CAPÍTULO 24 #2
Dylan le había escrito toda la noche, mensajes sueltos sin tema concreto, pero no había parado de hacerlo.
No era lo normal en él; solo le había enviado tantos mensajes juntos cuando hizo su maratón.
Al principio no le dio importancia, pero luego pensó que quizá era una forma de llamar su atención y quería compañía.
Tardaron casi otra hora en cerrar la discoteca.
Se subió a su camioneta emocionado por llegar a casa de Dylan, pero se sorprendió al encontrarlo todo a oscuras.
No había ninguna luz encendida, ni sombras moviéndose detrás de las ventanas.
Solo la casa tranquila, y la sensación de haberse hecho ilusiones solo.
Cuando estaba esquivando borrachos para entrar a su cuarto, recibió otro mensaje.
Lo abrió, extrañado de que le estuviera hablando.
Dylan:
¿Adivinas qué estoy haciendo?
Rhae:
¿Algo divertido de lo que puedas enviarme fotos?
Su siguiente mensaje fue una carita enfadada y un corte de manga, seguido de una foto de su vieja libreta sobre la cama.
Rhae:
¿Añadiste más cosas?
Se dio una ducha rápida y volvió a su conversación mientras se tumbaba en la cama.
Dylan:
Solo dos.
Rhae:
¿Cuáles son?
Dylan:
No te lo voy a decir, pero una cuesta veinte dólares y la otra setecientos.
Rhae:
Joder, qué diferencia. ¿Qué apuntaste?
Dylan:
Una estatua tuya de tamaño natural para poner en el jardín. Buenas noches, idiota.
Sonrió al escribir su despedida. Lo de la estatua era una estupidez, pero se imaginó a Dylan riéndose solo al escribirlo y eso le hizo sonreír.
Rhae:
No encontrarás ningún material tan duro como yo. Buenas noches, Dy.
Bloqueó el teléfono y se tumbó a dormir. Mañana averiguaría qué había añadido a esa infame lista suya. También le gustaría averiguar por qué una parte de él necesitaba saberlo tanto.
Se ahogaba. Los pulmones le palpitaban y ardían contra las costillas, furiosos por intentar conseguir una bocanada de aire. Ese cabrón apretó el antebrazo contra su cuello, intentando asfixiarlo.
Trató de defenderse, pero era más grande que él y mucho más fuerte.
Incluso a través del pánico que lo tenía lanzando puñetazos y patadas como podía, sabía que la pelea estaba perdida.
Aun así, no dejó de luchar, porque no pensaba rendirse.
Aunque supiera que iba a ser aplastado, pelearía. Siempre pelearía.
Abrió los ojos, empapado en sudor, y rodó por la cama intentando volver a respirar con normalidad.
El aire le entró de forma áspera y demasiado rápida.
Se puso en pie, precipitándose al baño, dando tumbos.
Encendió la luz y se apoyó en el lavabo, tocándose el cuello, esperando encontrarlo destrozado, pero su piel estaba limpia y sin moratones ni arañazos.
Metió la cabeza bajo el grifo y respiró despacio hasta que su mente volvió al presente. Las pesadillas se habían vuelto poco frecuentes, pero había temporadas peores que otras. Estaba acostumbrado, así que se puso una camiseta de tirantes y sus zapatillas antes de salir a correr.
Normalmente correr ayudaba. Le hacía recordar que ya no estaba en una jaula, que tenía libertad de movimiento, pero sabía que no era del todo cierto. Faltaban dos semanas para poder ser libre de verdad y tener paz por fin.
A veces pasaba eso: el pánico a ser encerrado de nuevo lo envolvía y despertaba su necesidad de estar en alerta. Su cabeza se activaba como si fueran a atacarlo en cualquier momento, igual que cuando estaba encerrado. Cualquier ruido parecía un aviso, cualquier sombra, una amenaza.
Se rindió cuando la noche empezaba a perder fuerza. Se quedó mirando la casa de Dylan. Estaba casi seguro de que era una mala idea, pero fue de todas formas y, por una vez, llamó a la puerta.
Dylan le abrió con el bate en la mano.
—Mierda, ¿por qué me asustas así? Siempre te pido que no entres sin llamar y decides hacerme caso a las seis de la mañana, ¿de verdad?
—Nunca acierto contigo —protestó.
—Te pasa por comportarte de forma rara —masculló Dylan, volviendo dentro sin molestarse en cerrar porque sabía que lo seguiría—. ¿Por qué vienes tan pronto?
—Pensé que estabas despierto —mintió—. Y quería adelantar algunas cosas.
Dylan lo miró sin comprender a qué se refería.
—¿Qué cosas? —quiso saber.
—Querías que viera la valla trasera para comprar la madera, ¿no?
—Oh, sí. ¿Te pedí que vinieras tan temprano? Soy un explotador, ¿por qué me haces caso? Dime que no —le ordenó, pegándole en el brazo—. Ya sé que hablamos de que soy irresistible, pero no puedes dejar que me aproveche de ti.
Lo dijo tan indignado que no pudo evitar reírse y, joder, le sentó de maravilla. La presión en el pecho cedió un poco, no del todo, pero lo suficiente para que el aire dejara de doler.
—No te creas tan especial —le aseguró.
—¿Estás aquí? Yo diría que sí, eso me hace súper especial. Anda, ve a por el metro y pondré la cafetera para los dos.
Fue hasta el armario del pasillo y cogió el metro de la caja de herramientas.
Salió al patio y fingió que estaba midiendo antes de sentarse en las escaleras traseras rotas.
La madera crujió bajo su peso, pero no se movió.
Apoyó los codos en las rodillas y miró el suelo hasta que los pasos de Dylan volvieron a acercarse.
—Toma —ofreció Dylan, pasándole una taza.
La tomó sin decir nada, esperando que le preguntara por la valla, pero Dylan solo se sentó a su lado, pegando su brazo al suyo. El café quemaba entre sus manos y el contacto de Dylan le hizo respirar un poco mejor.
—A veces tengo pesadillas —admitió.
Dylan lo miró. No parecía sorprendido.