Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

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Se había pasado semanas enteras viendo ideas y pensando. El trece de septiembre llegaba antes de lo que le gustaría y él se estaba volviendo loco porque quería algo perfecto. Algo que no pareciera comprado por obligación ni elegido a última hora en un ataque de pánico.

Sus regalos fueron los más fáciles de elegir.

Con la comida decidió arriesgar y probar algo nuevo.

Volvió a la pastelería de su cumpleaños para comprar diferentes sabores de porciones de tarta.

Se encargó de tener velas y cerveza fría en la nevera.

Estaba más nervioso que el día de su propia celebración.

Rhae tenía cosas que hacer, así que vendría a la hora de comer, ya que trabajaba esa noche. Dejó preparada la comida y limpió toda la casa, deseando que estuviera lo más presentable posible. Hasta repasó la mesa dos veces, aunque ya no había nada que limpiar.

Dejó los regalos que había envuelto con esmero en el sofá y terminó de prepararlo todo justo cuando lo escuchó usar su llave.

—¿Dy?

—¡Feliz cumpleaños! —gritó en cuanto entró.

Rhae dejó salir una risotada mientras atravesaba la sala y señalaba los dos regalos.

—¿Es para mí? —preguntó.

Asintió mientras levantaba la cara para recibir un beso.

—Sí, lo mejor para el cumpleañero. ¿Tienes hambre? —quiso saber.

—Mucha —respondió, acercándose a la cocina.

—¿Qué preparaste? —inquirió con curiosidad—. Me valía con una pizza o cualquier cosa, no tenías que molestarte por mí.

—Lasaña y ensalada. Es una receta muy famosa, espero que me haya salido bien. Lo seguí todo al pie de la letra, pero no se me da muy bien cocinar y…

Rhae lo agarró de la cintura, callándolo con su penetrante mirada.

—Estará bueno —aseguró.

—Más vale. Ve a por la cerveza, yo serviré la comida —ordenó—. ¿Qué estuviste haciendo hoy?

—Fui a llevar las cartas a mi agente de la condicional —explicó, sentándose.

—Ya queda solo una semana —dijo, aunque sabía que él también estaba contando los días para ser por fin libre.

—Lo sé, no llega lo suficientemente pronto —protestó.

No dijo nada, pero le dolió un poco pensar que estaba deseando alejarse de allí. Se obligó a coger los platos antes de que se le notara en la cara.

Sirvió dos raciones y las dejó en la mesa.

—Huele muy bien —lo felicitó—. Yo limpiaré los platos.

—Qué menos, no soy tu sirviente —replicó.

—¿Tratas de darme ideas? —tanteó Rhae con voz sugerente.

—No, creído. Come y calla —atajó.

La comida estaba deliciosa, nada que ver con la lasaña congelada que solía comer, pero los nervios por los regalos no le dejaban disfrutarlo del todo. Miraba más el sofá que el plato y eso era una estupidez, porque los paquetes no iban a escaparse.

—¿Primero tarta y luego regalos? —propuso mientras lo veía limpiar.

—Depende, ¿vas a seguir saltando en la silla? —bromeó Rhae.

—No prometo nada —advirtió, levantándose para sacar las porciones que cuidadosamente había elegido.

Puso las velas y llevó las tartas a la mesa. Fue a por los regalos y los dejó al lado. El papel estaba un poco torcido en una esquina, pero ya era tarde para arreglarlo sin parecer más nervioso todavía.

—No tenías que regalarme nada, la comida era más que suficiente —murmuró.

—No es nada muy valioso —avisó con aprensión.

Rhae lo acercó agarrándolo del brazo, lo hizo sentarse en su pierna y lo besó de nuevo. Se relajó en cuanto sintió sus labios. El cuerpo se le aflojó antes que la cabeza, traicionero y agradecido.

—Dame mis regalos primero —pidió.

—Vale —aceptó, dándole primero el más grande.

—Creo que ya sé lo que es —aventuró Rhae, abriéndolo.

Los dos miraron la foto enmarcada que se habían hecho juntos en la sala. Era la imagen perfecta.

—Yo la puse en mi cuarto —confesó Dylan.

—¿Para verme antes de dormir? —tanteó Rhae con la voz un poco ronca.

—Puede ser —admitió, encogiéndose de hombros—. Coge el otro —pidió, dándole un pequeño paquete que cabía perfectamente en su mano.

—¿Qué es? —quiso saber Rhae con curiosidad.

Rhae se quedó paralizado, viendo el trébol de cuatro hojas preservado en una funda plástica.

—Lo encontraste —susurró, acercándolo a su cara.

—Es tu suerte extra, para asegurarme de que tengas la vida que quieres —explicó en voz baja, preguntándose si Rhae lo vería una tontería.

No lo hizo. Solo tuvo que ver su cara para darse cuenta de que Rhae entendía lo que significaba.

—Al final sí que encontraste dos —murmuró él con voz inestable.

—No, solo encontré ese —respondió con sinceridad.

—Dijiste que el primero sería para ti —le recordó.

Negó con la cabeza, agarrándose de su hombro.

—Habrá más, el primero es tuyo. Yo puedo esperar —aseguró.

Rhae lo miró de una forma que le apretó el pecho. Tenía el trébol entre los dedos sujeto con demasiado cuidado, casi sin tocarlo.

—Gracias, Dy. Significa mucho para mí —logró decir.

Asintió con un nudo en la garganta.

—Iré a por los platos —anunció, buscando tiempo para recuperarse.

Se apoyó en la encimera, mirando por la ventana al jardín que habían hecho juntos.

Todo lo que le rodeaba tenía a Rhae metido por todas partes y había conseguido que esa casa que tanto había odiado se convirtiera en un lugar en el que le gustaba estar.

Le estaba partiendo el corazón dejarlo ir, pero sabía que era la opción correcta.

—¿Listo para soplar las velas? —preguntó al volver a la mesa.

—Preparado. —Rhae usó su mechero para encenderlas.

—Piensa un deseo y no lo digas para que se cumpla —advirtió.

Rhae lo miró un segundo, cerró los ojos y sopló.

Aplaudió mientras le pasaba un cuchillo para partir los dulces.

—Ojalá tu deseo se cumpla —dijo, feliz de estar pasando ese día con él.

—Ojalá —repitió Rhae, mirándolo fijamente.

rhae

Odiaba estar nervioso, odiaba no tener control sobre lo que lo rodeaba porque lo hacía sentirse de nuevo vulnerable, pero el tiempo se le escapaba entre los dedos convertido en algo tan sólido como el aire.

Se acercaba la fecha de su liberación total y sentía que necesitaba más, estaba empezando a desesperarse.

Tenía la sensación de llegar tarde a algo que ni siquiera sabía nombrar.

Dylan tenía menos tiempo, porque sus exámenes empezaban dos días después de que él se fuera del estado. Sam quería hacer una fiesta de despedida y Carlos no paraba de preguntar qué haría cuando lo dejaran ir.

Sentía que tenía mucho que hacer, pero no quería hacer nada.

Solo seguir haciendo cosas con Dylan y pasar tranquilos el rato.

A pesar de sus deseos, todos parecían empeñados en que perdiera tiempo, igual que ahora, que quería irse a casa ya, aprovechando que habían cerrado temprano por la falta de movimiento, pero su jefe lo había llamado al despacho.

—Ya me iba. ¿Necesitas algo? —preguntó.

Su jefe dejó de contar billetes para mirarlo.

—Eso iba a preguntarte yo. Te vas en una semana, pero no me dijiste nada más después de que te diera la carta. ¿El plan sigue en pie o se retrasa? —quiso saber con amabilidad.

Estaba muy agradecido con él. Jeffrey lo había contratado sin darle mucha importancia a su condena, probablemente porque él mismo había pasado un tiempo en la cárcel por drogas.

Le ofreció un salario digno y nunca intentó que hiciera algo fuera de su puesto.

Eso ya era más de lo que muchos estaban dispuestos a darle.

—¿Retrasarlo? —repitió, igual que si escuchara la palabra por primera vez.

Su jefe asintió, echándose atrás en la silla.

—Bueno, sé que quieres irte a Alabama, ¿no?

—Sí, todavía no lo he decidido del todo.

Él lo miró con gesto de extrañeza.

—Lo imaginaba, por eso te preguntaba si vas a retrasarlo. Sabes que aquí siempre tendrás trabajo.

—Sí, lo sé. Decidiré algo pronto, es que tengo mucho lío con todo el papeleo —mintió.

La mentira le escoció un poco porque sabía que no era toda la verdad. La parte del papeleo era cierta. La de que ese fuera el problema, no.

Jeffrey entrelazó los dedos, mirándolo por encima de las gafas que llevaba.

—¿De qué dijiste que ibas a trabajar? —indagó.

—Construcción, parece que allí no ponen muchos problemas por antecedentes.

—¿No es más cómodo tu trabajo de seguridad?

—Lo es —admitió, porque no quería sonar desagradecido. Sabía que había tenido mucha suerte—. Pero me vendría mejor un trabajo de día, me gusta disfrutar de la luz y el movimiento.

Él asintió despacio, pensativo.

—Además, ya había pensado en la construcción. Me gusta el trabajo físico. Últimamente estuve haciendo una reforma y pude ejercer de carpintero, lo disfruté más de lo que pensaba —reconoció.

—¿Aprendiste en la cárcel?

—Sí —contestó.

—No creo que tenga importancia ahora, pero, si cambias de opinión y quieres probar algo por aquí, podría ayudarte con eso.

—¿Ayudarme cómo? —preguntó.

Ignoró el latido acelerado del corazón mientras esperaba su respuesta.

—Eres puntual y trabajador. No te metes con las chicas y no tocas el dinero.

Eres de fiar y eso no es habitual. Tengo dos naves alquiladas, y siempre tengo dos vigilantes que hacen rondas durante el día y la noche.

Podría cambiarte allí. Ganarías algo menos, pero sería en turno de día o tarde, van cambiando semanalmente.

No supo qué decir. Ni siquiera había considerado otra cosa.

—Pero, si sigues empeñado en construcción o carpintería, tengo amigos que estarían dispuestos a darte trabajo.

—Con mis antecedentes…

—Te darán el trabajo, les hablé de ti. Son amigos personales míos, saben que confío en ti y yo no me equivoco con la gente —lo interrumpió Jeffrey.

Sacó una tarjeta y apuntó algo en ella antes de ofrecérsela.

—Llámalos si estás interesado.

—Gracias —murmuró, sin saber qué más decir mientras miraba los nombres y números escritos—, por contratarme cuando nadie más quería hacerlo.

Jeffrey lo miró a los ojos y le dedicó una de sus sonrisas.

—Te di una oportunidad, tú te ayudaste a ti mismo cumpliendo y demostrando lo que vales. En lo que a mí respecta, puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Tú decides.

Se puso en pie y le ofreció la mano.

Se la estrechó, embargado por la emoción. Jeffrey creía que no, pero, sin esa oportunidad, no habría tenido nada. Recordó las palabras de Dylan sobre Shirley y habló sin poder detenerse.

—No es verdad. Lo tenía difícil y era fácil caer en malos pasos, aunque yo no quisiera. Cuando sales de la cárcel no hay casi opciones. Tú marcaste la diferencia y siempre te estaré agradecido.

Se sintió ridículo, pero también aliviado. Había querido decírselo muchas veces, cuando escuchaba a Carlos hablar de colegas de la cárcel que traficaban y volvían dentro, cuando Maui hablaba de atracos, disparos y muertos de su antigua banda.

—Me alegra que pienses eso. Me prometí a mí mismo cuando me recuperé, que ayudaría a los que todavía podían salvarse. En cuanto te vi, supe que necesitabas un salvavidas y probé suerte. Acerté, tú querías salir y yo, que lo hicieras.

Asintió con torpeza y murmuró un gracias antes de salir. Se despidió de las camareras que estaban yendo al vestuario y fue directo a su coche. No volvió a respirar hasta que estuvo encerrado dentro. Se fue directo a casa. Dylan le había prometido que le estaría esperando.

Tuvo que aparcar un poco lejos porque, como siempre, había coches llenando la calle por una de las fiestas de Carlos.

Carlos había salido hacía tiempo. Quizá había podido hacer otra cosa, pero eligió seguir trapicheando. Se preguntó si fue por elección o porque no había tenido opción. Hasta ahora nunca había pensado en ello. Antes le habría dado igual. Ahora le molestó no saber la diferencia.

Cuando entró en casa, todo el mundo estaba colocado y la música seguía sonando.

—Eh, tío, ¿un canuto? —le ofreció Maui.

Siempre les había dicho que no. Sabían que no se drogaba, pero, de todas formas, siempre recibía la misma oferta. Se dio cuenta de que había estado conviviendo con la tentación durante todo ese tiempo y que solo su rechazo a lo que había pasado lo había salvado de perderse.

Jeffrey tenía razón, estaba desesperado por salvarse.

Mientras estuvo cumpliendo condena, se concentró en mantenerse a salvo y tratar de que los días pasaran rápido.

Cuando salió, se esforzó al máximo por no volver a entrar, porque la verdad es que estaba aterrado de cometer un error y acabar de nuevo entre rejas.

No era solo fuerza de voluntad. Era miedo.

Miedo bien usado, pero miedo, al fin y al cabo.

Nunca quiso matar a ese hombre, solo quería que no le hiciera daño a su padre, pero lo mató.

Igual que un borracho no quiere atropellar a nadie, pero, cuando lo hace, se lleva una vida.

Siendo sincero, no lo lamentaba del todo.

Ese tipo lo dejó huérfano, pero, después de todo lo que había pasado, no sabía si estaba dispuesto a pagar el precio de intentar proteger a su padre, aunque tampoco si podría vivir sin haber intentado salvarlo.

Daba igual cómo lo viera, las dos manos eran perdedoras.

—Rhae —lo llamó Carlos con una chica sentada en su regazo, en una silla de la cocina.

—Me voy —soltó directamente.

Carlos no pareció muy sorprendido, aunque nunca le había hablado de sus planes.

—Cuando te den la libertad —adivinó.

Asintió con la cabeza y siguió a su habitación, sin añadir nada más.

Esa no era su casa, nunca la había sentido como un hogar, ni siquiera como un lugar de paso.

No podía usar la cocina cuando quería, nunca había privacidad, no había paz durante la noche y todo estaba siempre hecho un caos.

Negó con la cabeza mientras entraba a su cuarto.

No iba a echar de menos el ruido, ni el olor a humo, ni tener que medir cada paso para no pisar a alguien durmiendo la mona.

Dylan estaba dormido sobre su cama. Tenía apuntes encima del pecho y el móvil en la mano. Parecía que había intentado no dormirse, porque ni siquiera se había tapado con la sábana.

Le quitó el móvil, los folios y la camiseta antes de cubrirlo. Cogió un pantalón y fue al baño para darse una ducha. Cuando salió, se aseguró de meter con cuidado la tarjeta en su cartera. Se abrazó a Dylan, que suspiró con gusto al sentir que lo rodeaba con sus brazos.

—¿Tuviste un buen día? —murmuró adormilado.

—Fue tranquilo —respondió, besando su nuca—. Duerme, Dy. Es tarde.

—Quería esperarte —protestó, agarrándose a su brazo.

—Estás aquí, no necesito más. Descansa.

Dylan sonrió y volvió a dormirse. Se presionó contra él todo lo que pudo.

Se conocían desde hacía un par de meses, pero tocar a Dylan era igual que entrar en un remanso de paz.

Era la misma sensación que cuando era niño y le asustaba una sombra, se cubría la cabeza con la sábana y automáticamente creaba un refugio donde se sentía a salvo.

En la cárcel le quitaron eso. No había ningún sitio seguro, pero ahora volvía a tenerlo y se sentía tan bien tener un lugar en el que podía dejarse caer y simplemente confiar en que estaría protegido.

El sueño se lo llevó pronto, pero no sin que se asegurara de apretar los brazos en torno a él, para asegurarse de que no lo perdía.