CAPÍTULO 24
dylan
Se hizo una bolita mientras el dolor de cabeza lo devolvía al mundo de los vivos.
«¿Tengo gripe? ¿Por qué me encuentro tan mal?».
Se cubrió la cabeza con la sábana en un intento desesperado de que eso lo ayudara a sentirse mejor.
Al abrir los ojos, millones de dagas se le clavaron en ellos.
Quizá era un buen momento para ir al médico.
A lo mejor tenía un virus horrible que lo iba a enviar directo al hospital.
También podía ser la resaca, pero esa opción era menos dramática y, por tanto, menos útil en aquel momento.
Se sentó en la cama. Necesitaba llegar al botiquín y… se quedó quieto al ver sobre la mesilla una pastilla y una botella de agua. Miró alrededor y recordó al instante la noche tan extraña que había tenido. Gimió con vergüenza y se tomó la pastilla con un largo sorbo de agua.
Suponía que Rhae se estaría duchando, pero la puerta estaba abierta y no había rastro de él.
Pensó en esperarlo allí para no pasear por esa casa inmunda, pero, después de su lamentable espectáculo, lo mínimo que merecía era que se arriesgara a atravesarla.
Además, seguía llevando su ropa y eso complicaba bastante cualquier intento de fingir dignidad.
Cogió valor para asomar la cabeza por el pasillo. Todo estaba despejado, no había rastro de nadie. Al fondo llegaba un sonido raro, metálico, y supuso que Rhae estaría haciendo ejercicio. Al asomarse a la puerta trasera, comprobó que estaba haciendo pesas.
Por un segundo se distrajo mirando sus músculos tensarse, pero recordó la forma tan ridícula en la que se había puesto en evidencia unas horas antes y volvió en sí.
El sol del patio le golpeó la cara y el dolor de cabeza protestó con violencia.
Perfecto. Hasta la luz quería opinar sobre sus dudosas elecciones.
Tomó aire y salió al patio. Los ojos de Rhae se clavaron en él en cuanto escuchó la puerta.
La cerró a su espalda y esperó a que dijera algo. Rhae siguió levantando la barra sin dejar de mirarlo, pero sin hablar. Tenía la camiseta pegada al pecho y el sudor le bajaba por el cuello. No parecía enfadado.
—Creo que ayer bebí un poquito más de lo que pensaba —empezó.
—¿Un poquito? —repitió Rhae.
—Sí, los del trabajo me enviaron un mensaje para tomar algo y nunca voy porque no tenía tiempo, pero ayer me pareció una buena idea —confesó.
—No tienes que darme explicaciones, puedes hacer lo que quieras, Dylan.
—Ya lo sé, pero vine borracho a tu casa y te obligué a cuidar de mí. Lo mínimo es darte una explicación.
—Nadie puede obligarme a nada, lo hice porque quise.
Rhae estaba raro, pero era bastante normal después del circo que le había montado ayer.
—Ya lo sé, solo quería disculparme porque no estuvo bien abusar de tu confianza.
Rhae dejó la pesa y se sentó en el banco para mirarlo. El metal golpeó el suelo con un ruido seco que le atravesó la cabeza y le arrancó una mueca.
—No me importó cuidar de ti —afirmó con tanta seriedad que lo creyó al instante.
—¿Y por qué estás actuando tan raro? ¿Te cayó una pesa en la cabeza? —soltó, frustrado.
—No, Dylan. No me cayó una pesa en la cabeza. ¿Te acuerdas de algo de lo que pasó ayer?
Bajó la mirada a sus pies descalzos. Se había olvidado de buscar sus zapatos. Otro punto más para la lista de decisiones impecables.
—Es por eso. Ya… lo siento. No sé qué me pasó —se disculpó, notando cómo se le calentaban las mejillas.
—¿Por qué te estás disculpando exactamente? —quiso aclarar Rhae.
—Por tocarte en el baño. No es propio de mí, de verdad. Yo no hago eso —se justificó.
—No me importa que me toques, puedes hacerlo cuando quieras —le aseguró Rhae, cruzándose de brazos.
—¿Sí? —preguntó, esperanzado al ver que no lo había echado todo a perder—. Entonces, ¿qué te pasa?
Sus ojos negros lo atravesaron y la sensación de vértigo hizo que se le erizara la piel.
—¿Cuánto recuerdas de lo que pasó ayer? —lo presionó Rhae.
—Todo —contestó sin dudar, extrañado por su actitud.
—¿Todo?
—Sí, no suelo beber más de dos cervezas. No me sienta bien el alcohol y ayer bebí dos, otros dos chupitos de tequila de fresa y el de Mau, que creo que era de cerveza con vodka —enumeró. Solo decirlo en voz alta hizo que el estómago se le moviera por las arcadas.
Rhae entrecerró los ojos con desconfianza.
—Eso no es mucho. En tu casa alguna vez tomamos dos cervezas y no te pones así —le recriminó.
—Ya lo sé, es la mezcla de bebidas lo que me pone mal, pero recuerdo todo. Por eso no bebo, me deja hecho un asco.
—¿Y dónde entra el anotador es tu noche de juerga? —preguntó Rhae.
—¿Anotador? —repitió, desconcertado.
—Doscientos puntos —le recordó Rhae—. Máximo anotador en el bar.
—Ah, sí. Fue un concurso. Gané una ronda de chupitos gratis para todos gracias a las chicas.
—Las chicas con las que te besaste —apuntó Rhae.
Se quedó mirándolo en silencio. Era por eso. Por eso estaba actuando así. No pudo evitarlo y se echó a reír. Le dolió la cabeza al hacerlo, pero ni eso consiguió quitarle la satisfacción de haberlo entendido.
—¿Eso es lo que crees que pasó?
—Fue lo que tú dijiste —respondió Rhae.
—No, qué va. Entendiste todo mal —le aseguró, aliviado—.
A las chicas del trabajo se les ocurrió un concurso.
Teníamos que ir con chicas que no conocíamos y preguntarles quién era más guapo.
Tenían que elegir entre tres, y a mí me eligieron dos.
Fui quien tuvo más puntos, cien por cada chica, pero no pasó nada.
Algunos venían con sus parejas. Fue una tontería, no era nada sexual.
Rhae lo miró con desconfianza, pero él no podía parar de sonreír.
—¿Estabas celoso? —preguntó, acercándose.
—No —contestó Rhae demasiado rápido.
—Yo creo que sí. ¿Qué pasó con el tipo duro? Solías ser imponente. ¿Estás perdiendo la fuerza? —lo picó, parándose en medio de sus piernas.
—Mi fuerza está mejor que nunca, si quieres te la enseño —ofreció, poniéndole las manos sobre las caderas.
El pantalón le quedaba grande y caía muy abajo, por lo que los dedos de Rhae le rozaron la piel desnuda. El contacto fue pequeño, casi accidental, pero bastó para que dejara de burlarse durante un segundo.
—Recuerdo que ayer te hice varios ofrecimientos. Todos fueron rechazados. Creo que destrozaste mi autoestima —se quejó.
—¿Sí? —murmuró Rhae, tirando de él para acercarlo—. Hubieras tenido mejor resultado sin el alcohol.
—No lo sabía, eres un tipo difícil de entender —protestó, a pesar de que era consciente de que sabía que Rhae aceptaría cualquier avance y había sido él quien se echó atrás.
—Ayer dijiste que saliste de fiesta para olvidarte de mí —le reprendió Rhae en voz baja.
—Más o menos —concedió—. Necesitaba pensar.
—Nunca un beso dio tantos problemas —opinó Rhae, porque entendía a qué podía deberse su huida.
—Uno de los tuyos sí, y los dos sabemos que somos hombres problemáticos —replicó.
Los pulgares de Rhae le acariciaron la piel en círculos. Se le tensó el estómago bajo sus manos y su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.
—Siempre puedes retroceder —le recordó Rhae con toda la razón.
Negó y bajó la cabeza para acercarse a él.
—Pero solo quiero avanzar —admitió, bajando la voz—. Y estrellarme contra ti —susurró contra sus labios.
—¡Hada madrina! —gritó Mau desde el interior.
Saltó, alejándose de Rhae, y se giró hacia la valla para no mirar a la entrada, seguro de que los habían pillado. El corazón le golpeó tan fuerte que durante un momento pensó que la resaca iba a terminar matándolo allí mismo.
—Ya estáis levantados —dijo Mau, saliendo con dos cafés para llevar en la mano—. Hada madrina, te traigo algo para la cabeza.
Aceptó el café, desconcertado por la generosidad. El vaso estaba caliente entre sus dedos y olía lo bastante fuerte para atravesarle su jaqueca.
—¿No era un hada del bosque? —preguntó.
—También, puedes ser lo uno y lo otro —decidió Mau, mirándolo de arriba abajo—. Qué mierda llevabas ayer encima —se burló.
—Qué risa, me comporté como un idiota porque iba borracho. Yo podría reírme de ti todo el tiempo, estás siempre colocado. Voy a llamarte Hierbas.
La boca de Mau se abrió.
—¿Ese es mi mote? —quiso saber.
—Sí, te va perfecto —le aseguró.
—Mola —dijo en vez de enfadarse—. Voy a hacer que todo el mundo me llame así.
—Se supone que no tiene que gustarte —protestó.
—Flipo —soltó, sacando el móvil del bolsillo para teclear algo con rapidez.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Cambio mi nombre de perfil para que lo sepan todos —le explicó Mau, mostrándole la pantalla.
Volvió dentro riéndose, gritándole a Carlos que adivinara su nuevo mote.
—¿Qué le pasa a ese tío? —preguntó a Rhae, que ya bebía su café.
—No conseguirás cabrearlo —le advirtió—. Y es mejor así. Cuando se enfada hay que tenerle miedo. Digamos que los porros son terapia para su carácter.
—¿De verdad? —inquirió sin creérselo.
Rhae asintió.
—¿Te consigo algo de desayunar? —ofreció.
—Dios, no. No quiero pensar en comida. Solo quiero tumbarme en un lugar oscuro mientras me hace efecto la medicación o morirme ya, lo que sea más rápido.
Rhae dejó salir una carcajada. El sonido le molestó en la cabeza, pero también le aflojó algo en el pecho.
—Vamos a mi cuarto. Descansa mientras me ducho y luego te prepararé algo para la resaca.
—Sí, eso suena bien —aceptó.
Rhae lo llevó dentro. Ahora había voces en la cocina, pero los ignoraron para encerrarse a solas. El pasillo olía a café y a tabaco rancio, tuvo que concentrarse en no hacer una mueca demasiado evidente cuando volvió a tener arcadas.
—Descansa —le indicó Rhae—. Yo me encargo.
Se metió en la cama y cerró los ojos con gusto, seguro de que podía relajarse porque estaba a salvo.
rhae
—Tío, no dejas de mirar la hora. ¿Qué te pasa? —preguntó Phil.
—Nada —le aseguró.
—Pareces nervioso. ¿Hay algún problema? —insistió.
—No —contestó.
Volvió a mirar su móvil.