CAPÍTULO 21
dylan
Se consideraba una persona paciente y con buen juicio. En su vida había tenido que hacer uso de esas dos cosas muchas veces para no perder perspectiva y seguir adelante, pero, cuando se trataba de Rhae, no podía tener una ni usar el otro.
Consiguió ignorarlo otras veinticuatro horas, hasta que por fin se dio por vencido y las ganas de verlo ganaron.
Querer verlo no era lo mismo que admitir la derrota, así que esperó a ver su camioneta pasar antes de ir a su casa.
Todo iba bien hasta que vio su ventana cerrada y sus planes se fueron a la mierda.
Dejó la mochila al pie de la ventana y fue a llamar a la puerta, molesto por tener que hacer aquello como una persona normal.
Le abrió el chico.
—Mierda, siempre eres tú —protestó al verlo.
—Tú no eres precisamente un regalo para la vista. ¿No te peinas nunca? Podrías criar pájaros en esa cosa que llamas pelo —soltó, señalando sus mechones revueltos y de punta.
—Joder —murmuró el chico, atusándose el pelo y consiguiendo que estuviera aún peor.
—Y dúchate. ¿Por qué no se ducha nadie en esta casa? —preguntó, indignado—. Pelos, llama a alguien adulto.
—Carlos, el tipo hada raro está aquí —avisó, exasperado el pobre chaval.
Carlos salió a la puerta, mirándolo con diversión, mientras se comía una manzana. Ni siquiera parecía sorprendido de verlo allí, lo que decía mucho de aquella casa y nada bueno de su propia dignidad.
—Hada, pasa —lo invitó.
—Prefiero que me claves ese cuchillo en el ojo y lo retuerzas —respondió, señalándolo.
—Son muchos detalles para pensarlo ahora —opinó Carlos—. ¿Quieres un porro? —ofreció.
—¿Quieres saber lo que prefiero a tomarme tu porro? —preguntó con sorna.
—Mejor no, aunque tengo un poco de curiosidad.
—En fin, Calvo, ábreme la ventana de Rhae. Voy a colarme por ella —le advirtió.
—O puedes usar el pasillo —le reclamó el chico, señalando la puerta del cuarto de Rhae.
—¿No te mandé ya a ducharte y peinarte, Pelos?
—¿Él es Pelos? —preguntó Carlos, desconcertado.
—Y tú, Calvo. Pronto podréis poner una peluquería, felicidades. ¿Me abres la ventana para evitar ir a por una escalera?
Carlos se quedó mirándolo, procesando las palabras, pero se oyó la risa de alguien.
Mau sacó la cabeza por la puerta, riéndose.
—¿Y yo qué soy? —quiso saber.
—Todavía no tengo el tuyo, está en proceso —contestó sin dudar.
—Juro que cada vez que hablo con este tío acabo con dolor de cabeza —admitió Carlos, rascándose la calva.
—No es por mí —se defendió—. Son los porros.
—Dime mi nombre cuando lo sepas, me interesa —le pidió Mau—. Iré a abrir la ventana.
—Pero que use la puerta —protestó el chico.
—No puedo, me lo prohíbe mi religión —respondió muy serio.
—¿Qué religión es esa? —lo interrogó el chico.
Ignoró a los otros dos y fue a por su mochila. La tiró dentro en cuanto Mau se apartó y subió sin problemas. El marco le raspó un poco la rodilla al entrar, pero no le dio importancia; había tenido aterrizajes peores y con menos público.
—Gracias por tu colaboración, ya puedes irte —le dijo a Mau, que se fue a la puerta donde estaban los otros dos.
—¿Y qué vas a hacer tú aquí solo? —preguntó el chico, de mal humor.
—¿Y a ti qué te importa, Pelos? —respondió.
—No puedes quedarte aquí, Rhae te va a hacer picadillo —le advirtió, sacando el móvil—. Voy a llamarlo y te va a sacar de aquí a hostias.
Miró al chico con burla, sacó su teléfono y se hizo un selfi que le envió a Rhae junto a un mensaje. Se aseguró de que se viera bien la cama detrás, solo porque sabía que eso lo haría volver más rápido.
Dylan:
Jódete.
Volteó el teléfono para que los tres pudieran ver la foto y el mensaje.
—No te molestes, ya lo hice yo —le aseguró, bloqueándolo y tirándolo sobre el colchón—. Ahora fuera, a Rhae no le gusta que haya gente en su cuarto —les recordó.
Mau se encogió de hombros y salió al pasillo.
—¡No puedes quedarte ahí! —protestó el chico.
—¡Que te peines, chaval! —le dijo, cerrándole la puerta en la cara.
—Déjalo en paz, son movidas de Rhae, ya se arreglará él con el hada cuando llegue —escuchó decir a Carlos.
—Oye —lo llamó Mau desde el otro lado—. ¿Tenemos que darte de beber o algo?
—No. Finge que no existo —le sugirió.
Sonrió, satisfecho, al oír cómo se alejaban. Esperó unos segundos más, por si alguno volvía a insistir, y después echó un vistazo a la puerta con la misma seriedad con la que se vigilaba una frontera.
Miró alrededor, pensando en qué hacer primero, pero tenía un plan y, por tentador que fuera improvisar, iba a seguirlo.
Cerró la ventana y puso el aire después de una pequeña pelea con el aire acondicionado, porque el calor de fuera era una locura.
El aparato tardó en responder y soltó un ruido raro antes de empezar a enfriar.
Perfecto. La guarida al menos tenía una cosa útil.
Fue a por su mochila y sacó las cosas que había traído. Miró con ilusión las fiambreras y las colocó con esmero: galletas, queso, salami, crackers, pepinillo en tiras y varias salsas.
—De lujo —murmuró feliz.
Le hizo otra foto a la comida y se la envió a Rhae para que viera que se estaba montando una fiesta en su cuarto. Movió una de las fiambreras para que quedara mejor en la imagen, porque una invasión también podía tener una presentación decente.
Sacó la ropa que había traído de la mochila y se encerró en el baño por si él volvía.
Se duchó, asegurándose de usar una gran cantidad de champú y gel.
Normalmente se secaba con una toalla, pero esta vez despilfarró usando una para el cuerpo y otra para el pelo.
Dejó los botes exactamente dónde estaban, aunque con bastante menos producto dentro, y eso le pareció una forma razonable de venganza.
Envió otra foto del baño usado sin decir nada.
Se puso una camiseta vieja y un pantalón que le quedaba flojo antes de volver a la habitación. Poner la consola solo necesitó otra consulta a internet, pero pronto estuvo jugando de nuevo.
A las pocas horas empezó la fiesta fuera, pero usó los cascos que Rhae tenía en el mueble para aislarse del sonido. El mando ya no se le hacía tan raro entre las manos, y eso le dio una satisfacción absurda. Moría menos. No poco, pero menos.
A las dos ya estaba muerto de sueño, así que puso la tele y se metió en su cama. Esta vez se hizo un selfi, asegurándose de que se notara que estaba dentro de sus sábanas. Se acomodó bien antes de sacar la foto, solo para que el delito quedara documentado con claridad.
Dylan:
Para cuando vuelvas ya me habré ido, acuérdate de lavar las sábanas.
Puso una alarma para marcharse antes de que Rhae volviera del trabajo.
Se conocía sus horarios más o menos; solía volver a las cuatro de la mañana durante la semana.
Con irse a las tres y media tendría tiempo de sobra.
Dejó el móvil junto a la almohada y se prometió que no iba a dormirse de verdad. Solo iba a cerrar los ojos un momento.
No funcionó. Se despertó de vuelta en sus brazos, de nuevo con Rhae pegado a su espalda y su respiración calentándole el cuello.
Intentó coger su móvil de la mesilla, estaba seguro de que había puesto la alarma. ¿Por qué no había sonado?
—Dos, cinco, cuatro, tres —murmuró la voz ronca de Rhae junto a su oído.
—¿Por qué sabes mi código? —preguntó, dándole un codazo.
—Si no quieres que lo sepa, no me lo enseñes —contestó Rhae, bostezando.
—No lo hago —protestó, a pesar de que sabía que, cerca de él, no era demasiado cuidadoso desde hacía algún tiempo.
—Shhh, es temprano —se quejó Rhae, apretando el agarre en su cintura.
Le sorprendió notar algo contra su culo, pero no era el cuerpo de Rhae.
—¿Qué es esto? —inquirió, metiendo la mano para tocarlo.
—Almohada —respondió Rhae.
—Oh —murmuró, sorprendido.
—Ahora calla un poco, quiero dormir —pidió.
—Suéltame y duerme lo que quieras —ofreció.
—No, estoy cómodo —repuso Rhae, adormilado.
Se quedó callado mientras escuchaba cómo su respiración se ralentizaba.
—¿No te parece raro estar así? —susurró.
—No lo pienso —admitió Rhae, también en voz baja.
—Esto no es natural —opinó.
—¿Por qué? ¿Porque somos hombres?
Suspiró, mirando la pared de enfrente.
—Supongo —aceptó.
Los brazos de Rhae desaparecieron al instante.
—Dylan, si no estás cómodo, puedes irte —dijo.
Sabía que podía, nunca pensó que no fuera una posibilidad. Se giró para verlo a los ojos. Todo era mejor cuando podía mirarlo.
—No me gusta que me guste —reconoció.
Rhae no dijo nada, dejándole espacio.
—Dormir con alguien es una señal de confianza enorme. Le dejas verte cuando estás más vulnerable y es fácil hacerte daño —explicó.
—Lo sé —respondió él—. Pero tú sabes que no voy a hacerte nada.
Asintió con la cabeza, despacio.
Puso la mano sobre su pecho desnudo. Notó el latido bajo la palma, firme y tranquilo.
—La confianza es algo raro. Da una falsa sensación de seguridad y te hace hacer tonterías —confesó en voz baja.
Rhae lo miró a los ojos, pero se mantuvo quieto bajo su toque.
—Es peligroso —concedió él.
—No puedes fiarte de nadie. La gente siempre busca qué puede quitarte y desaparece en cuanto consigue lo que quiere.
—No quiero nada —aseguró Rhae en voz baja—. No necesito nada.
—Yo tampoco —admitió, porque sabía que él lo entendería—. Por eso no tiene sentido que desee tanto esto.
Lo besó. Después de aquel segundo beso no había dejado de pensar en ello. Cada vez que lo veía sonreír, incluso cuando se metía con él, todo lo que podía pensar era eso.
Sus lenguas jugaron, ya sin esa inseguridad de las primeras veces, sabiendo que eran bien recibidas. Sus bocas se devoraron sin miedo, sin dudas ni prisa, con la torpeza justa.
Apartó de un manotazo la almohada y tiró de su cuello para pegarse a él. Rhae lo ayudó sujetándolo de las caderas, atrayéndolo para recortar el espacio.
Cuando sus miembros duros entraron en contacto, se separaron. Se miraron a los ojos con la respiración entrecortada.
—¿Quieres? —preguntó Rhae con una voz tan profunda que le provocó escalofríos.
No sabía qué le estaba ofreciendo y una voz dentro de él le dijo que tomara lo que pudiera, pero no estaba listo.
Todo lo que era lo había conseguido a fuerza de arañarle a la vida lo poco que le dejaba elegir, y no estaba dispuesto a ceder si no sentía que recibiría lo mismo a cambio.
No solo por miedo. También por orgullo. Por no volver a poner nada importante en manos de alguien que pudiera marcharse con ello.
Rhae lo atrajo a un nuevo beso a pesar de la falta de respuesta.
Besó y mordió su boca hasta que los dos jadeaban uno sobre el otro.
Sus manos se retorcían por la necesidad, aferrándose a la ropa ajena.
A pesar de su notoria dureza, Rhae no intentó apretarse contra él ni aliviarse de ninguna manera y, por contradictorio que fuera, eso hizo que lo deseara aún más.
También que se sintiera seguro, porque le estaba dejando espacio a pesar de lo que su cuerpo le pedía.
Separó las piernas para que uno de sus muslos se metiera entre ellas y bajó las manos por su espalda desnuda, empujándolo sutilmente hacia él. No fue mucho. Apenas una presión torpe, pero Rhae lo entendió igual.
Rhae se apartó, mirándolo a los ojos, con la duda brillando en ellos.
—¿Sí? —susurró, queriendo asegurarse.
Asintió, incapaz de pronunciar ni una sola palabra. Era más fácil así, cuando apenas podía pensar y estaba rodeado de él.
Rhae se tomó su tiempo antes de empezar a moverse contra él. Echó la cabeza hacia atrás cuando su muslo empujó entre sus piernas. Clavó los dedos en su piel, templada por el aire acondicionado, pero donde se tocaban ardían, y el contraste lo estaba volviendo loco.
Se perdió acariciando su espalda, pecho y brazos.
Desde la primera vez que lo vio en esa misma cama no había podido evitar fijarse en sus músculos.
Era una completa locura, toda esa piel y ese cuerpo tan fuerte que parecía capaz de soportarlo todo y de mantenerlo a salvo de lo que fuera.
Pero ¿quién iba a cuidarlo a él? ¿Cuánto había tenido que aguantar para volverse así de fuerte?
Lo empujó apenas sin hacer fuerza, pero tuvo el mismo efecto que si hubiera gritado a pleno pulmón. Rhae se retiró al instante. En sus ojos podía ver la preocupación, pero no lo dejó pensar que algo iba mal porque era todo lo contrario.
Se subió a sus caderas y dejó que sus cuerpos encajaran mientras lo miraba a los ojos.
A esos dos pozos negros que le daban tanta felicidad cada vez que se fijaban en él.
Le puso las manos sobre el pecho para mantener el equilibrio y sintió cómo Rhae respiraba debajo, rápido, contenido y un podo desesperado.
Una vez Rhae le había dicho que no podía evitar preocuparse por él. No tuvo valor para decirle que sabía perfectamente lo que era ese sentimiento. Se meció sobre su cuerpo, asegurándose de que estaba cómodo y de que él también estaba de acuerdo con lo que iba a pasar.
Los dos entendían perfectamente lo que era que forzaran tus límites y te quitaran el derecho a decidir. No daría un paso sin saber qué era lo que los dos querían.
No había nada de lo que preocuparse. Rhae sujetó sus caderas y lo guio para moverse tal y como necesitaba mientras se retorcía bajo su cuerpo.
¿Podía haber algo más sexy que tener a ese hombre tan salvaje reducido a jadeos?
Sí: que aun así siguiera pendiente de él.
De su cara, de sus manos, de cada mínima señal que pudiera pedirle parar.
Se inclinó sobre él para besarlo, para beber directamente de esa boca. Rhae lo besó con desesperación, casi ahogándose en cada beso. ¡Dios! ¿Por qué no habían empezado por ahí? ¿Por qué habían perdido tanto tiempo cuando podían comerse a besos y disfrutar de eso desde el primer día?
Se corrieron juntos, sobre la boca del otro, reducidos a jadeos y sonidos más animales que humanos.
Se dejó caer sobre su pecho húmedo y cerró los ojos.
El sexo con Rhae era una pasada y lo repetiría sin dudar cuando fuera y donde fuera…
pero no lo cambiaría por conocerlo, ni por todo el tiempo que habían compartido juntos, tampoco por las risas y los secretos que nunca le había confesado a nadie.
Dejó un beso sobre su pecho mientras intentaba recuperar el aire. Debajo de su oído, el corazón de Rhae iba desbocado, y lo anotó mentalmente como una victoria pequeña y peligrosa.
«¡Mierda! ¡Estoy tan jodido!».