Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

dylan

El sexo llegó de forma natural a su vida.

Las chicas le gustaban y ellas se fijaban en él.

Aprendió poco a poco qué era aceptable, qué no, cómo ser generoso en la cama y cómo pasárselo bien.

No era un mal amante, tampoco se consideraba alguien especial, pero siempre estuvo contento y satisfecho.

Era sencillo, físico, amable cuando tocaba y sucio cuando apetecía. Nada que le quitara el sueño.

Solo después de acostarse con Rhae se dio cuenta de que el sexo hasta ese momento había sido una absoluta mierda.

No era un alivio cuando estaba salido, no era una forma de desahogarse, no era divertido.

Era una puta inmensidad, un terremoto, un tsunami y una bomba nuclear, todo a la vez dentro de un cuerpo humano.

No estaba listo, no sabía lo que era, así que, cuando se despertó al amanecer, huyó.

Era cobarde, sí. Era patético, tal vez un poco, pero estaba seguro, igual que estaba vivo, de que, si hablaba con alguien de eso, incluido Rhae, todo su cuerpo implosionaría. No por vergüenza, o no solo por eso. Por exceso. Porque no sabía dónde meter algo tan grande dentro de su vida normal.

No se sentía preparado para hablar de eso.

No estaba listo ni siquiera para pensar en ello, así que se dejó llevar por su rutina, dejando que su trabajo monótono le permitiera activar el modo automático de su cerebro para asumir la experiencia.

Pasar productos por el escáner, cobrar, sonreír lo justo y fingir que su cuerpo no recordaba mejor que él.

No quería olvidarse de Rhae, eso nunca. No intentaba olvidar la experiencia; solo tenía que asumir lo que suponía. Incluso aunque intentara borrarla, no podía. La llevaba con él en su cuerpo.

Cuando llegó a su casa para ducharse y se vio en el espejo, se quedó sin respiración.

Tenía pequeñas marcas por todo el pecho, los hombros y los muslos, pequeñas señales rojizas que le recordaron lo que había pasado entre ellos.

Tocó con sus dedos cada una, dejando que su cabeza se llenara de cada recuerdo de cómo terminaron ahí.

Algunas apenas eran sombras sobre la piel; otras tenían la forma exacta de una boca que ya sabía reconocer demasiado bien.

El placer floreció en su cuerpo buscando calor, desperezándose con el simple recuerdo de lo que habían sido.

Se masturbó en la ducha con su nombre en los labios y los dedos rozando su entrada, que todavía palpitaba un poco dolorida.

El agua caliente le resbalaba por la espalda y no conseguía llevarse nada de Rhae.

Ni el olor, ni la presión, ni esa sensación absurda de seguir abierto por dentro.

Todavía podía sentirlo en su cuerpo cuando se inclinaba o se sentaba, pero estaba bien. Le gustaba saber que fue real.

Cuando salió del trabajo, se fue al parque donde había pasado su cumpleaños y se tiró en la hierba, a la sombra de un gran árbol. Cerró los ojos y dejó la mente en blanco. No era momento de pensar, era momento de disfrutar. Ya habría tiempo para el mundo más tarde; por ahora, eso era solo para él.

rhae

Escribió mensajes, muchos. No creía que hubiera escrito tantos antes. Los borró todos. No sabía qué decir y todo sonaba ridículo, forzado, pequeño para lo que sentía después de pasar la noche con Dylan. Las palabras parecían correctas hasta que las leía, luego se volvían inútiles.

Lo conocía bien, y que no hubiera un mensaje en las veinticuatro horas que llevaban separados era una señal de que necesitaba espacio, así que, a pesar de que se lo comía la necesidad de recorrer la calle y tirar la puerta abajo, se contuvo.

Y, por una vez, tenía mucho que decir y quería asegurarse de ser escuchado.

Pero no era el momento y lo entendía. Dos días después, la paciencia se le estaba rompiendo en pedazos al ver su coche aparcado delante de su casa.

Se recordó que tenía que esperar y que no estaban enfadados, solo…

no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

Aparcó delante de su propia casa, donde ya se escuchaba música después de la visita de su agente de la condicional del día anterior.

Apoyó la cabeza sobre su asiento y miró el techo de su coche. Quería verlo, necesitaba saber… ¿también lo había sentido Dylan esa noche? Joder, sabía lo que era el sexo duro, sucio, rápido, lento, profundo, pero no tenía ni idea de cómo describir su única noche. ¿Pero quería más?

Quería esos ojos verdes, mirándolo como su todo, llamándolo igual que al creador del mundo, tocándolo sin poder tener suficiente de él. Quería la boca de Dylan diciendo su nombre con esa mezcla de desafío y rendición que le seguía dando vueltas bajo la piel.

Se tiró de la camiseta para aliviar el calor, pero sabía que, después de una ducha fría, se sentiría mejor.

Pasó de largo la fiesta y entró directo a la ducha.

Hablaría con él mañana. O le escribiría para no agobiarlo.

Sí, eso haría, porque sentía que estaba lleno de energía, de algo que tenía dentro y que iba a explotar.

Por mucho deporte que hiciera, no conseguía encontrarse mejor.

Estaba nervioso, pero no esperando algo malo.

Era expectación, ansia; era una de las sensaciones más bonitas que había experimentado. Una impaciencia limpia, casi luminosa, que no encajaba con él y aun así le pertenecía.

Se puso un pantalón, una camiseta y decidió ir a su casa. Estaba bien si no quería hablar, pero necesitaba verlo, aunque fuera un segundo, aunque solo fuera para escucharlo decir que no era el momento.

Abrió la puerta de casa de un tirón, ignorando a Carlos, que lo llamaba desde la sala, y se quedó congelado. Dylan estaba delante, con la mano levantada a punto de tocar.

Un minuto atrás tenía cosas que decir; ahora solo podía mirarlo, plantado ahí como un idiota, con sus pantalones cortos verdes y su camiseta blanca de manga corta. El pelo le caía un poco revuelto sobre la frente y parecía tan fuera de sitio en aquel porche que le dolió mirarlo.

Dylan bajó la mano y le dedicó una pequeña sonrisa avergonzada, tan tímida que lo dejó momentáneamente desconcertado. Sabía que era una parte vulnerable de su carácter que no solía dejar ver.

—No estaba listo —confesó Dylan, poniendo las manos a la espalda, balanceándose sobre las puntas de sus pies.

Carraspeó, buscando su voz, que había decidido salir de vacaciones sin preaviso.

—¿Y ahora sí? —se atrevió a preguntar.

Dylan se encogió de hombros. Sus mejillas se encendieron, pero le dio la respuesta que necesitaba.

—Quería verte.

Le explotó el pecho dentro del cuerpo. No había otra forma de describirlo.

Cerró la puerta de un portazo y se abalanzó sobre él, pegándose a la pared de la casa para no ser vistos si alguien se acercaba.

Dylan levantó la cabeza y su beso se encontró a medio camino.

Lo presionó contra la madera. Intentó retroceder para no aplastarlo, pero Dylan tiró de su camiseta, reclamando que no hubiera espacio.

Ese tirón pequeño le rompió la última parte de paciencia que le quedaba.

No era normal desear tanto a alguien, no podía serlo, pero no tardó más que unos segundos en cogerlo de la cintura y alzarlo en brazos.

Dylan le rodeó con las piernas y lo besó con una dureza y una necesidad que estaban en perfecta sintonía con la suya.

Pesaba poco contra sus manos, pero lo sentía adictivamente caliente y firme, aferrándose a él igual de necesitado.

Le agarró el culo, empujándose contra su cuerpo, lleno de esa energía nerviosa en la que se había sumido desde que Dylan lo había dejado atrás.

Dylan siseó en protesta.

—¿Te hice daño? —preguntó, preocupado.

Él negó con los labios rojos de sus besos y los ojos brillantes.

—Solo estoy sensible.

El aire se le quedó atrapado en el pecho. No supo si quería disculparse, reírse o volver a besarlo hasta dejar de pensar. Al final solo aflojó los dedos, frunció el ceño con preocupación y lo bajó con mucho cuidado.

—Estoy bien —le prometió Dylan, tocándole la cara.

—¿Quieres pasar? —lo invitó, señalando la puerta.

Dylan le sonrió y asintió. Lo cogió de la mano y tiró de él al interior. No quería que entrara por la ventana si estaba dolorido. Era un salvaje, tenía que haberse contenido más. La idea se le quedó clavada con una culpa torpe e incómoda.

Lo llevó directo a su habitación, echando el cierre mientras aprovechaba para respirar.

Tenía que calmarse. La música sonó desde alguna parte de su cuarto, ahogando la del exterior.

Se giró a mirar. Dylan había puesto música en la televisión y estaba cerrando la ventana.

El gesto era tan práctico, tan suyo, que casi le arrancó una sonrisa a pesar del calor que aún le quemaba la piel.

—¿Hay algún motivo por el que quieras que no te escuchen?

Dylan asintió, quitándose las chanclas.

—No me gusta que nadie se meta en mis asuntos.

Se quitó la camiseta y la dejó caer al suelo, acercándose a él a los pies de la cama.

—¿Eso es lo que tenemos? ¿Asuntos?

Dylan alzó la cabeza para mirarlo mientras se deshacía de su pantalón, sin avergonzarse al quedar totalmente desnudo delante de él.

Sus ojos devoraron su cuerpo con avidez.

Todavía tenía marcas de sus mordiscos por la piel y su erección se endureció solo de recordar la forma en que se las hizo.

Verlas allí, pequeñas y rojizas, le hizo querer disculparse y repetirlo al mismo tiempo.

Dylan apoyó las manos en su torso, inclinándose sobre él, dejando que disfrutara de cerca del verde de sus ojos.

—No sé qué somos, pero somos, y es lo más real y lo más vivo que me he sentido en toda mi vida. El sexo no es así —admitió Dylan en voz baja.

Puso una mano sobre la suya, guiándolo al colchón. Necesitó tocarlo para contestar, porque las palabras, de pronto, parecían insuficientes para todo lo que quería decir.

—No lo es —concedió—. Pero a lo mejor nosotros sí somos así.

Dylan dejó que lo tumbara en la cama y tiró de él para que lo acompañara. Se deshizo de la ropa para cumplir su petición.

—A lo mejor —le dio la razón Dylan, acariciándole la cara.

—¿Te duele mucho? No quería hacerte daño —se disculpó con sinceridad, besando el centro de su pecho y mirándolo a los ojos para que supiera que lo decía de verdad.

—Es un dolor bueno —le aseguró Dylan para calmarlo.

Asintió, confiando en que lo diría si fuera demasiado. Aun así, intentó disculparse de otra forma. Llenó su cuerpo de besos y caricias, haciéndole saber cuánto lo sentía. Bajó el ritmo, suavizó sus labios sobre su piel y dejó que cada roce pidiera permiso antes de quedarse.

Dylan suspiró, dejándose hacer confiado, relajándose debajo de él, seguro de que sabría cómo tratarlo. Aquello lo hacía sentirse afortunado. Sabía que, para él, la confianza eran palabras mayores.

Se enredó en él, en su cuerpo que lo llamaba, en sus brazos que lo reclamaban, en sus piernas que se separaron dándole la bienvenida. La necesidad volvió a subirle por la columna, pero esta vez la sujetó con los dientes apretados. No iba a hacerle daño.

—No deberíamos —intentó protestar por el bien de Dylan.

—Te lo diré si me duele —le prometió él sin dejar de besarlo.

Mierda, no podía pensar con su erección presionando la suya y su boca devorando su cuello.

—Quiero tratarte bien —le aseguró tratando de protegerlo.

Dylan lo besó, ahogando sus palabras a golpe de lengua y mordiscos.

—Ya lo haces —le dijo, pasándole el bote de lubricante.

No podía dudar de cuánto lo disfrutaba mientras lo preparaba. Dylan respondió desde el primer momento, gimiendo y ayudándolo a llegar más lejos. Cada sonido iba directo a su corazón, bombeando un deseo crudo por sus venas, pero se obligó a mirar su cara antes que atender su propio deseo.

—Ya estoy listo —susurró Dylan, rodeando su cuello con los brazos, atrayéndolo.

Le habría gustado ser un hombre más fuerte y tener más fuerza de voluntad, pero, en vez de decir que no, cogió un preservativo y atendió su petición.

Lo puso de lado, dejando que le diera la espalda, y dobló su pierna, añadiendo todavía más lubricante para asegurarse de que fuera fácil. Lo penetró con suavidad, tomándose su tiempo, y, cuando por fin estuvo dentro, se pegó del todo a él.

Mantuvo el movimiento al mínimo, dejando que el orgasmo se construyera poco a poco.

El calor subía, sus gemidos eran tan fuertes que no había música capaz de apagarlos, pero le dio igual.

Lo mantuvo así, necesitado, excitado y desesperado.

Quería darle placer, no arrastrarlo. Quería que recordara aquello sin dolor, incluso si al día siguiente volvía a huir para poder asimilarlo.

Dylan apretaba su brazo con tanta fuerza que notó cada uno de sus dedos marcado en la piel. Apoyó la boca en su nuca y se quedó allí, respirando contra él, aprendiendo que hacerlo tan despacio también podía ser una forma de perder el control.

Tener sexo así requería una paciencia que ninguno de los dos tenía, pero, para asegurarse de que estuviera bien, estaba dispuesto a tardar lo que fuera necesario.

Lo retuvo entre sus brazos. Estaban tan pegados que eran un solo cuerpo y le encantaba sentirse así de completo.

Una de las manos de Dylan se enterró en su pelo, impaciente, mientras embestía un poco más rápido.

—Casi, ya, casi… —murmuraba Dylan, completamente ido.

Acarició con fuerza su erección, dándole con la mano lo que no podía darle de otra forma. Dylan gimió de una forma tan descarnada y caliente mientras se corría que se le erizó toda la piel y terminó con él.

Cubrió su corazón, notando bajo la palma que su pulso era tan errático como el suyo. Cerró los ojos y apoyó la frente en su hombro, intentando aprender a respirar de nuevo.

Dylan besó su mano y se movió para quedar tumbado boca abajo en la cama. Hizo un ruido satisfecho que lo hizo sonreír.

—¿Una ducha? —le ofreció.

—Ve tú, yo me quedo aquí —murmuró, frotando la mejilla en su almohada.

Se rio entre dientes, yendo al baño para deshacerse del condón y conseguir una toalla. Al volver, lo encontró desnudo y demasiado tranquilo para no romperle algo por dentro ante esa muestra inesperada de vulnerabilidad.

Le pasó la toalla mojada por el pecho y retiró el exceso de lubricante, intentando no molestarlo demasiado. Dylan apenas se quejó; solo hundió más la cara en la almohada y dejó que lo cuidara.

Tiró la toalla al suelo del baño y se metió en la cama, pegándose a Dylan de nuevo, esperando de todo corazón que por la mañana no se despertara solo.

No lo sujetó con fuerza. Solo apoyó una mano en su cintura, lo bastante ligera para que pudiera irse y lo bastante presente para que supiera que quería que se quedara.