CAPÍTULO 23
dylan
—Gracias por traerme, chicos —contestó con torpeza mientras se bajaba del coche.
—No hay de qué —respondió Gloria desde el asiento del copiloto, al lado de su marido, que había ido a recogerlos—. ¿Seguro que es aquí? —preguntó insegura, mirando la pila de coches en el jardín.
—Sí, sí —aseguró, sacudiendo la mano—. Todo bien.
—Este sitio parece una fiesta. ¿Dónde está tu casa?
—Tranquila, voy a ver a alguien. No te preocupes, todo está bien. Nos vemos mañana por la tarde.
Cerró la puerta con fuerza y atravesó el jardín tropezando con sus propios pies.
El césped parecía más alto de lo normal o quizá sus piernas habían decidido complicarle la noche.
Una de las luces del porche le dio justo en la cara y tuvo que entrecerrar los ojos, molesto porque hasta las bombillas parecían estar de parte del enemigo, aunque no tuviera claro quién era ese.
Subió las escaleras con dificultad y se dejó caer contra la puerta principal. Le dio un par de patadas para hacerse escuchar por encima de la música, mientras se sostenía a la madera para mantenerse estable. ¿Por qué se movía tanto el suelo?
El niñato le abrió la puerta.
—¿Por qué estás siempre aquí, Pelos? —inquirió de malas maneras.
—Podría preguntarte lo mismo —replicó, señalándolo.
El chico lo miró de arriba abajo.
—¿Empezaste la fiesta antes de tiempo? ¡Carlos!, el hada rara está aquí.
Carlos se acercó a la puerta enseguida.
—Calvo —lo saludó.
Extendió la mano y le frotó la calva despacio.
—Brilla muchísimo —murmuró sin dejar de tocarlo. Era lisa, cálida y mucho más entretenida de lo que debería.
La cara de Carlos era un poema.
—¿Qué coño haces? —exigió, apartándole la mano.
—Creo que va colocado —opinó el chico, sonriendo de manera burlona.
—Puede ser —concedió Carlos, sin apartar la mirada—. Llama a Rhae —le ordenó, volviendo a pegarle en la mano cuando intentó tocarlo de nuevo.
—Sí, vamos a llamar a Rhae —lo animó, dando una palmada.
A eso había venido. A ver a Rhae. ¿Por qué no estaba ya allí? Había pensado en él toda la noche.
—¿Qué hacéis? —preguntó Mau, acercándose con un vaso de chupito de plástico en la mano.
—¡Fiesta!
Cogió el vaso y lo bebió de un trago, pero el suelo fue en su contra y se movió, haciendo que casi terminara de cara contra él.
Dos brazos lo agarraron con fuerza, evitando que se partiera la cara contra el suelo pegajoso.
—Quita —protestó, forcejeando con Carlos, que era quien lo tenía agarrado.
—¿Qué coño pasa? —soltó Rhae, apareciendo detrás de ellos con solo un pantalón puesto.
No sabía qué hora era, pero puede que ya estuviera acostado. Tenía el pelo revuelto y la marca de la almohada en una mejilla, y aun así su estúpido cuerpo decidió que era un buen momento para alegrarse de verlo.
—Creo que va pasado de algo —advirtió Carlos, intentando que no le pegara.
—Dylan. Dylan, para —le ordenó Rhae, cogiéndolo del brazo.
No se resistió. Dejó que él lo moviera, quedándose quieto mientras le agarraba la cara para verle los ojos de cerca. Sus manos estaban firmes, pero no le hicieron daño. Eso lo calmó un poco y le enfadó otro poco más.
—¿Están dilatados? —preguntó Mau.
—No te me acerques —le ordenó, empujándole la cara.
—Para —le pidió Rhae, agarrándolo—. No parece que los tenga. Dylan, ¿tomaste algo? —quiso saber.
—Cerveza, toda la que quieras a un pavo. Es noche de fiesta —le dijo, agarrándole la cara para que entendiera algo muy importante—. El calvo tiene una piel muuuy suave. Se la toqué —añadió en lo que él creía que era voz baja.
—¿Qué te tocó? —interrogó Rhae, mirando a Carlos con cara de pocos amigos.
—La cabeza —aclaró él, levantando las manos en son de paz.
—Ese colocón no parece solo de cerveza —opinó Mau—. Y acaba de tomarse mi chupito como agua.
—Chupito. ¡Sí! Tequila de fresa, es lo mejor que he probado en mi vida —le aseguró, agarrándolo del cuello para tirar hacia él—. Fresaaaa —le susurró en la cara. Le dio un golpecito en el pecho con el dedo para subrayar lo importante que era aquella información.
—Está borracho —dictaminó Rhae, separándose de él—. Le apesta el aliento a alcohol.
—Vamos a seguir la fiesta —decidió, intentando entrar en la casa.
—¿Quiere entrar? Tiene que estar borrachísimo —comentó Mau—. ¿Le damos un porro para equilibrarlo y que se calme?
—No —cortó Rhae, fulminándolo con la mirada—. Y que no te vuelva a escuchar ofreciéndole mierda. ¿Me oyes?
—Era una broma —prometió Mau, retrocediendo un paso.
—Llévalo a su casa a que duerma la mona —sugirió Carlos.
Rhae frunció el ceño, pero no dijo nada. Lo alzó en brazos, echándoselo al hombro, y volvió a su cuarto. La habitación se movió a trompicones alrededor de su cabeza y, aun así, reconoció el olor de Rhae en cuanto lo tuvo cerca. Eso también era bastante injusto, nadie debería oler así de bien.
—Adiós —se despidió con la mano—. ¡Fiesta!
Tiró besos a todos los que bailaban en el salón y la cocina, y ellos lo jalearon con entusiasmo.
—¡Qué cogorza llevas, hada del bosque! —se rio Mau—. Tienes que contarme qué polvos mágicos tomas.
Le hizo un corte de manga mientras cruzaban la puerta. Rhae lo dejó con suavidad en la cama, tumbado boca arriba. El colchón recibió su peso con un rebote pequeño que le dio risa sin saber por qué.
—¡Fiesta! —gritó, levantando los brazos.
—¿De qué fiesta sales tú? Te dejé en casa e ibas a ver fotos de jardines y plantas —le reclamó Rhae.
—Jardines, sí. Iba a hacer eso, pero cambié de opinión —le aseguró.
—Si querías tomarte una copa, pudiste llamarme.
—Se trataba de olvidarme de ti. No tendría sentido llamarte y que fuéramos juntos —le contestó, riendo.
—¿Olvidarte de mí? —repitió Rhae, mirándolo.
—Solo por un ratito —le explicó, juntando los dedos para marcar que era muy poco. Le costó mantenerlos quietos, así que acabó riéndose de su propia mano.
—¿Puedo preguntar el motivo o también lo olvidaste?
—¡No! Lo recuerdo muy bien, pero no te lo puedo decir —aclaró. Puso el índice sobre sus labios—. Es un secreto.
—¿Tiene que ver con lo que pasó esta mañana?
—Puede ser —admitió.
Se sentó en la cama con dificultad y le puso las manos en el estómago.
—Creo que estoy un poco mareado. Puede que las alitas de pollo me sentaran mal.
Rhae volvió a fruncir el ceño.
—Seguro que fue eso. Vamos a lavarte la cara —decidió.
Lo agarró de la cintura y tiró de él para levantarlo, ayudándolo a andar. Lo dejó frente al lavabo y lo hizo apoyarse para abrir el agua fría. El baño olía al jabón de Rhae, lo que no ayudó nada a que la cabeza dejara de darle vueltas.
—Mete la cabeza debajo.
—¿Y si me ahogo? —protestó, indignado.
—¿Con el grifo? Difícilmente, pero prometo salvarte si eso hace que te sientas mejor —le prometió con diversión.
Lo miró con interés, acariciándole el pecho.
—¿Vas a hacerme el boca a boca? —preguntó, intentando sonar seductor a pesar de que le patinaba la lengua.
—No con ese aliento —le contestó Rhae, riendo—. Ni mientras estés borracho.
—Qué delicadito eres —le devolvió las palabras que siempre le decía y se rio con felicidad, mirándose al espejo—. Soy guapo, ¿a que sí? Creo que no estoy mal, pero esta noche le entré a una chica y me dijo que no soy su tipo.
—¿Intentaste ligar con alguien? —quiso saber Rhae, con gesto incrédulo.
—Con tres —le dijo, asintiendo.
—¿Con tres? —repitió.
—Sí, saqué mis mejores trucos y conseguí llevarme a dos —presumió, satisfecho.
Rhae abrió la boca con sorpresa.
—¿Te llevaste a dos chicas? —comprobó.
—¡Sí! Doscientos puntos y lo gano todo. Fui el ganador de la noche, el mejor anotador del partido —declaró con orgullo. Alzó un dedo para reforzar la explicación, aunque no estaba del todo seguro de estar explicando nada bien.
—¿Y querías que te hiciera el boca a boca? Creo que deberías dejar descansar a tu lengua —masculló con molestia.
Rhae le pasó el enjuague bucal del mueble y lo abrió para que pudiera usarlo.
Obedeció y Rhae aprovechó para ayudarle a echarse agua en la cara y la nuca. El frío lo espabiló lo justo para protestar por dentro y no demasiado por fuera. También lo hizo estremecerse, así que se agarró al borde del lavabo con una dignidad bastante cuestionable.
—¿Mejor? —preguntó Rhae.
—Creo que sí —aceptó.
—Puedo traerte café —le ofreció, sujetándolo mientras se enderezaba.
—No quiero café. Creo que voy a ducharme —anunció, intentando llegar a la ducha.
—No me parece buena idea. Podrías resbalar —le advirtió Rhae.
—Lo haré despacio, quiero estar fresco. Tengo calor. Había mucha gente y apesto a bar y sudor—le dijo, levantando el brazo para comprobarlo.
—No me importa tu olor —le aseguró Rhae—. Además, con lo mal que dices que huelo, no creo que te moleste demasiado tu propio aroma.
—¿Te cuento un secreto? —preguntó, mirándolo.
Rhae esperó, sin apartar las manos de su cintura.
—Hueles muy bien —confesó, sujetándose a él—. Me encanta tu olor y es raro porque yo no me fijo en esas cosas —aseguró, pegando sus cuerpos. Apoyó la frente un segundo contra su pecho, solo porque estaba cerca y porque el mundo se movía menos así.
—¿Y las chicas de hoy? ¿Olían bien? —lo interrogó.
—No lo sé. Te lo acabo de decir. No me fijo en eso —contestó después de pensarlo—. Supongo que, si lo hacían, olían bien. Las chicas suelen oler bien.
—En general, sí. Métete a la ducha y me quedaré aquí por si necesitas algo —le indicó.
—Sí, me gustaría eso —aceptó.
Se apartó lo justo para quitarse la camiseta. La tela se le enganchó un momento en la cabeza y tuvo que pelear con ella, resoplando, hasta que consiguió quitársela.
—¿Me frotarás la espalda si te lo pido por favor?
Rhae lo miró fijamente a los ojos.
—No. Dúchate y ten cuidado, no quiero que te abras la cabeza.
Lo llevó a la ducha y se dio la vuelta.
—No me importa si miras. Yo te miré ayer —tuvo que recordarle.
—Lo sé —le aseguró Rhae, pero aun así no se giró.
Sonrió sin poder evitarlo, torpe y un poco aturdido por el alcohol. Era muy difícil odiar a alguien que olía bien, no miraba cuando no debía y aun así seguía allí por si se caía.
Tardó un poco más de lo normal, pero consiguió ducharse sin hacerse daño.
—¿Me puedes pasar una toalla? —pidió, un poco más despejado gracias al agua fría.
Rhae se la ofreció sin girarse.
—Ahora me siento mejor —dijo, mientras se secaba.
—Iré a tu casa y cogeré algo de ropa para que puedas dormir.
—¿Déjame algo tuyo o te doy asco? No tengo piojos, ni garrapatas, ni nada —le prometió con seriedad.
Rhae dejó salir una risa divertida.
—No eres un perro para tener garrapatas. ¿Por qué ibas a tener piojos?
—No sé, estás ahí todo raro y tieso igual que una farola. ¿No se supone que estás loco por mí? Deberías estar intentando echar un vistazo y no giraste la cabeza ni una sola vez. Te estuve vigilando —le reclamó, irritado.
—Eso es de salidos o guarros y no soy ninguna de las dos cosas —aseguró.
—Dijiste que te gustaba mirar.
—Solo cuando me invita alguien que sabe lo que está ofreciendo —dijo Rhae con calma.
—Pero yo quiero que me mires —insistió.
—Voy a pasar, pero puede que me lo piense cuando no sea el alcohol el que hable —decidió Rhae.
Dejó de secarse, porque le parecía una pérdida de tiempo con el calor que tenía.
Optó por hacer algo mucho más interesante.
Le pasó las manos por la espalda, que era inmensa, y apoyó la mejilla en su hombro.
Metió las manos por debajo de sus brazos y se pegó a él por completo.
La piel de Rhae estaba seca y caliente bajo sus dedos.
—¿Puedo mirarte yo a ti o eso no te gusta? —preguntó, acariciando su pecho con manos ansiosas.
—Eres un borracho demasiado cariñoso. Ahora entiendo por qué acabaste metiéndole la lengua a medio bar —opinó.
—¿Qué más da? Yo solo quiero besarte a ti.
—Habría estado bien que me dijeras eso antes de ir a emborracharte y liarte con gente. Perdona si no estoy muy emocionado ahora mismo. Te traeré algo —respondió, retirando sus manos con suavidad.
Frunció el ceño mientras lo veía irse. ¿Por qué no quería quedarse a su lado? Tenía la respuesta en la punta de la lengua, pero estaba demasiado borracho para atraparla y era demasiado orgulloso para pedirle que volviera.
Rhae volvió con un pantalón y una camiseta.
—No puedo dejarte mi ropa interior, eres más estrecho que yo —se disculpó.
—No me importa, no suelo usarla después de la ducha —admitió, poniéndose la ropa mientras Rhae volvía a darle la espalda—. Listo. Creo que ya puedo irme.
—¿Por qué viniste aquí en vez de irte a tu casa? —quiso saber Rhae.
—Tú estabas aquí —contestó, pasando delante de él.
Se tumbó en la cama y dejó que el aire acondicionado lo refrescara. La camiseta le quedaba grande y olía a jabón, un poco a tabaco y a él. Cerró los dedos sobre la tela antes de recordar que no debía hacer cosas raras.
—Creo que es mejor que te quedes. Podrías caerte o ponerte a vomitar. Prefiero vigilarte —le dijo Rhae, mirándolo con preocupación.
—No es para tanto. Solo bebí unas cuantas cervezas y un par de chupitos, no suelo beber y creo que no me sentó bien.
—Ya —murmuró Rhae, frunciendo el ceño—. Te emborrachaste porque querías olvidarte de mí —le recordó.
—Solo un poco. Necesitaría mucho alcohol para eso y no se me da bien beber. Aunque tuviera mucho aguante, no creo que haya suficientes botellas para que pueda olvidarme de ti.
Se puso de costado y se abrazó a la almohada que olía a él, hundiendo la cara en la tela. El olor estaba por todas partes y, por una vez, no tuvo fuerzas para fingir que le molestaba.
Rhae negó con la cabeza mientras lo observaba.
—Vas a hacer que pierda la cabeza —admitió en voz baja.
Sonrió a pesar del sueño.
—No pasa nada. Lo pensé mucho hoy. Creo que a veces está bien volverse un poco loco, olvidarse de todo y pasarlo bien. Hay que disfrutar del tiempo que nos quede juntos.
El sueño lo obligaba a cerrar los ojos, pero alcanzó a ver cómo Rhae dejaba de moverse al escucharlo, antes de quedarse dormido.