Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

dylan

No era la primera vez en su vida que huía de la policía, pero sí la única en que estaba realmente preocupado por lo que podría perder si todo salía mal.

Mientras corría a casa, se imaginó coches rodeándolos mientras traían perros para buscar drogas.

Muy discreto todo, muy de mañana tranquila en ese vecindario.

Se encerró en cuanto atravesó la puerta, muerto de nervios. Tuvo la tentación de salir y fingir que regaba para ver qué estaba pasando, pero Rhae había insistido en que se mantuviera al margen y no quería meter la pata.

Se quedó sentado en el sofá como un idiota, mirando fijamente la pantalla con el móvil en la mano, esperando alguna noticia. La casa estaba demasiado silenciosa y eso no ayudaba. Cada ruido de la calle le hacía levantar la cabeza con miedo.

No volvió a respirar bien hasta que escuchó una llave entrar en la cerradura y la puerta abrirse.

—Estoy bien —escuchó decir a Rhae.

—¿Qué pasó? —preguntó, sin atreverse siquiera a moverse—. ¿Estás bien?

—Todos están bien. No era una redada —aclaró, sentándose a su lado en el sofá.

—¿No? —soltó, sin entender a qué se refería—. Y entonces, ¿por qué llegó la policía? —añadió, girándose a mirarlo.

Rhae dejó salir un largo suspiro.

—Por mí —admitió, mirando al techo, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá.

—¿Por qué?

—Visita sorpresa para análisis de orina —respondió con sinceridad.

—¿Y eso lo pueden hacer? —protestó, indignado.

—Pueden hacer lo que quieran —contestó.

—No es justo.

—¿Y a quién le importa? Quieren una excusa para no soltarme —murmuró, cansado.

—Pues que se jodan, tú no consumes —replicó.

Rhae volteó la cabeza para mirarlo.

—Podría hacerlo —lo corrigió.

—No, qué va. Crecí en casas de acogida, distingo a la gente que se droga a distancia. Te mantienes en buena forma, haces deporte y te he visto desnudo, no tienes marcas.

Asintió, dedicándole una sonrisa triste.

—Es verdad, pero mi palabra no cuenta. Siempre pensarán lo peor. ¿Entiendes ahora por qué tengo que irme?

Se pegó a su costado. No tenía una respuesta buena para eso, solo la necesidad absurda de acercarse más y asegurarse de que Rhae seguía allí.

—Cuando vean tus analíticas, se darán cuenta del error —insistió.

Rhae le acarició la mejilla con suavidad.

—Eso da igual. Si un poli quiere, puede joderte. Resultados que desaparecen o se intercambian. En la cárcel pasaba todo el tiempo cuando algún funcionario quería hacértelas pagar. Las cosas solo sucedían.

—Ya no estás allí —le recordó.

—¿No lo estoy? ¿Y cómo es que acabé meando en un bote delante de dos polis?

—Lo siento mucho —susurró, apoyando la cabeza en su hombro.

—Ya lo sé —aceptó Rhae, pasándole el brazo por la espalda.

—¿Me harías un favor? —pidió.

—Claro —respondió.

—¿Vienes conmigo mañana?

Rhae asintió, pero no dijo nada. Rodeó su cintura con el brazo e intentó protegerlo de la única forma que podía.

Sabía que había una parte de Rhae que le habían arrancado hacía mucho tiempo, pero quizá podría rellenar el hueco con algo que lo hiciera ver las cosas de una forma distinta y lograra que su herida por fin empezara a cerrarse.

No arreglarlo. No salvarlo. Solo enseñarle otra puerta con salidas.

Casi no pudo pensar en nada más durante el resto del día. Tampoco durmió mucho. Había una gran probabilidad de que Rhae se enfadara, pero estaba dispuesto a correr el riesgo.

—¿Por qué estás tan nervioso? ¿A dónde vamos? —quiso saber él, sentado en el asiento del copiloto.

—A un sitio, está cerca —contestó.

—¿Quieres contármelo antes de llegar? —insistió Rhae.

—No, pero ten la mente abierta y no te cabrees hasta que te lo explique —pidió.

—Eso no es muy tranquilizador —observó Rhae, frunciendo el ceño.

—No lo es, pero tengo mis motivos para traerte. Puede que sea una tontería. Solo quiero que sepas que nada de lo que haga será para hacerte daño.

—Vale —murmuró Rhae.

Aparcó delante del desvencijado edificio. Había algunos coches en la calle, pero el movimiento de verdad estaba en el interior. Se le secó la boca al apagar el motor. Ya no había vuelta atrás, o al menos no una que no lo dejara como un cobarde.

—Ven —lo llamó antes de salir.

Rhae lo siguió sin discutir. Eso lo puso todavía más nervioso.

—Descubrí este sitio hace un par de años —le confesó mientras caminaban—. Quería hacer algo, necesitaba algo, pero no sabía el qué. Te conté la historia de cómo mi tía vino a buscarme y me trajo aquí para cubrir sus gastos.

—Lo recuerdo —admitió.

—Te dije que podía haberme ido peor, porque solo quedaban un par de años para llegar a los dieciocho y entonces te dejan en la calle, sin dinero y sin un lugar al que ir.

La vida con mi tía no fue fácil, pero siempre me sentí…

no sé qué palabra usar. Diría que agradecido, pero más bien sería aliviado.

Cuando estás en la calle solo te queda mendigar, venderte o las drogas, y un día pensé que ojalá hubiera sitios donde ayudaran a chicos con peor suerte que la mía. Buscando, encontré este lugar.

—¿Es un albergue? —tanteó Rhae.

—No. Es una asociación sin ánimo de lucro.

Alimentan a gente en situación de calle, gestionan recogida de ropa para quien lo necesita y tienen duchas comunes que dejan usar de manera gratuita.

El único requisito es no consumir, porque aquí también vienen padres con niños, y estar dispuesto a ayudar con la limpieza del comedor.

—¿Eres voluntario?

—No, no tengo tiempo para eso. Ya sabes, tenía siempre trabajo, pero me aseguré de venir, aunque fuera una hora, cuando podía. No era mucho, pero era mejor que nada.

—Fue aquí donde trajiste la ropa de tu tía —dedujo Rhae.

—Sí. Aprecian cualquier ayuda o donación. Yo no tenía dinero que darles, pero quise poner mi granito de arena.

—¿Por qué harías eso? El sistema fue horrible contigo y tu tía también.

Asintió, dándole la razón.

—Por eso lo hago.

Rhae lo miró con la cara en blanco.

—Porque el sistema es un asco, pero aún hay lugares donde intentan ayudar, donde sonreír a alguien y tratarlo como una persona puede darle energía para que siga luchando un día más —explicó.

—Como Shirley contigo —comprendió Rhae.

Sonrió, aliviado de que lo entendiera.

—Exactamente. Sé que es una tontería y que mi aportación es casi nula, pero no sé. Me gusta pensar que estoy ayudando a que las cosas mejoren dentro de lo que puedo hacer. Aunque sea cargar cajas, doblar ropa o fregar mesas. Algo.

Rhae se lo quedó mirando.

—Te parece una estupidez —supuso.

—No, la verdad es que no sé qué decir —reconoció Rhae.

—Pues no digas nada y ven a echar una mano. Aquí solo piden unas manos extras. No importa de dónde vengas o tu pasado, solo lo que estás dispuesto a dar.

Rhae asintió, todavía no convencido.

Por primera vez pudo quedarse más tiempo.

La encargada los recibió encantada y los puso a trabajar deshaciendo palés de comida para el almacén.

Cuando todo estuvo listo, les hicieron sentarse y les dieron de comer.

El comedor olía a café y a desinfectante barato.

No era bonito, pero estaba limpio y lleno de movimiento.

Rhae no dijo mucho. Se limitó a hablar con monosílabos, pero se mantuvo alerta, vigilando su entorno hasta que estuvieron de nuevo a solas en el coche.

Lo dejó a su aire, sabiendo que tenía una forma diferente de procesar las cosas, sin querer agobiarlo.

Había aprendido que empujarlo solo servía para que levantara paredes.

Aparcó en su casa, pero Rhae le hizo un gesto para que lo siguiera y juntos fueron hasta la suya. Saludaron de pasada a los otros que estaban comiendo pizza en la cocina y se encerraron en su habitación.

Después de cargar y descargar, necesitaban una ducha. Rhae tiró de él hacia el baño y se desnudaron en silencio.

—¿Vemos una peli? —sugirió mientras se secaban.

Rhae asintió y le pasó el mando mientras se ponía un pantalón. Le dio otro a él y se tumbó en la cama, cruzando los brazos por detrás de la cabeza.

Lo miró de reojo mientras iba pasando canales.

De nuevo tenía esa expresión cerrada que no dejaba ver ni un ápice de lo que pensaba.

Se tumbó a su lado, dejando distancia entre ellos por si Rhae no quería que invadiera su espacio, pero después pensó que era una tontería porque acababan de ducharse juntos y había sido él quien lo había propuesto.

Se apoyó en su pecho y puso la mano sobre su estómago.

Rhae no se tensó, así que lo contó como logro.

—¿ Cazafantasmas? —señaló Rhae al fijarse en lo que había elegido.

—Es un clásico —defendió, relajado.

Vieron la película tranquilos. En algún momento, la mano de Rhae acabó acariciando su espalda y se quedó medio dormido.

—No tiene sentido para mí —escuchó decir a Rhae—. ¿Por qué dar algo cuando no te dieron nada? ¿Cuándo nadie se preocupó por ti?

—Porque me gusta pensar que, si todos pusiéramos algo de nuestra parte, podríamos cambiar las cosas.

El mundo está mal, pero nosotros decidimos qué hacer y yo no quiero ser de los que dan la espalda, porque sé lo que es no tener opción.

Si puedo ayudar a que alguien tenga un lugar al que ir para refugiarse o un plato de comida, lo haré.

Que se vayan a la mierda los servicios sociales y mi tía.

Seguí adelante y quiero ser mejor que ellos, sé que puedo ser mejor —aseguró, convencido.

Rhae le acarició la columna vertebral. Lo hizo despacio, siguiendo cada hueso, sin interrumpirlo.

—Lo eres, eres la mejor persona que conozco —murmuró Rhae, besándole la mejilla.

—Viniendo de ti, eso no es gran cosa, solo conoces gentuza.

Rhae le pinchó los costados, haciéndolo reír. Levantó la cabeza para mirarlo entre risas.

—Te conocí a ti, así que tan mal no lo estoy haciendo —replicó Rhae.

Le acarició la cara, metiendo la mano entre su pelo. Le encantaba agarrarlo así, sentirlo entre los dedos. Era suave en la raíz y todavía lo tenía húmedo de la ducha. Una tontería más de él que le gustaba demasiado.

—Lo estás haciendo bien, pero no por conocerme. Salir adelante no tuvo que ser fácil, ni tampoco mantenerte en pie. Tienes que estar orgulloso de ti, porque yo lo estoy —afirmó.

Rhae se le quedó mirando, rígido y paralizado.

Le acarició el pelo, sin apartar los ojos de los suyos. Notó el esfuerzo que hacía por no cerrarse, por quedarse allí y escuchar.

—Tú decides tu futuro, no dejes que el pasado se convierta en una losa. Rómpela y sigue adelante. Eres fuerte, sé que puedes con ello.

Rhae asintió despacio y le dio un beso en la palma de la mano, apoyando la mejilla en ella.

—¿Y si me canso? ¿Qué pasará cuando no tenga fuerza?

El corazón le dio un sobresalto.

—Me llamas, siempre puedes hacerlo, a cualquier hora. Si estoy ocupado, te llamaré en cuanto pueda, lo prometo —respondió muy serio.

—¿Y qué pasará cuando te olvides de mí? —preguntó Rhae con una mirada llena de vulnerabilidad.

—Ya te lo dije, no lo haré. Tengo pocas cosas buenas que deseo recordar, tú eres la mejor de ellas.

Rhae no le dejó seguir hablando. Lo besó hasta que las palabras se le borraron de la mente por completo. No fue un beso tranquilo. Tampoco brusco. Fue una respuesta directa, metida en la boca, en las manos y en la forma en que lo atrajo contra su cuerpo.