CAPÍTULO 28
dylan
Fue un poco desconcertante pasar el día con Sam en su propia casa, pero también fue divertido.
Les puso música y no dejó de hablar en ningún momento.
Era un cambio raro que todavía no sabía si le gustaba o no, pero lo cierto es que, gracias a Sam, consiguieron terminar la valla en apenas un día e incluso poner la puerta para entrar.
Como estaba acostumbrado a las plantas de su madre, le aconsejó dónde sería mejor poner las nuevas.
Para cuando se fue ya era de noche. Fue a ducharse primero y luego dejó entrar a Rhae mientras calentaba un poco más de pizza.
No sería lo más saludable del mundo, pero no tenía energía para nada más.
Puso la comida y la bebida sobre la mesa de la sala y se desplomó en el suelo delante del sofá.
—Espero que te apetezca más pizza, porque ni de coña puedo hacer un bocadillo —avisó cuando Rhae salió.
—Me da igual —repuso, sentándose a su lado—. Solo tengo hambre y sed. Me comería un ladrillo si pudiera masticarlo.
—Bien —murmuró, apoyando la nuca en el cojín de detrás.
—Toma.
Bajó la cabeza con desconcierto al sentir que le lanzaban algo al regazo.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Un regalo —contestó Rhae, abriendo la lata de refresco.
—¿Por qué? —quiso saber.
—Tú ábrelo —lo animó Rhae, mirándolo con diversión.
Le hizo caso, aunque todavía no comprendía lo que estaba pasando.
—¿Una libreta? —soltó.
La portada era de polipiel de un color azul oscuro.
Su nombre estaba grabado en la parte de abajo.
Era elegante y sencilla, preciosa. También había una pequeña caja, que abrió despacio.
Dentro había un bolígrafo que formaba parte de un juego.
Pasó el pulgar por las letras grabadas, despacio, comprobando que seguían allí.
—¿Por qué? —repitió en voz baja.
—Creo que ya era hora de tener algo a la altura de tus deseos. Estás gastando dinero en arreglar la casa, pero todavía no te he visto comprar nada para ti. Ahora que has tachado varias cosas, pensé que era un buen momento para añadir más —explicó Rhae—. Abre la primera página.
Lo hizo, aunque tardó un poco mientras le temblaba la mano. Tuvo que apoyar la libreta en la rodilla para no doblar una esquina. Le habría dado algo si la estropeaba en el primer minuto.
Leyó la inscripción que ocupaba gran parte del espacio.
«Si puedes soñarlo, puedes lograrlo».
—Mandé que la grabaran, pero te advierto que no la inventaste tú. La frase es de Walt Disney.
—¿De verdad? —inquirió, intentando calmarse para no ponerse en evidencia—. No lo sabía —murmuró, pasando las manos por el papel grueso de calidad.
Las emociones le cerraban la garganta. No era por el regalo en sí, sino por lo que significaba. Rhae le había ayudado a cumplir lo que soñaba y, en vez de darse por satisfecho, le ofrecía más páginas donde poder seguir soñando.
Una libreta vacía no debería pesar tanto, pero esa que tenía entre las manos era una promesa de futuro. Y eso daba miedo. Mucho. Porque el futuro siempre había sido una palabra demasiado grande para escribirla sin sentirse ridículo y ahora cuando pensaba en ello imaginaba a Rhae a su lado.
No fue capaz de decir nada más, ni una sola palabra. Solo se aferró con fuerza a sus regalos.
—Dy —lo llamó Rhae con cautela—. Si no te gusta, podemos cambiarlo —ofreció, limpiándole una lágrima que le caía por la mejilla.
Negó con la cabeza, apretándolos contra su pecho. Cerró los ojos durante unos segundos para calmarse antes de intentar darle una explicación.
Dejó con mucho cuidado sus regalos sobre el sofá y se giró para mirarle bien a la cara. Necesitaba hacerlo mirándolo. Si bajaba la vista, se iba a esconder otra vez y quería que supiera lo mucho que significaba para él.
—No creo que entiendas lo que acabas de darme —dijo en voz baja.
—Sí que lo sé —lo corrigió Rhae con calma.
Se observaron el uno al otro en silencio.
—Tú me diste tus llaves, yo te doy una libreta. Son dos cosas normales sin demasiado valor, pero los dos sabemos que para nosotros son una inmensidad. No hace falta hablarlo, ni dar las gracias, yo lo sé y tú lo sabes. No hay que decir nada más, cuando estoy contigo siento que las palabras sobran.
Asintió despacio, porque era verdad.
—Nadie me había entendido en toda mi vida.
Sé que suena a gilipollez de película cutre, pero ¡joder!
Estoy tan acostumbrado a quedarme todos los pensamientos solo para mí, a que las cosas solo tengan sentido en mi cabeza.
Me parece un puto milagro que alguien me comprenda de la manera en que tú lo haces.
Que me escuches, aunque diga tonterías, como si de verdad importaran.
Gracias, Rhae. Por ayudarme incluso cuando me daba miedo preguntar, por asegurarte siempre de no forzar mis límites, por hacerme sentir que importo —confesó con sinceridad, porque, si no se lo decía, si no le hacía entender lo importante que era para él, se ahogaría con todos esos sentimientos.
Rhae negó con la cabeza.
—Es mutuo —respondió con voz profunda y una mirada llena de sentimiento—. Para mí era normal no ser visto ni escuchado, estar siempre enfadado con el mundo por volverme invisible. Hasta que te di ese estúpido golpe y mi vida se llenó de ruido y cortes de manga.
Se le escapó una risa a pesar de que sus ojos seguían húmedos. Sonó pequeña, rota por la emoción, pero le ayudó a respirar.
—Di la verdad, ¿chocaste conmigo a propósito?
Rhae dejó salir una risotada, pero negó con la cabeza sin perder la sonrisa.
—No, estaba discutiendo con Phil porque se había escaqueado dos días del trabajo por problemas con su chica. Me despisté y te di, pero, si hubiera sabido lo que supondría para mí, te habría destrozado el coche.
Esta vez fue él quien se carcajeó mientras se ponía de rodillas para sentarse en su regazo de lado.
—¿Qué estamos haciendo? No queda tiempo —susurró con pena.
—Pídeme que me quede —soltó Rhae en voz baja.
—No —negó, entrelazando los dedos detrás de su cuello.
—¿Por qué no? —insistió.
Le sostuvo la mirada mientras respondía. Le costó, porque decirlo en alto hacía que doliera más, y también lo volvía real.
—Te quitaron la libertad hace mucho, sigues limitado por tu condena y no estoy dispuesto a ser igual que todos ellos. No te diré adónde tienes que ir o qué tienes que hacer. Quiero que seas libre. Solo así dejarás de sentirse encerrado.
Rhae parecía querer protestar, pero le metió la mano en el pelo para mover su cabeza y lo silenció con un beso.
—Yo no me voy a olvidar de ti, así que, si cambias de opinión, puedes volver y usar tu llave —le recordó.
La mirada de Rhae lo atravesó, pero no apartó los ojos a pesar de lo expuesto que se sentía.
Ya le había dado su cuerpo. Tenía que confiar en que no se burlaría por ofrecerle también su corazón.
Lo peor era que no tenía ninguna broma lo bastante buena para esconder lo mucho que quería que lo aceptara.
—No te lo tomes muy en serio —intentó bromear para no sentirse tan vulnerable—. Mientras me envíes mi postal de Navidad para saber que estás bien, será suficiente.
Rhae lo besó despacio, lento y suave, con tanta delicadeza que tuvo ganas de llorar.
—Te llamaré todos los días —aseguró muy serio.
—No quiero ser una obligación. Quieres empezar desde cero, no estaría bien obligarte a cargar conmigo.
Rhae parecía inseguro, pero no supo qué contestar, así que se abrazó a él y lo apretó con fuerza entre sus brazos.
Apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.
Tomó respiraciones cortas, acariciando su espalda.
Guardaría para siempre esa sensación, lo que se sentía al ser parte de alguien.
Su calor, su peso, la forma en que respiraba contra él. Todo eso ahora era también suyo.
—¿Está bien si nos hago una foto? —pidió.
—Claro —concedió Rhae, besándole el cuello.
Cogió su móvil y lo colocó hasta que sus caras estuvieron juntas. Hacían buena pareja. Los dos se quedaron contemplando la foto en silencio. Se veían cansados, despeinados, pero hogareños. Le gustó tanto que casi le dio vergüenza.
—¿Me la envías? —pidió Rhae mucho tiempo después sin separarse.
Asintió, compartiéndola en su chat. Rhae sacó el suyo y abrió la foto. Lo puso al lado del de él para verlas juntas.
—Mañana la llevaré a imprimir y la usaré para ponerla en un marco, pero tranquilo, lo pondré en mi habitación y no lo verá nadie —aclaró.
—Puedes ponerla donde quieras —afirmó Rhae.
Asintió y volvió a aferrarse a él. Se le acababa el tiempo, pero, antes de decirle adiós, todavía tenían que celebrar su cumpleaños y disfrutar de lo poco que les quedaba juntos.
No era suficiente. Nada de lo que hicieran iba a serlo, así que tendría que conformarse con hacerlo suyo mientras pudiera.
Los brazos de Rhae lo rodearon. Sintió su cabeza apoyarse en su hombro.
Ninguno de los dos dijo nada. Las palabras, la mayoría del tiempo, solo servían para estorbar.
No hacían justicia a sus sentimientos, así que usó su cuerpo para hablar con él, aferrándose a él igual que un náufrago.
Rhae lo entendió. No lo dijo, pero su cuerpo también le hablaba, apretándolo con la misma fuerza.
rhae
—¿De verdad vas a irte? —le preguntó Sam mientras bebían juntos en su casa. Había ido a por su carta de recomendación.
Asintió, pero no dijo nada. La botella estaba fría entre sus dedos y aun así tenía las palmas calientes.
—No se te pierde nada por ahí —soltó Sam, frunciendo el ceño.
—Eso no lo sabré si no me voy —respondió.
Sam le dedicó un gesto de desprecio.
—Te dije que era una tontería cuando me lo contaste y te lo vuelvo a decir. No cambia nada ser un exconvicto aquí o en el fin del mundo.
—No puedes asegurar eso —protestó, más por costumbre que por convencimiento. Últimamente ya no estaba seguro de nada.
—Ni tú lo contrario. Si no te gusta tu trabajo, busca otro mientras sigues currando. Tienes una buena vida aquí.
—Sí, cojonuda. Vivo en una casa con otros dos exconvictos, en un lugar donde se hacen fiestas cada noche. Me despierto con idiotas dormidos por todas partes, a los que tengo que esquivar para poder llegar a la puerta.
Sam rodó los ojos, igual que si estuviera siendo ridículo a propósito.
—Cámbiate de casa —propuso.
—¿Sabes lo difícil que es conseguir que alguien quiera alquilarme algo?
—Conozco a un montón de gente, podemos preguntar. Alguien habrá —insistió Sam—. Escucha, tendrás el mismo problema en otro lugar. Aquí por lo menos conoces gente. Si el problema es tu casa, puedo prestarte mi sofá.
—Me encantaría ver la cara de tu madre si se entera de que tienes a un asesino durmiendo en tu casa —ironizó.
—Mi madre ya lo sabe, Rhae —replicó Sam.
—¿Qué? Pero si ella es muy amable conmigo y…
—Cometiste un error, no eres un monstruo que buscó a alguien para matarlo. Intentaste salvar a tu padre y le diste un mal golpe a ese cabrón. No fue intencionado.
—No me cuentes la mierda que ya sé —amenazó.
—No parece que lo sepas. Si lo hicieras, no estarías huyendo. ¿De qué coño escapas? ¿De lo que pasó? ¿De ti? ¿Por qué vas a arruinar lo que tienes?
—No tengo nada —rebatió con enfado—. Quiero paz, merezco paz.
—Ya la tienes —soltó Sam, exasperado—. Tienes eso con Dylan.
Se quedó petrificado mirando a su amigo, que le sostuvo la mirada sin inmutarse.
—Cállate la puta boca, no sabes de qué hablas —advirtió.
—¿Era un secreto? Porque es muy obvio. Me di cuenta cuando lo trajiste contigo a coger los coches de la subasta.
La forma en que lo miras, cómo os reís juntos.
Y, si tenía dudas, se borraron cuando te vi en su casa.
Construyendo una valla, reformándola como vuestra.
No sé si estás en negación o eres estúpido.
Se levantó de la mesa y se fue hacia la puerta. Necesitaba aire antes de hacer una estupidez.
—¿Es por eso? ¿Crees que eso te hará parecer menos hombre? Rhae, te conozco, has cambiado mucho en estos meses.
—Soy el mismo de siempre —contestó, girándose a mirarlo.
—No lo eres —replicó Sam sin miedo, poniéndose frente a él—. Siempre parecías en guerra contigo mismo, se te veía atormentado. Ahora estás tranquilo. Esa paz que buscas tan desesperadamente ya la tienes. Dylan es bueno para ti.
Lo miró y se obligó a cerrar los puños para no callarlo de un puñetazo. La rabia le subió limpia, rápida, conocida. Era mucho más fácil enfadarse que escuchar.
—Soy tu amigo, o por lo menos yo te considero un amigo. No puedo dejar que cometas un error sin decir nada. Te estoy dando mi opinión, pero tú decides.
—¿Y cuál es esa opinión tan valiosa? —escupió.
—Creo que buscas algo que no existe y que eso te mantuvo cuerdo para pasar por una mierda imposible, pero solo era eso.
Algunos creen en Dios, otros saltan al abismo y tú soñaste con una vida mejor.
Pero no es realista, son pensamientos de un niño.
Encontrar casa y trabajo será más difícil.
Aquí tienes a quién recurrir, estoy seguro de que tu jefe puede recomendarte para otro trabajo.
Y lo mismo para encontrar una casa. Puedes elegir, no tienes por qué seguir en ese bucle. Tienes opciones.
—Todos tenéis que dejar de decir esa mierda, no hay opciones para la gente como yo —ordenó.
—Tú eres el único que tiene la razón —protestó—. ¿Si somos varios diciéndote lo mismo, no será por algo?
—Porque no sabéis una mierda de lo que habláis —gruñó, abriendo la puerta.
—Para —lo llamó Sam, tirándole del brazo—.
Solo diré una cosa más. Piénsalo bien, pero no pensando igual que si siguieras en la cárcel.
Pon en una balanza lo que tienes, lo que quieres mejorar y lo que no puedes cambiar.
Puede que te sorprenda comprobar que ya lo tienes todo.
No sé qué relación tienes con Dylan, si solo es sexo, si es platónico o si es tu puta mascota. Lo que sí sé es que te está ayudando.
—Yo no necesito ayuda de nadie —masculló.
—Vale, tío. Es tu decisión —cedió Sam, derrotado—. Lamentaré que te marches. Envía un mensaje de vez en cuando para saber que estás vivo.
—Vendré antes de irme —aseguró.
—Haremos una fiesta, una despedida a lo grande, para que tengas algo que contar a esa gente nueva que vas a conocer.
Asintió y esta vez se fue. Tenía la cabeza todavía más confundida que antes, pero no podía dejar su plan.
Era lo único que le quedaba, lo poco que tenía a lo que aferrarse desde que había perdido a su padre.
Había ahorrado para empezar una nueva vida y estaba a punto de lograr el sueño que lo mantuvo cuerdo durante años.