CAPÍTULO 20
rhae
—¿Qué elegiste? —preguntó, saliendo con solo una toalla pequeña alrededor de las caderas mientras se secaba el pelo con otra.
—No lo sé. ¿Cuál es el que jugabas tú? ¿El que te perseguía la policía? —Dylan levantó la cabeza para mirarlo. Estaba sentado en el suelo, delante del mueble, revisando todos los juegos.
—Ese —indicó, señalándolo.
Fue hasta la ventana y la cerró para poner el aire acondicionado.
—¿Quieres algo de beber? —ofreció mientras se ponía un pantalón cómodo.
—No quiero pillar el tétanos, gracias —rechazó Dylan, poniendo cara de asco.
Se agachó hasta que sus caras quedaron a la misma altura. Dylan se quedó paralizado, mirándolo.
—Te traeré algo cerrado y prometo que lo lavaré debajo del grifo —propuso.
Le gustó ver cómo se le encendían las mejillas, aunque no le estaba haciendo nada.
—Cualquier cosa fría estará bien —aceptó Dylan. Carraspeó y volvió su atención a la carátula del videojuego para alejarse de él.
Sonrió mientras salía de su cuarto hacia la cocina.
—¿El hada fue a buscarte? Nos pareció que entró por la ventana —le advirtió Mau desde la sala—. A lo mejor fue él al que vio el vecino.
—Fue él, todo controlado —aseguró sin darle importancia.
—¿Y qué estás controlando exactamente? —inquirió Carlos, sentándose a la mesa de la cocina.
No contestó. Cogió un refresco de cola y metió la lata bajo el grifo, tal y como le había prometido. Después sacó una cerveza para él, abrió un armario y cogió patatas fritas y galletas.
—¿Sigue ahí? —preguntó Carlos, fijándose en todo lo que llevaba.
—No —mintió sin problema.
Carlos no preguntó por el engaño evidente; lo dejó marchar sin decir nada más.
Dylan estaba sentado a los pies de la cama, esperando ya sin zapatos para que empezaran a jugar. Tenía las piernas cruzadas y el mando apoyado sobre una rodilla, aunque todavía lo observaba con la misma desconfianza con la que un niño miraba cualquier cosa nueva.
Acercó la silla para usarla como mesa improvisada y le quitó el juego de las manos.
—¿Listo para aprender? —lo retó.
dylan
Suspiró al estirarse, pero de nuevo se había dormido contra la pared, así que su espalda chocó contra algo e intentó apartarse esperando frío. Abrió los ojos. La pared estaba caliente. ¿Por qué iba a estar caliente la pared?
Esa no era su habitación, y no había ninguna pared. Giró la cabeza y encontró a Rhae dormido detrás de él. Miró hacia abajo. Entre las sábanas se veía un brazo lleno de tatuajes sobre su cintura.
Entró en pánico, pero tuvo varios pensamientos al mismo tiempo. Era agosto y estaba tapado, había dormido toda la noche sin despertarse ni una sola vez y el aire acondicionado de esa habitación era una pasada.
Se apartó despacio hasta alejarse de él y acabó sentado en la cama, sin quitarle la vista de encima. Rhae siguió dormido, con la boca relajada y una marca roja de la sábana en el hombro.
Habían pasado juntos el resto del día encerrados en su cuarto. Rhae solo había salido a por la cena después de pedir pizza y helado para los dos.
Pilló pronto la dinámica del juego, pudo disfrutarlo y burlarse de Rhae cuando le dio consejos horribles que hicieron que terminase capturado.
Se fueron intercambiando el mando cuando quedó claro que la estrategia sí que era una opción y, al parecer, en algún punto de la madrugada se habían dormido. Juntos.
Se pasó la mano por la cara. No había dormido con nadie antes. Era impensable. Hacerlo significaba darle la espalda al peligro, implicaba confiar en alguien lo suficiente para bajar la guardia y sentirse a salvo.
Y allí estaba Rhae, haciendo que compartir cama pareciera algo sin importancia. El pánico explotó en su pecho. No podía seguir apoyándose en él porque se iría. Lo sabía y Rhae se aseguraba de decírselo a diario, pero él seguía buscándolo igual, aunque le diera rabia admitirlo.
No entendía de qué estaba hecho Rhae o qué lo hacía especial, pero lo era. Los días eran divertidos cuando estaba cerca y todo parecía mejor, aunque su vida seguía igual. Hasta su casa parecía menos vieja cuando él estaba dentro.
Eso era lo que lo hacía adictivo: que le había llenado los días de una forma que no podía conseguir con dinero o cachivaches. Saber que había alguien dispuesto a escuchar, ayudar o apoyar era una riqueza a la que le parecía imposible acceder.
Se levantó con cuidado y fue al baño, cerrando la puerta de la manera más silenciosa posible.
Usó el servicio y se quedó mirándose en el espejo mientras se limpiaba las manos.
Era un tiempo prestado, igual que cuando le daban una semana gratis de un canal de pago.
Solo para poder probar lo bueno que era tenerlo, pero pinchabas consciente de que estaba fuera de tu alcance mantenerlo porque no te lo podías permitir.
Cerró el grifo y se secó las manos en la camiseta, porque no encontró ninguna toalla limpia que pareciera segura usar sin que pareciera algo más íntimo.
—¿Dylan? —llamó la voz de Rhae—. ¿Estás ahí?
—Me lo estoy pensando —contestó mirando la puerta.
—Vale, no tengo cepillo extra ni esas mierdas, pero hay enjuague bucal en el armario —ofreció Rhae.
—Eso no es lo mismo —protestó, a pesar de que lo hizo sonreír.
—Si puedes imaginarlo, puedes saborearlo —bromeó Rhae.
Dejó salir una carcajada, pero obedeció usando el enjuague. Abrió la puerta sin saber qué esperar.
—No lo hagamos raro —pidió Rhae en cuanto salió. Todavía tenía las marcas de la almohada en la mejilla y el pelo aplastado de un lado.
—Es raro —rebatió.
—No tiene por qué. Jugamos y nos dormimos sin darnos cuenta —argumentó Rhae.
—¿Cómo terminamos dentro de la cama? —quiso saber, intentando hacer memoria—. Lo último que recuerdo es que nos sentamos contra el cabecero.
Rhae miró hacia la esquina antes de responder.
—Yo te metí. Me desperté con dolor de cuello y tú también estabas dormido con el mando en la mano. Te lo quité y te metí en la cama. No te toqué ni nada de eso, solo te puse cómodo y puse la almohada entre nosotros.
—Ya sé que no hiciste nada —le aseguró—. Me desperté primero y no había ninguna almohada —objetó.
—Pues la puse —replicó, señalando la cama.
La almohada estaba a los pies del colchón.
—La próxima vez despiértame. Esto… —dijo, señalando entre ellos—. No tiene que volver a pasar.
—No es para tanto —insistió Rhae.
—¿Cuántas veces pasaste la noche con alguien? —soltó.
Rhae puso ese rostro inexpresivo tan suyo.
—Muchas veces —respondió sin emoción.
—Sin follar —puntualizó.
—¿Y por qué voy a dormir con alguien si no voy a follar? Ya te lo dije, no me gusta que mi cama huela a nadie. Es incómodo compartir el mismo espacio.
Al escucharlo, alzó los brazos con frustración. Le molestó antes de entender por qué, que era lo peor de todo.
—¿Qué? —murmuró Rhae, sin entender su reacción.
—Tráeme luego las sábanas y te las limpio —espetó, molesto, aunque no sabía el motivo, ya que era razonable lo que Rhae estaba diciendo.
Atravesó la habitación para recoger sus deportivas.
—¿Y ahora qué dije? —exigió saber Rhae—. ¿Con cuántas has dormido tú?
—Con ninguna —confesó, mirándolo a la cara.
Rhae pareció desconcertado.
—¿Es por los olores? Eres muy quisquilloso —dedujo.
—No, no es por los olores, que también. No comparto mi cama con nadie y no duermo en la cama de nadie.
Sus ojos negros se entrecerraron con sospecha.
—¿Seguro que no eres…?
Le tiró la almohada por idiota.
—No lo soy. Por supuesto que me acuesto con mujeres, pero no duermo con ellas.
—Pues igual que yo —replicó Rhae sin darle importancia—. Preferimos dormir solos, ¿qué pasa?
—No pasa nada —respondió, poniéndose recto en cuanto terminó de calzarse. Cogió su móvil de la mesilla y comprobó si le quedaba mucho tiempo para ir a trabajar—. Eres un imbécil y no te soporto.
Abrió la ventana y el calor de la mañana entró en la habitación. Saltó sin esfuerzo y se fue a casa sin mirar atrás.
Todavía estaba enfadado cuando salió de trabajar y se fue a dormir.
Ignoró el mensaje de Rhae a la mañana siguiente, preguntando si harían algo por la tarde, ya que al parecer había sido tan estúpido de decirle su horario.
Lo leyó dos veces antes de bloquear la pantalla, solo para enfadarse más consigo mismo por haber estado a punto de contestar.
—Buenos días —saludó al siguiente cliente cuando pasó a su compra.
Puso los ojos en blanco al ver a Rhae. Por lo menos esta vez había cogido aperitivos para disimular. Todo muy adulto para alguien que se creía gracioso.
—¿Quién está ignorando a quién? —quiso saber Rhae mientras pasaba su compra.
—Yo no hago eso. Elijo de forma selectiva no contestarte porque me pones de mal humor —contestó.
—Es lo mismo.
—No, qué va —negó con terquedad.
—¿Es por lo que dije de tu olor? Tú me dices todo el tiempo que huelo mal —le recordó Rhae, con razón.
—Lo digo porque es verdad, pero me parece bastante ofensivo decirme eso después de meterme en tu cama a traición. Yo no quería dormir ahí, tenías que haberme despertado —le reclamó.
—No te metí a traición. Te lo pregunté y dijiste que sí.
Dejó las patatas fritas para lanzarle una mirada de hielo.
—¡Qué mentira! Yo nunca diría que sí a pasar la noche contigo —aseguró, convencido.
Rhae suspiró.
—Lo hiciste. Me dijiste que estaba bien —insistió.
No vio engaño en sus palabras y eso hizo que se enfadara con su mente traidora.
—Normal que lo hiciera. Me cebaste todo el día con comida y videojuegos, mi mente estaba en modo zombi. Te aprovechaste de mi debilidad —lo acusó.
Rhae alzó una ceja mientras fruncía el ceño.
—¿No es más fácil pensar que sabías que podías dormir conmigo y que no pasaría nada que inventarte ese cuento?
—No —se negó por despecho, consciente de que era una mentira de las gordas—. Seguro que lo hiciste a propósito.
Rhae negó con la cabeza, pero sonreía.
—¿Por qué no vienes a jugar hoy y seguimos la partida? Prometo dejarte morir de sed y hambre —juró con solemnidad.
Tuvo que esforzarse por no sonreír al escucharlo, recordándose que estaba indignado.
—No, no quiero contaminar tu espacio con mi asqueroso aroma.
Rhae se carcajeó. Al parecer ya lo conocía lo suficiente para entender su humor.
—Ven y te dejaré revolcarte en mis sábanas. Prometo que no las lavaré en una semana —aseguró con seriedad.
—Dylan, ¿todo bien por aquí? —preguntó Gloria, acercándose.
—Sin problema —dijo, para tranquilizarla.
A veces venía gente rara al supermercado y ya les había pasado de todo. Era la segunda vez que Rhae y Gloria coincidían; no la culpaba por pensar que algo pasaba al ver aquel intercambio.
—¿Qué me dices? —retomó Rhae, sin permitir que la interrupción rompiera sus planes.
—No, gracias. Prefiero dejar que me cuelguen boca abajo antes que volver a esa guarida —rechazó.
Rhae sonrió, entretenido.
—Puedes elegir la postura que quieras, no tengo preferencias —respondió con malicia, sabiendo que iba a avergonzarlo.
—Ohhh —murmuró la chica, mirando de uno a otro—. ¿Estás ligando? —preguntó emocionada, dándole un golpe en el brazo.
—Yo no estoy… —mantuvo la boca cerrada al darse cuenta de que era posible que sí lo estuviera haciendo—. Márchate, Gloria —la espantó con la mano, pero ella se apoyó en la caja anterior para escuchar sin disimular.
—Sí, márchate, Gloria —añadió Rhae.
Aunque hablaba con su compañera, no dejó de mirarlo a los ojos.
Le dedicó esa sonrisa odiosa que hacía que temblara hasta el último piso del infierno, y tuvo que esforzarse por controlar la cara para no devolvérsela.
La cinta seguía moviéndose entre ellos, arrastrando una caja de cereales y una bolsa de patatas que nadie estaba mirando.
—¿Qué me dices? ¿Llevo la consola a tu casa o vienes tú a la mía?
—No, tengo que estudiar —se excusó, volviendo a pasar artículos.
—Puedo ayudarte con las matemáticas y luego jugamos —propuso Rhae con un brillo en los ojos que fue imposible de ignorar.
Bajó la vista al escáner, pero eso tampoco sirvió de mucho. Seguía notando aquella mirada encima, paciente y segura, esperando a que dejara de fingir que no quería decir que sí.
Dejó salir una carcajada. Rhae no era de los que se rendían.
—Son treinta y cinco con cinco centavos —anunció sin contestar a su oferta.
Rhae sacó la cartera y le tendió un billete de cincuenta, inclinándose sobre la caja.
—Te ayudaré a buscar tréboles —ofreció Rhae para que cediera.
Se echó a reír todavía con el dinero en la mano.
—Este algo busca, pero no creo que sean tréboles —opinó Gloria a su espalda con diversión.
—¿Y cómo piensas hacer eso exactamente? —sabía que no debía entrar en el juego, pero era tan divertido que ni la intervención de Gloria podía salvarlo.
Rhae se inclinó aún más sobre él y su aroma lo alcanzó, hundiendo otro poco sus defensas. Olía a jabón, a calle y a ese olor tan suyo que siempre parecía quedarse pegado a la ropa.
—Ya sabes que soy un hombre que resuelve. Si quieres un trébol, te encontraré uno.
¡Quería besarlo tanto! Quería saltar la maldita caja y obligarlo a dejar de hablar para tomar su boca, pero, en vez de hacer eso, le tendió el recibo con el cambio. Le rozó los dedos al dárselo y fue una estupidez, apenas nada, pero tuvo que apretar la mandíbula para no reaccionar.
—Que tenga un buen día, vuelva a visitarnos pronto, señor desconocido al que nunca he visto en mi vida y no pienso volver a ver —se despidió, incapaz de dejar de mirarlo ni un puto segundo.
Debería estar avergonzado por su falta de control, pero no podía parar.
Rhae metió el dinero directamente en su bolsillo, también sin despegar la mirada de la suya. Le sonrió y se fue con su bolsa de una forma irritantemente tranquila. Ni siquiera miró atrás, y eso consiguió fastidiarlo más que si lo hubiera hecho.
—¿Si tú no lo quieres, puedo quedármelo yo? —preguntó Gloria con una mueca burlona.
—No, Gloria. ¿Por qué sigues aquí? Ese no es para ti —replicó, empujándola lejos.
Tampoco era para él, pero quizá pudiera serlo hasta septiembre.