CAPÍTULO 25 #3
Las preocupaciones desaparecieron. Estaba con Rhae, no iba a hacerle daño, podía decir que no cuando quisiera y sabía sin dudar que se retiraría.
Le había confiado las partes más oscuras de su vida y había compartido su alegría.
También quería entregarle su cuerpo y recibir el suyo.
No por impulso. No solo por deseo. Porque era él.
Porque confiaba, aunque esa palabra le siguiera dando un miedo atroz.
Echó la cabeza hacia atrás mientras un dedo se deslizaba en su interior.
Jadeó sorprendido. No dolía, pero lo sentía de un modo demasiado íntimo y, en vez de asustarse, solo pudo imaginar cómo sería tenerle dentro.
El aire se le quedó enganchado en la garganta y luego salió roto, bajo, casi avergonzado por lo mucho que le gustó.
Rhae se retiró y dos dedos empezaron a presionarlo muy despacio.
Él se relajó por completo. Lo estaba cuidando, asegurándose de que lo estuviera disfrutando.
Se concentró en las maravillas que su boca le estaba haciendo y, con un poco de paciencia, pronto se encontró gimiendo, con tres dedos profundamente enterrados en su lubricado interior.
No le pidió que parara. Quería cabalgar esa sensación casi hipnótica, ese abandono al placer que nunca se había permitido por vergüenza o falta de confianza. Quería tomar y tomar hasta quedar lleno y vacío al mismo tiempo.
Rhae subió por su cuerpo, besando cada porción de piel que estaba a su alcance, sin dejar de empujar sus dedos en su interior.
El aire acondicionado no conseguía enfriar su cuerpo, que ardía por dentro y por fuera, derramando una necesidad que nunca había sentido.
El contraste era absurdo: las sábanas frías bajo la espalda, la piel de Rhae contra la suya y aquella presión lenta que le estaba deshaciendo por dentro.
Metió los dedos en su pelo húmedo y gimió directamente en su boca, besándolo mientras el deseo lo consumía de una forma tan intensa que no podía dejar de temblar.
Rhae se separó de él el tiempo justo para sacar un condón y romper el envoltorio con los dientes.
Le ayudó a desenrollarlo sobre su erección, que le palpitó en la mano a punto de explotar.
Lo hizo con torpeza y demasiada concentración, pendiente de cada gesto, de cada respiración, de la forma en que Rhae seguía mirándolo para asegurarse de que no cambiaba de opinión.
Rhae se puso sobre él y presionó su entrada, que lo dejó entrar sin ningún tipo de resistencia.
Gimió debajo de su cuerpo, clavándole las uñas cortas en la espalda mientras su mente cortocircuitaba al sentirse colmado de él.
No había espacio para el miedo, solo para el peso de Rhae, su respiración sobre la cara y esa sensación nueva, enorme, que lo obligó a cerrar los ojos un segundo antes de volver a buscarlo con sus caderas.
¿Por qué no le había dicho nadie que el sexo era así? ¿Qué podías ahogarte mientras sentías que el mundo explotaba en tu interior? Tenía la garganta cerrada, el pecho abierto y la sensación absurda de estar respirando por cada poro de su piel.
Rhae solo se detuvo cuando por fin estuvo por completo dentro de su cuerpo. Quieto, enorme, temblando encima de él con una contención que también parecía dolerle.
Se miraron a los ojos y quiso preguntarle un montón de cosas al mismo tiempo, pero todas esas cuestiones se deshicieron en el aire cuando se retiró y volvió a empujar. Sentía que había alcanzado algo imposible, como capturar el sol entre las manos o volar por encima del mundo.
Aquello no podía ser normal. La gente no podía sentir eso todo el tiempo o moriría.
Él sentía que estaba muriendo. Se aferró a Rhae, encadenándose a su cuerpo mientras recibía sus embestidas.
Su cuerpo se volvió voluble, acogedor para él.
Solo para él. Cada golpe lo hundía más en las almohadas y, a la vez, lo arrancaba de todo lo que había sido antes de esa meterse en esa cama.
Gimió completamente roto de placer, no solo físico.
Había algo mucho más brillante detrás de la sensación que invadía su cuerpo.
Esos sentimientos de los que no quería hablar ni pensar estaban ahí, al alcance de la mano, flotando entre los dos mientras destruían el mundo que conocían juntos.
No tenía nombre todavía. Mejor así. Si lo nombraba, quizá tendría que admitir que llevaban tiempo sintiéndolo.
Rhae lo destrozó, embistiéndolo sin ningún tipo de control, y, lejos de apartarlo, tiró más de él.
Se acopló a su cuerpo con todo su ser vibrando en una frecuencia totalmente nueva.
Le clavó los dedos en la espalda, no para detenerlo, sino para mantenerlo allí, pegado a él, dentro de esa locura que no quería soltar.
El mundo explotó detrás de sus párpados y se quedó ciego por un segundo, viendo solo luz dorada que lo bañaba todo mientras sentía a Rhae temblar y caer sobre él, casi sin respiración.
Estaban empapados en sudor, pero no le importó. Acarició su espalda desnuda y lo presionó todavía más contra su cuerpo. Besó su sien, acunándolo en su pecho, incapaz de distinguir lo que sentía en ese momento, avasallado por una emoción que amenazaba con desbordarlo.