CAPÍTULO 25
dylan
—¿Qué le pasa a la gente hoy? —preguntó Gloria desde la caja de delante—. ¿Por qué hay tantos clientes?
—Voto por cerrar la puerta y decir que tenemos todo agotado —propuso.
Sonrió a la siguiente clienta. Llevaba demasiado rato haciendo esa sonrisa de cajero educado y ya empezaba a dolerle la cara. También le dolían los pies, la paciencia y tenía ganas de mandar a todos al pasillo de congelados para siempre.
—Por lo menos tú te vas en una hora —le recordó Gloria cuando la mujer se alejó.
—Lo sé, sentiré pena por ti desde mi sofá —aseguró, girándose al notar movimiento por el rabillo del ojo—. Buenos días. Hola —saludó a Rhae.
—Tienes visita —le cantó Gloria—. ¿Por qué no viniste a tomar cerveza el otro día? Podíamos traer acompañantes.
—Mi invitación se perdió por el camino —respondió Rhae, poniendo cosas en la cinta.
—Si me das tu número, la próxima vez te la envío yo —se ofreció ella.
—Gloria —la advirtió, sonriéndole a Rhae—. Vienes mucho por aquí, demasiado.
—No es por el trato —replicó Rhae, apoyando la cadera en la cinta—. Que cada día es peor.
—Pues no vuelvas —resolvió, sonriendo.
—Es que me pilla de camino, vivo muy cerca.
—Mentiroso —se rio, pulsando el botón del total—. Son dieciocho con setenta. ¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo —indicó Rhae, sacando la cartera del bolsillo trasero para pagar.
Se echó hacia delante mientras le daba un billete de veinte.
—¿Nos apalancamos hoy?
Olvidó el cambio y lo miró a los ojos. Habían pasado un par de días desde que Rhae le había hablado de sus pesadillas, pero no habían vuelto a tratar el tema hasta ahora, aunque se había fijado en que parecía más cansado.
—¿En tu casa o en la mía? —aceptó.
—En la mía, no queremos romper tu cama —le recordó.
Escuchó a Gloria ahogarse detrás de él.
—Gloria, déjanos tranquilos —le ordenó.
Rhae le sonrió de nuevo y ella desapareció de su cabeza. También desaparecieron la cola, el pitido del escáner y la señora que esperaba con una bolsa de manzanas. Muy profesional por su parte.
—¿Cenamos en tu casa primero para estar tranquilos? —planteó él.
—Sí, claro, así me ducho en casa.
—Yo me encargo de la cena. ¿Pollo frito y cerveza? —sugirió Rhae.
—Pollo y refresco —lo corrigió.
—Lástima —murmuró Rhae—. ¿Te espero en tu casa?
—Ya sabes cómo entrar —contestó, conteniéndose para dejar de sonreír como un idiota.
Cogió su cambio y se lo ofreció.
—Un dólar con treinta.
—Todo un mundo —murmuró Rhae, dejando que sus dedos se rozaran al intercambiar el dinero.
El roce fue mínimo, pero le subió por la mano igual que una descarga pequeña y estúpida. Tuvo que cerrar los dedos sobre las monedas para no quedarse mirando su propia palma.
—Que tenga un buen día, señor —lo despidió.
—Mejorará por la noche —prometió, cogiendo su bolsa.
Se rio mientras lo seguía con la mirada hasta que se perdió por las puertas.
—Es un bombón —dijo Gloria, acercándose.
—Basta —la cortó.
—No estoy diciendo nada, pero no tiene sentido ponerte a dieta cuando llevas toda la vida a régimen. ¡Dale un bocado a esa cereza!
—¿Qué cereza? ¿Qué dices? —soltó, alterado.
Gloria le puso la mano en el brazo y le dio un suave apretón.
—Digo que te conozco desde hace tres años y nunca te había visto sonreír tanto. Reconozco que su aspecto no es muy tranquilizador, pero esa sonrisa gigante que tienes cuando él llega no la había visto jamás.
—No digas tonterías —masculló, notando cómo sus mejillas ardían.
—Dylan, no tienes que contarme nada. Sé que eres muy reservado, solo digo que, si te hace feliz, deberías disfrutarlo.
Bajó la mirada a la cinta y pasó el siguiente producto dos veces sin darse cuenta. El aparato pitó con fuerza, Gloria soltó una risita y él decidió que odiaba tener compañeras con tan buen ojo.
—No me hace feliz —gruñó, anulando el producto con más fuerza de la necesaria—. Me complica la existencia.
—A veces es lo mismo —sentenció ella, volviendo a su caja antes de que pudiera discutirle nada.
La vio alejarse con la boca abierta, indignado por no encontrar una respuesta rápida. Eso también era culpa de Rhae. Antes siempre tenía algo que decir.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó cuando Rhae abrió la puerta de su casa después de cenar.
Miró el suelo brillante y el olor a desinfectante le llegó incluso con Rhae delante. Era tan fuerte que casi le pareció una trampa. También era la primera vez que no le daban ganas de desinfectarse los zapatos antes de avanzar.
—Te dije que hoy era seguro entrar —aseguró Rhae con diversión.
—No te creí —admitió, adelantándose para entrar al pasillo.
Todo estaba brillante: cristales, cocina, salón. No había nada fuera de lugar, ni basura, ni platos, ni cajas de pizza. Hasta el sofá parecía pertenecer a una casa normal y no a la zona de guerra que era normalmente.
—¿Por qué está todo tan limpio? —quiso saber.
—Visita de la agente de la condicional esta semana. No nos avisan, pero siguen un patrón —aclaró, cerrando la puerta.
—¿Dónde están los demás? —inquirió.
—Se llevan la fiesta a otra parte hasta que nos hagan la visita.
—¿Lo limpiaron ellos mismos?
—No, les pagan a unas primas de Carlos para que lo hagan —reconoció Rhae.
—Por supuesto —murmuró sin dejar de fijarse en todo—. ¿Ya les dijiste que te vas en unas semanas?
—No, todavía no —admitió—. Ya te dije que no les importará mucho, no somos tan cercanos.
—No sé yo. Se ofrecieron a pagarme cuando les dije que me debías dinero —lo contradijo.
—Sí, para esas cosas sí, pero, cuando llegué, les dejé claro que me iría en cuanto fuera libre, así que no creo que esperen otra cosa. Saben que esta es la última visita de mi agente.
Asintió, ignorando cómo se le encogía el estómago al escucharlo. Última visita sonaba demasiado definitivo para una conversación en un pasillo recién fregado.
—¿Ya viste ofertas de empleo?
—No, no hay nada que poner salvo que estuve en la cárcel y mi trabajo de portero. Es mejor que pueda hablar con ellos y me vean.
Asintió, odiaba no saber qué decir a eso. Odiaba todavía más que Rhae lo dijera sin lástima por sí mismo.
—¿A qué juego quieres jugar hoy? —planteó Rhae, abriendo la puerta de su habitación para hacerlo pasar.
—Pareces un poco cansado. ¿Por qué no ponemos una peli y vemos algo hasta dormirnos? —propuso.
—Estoy un poco preocupado —confesó él, cerrando la puerta y poniendo el seguro.
—¿Por qué? —soltó, sorprendido de que lo estuviera admitiendo.
Los dos se quitaron los zapatos, dejándolos al lado de la puerta.
—Mi agente me pide cartas de recomendación —explicó Rhae, sentándose en la cama.
—¿De qué?
—De mi buen comportamiento y de que tengo arraigo en la comunidad. Básicamente son cartas para asegurarse de que puedo reintegrarme en la sociedad.
—¿Y a quién vas a pedírselas?
—A mi jefe, a mi compañero y a Sam —respondió.
—¿Y por qué no me lo pediste a mí? —preguntó.
Rhae lo miró a los ojos antes de contestar.
—No quería que pensaras que algo de lo que hago por ti era para eso —admitió, reticente.
—Nunca lo pensaría, pero podría decir cosas buenas de ti —aseguró, convencido.
—¿Sí? ¿Como qué? —tanteó Rhae con gesto burlón.
—Puedo contarles que eres muy bueno haciendo arreglos. Eso sería bueno si trabajas en la construcción. Se te da bien trabajar la madera, eres rápido, no ensucias demasiado, prestas atención a los detalles y eres bueno improvisando para solucionar problemas. ¿Por qué pareces tan sorprendido?
—¿Eso es lo que piensas de mí?
—No es lo que piense o no. Es la verdad —replicó, encogiéndose de hombros.
Rhae lo atravesó con la mirada, todavía con ese gesto de sorpresa que rara vez se dibujaba en su cara.
La burla se le había ido de golpe, y verlo así, sin sus defensas en alto, le estrujó el corazón.
No parecía acostumbrado a que alguien hiciera inventario de sus virtudes. Menos aún a escucharlas en voz alta.
Se acercó a él, poniendo la mano en su brazo.
—¿Cómo te ves tú? —preguntó en voz baja.
—Así no —contestó Rhae, alzando la cabeza para poder mirarlo a los ojos.
Suspiró y tomó aire, poniendo las dos manos sobre sus hombros. No se apartó, pero tampoco pareció saber qué hacer con aquello.
—Pues a lo mejor tienes que cambiar de espejo. La buena noticia es que soy un experto buscando gangas, puede que encontremos uno a buen precio.
Rhae dejó salir una risotada amarga.
—¿Hay un espejo en tu lista?
—No, no. Soy demasiado guapo para molestarme en comprar un espejo mejor. Me desmayaría si pudiera verme bien —aseguró, muy convencido.
Esta vez su risa sonó como debía, abierta y áspera. Sonrió también y le pasó la mano por la mandíbula, enmarcándole la cara. La piel estaba caliente bajo su palma y la barba le raspó apenas los dedos. Le gustó demasiado que Rhae se quedara quieto para dejarlo hacerlo.
También le gustó que lo mirara, sin esa coraza puesta del todo, dejando que la broma le sacara un poco del sitio oscuro al que se había ido.
—Podría escribirte una carta —murmuró, antes de pensarlo demasiado—. Una buena. Sin mentir.
Rhae bajó la mirada a su boca un segundo y después volvió a sus ojos.
—No quiero deberte eso.
—No me deberías nada. Ya te he dicho que diría la verdad. Y la verdad es gratis, aunque te sorprenda.
—Contigo nada sale gratis —replicó, pero esta vez no sonó a queja, parecía divertido.
—Claro que no. Te cobraré en pollo frito y refresco. Soy barato, no tonto.
Rhae dejó de reírse, pero no se apartó de su toque.
Le hizo echar la cabeza hacia atrás y lo besó en los labios, firmes y ásperos.
Todo su cuerpo se revolucionó, pasando de frío a calor en solo un segundo, con un roce, con su aliento al tocar el suyo.
Le separó los labios con la lengua y Rhae obedeció, permitiendo la invasión.
No esperó a que se pusiera al día. Se sentó sobre él, poniendo las piernas a ambos lados de sus caderas, directamente en su regazo.
Rhae le agarró el culo de forma brusca, empujándolo hacia delante.
El subidón de adrenalina al sentir cómo encajaba entre sus fuertes muslos fue inmediato.
Dejó sus labios y se hundió en su cuello, besándolo y mordiéndolo, incapaz de contenerse.