CAPÍTULO 25 #2
Rhae metió las manos bajo su camiseta, tocando su cintura desnuda. La paciencia le duró poco; le quitó la prenda por la cabeza y buscó su boca con desesperación. Su erección se le clavó y eso hizo que se excitara todavía más.
Se retorció hasta sentarse del todo encima de su miembro.
Lo miró a los ojos. Los dos estaban resollando, sin respiración y con los labios hinchados.
Era ridículo sentirse así de excitado por estar encima de él y seguir percibiendo que era Rhae quien podía hacerlo perder el control con solo mirarlo.
—¿Esta es tu forma de animarme? —preguntó Rhae.
Tiró de su camiseta sin responder todavía, lanzándola sobre la cama.
—No, esta es mi forma de animarme a mí mismo —replicó, empujándolo sobre el colchón—. Me gustan mucho tus tatuajes —confesó, acariciando su brazo y su pecho.
—¿Sí? —murmuró Rhae, sujetándole con fuerza las caderas.
—¿Tienen algún significado? —quiso saber, presionando hacia abajo.
La espalda de Rhae se separó de la cama al dejar escapar un gemido.
—No podía cambiar quién era, así que quise cambiar de piel —admitió, empujando contra él.
Clavó la mirada en la suya, deslizando las manos por su musculoso torso. La frase le golpeó en un sitio extraño, demasiado cerca de cosas que él también había vivido.
—No necesitas tatuajes para eso. No tienes que hacerte daño para mudar la piel —le prometió, inclinándose sobre él.
Apoyó los labios en su cuello y los arrastró por el centro de su pecho hasta el ombligo. Mordió la piel alrededor y tiró de su pantalón.
Rhae alzó las caderas, ayudándolo. No perdió tiempo y no le dio aviso. Lo tomó en su boca y dejó que el instinto hiciera su parte, porque ese hombre sacaba sus impulsos más básicos y crudos.
Rodeó su erección con los labios y él se movió con tanta violencia que tuvo que poner ambas manos sobre su estómago para que no empujara de nuevo. Bajo sus palmas, los músculos de Rhae se tensaron de golpe, obedeciendo a medias y temblando entero.
—Estoy aprendiendo, no te puedes mover —le susurró, besando su pubis antes de volver a hundirse en él.
—Dy… —jadeó, poniendo la mano sobre su hombro.
Era definitivamente muy diferente a hacérselo a una mujer, pero él también se sentía distinto si se atrevía a pensarlo.
Más despierto, más conectado, más excitado, aunque no tuviera del todo sentido.
Puede que solo fuera porque era Rhae a quien se lo estaba haciendo y no importaba de qué se tratara; todo era diferente con él.
Aprendió rápido. Las ganas y la necesidad eran un buen aliciente.
Memorizó cada reacción: cómo se le cortaba la respiración cuando chupaba la punta, cómo se estremecía cuando conseguía metérselo entero en la boca, cómo vibraba bajo sus manos cuando encontraba el ritmo perfecto.
Le gustaba tener pruebas de que podía afectarlo así. Le gustaba demasiado.
Le dolía la mandíbula, pero no quería parar. Quería saber cómo sonaba cuando se rompía, quería rehacerlo entre sus manos y demostrarle que no había nada de malo en él. Y para poder reparar, primero había que destrozar.
Abrió los ojos y lo vio, jadeando con la mirada clavada en la suya.
Como siempre, sus ojos nunca eran capaces de mantenerse lejos por mucho tiempo.
Movió la mano que Rhae aún tenía en su hombro hasta su cabeza y él no dudó en darle lo que estaba pidiendo, empujándose en su garganta.
Sabía que podía ir más adentro, pero no presionó, aunque marcó un ritmo rápido.
Le encantó la manera en que, incluso desesperado por correrse, todavía era capaz de cuidar de él.
Esa contención lo hizo temblar con más fuerza.
Se retiró entre gemidos, acariciándose con la mano para no terminar en su boca.
Lo miró mientras Rhae se corría sobre su estómago y dejaba caer la cabeza en la cama, casi sin respiración.
Miró el desastre con curiosidad, todavía inseguro de si debía sentirse ofendido o respetado.
Besó sus muslos desnudos mientras él todavía temblaba, pasó un dedo por encima y se lo llevó a la boca.
Sintió calor por todas partes y supo que Rhae estaba mirando. Se agachó y pasó la lengua por encima, sonriendo al escucharlo maldecir y notar cómo su erección se movía, interesada.
—Acabo de correrme —gimió Rhae.
—¿Y ese es mi problema? —preguntó.
Se quitó los pantalones cortos, asegurándose de que Rhae seguía mirando. Apoyó las manos en su pecho y lo besó en los labios. Rhae abrió la boca para recibirlo y ese gesto, todavía agotado y dispuesto, le encendió una nueva necesidad.
Se movieron sin dejar de besarse, hasta que quedó tumbado sobre las almohadas con Rhae encima.
Podría pasar la noche así, solo besándose mientras disfrutaba de tenerlo sobre él, porque era un puto espectáculo poder escucharlo gemir para él, pero las ganas le ganaron la partida.
Tenía la boca sensible, el pecho lleno de calor y la cabeza demasiado ocupada imaginando todo lo que aún no habían hecho.
—Quiero que me toques —exigió.
Rhae bajó la mano sin dudar, rodeando su húmeda erección.
—Todo lo que quieras —le prometió, acariciándolo.
Gimió y dejó que lo volviera loco durante unos segundos, pero, si seguía así, terminaría, y cuando algo se le metía en la cabeza ya no podía dejar de pensar en ello.
—Quiero que me toques —repitió, jadeando.
—Te estoy tocando —murmuró Rhae, lamiendo su labio inferior.
Jadeó, pero negó con la cabeza y lo sujetó del cuello para mirarlo a los ojos.
—Tócame —pidió cuando el negro de sus iris amenazó con devorarlo mientras lo observaba, comprendiendo al fin su petición.
Atrapó su boca en un beso que le erizó la piel, pero no tardó más de unos segundos en sentir sus dedos húmedos rozar su entrada.
Se puso tenso. Nunca se había tocado ahí. Esa zona no significaba nada para él, hasta que todo lo que pudo pensar era en cómo se sentiría estar así de cerca de alguien. No de alguien, de Rhae.
Él besó su hombro y su pecho, le separó más las piernas y se coló entre ellas. Acarició su erección y se la llevó a la boca mientras rozaba con mucho cuidado su círculo apretado.