Kansas (Escala de matices 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

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Quince años después.

Aparcó el coche dentro del garaje después de un día de locos.

Sonrió al ver que Dylan ya había encendido las luces nuevas del porche.

Daban una luz cálida, muy hogareña, que lo hizo feliz solo con verlas.

Salió de la camioneta y recorrió el corto camino hasta el porche delantero de su casa, fijándose en las flores del precioso jardín que lo rodeaba todo.

Había olor a tierra húmeda y a madera recién cortada; dos cosas que, con los años, habían terminado significando lo mismo. Hogar.

Escuchó a Dylan hablando por teléfono mientras dejaba la chaqueta en el perchero y se acercaba a él, que estaba en el salón. Se agachó para besarlo y le hizo señas para decirle que iba a la ducha. Cuando salió a por una cerveza, Dylan aún seguía con su conversación.

Se tiró a su lado, apoyándose en él mientras lo observaba.

En cuanto lo escuchó con atención, entendió que había algún problema en su trabajo.

Dylan llevaba los últimos tres años como gerente del supermercado.

No fue un camino fácil. Se sacó el graduado y luego fue directo a la escuela de negocios para prepararse para los exámenes internos e ir ascendiendo.

Se aseguró de ayudar a Dylan y alentarlo a cada paso del camino, orgulloso de todo lo que había logrado por sí mismo.

Mientras él disfrutaba haciendo lo que más le gustaba, trabajar como carpintero, su jefe era un buen hombre que le dio responsabilidades conforme vio que estaba interesado no solo en trabajar, sino en aprender.

El año pasado le ofreció ascender a capataz cuando le hicieron una oferta en la competencia para ese mismo puesto. Aceptó, pero la verdad es que nunca se habría ido, aunque no le hubieran dado el trabajo. Se sentía cómodo y satisfecho allí, no sentía que necesitara nada.

Le gustaba trabajar, crear directamente desde cero, y sus compañeros eran lo suficientemente decentes para quedar de vez en cuando después del trabajo a tomar unas cervezas.

No eran una familia ni pretendían serlo, pero eran buenos hombres, de esos que avisaban si sobraba madera útil o si alguien necesitaba una mano el sábado. Eso le bastaba.

Aunque le gustaba lo que hacía, tenía muchas más cosas en su vida, entre ellas encargarse de su nueva casa. Dylan decidió vender la suya siete años después de conocerse. La habían arreglado, subiendo su valor, y aprovecharon para venderla e irse a una zona más tranquila.

Tardaron casi tres años en venderla por el precio que Dylan quería, pero con lo que habían ahorrado pudieron conseguir una casa que, aunque requería cariño, fue toda una ganga. Tenía el suelo viejo, algunas ventanas torcidas y un jardín demasiado grande para dos personas sin perro.

Fue un poco duro dejar atrás la otra cuando los dos habían invertido tanto, pero eran unos niños aprendiendo a vivir con su pasado entonces.

Ahora eran hombres en busca de una vida mejor que se podían permitir gracias a su trabajo duro.

No era nada lujoso, buscaban una vida apacible y un vecindario tranquilo donde pudieran pasear de noche y dejar las puertas abiertas.

Las obras deberían haberles durado más de un año, pero hubo amigos dispuestos a ayudar y les encantaba volver a empezar en la que sin duda sería su casa definitiva.

Sam apareció más fines de semana de los que reconocería en voz alta, siempre con herramientas, excusas malas y alguna planta de su madre en la parte trasera del coche.

Su nuevo hogar no era el único proyecto que tenían en común. Dylan se había hecho voluntario en un orfanato local y consiguió que su supermercado hiciera donaciones puntuales que ayudaban mucho al lugar.

A veces lo acompañaba. Le gustaba ayudar a reparar cosas, pero prefería ir a una organización para jóvenes.

Estaba enfocada en sacar de la calle a chicos que se metían en problemas.

Era una última oportunidad antes de que acabaran con antecedentes.

Daba charlas, pero sobre todo escuchaba sus problemas y los ayudaba a buscar alternativas que los alejaran de esa vida hacia la que estaban yendo.

Le habían ofrecido ir a la cárcel para hacer algo parecido, pero no podía.

Lo intentó en una ocasión y la sensación de esas paredes cerrándose sobre él no lo dejó dormir durante días.

Quería ayudar, sentía que podía hacer algo por esos chicos, pero la prisión estaba fuera de su área de confort.

Y, con los años, se había convertido en todo un experto en diferenciar las cosas que soportaba de las que le hacían feliz.

Ya no confundía sobrevivir con estar bien.

Por ejemplo, Dylan, que lo hacía inmensamente feliz cada maldito día de su vida. Incluso cuando discutía por teléfono con alguien del trabajo y movía una mano en el aire, indignado, mientras intentaba no perder la paciencia.

—¿No te lo vas a creer?

—¿Se inundó el supermercado y el pescado salió nadando, creando el pánico entre los clientes?

Dylan estalló en carcajadas, con una cara de absoluta sorpresa.

Hacerle reír era una de las actividades que más feliz lo hacían. Seguía pareciéndole un logro absurdo y perfecto.

—Bizarro, pero te doy un diez por imaginación —lo alabó Dylan, dándole un beso.

—No, el jefe de distrito me acaba de llamar. Alguien se equivocó con un pedido y hay mucho excedente que caduca en menos de un mes. Así que mañana habrá que poner ofertas especiales.

—Me gustaba más mi idea. Era original. Yo también tengo noticias. Este fin de semana estamos ocupados.

Dylan sonrió con intención, subiéndose a su regazo. Lo besó durante un buen rato, antes de que su cabeza pudiera recordar cómo se pensaba.

—Me parece muy bien, necesito una ducha y soy todo tuyo.

—Eso estaría muy bien, pero no hablaba de algo así —repuso, agarrándole el culo con fuerza para apretarse contra él.

Dylan ronroneó contra sus labios, respondiendo al movimiento.

—¿Y de qué hablabas? —preguntó, metiendo las manos bajo su camiseta.

—De Sam.

—Y así es como se matan las ganas de tu hombre —protestó Dylan, dejando de tocarlo—. ¿Qué le pasa?

—Su madre vuelve del hospital, necesita ayuda para adaptar unas cosas en su casa y que sea más cómodo su día a día ahora que le cuesta andar.

Dylan asintió. La broma se le borró de la cara al instante. Era una de las cosas que más le gustaban de él: podía ser un idiota durante tres segundos y ponerse serio al cuarto.

—Claro, podemos ayudarlos. Tenemos que parar a comprarle alguna planta nueva, amará volver a su jardín y tener una nueva planta que cuidar. Seguro que puedo encontrarle algo de temporada o un arbusto nuevo, como aquel que compramos el otoño pasado en nuestro viaje a la montaña.

—Suena bien, seguro que le gusta —aceptó, besándolo en los labios—. Hoy pasé por el antiguo barrio.

Dylan lo miró sorprendido.

Desde que dejaron su hogar nunca habían vuelto allí, ni siquiera se habían despedido de Carlos y Mau. No había vuelto a hablar mucho con ellos después de irse el día de su liberación. No por rencor. A veces una puerta cerrada también era una forma de cuidarse.

—¿Y eso? —quiso saber Dylan.

—Una mujer nos pidió presupuesto para su cocina, era allí, enfrente de la casa de Carlos.

—¿Lo viste?

—No, solo vi el cartel de “Se vende” colgado en la ventana, hice una llamada a una de sus primas —contestó.

—¿Carlos va a deshacerse de la casa? —preguntó sorprendido.

—Sí, se vuelve a Salvador.

—¿En serio? —insistió Dylan con sorpresa.

—Sí.

—¿Y qué va a pasar con Mau?

—Se va con él, esos idiotas llevan demasiado tiempo con sus trapicheos, se necesitan. El barrio está en plena renovación, ya no había sitio para ellos allí.

—Quizá les venga bien un cambio de vida —dijo, inseguro.

—Puede ser. Ojalá —les deseó. Lo dijo de verdad. No necesitaba volver a querer aquella vida para desear que ellos también salieran enteros de la suya.

Dylan cogió su móvil, que empezó a pitar.

—¿Por fin peces nadando? —bromeó, besándole la mandíbula.

—No, solo Gloria preguntando si queremos una ronda de alitas y cervezas. Está con su marido en un bar del centro —le explicó, mostrándole la pantalla—. ¿Te apetece o estás muy cansado?

—Nunca estoy cansado para alitas y cerveza.

Dylan lo besó y se levantó mientras contestaba a Gloria.

Él se levantó y salió al exterior, rodeando el precioso jardín que Dylan había creado. Gran parte de las plantas venían de su otra casa. Fue lo único que trajeron además de los muebles que habían hecho juntos, todo lo demás era nuevo. Bueno, todo no.

Sonrió mirando la gran jardinera de madera que estaba al lado de la hamaca doble que usaban en verano para pasar el rato. La había lijado una tarde entera hasta dejarla suave, mientras Dylan fingía supervisar con una limonada en la mano y los pies descalzos sobre la hierba.

Esa jardinera solo tenía una cosa. Tréboles. Dylan había trasplantado unos pocos a una pequeña maceta, dejando que la suerte decidiera si vivirían y se reproducirían. En unos meses tuvo que hacer esa jardinera para todos los que crecieron.

No le extrañaba que hubiera funcionado. Desde que conoció a Dylan, la suerte lo acompañaba.

Todos los días de su vida se sentía afortunado y no era solo por el trébol conservado que siempre llevaba en la cartera.

Era porque la suerte lo encontró aquel día, cuando él se despistó y estampó su camioneta contra su coche.

—Ya estoy listo —anunció Dylan con las llaves en la mano—. ¿Listo para divertirte? —le preguntó con esa sonrisa que siempre lo dejaba sin respiración.

Lo miró bajo la luz cálida del porche, con las llaves colgándole de los dedos y esa casa detrás, llena de cosas que habían elegido, arreglado o salvado juntos. Durante un segundo no pensó en el trabajo, ni en el antiguo barrio, ni en nada de lo que había dejado atrás. Solo en él.

—Adónde sea, si es contigo.