Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

dylan

Fue incómodo. No sabía qué hacer después y no era una persona cariñosa, así que se levantó de la cama y huyó al baño para darse otra ducha con su mochila, donde tenía la ropa del día anterior.

Cerró la puerta demasiado rápido y se quedó un segundo apoyado contra ella, escuchando su propia respiración.

Se tranquilizó frente al espejo y, cuando salió, Rhae estaba hablando por teléfono. Señaló la ventana para decirle que se iba, pero él le hizo un gesto para que no se marchara.

—Vale, tío. Te veo ahí —se despidió de quien fuera.

—Ya me voy, tengo que ir a trabajar —mintió sin pena.

Necesitaba poder estar a solas y procesar que era muy posible que estuviera enamorado de un hombre. Quería entrar en pánico sin testigos. Con calma, a poder ser tumbado en su propio suelo y mirando el techo hasta que su cabeza dejara de comportarse como una traidora.

Rhae le dedicó una larga mirada.

—No es verdad. Estás de día libre —replicó.

Lo observó, buscando en su mente si se había saboteado a sí mismo diciéndole su turno.

—No te esfuerces, me lo dijo el de seguridad —lo cortó Rhae.

—Estúpido Howard, ¿por qué es tan sociable? Pareces un pandillero, debería perseguirte, no andar contándote a qué hora voy —protestó, indignado por la traición.

—Mentiroso —lo acusó Rhae.

—Acabas de estar con un hombre, ¿no estás nervioso? —lo pinchó.

Rhae miró al techo mientras se levantaba.

No pudo evitar admirar su cuerpo. Ahora sabía qué se sentía al tenerlo contra el suyo, el calor que emitía su piel, su olor empapando la propia, el sonido de su voz cuando se corría…

y eso era información que su cabeza no estaba preparada para guardar en la zona de cosas normales.

«¡Mal! ¿Qué me pasa?», se sancionó a sí mismo.

—Me voy —anunció, huyendo.

Rhae lo rodeó por completo con sus brazos, pegándose a su espalda.

—Si te hubiera follado, no podrías ponerte de pie —le susurró al oído—. No le des tantas vueltas, nos divertimos. No hay que pensarlo tanto.

Su primer impulso fue lanzarle un insulto, pero Rhae lo interrumpió.

—El sexo sirve para quitarse la frustración —añadió—. ¿No estás más relajado?

—No estaba frustrado —contestó, retorciéndose para alejarse.

—Puede que yo sí —le confió Rhae.

Intentó no sonreír, pero las comisuras de su boca se movieron hacia arriba.

—Deberías darme las gracias. Está claro que tú saliste más beneficiado.

Otro día más en el que su boca lo metía en problemas, pero ya era tarde para retirarlo.

Rhae tiró de él hacia atrás, pegando sus cuerpos de nuevo.

—Gracias, Dy —le susurró al oído.

Sus dientes le rozaron la piel bajo la oreja y le fallaron las rodillas. Habría acabado en el suelo si no fuera por los brazos de Rhae, que lo mantuvieron erguido.

Le tembló todo, por dentro y por fuera. No solo por su voz, que era una maldita bomba de destrucción masiva, tampoco por ese pequeño mordisco. Fue el apodo. Dy. Nadie se había molestado en ponerle uno. Dos letras ridículas y ya estaba hecho polvo. Patético, pero ahí estaba.

Se salvó de hacer el ridículo gracias a que el móvil volvió a sonar desde la cama.

—No te vayas. Tenemos que ir a un sitio —le ordenó Rhae.

Lo soltó despacio, dándole unos segundos más, y cogió el móvil mientras se iba al baño.

Se sentó sobre la cama, mirando la puerta con incredulidad mientras la sonrisa le ocupaba la cara. Se tapó la boca con la mano, por si aquella expresión tan estúpida seguía allí cuando Rhae saliera.

—Tenemos que ir a ver a Sam, el mecánico —avisó Rhae desde el baño.

—Yo no tengo que hacer nada —protestó—. ¿Compró más coches?

—Sí, necesita que alguien lleve la grúa.

—Y ese alguien vas a ser tú. No quiero que me pille la pasma en medio de vuestras movidas.

—Te dije que es legal, tiene papeles y todo. ¿Quieres que se los pida? —le planteó.

—No, porque no voy a ir.

Rhae salió del baño con solo una toalla.

—¿Por qué estás siempre desnudo? —preguntó, girando la cabeza.

—¿Por qué estás siempre mirando? —contraatacó Rhae, moviéndose por la habitación para vestirse.

—Yo no te miro —masculló, cruzándose de brazos.

—Yo a ti sí. Vamos, nos están esperando —le indicó mientras apagaba el aire.

—No voy a ir a ningún sitio.

Rhae puso los ojos en blanco. Lo alcanzó en dos pasos y se lo echó al hombro, cogiendo la mochila con la otra mano.

—Eres un idiota —protestó, aunque apoyó las manos en su espalda para no resbalar.

Escuchó su risa mientras abría la puerta y atravesaba el pasillo. De refilón vio a los otros tres durmiendo por los sofás junto a algunos desconocidos.

—Es muy temprano para algunos —le comentó Rhae cuando lo metió dentro de la camioneta—. Apenas son las once, no volverán en sí hasta pasado el mediodía.

—Bien por ellos —masculló, poniéndose el cinturón de mala gana.

—Cambia esa cara o la gente pensará que te estoy secuestrando. Te compraré un dónut —intentó persuadirlo Rhae mientras arrancaba.

—Relleno de mermelada de fresa —pidió—. Y un café doble con crema.

—Hecho. Cuéntame algo —propuso Rhae, pillándolo por sorpresa.

—¿Tú quieres que te hable? ¿No estás harto ya de mis desvaríos? —soltó con diversión.

—No, me gusta saber qué es lo siguiente en tu lista —admitió Rhae.

—Muy bien, pues prepárate, porque estoy lleno de ideas —lo amenazó antes de lanzarse a un monólogo sobre lo que todavía podía hacer con una inversión baja.

Podía haberlo dicho solo para ser amable o para relajar su evidente nerviosismo, pero Rhae hizo preguntas y le dio sus propias ideas.

No muchas, porque seguía siendo Rhae, pero las suficientes para demostrar que estaba escuchando de verdad.

No se limitaba a conducir y asentir. Lo miraba un segundo, volvía a la carretera y preguntaba justo por la parte importante.

Se quedó en el coche mientras Rhae y Sam hablaban con otros dos chicos. Cuando Rhae volvió, le indicó que lo siguiera con la camioneta; así no tendrían que traerlos de vuelta a por ella.

La casa quedaba un poco lejos, pero fue escuchando música mientras se esforzaba por no pensar en nada. Quería examinar lo que había pasado a su manera, pero aquel no era el momento.

—Gracias por ayudarme, tío. Pasa, mi primo está preparando unas hamburguesas —escuchó que le decía Sam cuando abrió la puerta para estirar un poco las piernas.

—No, tenemos que irnos. Dylan tiene que irse —intervino Rhae, señalándolo.

Lo miró sorprendido por la mentira, pero Sam se giró hacia él.

—¿Quién es Dylan? Eres tú —reconoció, sonriéndole—. Tuve varios que vinieron de tu parte. ¿Qué tal está tu coche?

—Mejor que nunca, gracias a ti —contestó con sinceridad.

—¿Seguro que no queréis comer nada? —volvió a insistir Sam.

—Debería irme, tengo varias cosas que hacer —mintió, cubriendo a Rhae.

Sus ojos se vieron atraídos por una planta frondosa y verde que estaba a un lado del jardín. Tenía las hojas grandes, brillantes, y parecía demasiado sana para estar soportando aquel calor sin quejarse.

—¿Qué planta es esa? —se interesó, señalándola.

Sam se giró para mirar.

—Ni idea, mi madre adora las plantas, están por todas partes. ¿A ti también te interesan? —quiso saber, observándolo con curiosidad.

—Me flipan. Estoy haciendo mi propio jardín, empecé con el césped y ya está creciendo. Estoy buscando plantas que sean fáciles de cuidar. ¿Puedes preguntarle el nombre a tu madre?

—Claro, tío. Ella está dentro, pasa y le preguntamos —lo invitó Sam, señalando la puerta.

Miró a Rhae para saber si le parecía bien que entraran. Él asintió, aceptando.

Sam no mentía cuando dijo que su madre era amante de las plantas.

La señora no dejó de darle consejos mientras comían e incluso insistió en darle varias macetas para que pudiera llevárselas.

Le habló de sombra, de raíces, de no ahogarlas con agua por ponerse nervioso, y él intentó memorizarlo todo sin parecer demasiado emocionado.

Aun así, acabó preguntando más de lo razonable. Cuando se despidieron de ellos ya era media tarde, pero llevaba en la camioneta más de diez plantas que pronto ocuparían su jardín.

—Dylan —lo llamó Rhae.

—¿Qué? —reaccionó con rapidez.

—Te estoy hablando desde hace cinco minutos. ¿Dónde estabas?

—Te estoy prestando atención, solo me despisté un poco —aseguró—. Repítemelo, o mejor hazme un resumen.

Rhae se rio, negando con la cabeza.

—Estabas pensando en tu jardín —dedujo.

—Es que esa mujer es muy generosa. ¿Sabes cuánto dinero valen esas plantas? Le ofrecí darle algo, pero me dijo que le hacía un favor porque no tenía dónde ponerlas. Encima me explicó cómo plantarlas sin hacer una carnicería vegetal. Eso vale dinero.

—Son buena gente, todos ellos —opinó Rhae.

—Sí, muy simpáticos. ¿Cómo lo conociste? —preguntó.

—Me lo recomendó mi jefe. Antes llevaba un jeep muy viejo que no dejaba de averiarse. Me ayudó a arreglarlo para venderlo y con el dinero me eligió esta camioneta. Tuvo que rehacerla casi por completo. Es un tío decente.

—Viniendo de ti, eso es todo un halago.

—¿Estás celoso? —tanteó Rhae con malicia.

—¿Por qué? ¿Te tiras el rollo de gallito y luego vas besando a cada hombre que conoces?

—Podría ser —lo pinchó Rhae.

—Eres odioso —decidió.

—Tú eres peor porque te gusta —replicó Rhae, con razón.

—Solo te aguanto porque tienes mis plantas en tu camioneta.

—No las habrías conseguido si no fuera por mí. Mereció la pena acompañarme.

—Bueno, conseguí desayuno gratis, me corrí y me llevo unos ochenta pavos en plantas. Es un buen día —resumió.

Rhae aprovechó el semáforo para mirarlo lleno de incredulidad.

—Te está bien empleado por chulito —presumió al verle la cara de sorpresa. Le encantaba cogerlo con la guardia baja.

—Puede que sí —concedió Rhae.

Todavía se reía mientras aparcaba detrás de su coche.

—¿Vas a plantarlas ahora? —quiso saber Rhae mientras las ponían en el porche.

Miró las macetas alineadas junto a la puerta y sintió una emoción absurda, casi infantil.

Había llegado a aquella casa con un césped muerto y cuatro ideas apuntadas en una libreta.

Ahora tenía plantas de verdad, tierra bajo las uñas y a Rhae descargándolas con cuidado para que no se rompieran las ramas.

—No, las plantas eran caras y, como son decoración, no estaban en mi lista de prioridades, así que no tengo un plan. Ahora me meteré en internet y buscaré ideas. Lo haré pronto —decidió—. No voy a dejarlas ahí sufriendo mientras tú las miras con esa cara de no saber valorar un regalo tan valioso.

No tenía que contener su emoción por sentirse feliz por algo tan ridículo. Por una vez, nadie le estaba diciendo que era una tontería ilusionarse por unas macetas.

—Está bien, te dejo con tu investigación. Voy a entrenar un rato —avisó Rhae.

—Vale —contestó, subiendo las escaleras—. Nos vemos mañana.

Cerró la puerta y se asomó a la ventana hasta que la camioneta se perdió de vista. Se tumbó en el sofá, cubriéndose los ojos con el brazo.

Necesitaba pensar bien lo que iba a decir, meditar y tomar una decisión. Eso era lo que siempre hacía, lo mejor para él. ¿Qué significaba que no quisiera hacerlo? Sabía qué era lo que tenía que hacer, pero, por una vez, no quería tomar una elección racional.

Quería hacer algo solo porque quería, algo para él, temerario y arriesgado, pero sabiendo que, en realidad, estaba a salvo.

No del todo, claro, porque si bien no podía pasarle nada malo físicamente hablando, Rhae tenía todo el potencial para destrozarlo.

Debía echarse atrás y coger la carretera que más lejos lo llevara de él, pero quería conducir directo a su puerta y tirar la llave con ellos dentro.

Se estaba comportando como un idiota. No era un quinceañero, no era su primera vez pasando el rato con alguien, pero ese vértigo que le nublaba el juicio cuando Rhae estaba demasiado cerca era nuevo y lo hacía sentirse más vivo que nunca.

También más estúpido, más blando y mucho menos dueño de sí mismo.

Igual que cuando descubrió lo placentero que podía ser tocarse a sí mismo, ahora que sabía lo que era, no quería parar.

No era un idiota, así que se preocupaba de que sus compañeras de juegos también pasaran un buen rato, pero no estaba interesado en ellas más allá de compartir el tiempo justo antes de correrse.

La intimidad y las charlas no eran lo suyo.

A la gente no le interesaba hacer conexiones, nadie quería saber los problemas de los demás y ese era uno de los motivos por los que tampoco entablaba relaciones.

Si era honesto, tampoco le interesaba conocer la vida de nadie; bastante tenía con aguantarse a sí mismo.

Rhae era un tema diferente. No hablaba mucho, pero le gustaba escucharlo hablar y nunca desconectaba. Entendía las cosas que él no decía en voz alta para no dar lástima, porque no había nada peor que ver a la gente mirándolo con esa emoción y ese gesto de desprecio escondido en la mirada.

Rhae lo comprendía, tomaba cualquier cosa que dijera o viera en su casa con naturalidad y sin darle importancia a nada. Incluso cuando decía algo que podía resultar fuera de lugar. No intentaba arreglarlo con frases bonitas ni convertirlo en una desgracia. Solo lo aceptaba y seguía a su lado.

Suspiró y miró al techo, en busca de respuestas para el torbellino de preguntas que tenía dentro.

No tenía nada, solo recuerdos de gemidos y besos que le consumían desde algún lugar demasiado hondo.

Cerró los ojos, pero eso fue un error. Lo vio igual.

La boca de Rhae, sus manos, la forma en que lo había llamado Dy contra su oído.

Su móvil sonó y lo sacó para comprobarlo. Era el chat del trabajo.

Suzy:

¡Esta noche copas en el Xisty, toda la cerveza a un pavo!

Era común que sus compañeros fueran de vez en cuando a tomar copas juntos. Él nunca iba porque casi siempre trabajaba y necesitaba el dinero. Ahora podría hacerlo, pero sería raro si aparecía.

Empezó a escribir la misma disculpa de siempre y la borró de repente para escribir de nuevo. Se quedó mirando el hueco vacío del mensaje unos segundos, con el pulgar quieto sobre la pantalla. Podía decir que no. Era lo fácil. Lo de siempre.

Dylan:

Me apunto.

Llegaron emojis de respuesta. Bloqueó la pantalla y fue a cambiarse. Puede que necesitara un cambio de aires esa noche y olvidarse por completo de todo. O fingirlo un rato, que a veces era casi lo mismo.