertir de tus cargos cuando busques trabajo, pero debes saber que tus antecedentes saldrán cuando te busquen en el registro.

Aunque supongo que no importa, tu jefe te contrató sabiendo cuál era tu condena.

—Dejé mi trabajo ayer —soltó.

Ella lo miró frunciendo el ceño.

—Tengo otras ofertas, estoy decidiendo entre ellas.

Amanda se reclinó en su silla.

—¿De qué? —quiso saber.

—Construcción, carpintería y vigilante de día —enumeró con orgullo. Le sonó raro decirlo en voz alta. Raro y bien. Tres caminos distintos donde antes solo había una puerta cerrada.

—¿Y saben de tu condena? —preguntó ella.

—Sí, ya hice las entrevistas y las pasé. Tengo tres ofertas y puedo volver a la discoteca si quiero.

—Tienes todo un mundo de posibilidades —observó ella, volviendo a fijarse sin disimulo en sus manos unidas y sonrió—. Pues no hay más que decir.

Se puso de pie y le tendió la mano.

La imitó, arrastrando a Dylan con él.

—Espero no volver a saber nada de ti. Suerte —deseó ella.

—Tengo suerte extra, estaré bien. No sabrás nada más, acabo de recuperar mi vida, disfrutaré de ella.

Amanda sonrió y le tendió la mano a Dylan, que se la estrechó sin dudar antes de que salieran juntos.

En cuanto atravesó la puerta de ese horrible edificio, abrazó a Dylan, alzándolo en peso. El aire de fuera le golpeó la cara y por primera vez pareció una salida de verdad. Era la definitiva.

La risa de Dylan en su oído fue el mejor sonido del mundo.

—Ya eres un hombre libre, ¿qué es lo primero que quieres hacer? —preguntó.

—No lo sé, no tengo ni idea. He pensado en este momento cada día de mi vida y ahora mismo quiero hacer tanto que no sé qué elegir.

—Tenemos tiempo, puedes decidir lo que quieras —prometió—. ¿Ya sabes cuándo te vas?

—Sí, en cuanto a eso… he pensado en retrasar un poco mi marcha.

La cara de Dylan se iluminó con una pequeña sonrisa. Intentó contenerla, pero le salió igual, pequeña y nerviosa.

—¿Un poco?

—Sí, un poco, bastante. Porque tengo unas cuantas cosas que hacer —intentó explicar.

—¿Cómo cuáles? —tanteó Dylan.

—Tengo que ayudarte a estudiar, asegurarme de que pases tus exámenes.

—Oh, gracias, profesor —respondió Dylan de forma burlona.

—Terminar de reformar tu casa y empezar mi nuevo trabajo.

Vio cómo le brillaban los ojos con esperanza. Ahí estaba. Esa expresión exacta era una de las cosas que todavía tenía pendientes. También tenía pendiente besarle esa sonrisa antes de que intentara esconderla.

—¿Esos trabajos en los que estabas pensando eran aquí?

—Sí, pensé que no había posibilidades en esta ciudad, pero lo veía todo tan negro que no me di cuenta de que mucha gente que conozco quería ayudarme. Tenías razón, vaya adonde vaya no puedo cambiar el pasado, pero puedo dejarlo atrás. Quiero hacerlo —aseguró.

—Lo harás —prometió Dylan.

—Lo sé, ahora creo que podría hacerlo.

—¿Y qué pasa con lo de guardar tus muebles?

—Necesito irme de esa casa, no puedo buscar una nueva vida si sigo atado a la anterior. Será difícil encontrar un lugar nuevo, pero Sam me deja quedarme en su casa una temporada.

—O podrías quedarte en la mía —sugirió.

—No quiero que pienses que me aprovecho de ti.

—¿Aprovecharte de qué? Voy a cobrarte el alquiler, me ayudarás a reformar la casa, serás mi profesor de refuerzo y puede que también use tu cuerpo de vez en cuando. Es casi esclavismo.

Los dos se rieron a carcajadas. Le dolieron las mejillas y no le importó. Llevaba años sin reírse así, sin tener que mirar por encima del hombro después. Solo riéndose con él en mitad de la calle, con la vida recién devuelta entre las manos.

—¿Estás seguro, Dy?

—Claro que sí. Además, me ahorro comprarme una cama grande, puedo dormir en la tuya —propuso sin dejar de sonreír.

—No tengo ni puta idea de cómo pasó esto, pero me haces muy feliz. No recordaba lo que era sentirse así —confesó. Le costó decirlo sin apartar la mirada, pero no quiso esconderse de eso. No de él.

—Yo tampoco, pero estoy deseando descubrir lo que sigue. ¿Estás seguro de que quieres quedarte en esta ciudad por mí?

—No lo hago por ti, estoy buscando mi propio camino y todos mis pensamientos me llevan a ti. Si me aceptas, te prometo que no te daré por sentado. Que lucharé para ser el mejor hombre que pueda. No perfecto, Dy. Solo mejor.

Dylan sonrió y, sin importarle estar en medio de la calle, saltó sobre él, rodeándole la cintura con las piernas. Le agarró la cara con las dos manos y lo besó sin dejarle pensar. Tuvo que sujetarlo por los muslos para que no se resbalara, aunque no pensaba soltarlo de todas formas.

—No hagas eso, no quiero que cambies. Quiero que los dos descubramos cómo somos mientras creamos un nosotros.

—Suena bien —aceptó. Sonaba mejor que bien. Sonaba a una cama demasiado grande para uno solo, a paredes por pintar, a café por la mañana y a discutir por tonterías sin que nadie se fuera para siempre.

—Y, por cierto… —lo interrumpió Dylan—. Te quiero, pero te trituraré si me rompes el corazón.

Lo apretó entre sus brazos con fuerza mientras se reía.

—Y yo a ti, Dy. Me compraré un chaleco antibalas.