Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

dylan

—Hola, Shirley —la saludó cuando por fin fue su turno.

La mujer le sonrió con su calidez habitual.

—Buenos días, señor Hatman, ¿en qué puedo ayudarle hoy?

—Vengo a hacer un ingreso —anunció, sacando los billetes que había ordenado antes de salir del coche—. Ciento cincuenta y ocho dólares.

—Muy bien —indicó ella.

Metió los billetes en la máquina para que los contara y le sonrió mientras los retiraba.

—¿Quiere el justificante en papel o se lo envío a su email?

La miró con orgullo antes de responder. Era una tontería querer verlo impreso, pero le gustaba tener pruebas. Papel. Números. Algo que pudiera guardar.

—En papel, por favor.

—Por supuesto. ¿Puedo ayudarle en algo más?

—No, gracias. Ah, lo olvidaba. Esto es para ti —añadió, avergonzado, pasándole la pequeña bolsa de cartón.

—¿Para mí? —preguntó ella, desconcertada.

—Son galletas —explicó, muy nervioso.

Probablemente era una tontería, pero llevaba mucho tiempo pensando en ello. Le había parecido fácil en el coche. Allí, delante del mostrador, ya no tanto.

—Yo quería darte las gracias por tu trabajo y pensé que estarían bien para tu hora del café o para tu casa. Puedes hacer lo que quieras con ellas —aclaró.

Shirley lo miró todavía sorprendida.

—No es nada sexual o raro, solo quería… —intentó explicarse.

En mala hora se le había ocurrido esa idea tan tonta.

—Muchas gracias —dijo ella, sonriéndole—. ¿Te parece bien si las comparto con mis compañeros?

—Por supuesto —aceptó—. Solo quería darte las gracias por tu amabilidad.

Ella le dedicó una sonrisa radiante y abierta.

—Gracias, Dylan.

Le sonrió al escuchar que lo llamaba por su nombre. Le dio una vergüenza absurda y, al mismo tiempo, le calentó algo pequeño en el pecho.

—De nada, que tengas un buen día —deseó con sinceridad.

—Ahora seguro que lo tendré —aseguró ella, señalando su bolsa.

Todavía sonreía cuando llegó al trabajo y todavía lo hacía cuando se lo contó a Rhae. Había sido un poco raro e incómodo. Por algún motivo, eso lo tenía de buen humor.

—Sé que es una tontería —confesó mientras lo veía vestirse para ir a trabajar—. Y que, seguro que trata igual a todos los clientes, pero esa mujer es diferente para mí. Fue amable, educada y siempre me trató muy bien. No se debería menospreciar la amabilidad de las personas.

Rhae se le quedó mirando mientras se abrochaba el cinturón.

—¿Qué? —preguntó cuando no le dijo nada.

—Nada, tienes razón, no se debería —coincidió Rhae.

—¿Crees que piensa que soy un acosador? —quiso saber.

—No lo creo —lo tranquilizó—. No le des importancia, estoy seguro de que fue una buena sorpresa para ella.

—Eso espero —admitió, estirándose en la cama.

Bostezó y se puso de lado.

—Estoy tan cansado.

—Puedes dormir aquí —ofreció Rhae con rapidez.

—No puedo, tengo que estudiar. Se acercan los exámenes y conseguí en internet ejercicios de refuerzo —explicó, aunque cerró los ojos.

Tenía tanto sueño que podría dormirse en ese mismo instante.

—¿Trabajas por la mañana? —consultó Rhae.

—No. Por la tarde y pasado descanso —informó, todavía sin abrir los ojos.

—Pues duerme y madruga para estudiar. No avanzarás mucho si estás así de cansado.

—Quizá tengas razón —cedió, bostezando. Lo dijo con la dignidad justa de alguien que ya estaba perdiendo una lucha a muerte contra una almohada.

Escuchó la risa de Rhae cerca, sintió cómo lo movía para sacar la sábana de debajo de su cuerpo y se la ponía encima. Estaba demasiado cansado para ayudar, pero no tanto para notar el cuidado con el que lo movía.

—El aire está puesto, pero estarás más cómodo sin esto —murmuró, quitándole la camiseta.

—Gracias —susurró, sonriendo.

—Cerraré por fuera para asegurarme de que ningún idiota te moleste —avisó Rhae.

—Saltaré por la ventana si hay un incendio.

De nuevo lo escuchó reírse y eso le hizo sonreír. Rhae lo besó y no titubeó al devolvérselo, incluso a pesar de lo cansado que estaba.

—Duerme tranquilo —le deseó Rhae al oído.

Obedeció sin pensar, confiado.

Se despertó con ganas de ir al baño. Se miró al espejo mientras se lavaba las manos. Seguía teniendo ojeras.

Aprovechó para darse una ducha rápida antes de volver a la cama.

Cuando regresó al cuarto, cogió ropa interior de Rhae y se la puso, aunque le quedaba grande.

Se quedó mirando la mesilla. Su móvil estaba allí junto a un plato con un bocadillo y su refresco favorito.

También había algunas de las chocolatinas de las que solía tener por casa.

El calor lo recorrió por completo, pero no tenía nada que ver con la temperatura de agosto. Se comió el bocadillo y se bebió todo el refresco. No sabía cuándo lo había dejado allí ni por qué esa tontería le causaba tanta felicidad. Le hizo una foto cuando todo quedó limpio y se la envió a Rhae.

Dylan:

Gracias por la cena, ya puedo seguir durmiendo.

Sonrió mientras bloqueaba la pantalla y volvía a ponerse cómodo en una cama que olía a Rhae.

Rhae:

Saldré tarde, hay un concurso de camisetas mojadas.

Frunció el ceño mientras leía.

Dylan:

¿Eres juez?

Rhae:

¿Te importa si lo soy?

Dylan:

No, este es un país libre. Puedes hacer lo que quieras.

Se mordió el labio mientras esperaba su respuesta.

Rhae:

Si pudiera hacer lo que quisiera, estaría arruinando esa cama contigo.

Dejó salir una risita y, sin dudar, retiró las sábanas para hacerle una foto a su cuerpo, asegurándose de que se viera bien la ropa interior. Le quedaba floja en la cintura y eso, le pareció una provocación suficiente.

Dylan:

Espero que no te importe que te haya cogido algo de ropa prestada. ¿Crees que me queda un poco grande?

Su contestación llegó apenas un minuto después.

Rhae:

Ya sabes que yo soy talla XL. Ahora mismo, XXL.

Estalló en risas que hicieron que sus mejillas ardieran de calor.

Dylan:

Otra vez con delirios de grandeza. No hay mucha diferencia de mi talla a la tuya. L para los dos, siendo generoso.

Rhae:

Por qué no buscamos un metro y me la mides.

Se carcajeó mientras se ponía boca abajo en la cama.

Dylan:

No hay tanto que medir, me sirve con una de esas que usamos para medir las esquinas. ¿Cuál es el máximo que puede medir? ¿Diez centímetros? Te sobran dos.

Estalló en risas solo de imaginar su cara.

Rhae:

Tú sigue y me hago una foto para que la enmarques .

Se ahogó de risa cuando leyó su amenaza.

Dylan:

¿Premio o castigo? Nunca aprendí la diferencia. Lo siento, estoy muy cansado para hablar. Prueba mañana.

Se carcajeó mientras lo imaginaba molesto y divertido, parado en la puerta de su trabajo. Le gustaba demasiado poder pincharlo desde la cama, a salvo, medio desnudo y con azúcar en la sangre. Una noche casi perfecta.

Se acurrucó en la cama, muy feliz, satisfecho después de tener un día tan completo. Solo le faltaba una cosa para tenerlo todo.

Apenas sintió a Rhae meterse en la cama, sus brazos rodeándolo y su respiración contra la nuca fueron suficientes para que se permitiera seguir descansando. No abrió los ojos. Solo se acomodó contra él, porque había cosas que era mejor no cuestionar cuando por fin estaban pasando.

rhae

Aunque estaba dormido, notó cómo sus manos le recorrían el pecho. Sonrió relajado, separando los brazos para dejarse hacer, consciente de que era Dylan. Su cuerpo lo reconoció antes que su cabeza.

—¿Estás despierto? —susurró Dylan.

—Si digo que sí, ¿dejarás de hacer lo que estás haciendo? —tanteó.

En vez de decir algo, Dylan se rio contra la piel de su estómago, besándolo.

—Necesito cooperación —reclamó.

—La parte que necesitas está dispuesta y preparada.

De nuevo, su risa mientras lamía su cadera le causó escalofríos.

—Eso es poco —opinó Dylan.

Rodeó su erección caliente con la mano, arrancándole un gemido. No estaba tan dormido. Ya no.

Dejó salir una risa ronca.

—Yo digo que no puedes con todo. ¿Por qué no lo intentas? —lo tentó.

Dylan le mordió la parte alta del muslo.

—Te pediría perdón porque es mi segunda vez haciendo esto —soltó, mirándole a los ojos—. Pero los dos sabemos que estás a punto de vivir el mejor momento de tu vida.

Se rio, o lo intentó, porque, en cuanto Dylan cerró los labios alrededor de su punta, se le olvidó todo.

—Ufff. Joder, Dy.

—¿Tienes calor? —se burló Dylan, con los ojos brillantes de picardía—. ¿Pongo el aire más frío? Creo que necesitas relajarte —propuso, sin dejar de acariciarle los testículos.

—No, joder.

Un quejido se le escapó de los labios mientras Dylan lo devolvía a su boca.

—Quiero arder contigo.

Cerró los ojos mientras Dylan iba comprobando con qué se sentía más cómodo.

No intentó apresurarlo, disfrutó viéndolo experimentar.

Normalmente le gustaba llevar la iniciativa, pero tumbarse y relajarse con una mamada le parecía una forma cojonuda de empezar el día.

Le gustaba más de lo que quería admitir esa concentración torpe y la manera en que aprendía sin apartar la boca mucho tiempo.

La puerta se sacudió con cuatro fuertes golpes.

—¡Rhae, arriba! ¡Redada! ¡Ya vienen! —gritó Carlos.

—Mierda —masculló, empujando a Dylan por el hombro.

El cambio fue brutal. El placer se le cortó de golpe y el cuerpo entró en alerta antes de terminar de entender.

—¿Redada de drogas? —farfulló Dylan con los ojos muy abiertos.

—Supongo, puede que sea un chivatazo. Solo ha pasado un par de veces antes —aclaró, poniéndose de pie y yendo directo a la cómoda para coger ropa mientras fuera se escuchaban gritos—. Ponte algo y corre a casa. Aléjate antes de que lleguen.

La casa no sonaba normal, sino a pasos, puertas y muebles golpeados por las prisas.

—¿No vienes conmigo? —insistió Dylan con aprensión.

—No, saben que vivo aquí y pueden comprobar mis horarios, sería más raro. Vete, estaré bien. ¡Márchate!

Dylan no necesitó que se lo repitiera. Se vistió en tiempo récord y abrió la ventana para escapar. Lo vio moverse con una rapidez que le apretó el pecho. Odiaba echarlo así, medio vestido y asustado, pero odiaba más la idea de que lo encontraran allí.