CAPÍTULO 24 #3
—¿De la cárcel o de esa noche? —preguntó con calma.
—De los dos, más de la cárcel.
Él asintió en silencio, sin apartar la mirada.
—No tuvo que ser fácil.
La invitación a seguir hablando estaba allí y decidió confiar en que Dylan entendería. No había pena en su cara. Eso ayudó. La pena siempre le daba ganas de cerrar la boca o de partírsela a alguien.
—Al principio no. En el centro de menores me las apañé, pero cuando llegué a la cárcel era el más joven. Ya te dije que mi compañero de celda tenía cadena perpetua.
—Lo recuerdo.
—Él nunca me hizo daño, pero había reclusos que de vez en cuando la liaban. Tantos hombres rabiosos y violentos encerrados nunca acaban bien. A veces buscaban pelea solo para desahogarse y, cuando eres el más pequeño…
—¿Abusaron de ti? —preguntó Dylan de forma directa.
Hizo una mueca, porque no había mucha gente que se atreviera a preguntarle algo así sin rodeos. Dylan lo hizo sin bajar la voz, sin poner esa cara horrible de lástima. Solo preguntó y esperó su respuesta.
—Lo intentaron, muchas veces durante los dos primeros años, pero le tenían miedo a mi compañero y él los mantuvo alejados. Con el tiempo, me aseguré de poder defenderme y de golpear con fuerza cuando tenían ganas de fiesta.
Dylan asintió despacio, aceptando su extraña realidad.
—¿Qué hizo él?
—¿Quién?
—Tu compañero. ¿Por qué le tenían tanto miedo? —quiso saber.
Miró al suelo, indeciso. El café ya no quemaba, pero seguía sujetando la taza con las dos manos sin beber.
—Mató a tres hombres —reconoció.
—¿Por qué?
—Tres hijos de puta abusaron de su hija de doce años. Encontró a los tipos que lo hicieron y se cobró la venganza en su nombre. No tuvieron una muerte fácil, ni rápida.
—No puedo decir que sienta pena por ellos —opinó Dylan.
—Yo tampoco.
—¿Sigues en contacto?
—No. Pero se lo ofrecí, ¿sabes? Sin él, mi vida habría sido una pesadilla. Me evitó lo peor de la cárcel y me ayudó a salir antes.
—¿Él te dijo que no lo hicieras? —dedujo.
Asintió, dejando la taza sobre el escalón de arriba.
—Dijo que, cuando saliera, debía olvidarme de todo y vivir mi vida. Que no mirara atrás.
—Parece un buen consejo, generoso —concedió Dylan, poniendo su taza al lado de la suya—. ¿De qué era la pesadilla?
—De una paliza, en el baño, durante mi primera semana.
Un tío intentó asfixiarme contra el lavabo cuando me afeitaba.
Casi lo consigue, pero un guardia los pilló y me lo quitó de encima.
A veces lo recuerdo y me despierto sin respiración, sudando y todavía con el miedo en el cuerpo.
El recuerdo de estar allí, atrapado con esa gente, me obliga a moverme, a salir y a recordarme que ya no estoy dentro.
Dylan se quedó callado unos segundos. No apartó el brazo del suyo ni intentó tocarlo más. Solo siguió allí, sentado a su lado en unas escaleras rotas.
—Tiene sentido. Hay muchas noches en las que yo todavía escucho a alguien abrir la puerta de mi cuarto, acercarse y mirar. Sé que es imposible porque no vivo con nadie, pero son recuerdos de mierda. Tienes que aprender a vivir con ese miedo.
—¿Y qué haces tú cuando te ocurre? —preguntó.
—Enciendo la luz y compruebo que no hay nadie, con mi bate, claro.
Es una forma de decirle a mi cerebro que no pasa nada, que estoy a salvo.
A veces funciona, a veces no. No se puede ganar siempre, pero tampoco vas a perder todas las veces.
Hasta un reloj estropeado puede dar la hora alguna vez —razonó, encogiéndose de hombros.
Movió los hombros para aliviar la tensión. Se sentía mejor que después de su carrera y su charla. La pesadilla seguía ahí, en alguna parte, pero ya no sentía que le agarraban del cuello con tanta fuerza.
—Hoy trabajo de tarde. ¿Te apetece hacer algo? —sugirió Dylan.
—Sí, quiero ir a por madera para esa valla. Me gusta estar ocupado.
—Genial —aceptó—. Dime la verdad. No habíamos quedado tan temprano.
—No —admitió—. Lo siento.
Dylan le dio una palmada en la rodilla y le acarició la pierna con el pulgar. El gesto fue breve, pero le dejó la piel caliente bajo la tela.
—Puedes venir a mí siempre que quieras, no tienes que inventar nada. Solo ven y apaláncate en el sofá.
—¿Y qué pasa si estás en la cama? ¿También puedo apalancarme ahí?
Dylan dejó salir una carcajada que lo hizo sonreír. Era un sonido pequeño, medio ronco por el sueño, y aun así consiguió sacarlo un poco más de su cabeza.
—¿Has visto mi cama? Acabaríamos los dos en el suelo. No cabemos en mi colchón.
—Puedo ponerme encima o debajo —propuso.
Dylan volvió a reírse, poniéndose en pie.
—Vamos a medir esa valla antes de pasar a las posturas. Luego una ducha, porque apestas, y entonces podemos ir a por madera.
—Salí a correr —le recordó.
—Lo sé, no pasa nada. Ya me estoy acostumbrando a tu olor.
—Sé que te gusta —lo provocó.
Dylan cogió el metro y fue hacia la valla, así que lo siguió.
—Más quisieras.
—Me lo reconociste cuando estabas borracho —insistió.
—¿Y creías que lo decía de verdad?
—Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.
—Pues yo soy un borracho mentiroso. Asúmelo y sigue con tu vida.