Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Miró el móvil con el ceño fruncido. Llevaba tres días sin ver a Rhae.

Seguía haciendo horas extra, pero solían arreglarse para coincidir entre turnos, aunque solo fuera un rato.

Cada vez que intentaba quedar con él, recibía la misma respuesta: estaba ocupado.

Y le daba rabia, porque sí tenía tiempo para ir a su casa.

Había preparado los estantes y la madera de la mesita; incluso se había atrevido a poner las patas que compró para la mesa sin él. ¿Por qué no quería verlo ahora? ¿Sería por el beso? Seguro, decidió con rencor.

Mientras regaba el césped, vio pasar su camioneta y sintió que lo había invocado con el pensamiento. Cerró el agua, dejó la manguera enrollada de cualquier manera y fue directo a su casa, dispuesto a acorralarlo antes de que pudiera esconderse detrás de otro mensaje.

Cuando llegó, Carlos y Mau estaban sentados en la escalera con el chico de la última vez.

—Se está duchando —le informó Mau, indicando el interior con la cabeza.

—Bien por él —soltó, pasando de largo para rodear la casa.

—¿Adónde vas? —quiso saber Carlos.

Lo ignoró y llegó hasta su ventana, que aún estaba abierta. Solo la cerraba cuando ponía el aire acondicionado. Subió con agilidad y se coló dentro. La puerta del baño estaba entreabierta y el ruido de la ducha llenaba la habitación.

Entró sin dudar. Rhae se estaba lavando el pelo, pero eso no iba a detenerlo.

—¿Me estás ignorando otra vez? —lo abordó, abriendo la mampara.

Rhae se quedó quieto, con las manos llenas de espuma sobre la cabeza.

—Estoy desnudo —señaló, dejando bastante claro que no debería estar allí.

Lo recorrió con la mirada e intentó no reaccionar a una desnudez que le impresionó mucho más de lo le hubiera gustado.

Tenía el cuerpo ancho, musculoso y cubierto de tatuajes que el agua hacía resaltar sobre su piel.

Tendría tiempo para evaluarlo cuando estuviera a solas, porque iba a querer recordar aquel momento con bastante detalle.

—Ya lo veo y, en nombre de la población, gracias por ducharte. ¿Me estás ignorando otra vez?

Rhae metió la cabeza bajo el agua para quitarse la espuma.

—Te contesté a los mensajes —le recordó.

—Dándome largas. ¿No te dije ya que me dijeras a la cara lo que fuera? —le recriminó con enfado.

Rhae sonrió, se echó hacia delante y consiguió mojarle las piernas y las zapatillas.

—Estaba ocupado de verdad. A veces tengo cosas que hacer.

Sus ojos no mentían; le estaba diciendo la verdad. Eso consiguió que el enfado perdiera parte de su fuerza, pero no eliminó la molestia de haber pasado tres días esperando verlo.

—¿Qué cosas? —insistió. Quería estar seguro de que no se metiera en ningún lío cuando estaba tan cerca de la línea de meta.

Rhae retrocedió y cogió un frasco de gel del estante.

Se echó un poco en la mano y empezó a lavarse los brazos.

Su atención desapareció por completo mientras contemplaba sus tatuajes, más oscuros sobre la piel mojada, y el jabón resbalando por sus músculos.

Sintió calor por todas partes, pero no estaba seguro de que fuera por los cuarenta grados que hacía fuera.

—Ya que estás aquí y no parece que vayas a irte, frótame la espalda —le pidió, tendiéndole el gel.

Lo miró a los ojos. Se estaba burlando de él, esperando que retrocediera.

—No juegues conmigo a la gallina; no soy de los que se acobardan —le advirtió, aceptándolo. Se puso un poco de gel en la palma y le hizo un gesto para que se girara.

Rhae le sonrió despacio y obedeció.

«Madre mía». Se esforzó por no dejar salir ningún sonido. Los músculos de sus hombros y su espalda eran una absoluta locura. El agua bajaba por cada línea de su cuerpo y, con el jabón en la palma, ya no tenía ninguna excusa para simular que no quería tocarlo.

Apoyó la mano entre sus omóplatos y empezó a extender el gel con cuidado. La piel estaba caliente, firme y mucho más suave de lo que esperaba. Tragó saliva y movió la palma hacia uno de sus hombros, fingiendo que aquello no le estaba afectando en absoluto.

Rhae no dijo nada. Se limitó a quedarse quieto bajo sus manos, dejándole hacer. Podía notar cómo su espalda se tensaba ligeramente con cada pasada y no sabía si aquello era por él o si solo se lo estaba imaginando.

«Madre mía».

—Sigues sin decir qué hacías —comentó, intentando distraerse—. Me parece que estás esquivando la pregunta.

—Sam me pidió un favor y no podía decirle que no —respondió Rhae, girando un poco la cabeza para verlo por encima del hombro.

—¿Sam? ¿Quién es…? ¿El mecánico? —recordó.

—Sí, fue a una subasta de coches incautados y necesitaba ayuda para traerlos.

—¿Cuántos coches compró? —se interesó.

Deslizó las palmas por sus costados para repartir el jabón, demasiado consciente de la dureza de aquel cuerpo y de la tensión que se marcaba bajo la piel mojada. Las mujeres tendrían que hacer cola por él, era impresionante.

—Cinco.

Dejó escapar un silbido, cogió más gel y continuó enjabonándolo, esforzándose por convertir aquello en algo normal.

—Eso tuvo que ser un montón de pasta saltando por la ventana —opinó.

—Mucha, pero le sacará un buen pico cuando los repare y los venda —explicó Rhae.

—Listo, ya estás —anunció, apartando las manos con demasiada rapidez.

¿Por qué hacía tanto calor allí? Tenía las zapatillas empapadas y las piernas mojadas, pero el agua no conseguía aliviarle el sofoco.

Rhae se giró con una sonrisa burlona en la cara. El agua le bajaba por el pecho y Dylan que obligarse a mantener la vista en sus ojos.

—De verdad lo hiciste.

—Pues claro, no eres para tanto. Me voy a casa; puedes pasarte cuando quieras, o no. Tampoco me importa —mintió.

Antes de que pudiera dar un paso, Rhae lo sujetó del brazo y cortó su huida. Sus dedos solo estuvieron allí un instante, pero bastó para que volviera a recordar el beso de la otra noche.

—Quédate, hoy no trabajo. Podemos jugar a algo —propuso.

Entrecerró los ojos con desconfianza, intentando ignorar el tirón de alegría que le provocó la invitación. ¡Rhae quería pasar tiempo con él!

—No quiero jugar contigo a nada de lo que tengas en la cabeza —replicó.

Rhae soltó una carcajada, pero lo dejó libre para que pudiera irse si quería.

—A la consola —aclaró.

—Ah. No sé jugar —admitió, encogiéndose de hombros.

—Yo te enseño, es fácil. Vete a ver los juegos que hay en el mueble mientras termino, a no ser que quieras seguir ocupándote tú de lo que falta—lo provocó, sonriendo.

El sofoco volvió a subirle por todo el cuerpo. No sabía qué era peor, que Rhae se diera cuenta de lo nervioso que estaba o que disfrutara tanto poniéndolo a prueba.

—No, gracias. Termina, flipado, no hay nada que ver. Y, por cierto… —Bajó la mirada directamente hacia su entrepierna, solo el tiempo necesario para devolverle el golpe—. Sabía que esos preservativos no eran de tu talla.

Se fue y cerró la puerta a su espalda mientras escuchaba la protesta de Rhae desde la ducha. Le costó contener la sonrisa hasta llegar a la habitación y todavía más ignorar el cosquilleo que le seguía recorriendo las manos después de tocarlo.