CAPÍTULO 27
rhae
Había extendido la mano para buscarlo incluso antes de ser consciente de lo que hacía, pero solo encontró la cama vacía.
Se dejó caer sobre el colchón, derrotado.
Se había ido, otra vez. El hueco a su lado estaba frío y eso le pareció una respuesta a la pregunta que ayer no se había atrevida a pronunciar.
Recordó que la noche anterior le había dicho que no estaba listo para hablar. Tendría que armarse de paciencia, aunque eso hiciera que le doliera el estómago.
La puerta de su cuarto se abrió y Dylan entró con el pelo húmedo y dos tazas de café para llevar en la mano.
—Esperaba que siguieras durmiendo —confesó, sonrojado—. Fui a ducharme y a la tienda de la esquina a por café y bollos.
Dylan se sentó en la cama, ofreciéndole una de las tazas que llevaba en la mano.
—Sé que eres rarito, pero mirar a alguien tanto tiempo en silencio es espeluznante —soltó Dylan después de un rato.
Dejó la taza en la mesilla y siguió mirándolo.
—Pensé que te habías ido —admitió.
—Sentí la tentación durante un minuto, no te creas, pero eso habría sido de capullo porque fui yo quien vino a buscarte. Y no quiero ser ese tío idiota, así que metí mi culo en pánico en la ducha y fui a por el desayuno.
—¿Quieres hablarlo? —ofreció.
—No hay mucho que hablar. Tú te vas y me olvidarás enseguida, pero yo estoy medio pillado por ti y el sexo, que siempre ha sido divertido y nada importante en mi vida, contigo es una puta bomba atómica.
No sé qué hacer, no sé qué decir, pero sé que no quiero desperdiciar el tiempo cuando puedo pasarlo contigo.
—Que tenga que irme no significa que vaya a olvidarme de ti —aseguró.
Dylan le dedicó una de sus miradas llenas de todo, pero sin pronunciar ni una sola palabra.
—No hagas promesas que no puedas mantener. No me mientas —advirtió.
—No lo haré —prometió—. Sin mentiras.
Dylan asintió, satisfecho, le dio un sorbo al café y clavó un dedo en la sábana, haciendo un círculo.
Sonrió mirándolo. Estaba claramente nervioso. Y aun así seguía allí, con el desayuno entre los dos, escogiendo quedarse de una forma torpe, pero increíblemente valiente.
—¿Estás mejor? ¿Sigues dolorido?
Dylan lo fulminó con la mirada, igual que si lo estuviera insultando por preguntar.
—Mejor —contestó a regañadientes—. Ya te dije que no era para tanto.
—No me importó tener cuidado. Lo pasamos bien, ¿no? —tanteó, necesitando asegurarse de que no se había pasado.
—Supongo —respondió Dylan, mirando al colchón.
—¿Supones? —replicó, indignado—. ¿Te tumbo y te doy un recordatorio para que no te vuelvas a olvidar?
Dylan estalló en risas. Le dio un golpe en el hombro y su mano se quedó sobre su tatuaje.
—No hace falta —aseguró con mirada risueña—. Voy servido.
Se sonrieron mutuamente sin dejar de observarse. La risa le había dejado el gesto más abierto, menos protegido, y tuvo que resistir la tentación de tirar de él otra vez.
—Tengo que irme. Iba a trabajar de tarde, pero uno de mis compañeros necesita que le sustituya.
Asintió, agradecido por el aviso.
—Tengo que ir a recoger la carta de mi jefe para la agente de la condicional, pero después iré a tu casa y sigo con la valla de la parte de atrás —avisó.
—¿Fue todo bien con la casa?
—Sí, todo bien. Me dio el visto bueno.
Dylan asintió y metió la mano en el bolsillo.
—Eso me recuerda que tengo algo para ti —anunció, dándole un paquete envuelto en papel de regalo con confeti de colores.
—¿Y esto? —preguntó, desconcertado.
Dylan se encogió de hombros. Intentó fingir indiferencia, pero no le salió del todo.
Rompió el envoltorio y se quedó paralizado al ver el llavero de seta y una llave.
—Puedes entrar cuando quieras, sin forzar la entrada. Tú decides cuándo usarla —explicó Dylan—. Y, como sé que no puedes dejar de pensar en robarme mi seta, pensé que podría ayudarte a recordarme cuando estés lejos.
La mano le tembló de una forma tan evidente que tuvo que cerrar los dedos alrededor del llavero para que Dylan no se diera cuenta, aunque sabía que estaba demasiado cerca como para poder ocultárselo. El metal de la llave le mordió la palma.
Dylan le cubrió la mano con la suya, apretándosela con fuerza. Se inclinó sobre él y le dejó un beso casto en la sien, manteniendo los labios sobre su piel durante unos segundos. Bajó la cabeza y besó también su hombro desnudo.
—Hueles bien —murmuró Dylan contra su piel—. Hueles a mí.
Se estremeció entero y maldijo a su corazón por no parar de latir igual que si estuviera corriendo por su vida.
Lo vio irse incapaz de decir nada, extrañando su contacto en cuanto se separó de él. Miró la llave que sobresalía entre su puño. No era solo una forma de entrar en una casa. Era una confianza entregada sin reservas.
Dylan le había dado la llave de su casa, el lugar que lo significaba todo en su vida, y lo estaba compartiendo con él.
Se llevó las manos al pecho y se esforzó por tranquilizarse.
A pesar del pánico, se aferró con fuerza al llavero, incapaz de dejar de mirarlo.
Era la entrada al lugar por el que se había sacrificado, sufrido y aguantado a una mujer que lo había usado y menospreciado sin darle nada a cambio.
El sitio que estaba reparando poco a poco con sus propias manos para plasmar los sueños que había creado durante años.
Se tumbó en la cama y puso el llavero con cuidado a su lado, solo para poder mirarlo mejor. También había parte de él allí. Habían trabajado juntos en cada habitación.
Pusieron los suelos, pintaron las viejas paredes, retiraron todo y crearon un espacio nuevo donde pudiera empezar de cero. Eligieron juntos los detalles, discutieron, rieron, se burlaron, jugaron, imaginaron y crearon de la nada.
Tocó el metal con la reverencia que merecía el compromiso que de alguna manera había adquirido. Pero, al contrario que las demás cosas de su vida, no lo sintió como una obligación ni como dejar que le robaran algo de nuevo. Con Dylan lo había cedido todo con gusto y lo haría de nuevo.
Hundió la cabeza en la almohada. Olía a Dylan.
Estaba listo para irse. Llevaba años seguro de que tenía que haber algo más de lo que tenía, que la vida estaba en deuda con él, pero por experiencia, sabía que no podía esperar nada de ella. El karma era una zorra y él, un cabrón sin suerte.
dylan
Aparcó en casa y cogió la bolsa del asiento del copiloto. Entró y fue a la cocina para meterlo todo en la nevera antes de salir al patio.
Dio un largo silbido al salir. Casi toda la valla trasera estaba montada y, aunque todavía quedaba pintar, la visión de su patio medio terminado le quitó la respiración. La madera nueva cambiaba el sitio entero. Lo hacía parecer suyo de verdad. Más cerrado, más seguro y menos expuesto.
—¿Por qué apuraste tanto? —preguntó, indignado—. No seas bruto, estarás agotado.
Rhae se dio la vuelta, sonriendo a pesar de que parecía cansado.
—Mereció la pena —repuso, señalando alrededor—. Ahora me sentaré mientras tú la pintas.
—Sin problema, estás loco. Esto es demasiado —murmuró, tocando la madera.
Estaba tibia por el sol y áspera bajo los dedos, todavía sin pulir del todo. Le gustó incluso así, era perfecta.
—Mañana haré la entrada de la casa. ¿Qué te parece si cerramos la valla del todo? No impedirá que alguien entre si quiere hacerlo, pero sí que los perros destrocen tu amago de selva amazónica.
Se rio a carcajadas.
—¿Tenemos suficiente madera? —quiso saber, mirando el montón que quedaba.
—Tendré que ir a por un poco más —admitió Rhae, pasando la mano por su frente perlada de sudor.
Lo miró mejor. Tenía la camiseta de tirantes negra empapada y el nacimiento del pelo mojado. Debería sentir asco, pero la verdad es que no. Se acercó a él y metió la mano en su pelo, atrayéndolo hacia sí.
—Estás todo sudado —murmuró, sonriendo.
—Es lo que pasa cuando trabajas bajo el sol —se defendió Rhae, sin intentar alejarse, aunque estaban fuera.
—Gracias, ahora ve a ducharte. Hay comida en la nevera y cerveza para ti —ordenó.
Rhae se echó hacia delante, lo rodeó con sus brazos y lo pegó a su cuerpo para poder besarlo a conciencia. No se alejó; todo lo contrario, se aferró a sus hombros y le respondió con ganas. La humedad de su camiseta traspasó la suya y aun así no soltó el agarre.
—Estás empapado —se quejó sin moverse ni un poco.
—Perdón —susurró Rhae sin dejar de sonreír.
No parecía una disculpa muy sincera, pero le devolvió la sonrisa y volvió a besarlo.
—¿Hola? —escucharon llamar desde el jardín.
Los dos se separaron y se quedaron mirándose.
—¿Esperas visita? —tanteó Rhae.
—Aquí nunca viene nadie —contestó en voz baja.
—¿Hola? ¿Dylan? —lo siguieron llamando.
—Me suena esa voz —comentó.
—A mí también —respondió Rhae, moviéndose al lateral para echar un vistazo—. ¿Qué haces tú aquí?
Tuvo que apartarse de él para que su espalda no le tapara la vista del recién llegado.
—Hola, tío. Vengo a traerle una cosa a Dylan —saludó Sam, levantando la mano—. Mi madre te envía más plantas —añadió al ver su cara de desconcierto.
—Oh, ¿en serio? —soltó, emocionado, adelantando a Rhae—. No tenía que hacerlo.
—Ya lo sé, pero me dejará sin comer si no te doy esto —aseguró Sam, señalando su camioneta.
—¿Cómo sabes dónde vive Dylan? —intervino Rhae, frunciendo el ceño.
—Fui a tu casa primero, me lo dijo Carlos —explicó Sam, mirándolo con desconfianza—. ¿Por qué tienes esa cara de culo?
—Es la que tengo —gruñó Rhae.
—Lo que tú digas —masculló Sam, abriendo la parte de atrás y sacando una bandeja llena de pequeñas plantas.
Se olvidó un poco de la cara de Rhae al verlas. Había hojas diminutas, tallos finos y tierra húmeda en macetas pequeñas.
—Es una pasada —murmuró, ayudándolo a sacarlas—. No tengo cómo agradecerle a tu madre tanta generosidad.
—Ya te lo dijo ella, tú nos haces un favor quedándote con estas —repuso Sam de buen humor.
—¿Quieres hacerle unas fotos a las que me dio? Ya las tengo plantadas —propuso, señalando el jardín.
Sam lo siguió e hizo fotos a todas. Se quedó a un lado, procurando no parecer demasiado orgulloso, aunque le costó bastante.
—Estás en plena reforma —observó Sam al llegar a la parte de atrás.
—Sí, aunque es Rhae quien ha hecho casi todo esto. Yo estaba trabajando de mañana, pero mañana libro, así que podremos dedicarle todo el día —reconoció, mirando a Rhae por si estaba diciendo algo que él no quisiera.
—¿Y por qué no llamáis? Habría venido a ayudar.
—No hace falta. Nosotros podemos —atajó Rhae, que parecía incómodo.
Sam se encogió de hombros, tocando la pila de madera.
—Un par de manos extra siempre vienen bien, lo haremos más rápido. Mañana vengo a primera hora y os ayudo —resolvió Sam de buen ánimo—. Tened mucho café —avisó mientras se marchaba para que no pudieran decir nada.
Miró a Rhae, desconcertado, repasando mentalmente lo que acababa de pasar.
—¿Le hemos pedido ayuda? —soltó, incapaz de encontrar otra forma de decirlo.
—No, para nada —negó Rhae—. ¿Estás bien con que venga? Porque puedo llamarlo y mandarlo a la mierda.
—Sí, estaría feo decirle que no. Su madre me acaba de regalar un montón de plantas. ¿Es de fiar? Quiero decir, tú no lo dejarías venir si no lo fuera —razonó, mirándolo.
—Lo es —confirmó Rhae sin dudar.
—Vale, no se me da muy bien socializar —admitió—. ¿Deberíamos traer unas cuantas pizzas y cervezas?
—¿Me preguntas a mí? —se extrañó Rhae.
—Vaya dos —soltó, riendo—. Vale, ducha y supermercado antes de nada. ¿Vienes?
—Sí, recojo las herramientas y me ducho en diez minutos —aceptó Rhae.
—Yo me encargo, ve a casa.
—En realidad traje ropa aquí, para no tener que ir y volver.
Levantó la cabeza para mirarlo. Rhae parecía incómodo y evitaba sostenerle la mirada de forma directa.
—Bien, es más práctico —afirmó para calmarlo.
Rhae pareció relajarse.
—¿Qué? ¿Creías que no me parecería bien? Ocupo tu cuarto cada vez que quiero, te di mi llave, puedes usar lo que quieras —le recordó.
—Vale —cedió Rhae.
—Ve a la ducha y puede, o no, que encuentres tu gel en mi baño. No es por ti, me gusta cómo huele.
Rhae se rio a carcajadas, pero le hizo caso y subió las escaleras para entrar.
Sonrió mientras lo veía. Esa sensación cálida del pecho no era por el calor. Parecía demasiado natural estar los dos juntos, compartiendo casa. Empezó a recoger, intentando ignorar la emoción que le burbujeaba en el estómago.
Las plantas esperaban en sus macetas, la valla seguía a medio hacer y, aun así, por un segundo, todo pareció estar justo donde tenía que estar. Había herramientas por guardar, tierra en el suelo y una lista mental creciendo sin permiso, pero no le molestó. Ni un poco.