Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

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Nada era normal. No había ni una mierda de normalidad en aquel beso que no conseguía quitarse de la cabeza. El hecho de que Dylan fingiera amnesia y se asegurara de dejar espacio entre ellos cada vez que estaban juntos despertaba una parte de sí mismo que no conocía.

Un impulso de perseguirlo que nunca había sentido. Quería presionar sus límites, acercarse y comprobar qué pasaba. Ver cuánto duraba aquella falsa indiferencia antes de que volviera a mirarlo con la misma intensidad de aquella noche.

Por suerte, aún había alguna parte de su cabeza que funcionaba y le recordaba que Dylan había sido generoso al darle un beso para que pudiera aclararse, aunque, en lugar de respuestas, solo tuviera dolor de cabeza y un millón de preguntas.

—¿Qué vas a hacer con esta habitación? Es mucho más grande que la tuya —preguntó mientras pintaban el cuarto de su tía.

—Sé que lo mejor sería cambiarme aquí, pero me da un poco de yuyu —admitió Dylan, mojando la brocha en la bandeja de pintura.

—Los muertos están en el cementerio. La casa es tuya, puedes hacer lo que quieras —le recordó.

—Ya lo sé. Por eso quería pintarla antes que la mía; quizá, al verla diferente, deje de verla como su cuarto. Hablé con el hombre que me vendió el suelo del salón. Dice que está reformando unas casas y que puede que tenga excedente para hacer las dos habitaciones —le contó de buen humor.

—Quedará bien —concedió sin dejar de pasar el rodillo por la pared.

El blanco iba cubriendo poco a poco el tono amarillento de la habitación.

En el centro del suelo solo estaban las latas de pintura, las herramientas y un vaso de refresco que se había servido antes de empezar.

Aunque decía que le daba miedo dormir en aquel cuarto, se movía por él decidido a convertirlo en otra cosa.

—Gracias a ti. Habría tardado mucho más de no ser por tu ayuda —reconoció Dylan—. Por cierto, ya tengo grifo nuevo en la cocina; luego te lo enseño.

—¿Instalaste un grifo tú solo? —preguntó, deteniendo el rodillo para mirarlo.

Dylan asintió con orgullo.

—Necesité ver un montón de vídeos, pero funcionó, y eso que no tenía fe en el grifo. Era de liquidación. Costó doce dólares; si me dura un par de meses, ya lo consideraré un logro —explicó entre risas.

—Podría haberlo hecho yo —se ofreció.

—No puedo depender de ti para todo. Tengo que poder apañármelas por mí mismo —razonó Dylan.

La frase le molestó más de lo que debía.

Sabía que Dylan tenía razón, pero no le gustaba recordar que todas aquellas reformas continuarían sin él dentro de muy poco.

Probablemente un día en aquella cocina habría muebles nuevos, cortinas y la mesa hecha por los dos, y él ya no estaría allí para verlo.

—¿Estás tachando muchas cosas de tu libreta de los deseos? —se interesó, concentrándose de nuevo en la pared.

—Algunas —respondió, satisfecho—. Ya viste lo que escribí. Hay cosas caras, pero una gran parte solo dependía de que tuviera un poco de pasta y mucho tiempo.

—¿Cómo van los estudios? Ya no te veo estudiar —preguntó. Llevaba días queriendo hacerlo.

—De momento bien. Estos temas me parecen más fáciles; creo que los llevo controlados. Voy al día y mi tutor me dijo la semana pasada que lo estaba haciendo bien, así que cruzo los dedos para no cagarla al final —comentó.

—¿Cuánto dura tu curso? —quiso saber.

—Son cursos rápidos para adultos que estudian por libre. Técnicamente, duran lo que quieras, pero ya hay exámenes a finales de septiembre y voy a presentarme —anunció.

—¿Tan pronto? —se extrañó—. ¿No es mejor que esperes un poco más?

—No. Dejé mi otro trabajo para centrarme en conseguir oportunidades, dedico gran parte de mi tiempo libre a estudiar y sé que no voy a aprobar a la primera, pero quiero saber cómo son los exámenes para prepararme bien y calcular cuánto me falta para llegar al aprobado.

Cuando consiga pasar todas las asignaturas, tendré que hacer otro curso y, si también lo consigo, tendré mi graduado.

Se quedó observándolo mientras Dylan escurría la brocha contra el borde de la bandeja y regresaba a la pared. Hablaba de suspender sin derrotismo, convirtiéndolo en otra parte del plan. Incluso preparado para fallar, ya estaba pensando en el siguiente intento.

—Eres muy inteligente, seguro que te va bien —afirmó.

Dylan soltó una carcajada y se empujó contra él, hombro con hombro. La pintura de la brocha estuvo a punto de caer sobre el suelo cubierto de plástico.

—No intentes ligar, estamos trabajando.

—¿Quieres decir que, cuando no estemos haciendo esto, sí puedo? —replicó, aprovechando la oportunidad.

Dylan volvió a reírse, negando con la cabeza.

—Eres libre de elegir qué haces, pero esta tienda está cerrada —le advirtió de buen humor.

—Buscaré el horario en internet —lo amenazó.

—Permanentemente cerrada —sentenció Dylan.

—Ya veremos.

Dylan lo miró de reojo antes de volver a la pared. Todavía sonreía. El gesto fue suficiente para que se le olvidara durante unos segundos que, en pocas semanas, no tendría ninguna pared que pintar a su lado.

—¡Qué sobrado eres! —lo insultó, indignado.

—Puede ser, pero creo que te gusta un poco.

—Qué me va a gustar —rezongó Dylan, concentrándose en terminar la pared junto a la puerta.

—¿Me lo dirás? —preguntó, dejando el rodillo en la bandeja para mirarlo.

—¿El qué? —Dylan se volvió hacia él, sin entender de qué hablaba.

—Cuando apruebes. Ya no estaré aquí, ¿me lo contarás?

Dylan le sostuvo la mirada. La brocha quedó quieta en su mano y una gota de pintura cayó sobre el plástico que cubría el suelo.

—¿Quieres que lo haga? —le devolvió.

—¿Por qué no? Si tengo que gastar un dólar en esa supuesta postal de Navidad, tú podrías llamarme de vez en cuando o enviarme mensajes contándome lo que arreglas, lo de los estudios… esas mierdas —soltó, incómodo por la atención con la que lo observaba.

—Vale, si quieres, lo haré —aceptó Dylan al final.

Asintió sin devolverle la mirada y retomó la pared en silencio.

Habría muchas cosas de Dylan que querría saber cuándo se fuera.

Cómo le iba. Si su lista seguía creciendo.

Qué objetivos lograba tachar. Si estaba bien.

Estrelló el rodillo contra la pintura húmeda con más fuerza de la necesaria.

Sus impulsos estúpidos no hacían más que ponerlo en evidencia.

Dylan entraba a trabajar por la tarde, así que terminaron la segunda capa y recogieron para que pudiera ducharse. Se aseguró de limpiar las brochas y de cerrar bien el bote antes de marcharse, pero, al llegar al pasillo, recordó los trozos de madera que todavía estaban apoyados en la cocina.

—¡Mierda! —gritó Dylan al regresar a su cuarto y encontrárselo sentado en la cama—. ¿No te habías ido?

En vez de responder, recorrió con la vista su cuerpo, cubierto únicamente por una toalla. Todavía tenía gotas en los hombros y el pelo mojado le caía sobre la frente. El calor que llevaba toda la tarde soportando se volvió de pronto más difícil de ignorar.

—¡No me mires así! —le ordenó Dylan, señalándolo con el dedo.

—Eso no estaba en la lista —le recordó.

—Pues añádelo —exigió—. No mires.

Apartó la vista para que pudiera vestirse, pero se le erizó la piel al escuchar el roce de la ropa y los pasos descalzos sobre el suelo. Se concentró en los arañazos de la mesilla para no girar la cabeza y empeorar las cosas.

—¿Por qué me estás acechando en mi habitación cuando ya me despedí de ti? —quiso saber Dylan.

—Me acordé de las tablas —aclaró, para que supiera que no era un acosador.

—¿De cuáles? —inquirió él, acercándose ya vestido.

—De los trozos que sobraron de la mesa de la cocina —le recordó.

—Me olvidé por completo de ellos —reconoció Dylan—. ¿Se puede hacer algo con esas piezas?

—Siempre hay opciones. Son tres. Dos son pequeñas y alargadas, de unos cuarenta centímetros por veinte de ancho. Dan para un par de estantes. El tercer trozo es un cuadrado de cincuenta por cincuenta.

Dylan se sentó a su lado. El colchón se hundió un poco bajo su peso y la distancia que había dejado entre los dos no fue suficiente para impedir que notara el calor de su pierna.

—Los estantes serían geniales para el salón. ¿Qué se puede hacer con el grande?

—Una mesita, si le pones patas. Puedo desgastar los bordes para que quede mejor, incluso pintarla si quieres. Barniz y lijas ya tenemos, así que solo habría que comprar las patas que te gusten. También podrías hacer una mesilla de noche flotante, más baldas o un taburete.

Sacó el móvil y le enseñó algunos ejemplos. Dylan deslizó el dedo por las fotos con atención, deteniéndose más de la cuenta en las mesas pequeñas. La ilusión volvió a aparecerle en la cara con tanta facilidad que tuvo que recordarse que solo estaban hablando de restos de madera.

—La mesita del salón, sin duda. Así tendré un mueble nuevo más —decidió, emocionado—. Déjame las piezas fuera y las lijo yo.

—No me importa hacerlo. Me gusta trabajar con las manos —le aseguró, levantándose para que Dylan pudiera irse.

—Lo dices todo el tiempo, pero me siento culpable.

—No tienes motivo. Me gusta y, hasta ahora, no había podido hacer nada de esto —insistió. Allí no tenía taller, ni herramientas propias, ni ningún lugar en el que construir algo que importara de verdad a alguien.

Dylan lo estudió con su desconfianza habitual, aunque esta vez también había algo más suave en su forma de hacerlo.

—Está bien —terminó aceptando—. Ojalá yo supiera hacer algo para devolverte todo lo que haces por mí.

—No te pedí nada y no quiero nada —respondió sin dudar.

Dylan suspiró mientras echaba la llave a la puerta.

—Ya buscaré algo —resolvió, sin hacerle caso.

Se rio y se despidió antes de volver a su casa. No necesitaba ningún regalo; Dylan ya le había dado mucho, aunque eso no podía decírselo.

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