CAPÍTULO 18
rhae
Fue a la cómoda y se puso un pantalón antes de levantar la hoja de la ventana.
Dylan entró sin dificultad, saltó al interior y volvió a cerrarla.
Se sentó en la cama, esperando un segundo asalto de lo que intuía que sería una conversación muy desagradable.
Todavía tenía el pelo húmedo por la ducha y el aire acondicionado le enfriaba el pecho desnudo, pero seguía sintiendo demasiado calor en la cara.
Dylan se dio la vuelta y lo examinó con el ceño fruncido.
—No ibas a abrirme, te lo vi en la cara —lo acusó.
—Estoy cansado, es tarde y quiero dormir; no es por ti —mintió.
Dylan le dedicó una expresión escéptica, cogió la silla donde solía dejar la ropa y la colocó delante de la cama para sentarse frente a él. No parecía dispuesto a marcharse hasta haber dicho todo lo que había venido a decir.
—Esto no llevará mucho tiempo —anunció con solemnidad—. Me he dado cuenta de que no he sido un buen amigo. No estuvo bien. Lo que quería decir es que no me gustan los hombres, pero está bien si a ti te gustan.
—No me gustan —soltó enseguida.
Dylan sostuvo sus ojos un segundo antes de proseguir, ignorando la interrupción.
—No estuvo bien hablarte así, pero, si me ayudaste y me invitaste a una cita para conseguir algo, tampoco estuvo bien. Tenías que haberme preguntado, porque no estoy interesado.
—Ni yo —se apresuró a aclarar—. Y no fuimos a ninguna cita.
La forma en que Dylan lo fulminó dejó claro lo poco que le convencía aquella respuesta.
—Me invitaste a comer y al acuario. Lo busqué antes de venir, se considera una cita.
—No lo era.
—Que sí.
—Te digo que no —rebatió, apretando los dientes.
—No entres en negación —le recomendó Dylan con paciencia—. No te culpo, creo que soy bastante irresistible.
Dejó salir un bufido y se pasó la mano por la cara. Dylan había entrado por su ventana para hablar del beso y, aun así, encontraba el momento para tocarle los cojones. Aquello debería haberlo enfadado, pero solo consiguió que la presión en su pecho cediera un poco.
—No lo eres, para nada —aseguró—. Estuve en la cárcel, pude tener mucho sexo; allí sobra el tiempo y no hay nada que hacer. Si fuera gay, ya lo sabría.
La desconfianza se marcó en los ojos de Dylan, aunque se tomó unos segundos para valorar sus palabras.
—Si no eres gay y no te gusto, ¿por qué me besaste? ¿Te das cuenta de que no tiene sentido lo que estás diciendo?
Recorrió la habitación con la vista, buscando una explicación que no tenía. Todo seguía en su sitio, pero, con Dylan sentado delante de él, aquel espacio parecía demasiado pequeño para esquivar la conversación.
—No sé qué decirte. No sé por qué lo hice, ¿vale?
—Algo estarás pensando, ¿o vas por ahí besando a la peña sin sentido?
Negó con la cabeza. No quería añadir nada más, porque cada respuesta que encontraba sonaba peor que la anterior.
—Dímelo. No importa que no tenga sentido. Dime por qué lo hiciste —exigió Dylan.
—Que no lo sé —repitió—. ¿Nunca has hecho nada por impulso?
—Intento que no; no sale nada bueno de hacer las cosas sin pensar —razonó Dylan.
—Bueno, pues yo lo hago todo el tiempo. Solo te vi y quise besarte, pero no es que quiera follar contigo. Es que...
Dylan se inclinó hacia delante, expectante, apoyando los antebrazos sobre las piernas.
—Te tengo cierto… cariño y no sé por qué mi cabeza, de alguna manera, lo confunde con otra cosa.
Dylan guardó silencio, sin retirar la vista de él. Ya no parecía dispuesto a bromear, y aquella seriedad hizo que le costara todavía más continuar.
—Supongo que es porque no tengo contacto con la gente, no me interesa relacionarme con nadie y contigo es fácil. Puedo estar contigo sin tener que medir cada palabra ni pensar cuándo vas a utilizar algo contra mí.
—Te sientes solo —concluyó Dylan.
—No. Yo no siento nada y esa es la cosa; es que... —Se calló. No podía decirle nada de eso.
—¿Qué? —preguntó Dylan en voz baja.
Volvió a pasarse la mano por la cara, agobiado. Tenía la garganta seca y el impulso absurdo de pedirle que se fuera, solo para no tener que terminar aquella frase. Dylan no se movió de la silla ni volvió a presionarlo; se limitó a esperar.
—No te estoy juzgando —lo tranquilizó Dylan, apoyando la mano en su rodilla—. Solo quiero entender.
Bajó la vista hacia aquellos dedos sobre su piel.
El contacto era ligero, sin intención de nada, pero le dejó el cuerpo raro y la cabeza todavía más desordenada.
Hacía apenas un rato había intentado convencerse de que aquel beso no significaba nada y, sin embargo, una simple mano en la rodilla volvía a dejarlo sin saber qué hacer.
—Eso —lo acusó, señalándolo con el dedo y apartándole la mano—.
Son esas cosas que dices. Quieres que confíe, que me abra y, aunque yo no lo hago nunca, contigo sí.
Sabes más de mí que cualquier otra persona, pero sigues aquí.
No sé cómo interpretar eso: que sonrías cuando me ves, que te alegres de verme llegar; es confuso.
—Si quieres, la próxima vez que llegues a mi casa te escupo —ofreció Dylan, no muy convencido—. Pero a lo mejor te gusta.
Dejó salir una carcajada, aliviado de que hubiera roto el momento de alguna forma. La tensión seguía allí, pero al menos pudo respirar sin sentir que se le cerraba el pecho.
—No sé qué es, pero creo que hay algo raro en ti. Hace mucho que dejé de tener fe en la gente, pero tú haces que crea que podría hacerlo de nuevo. Me parece imposible tu forma de ser con todo lo que has vivido y, cuando te tengo cerca, quiero asegurarme de que estés bien.
Las mejillas de Dylan se oscurecieron. Bajó la vista al suelo y después la desvió hacia la ventana, antes de volver a mirarlo a los ojos. Sus dedos se cerraron sobre el borde del asiento, inquietos por primera vez desde que había entrado en la habitación.
—Creo que nadie me había dicho eso en toda mi vida —confesó, avergonzado.
Aquello le dolió más de lo que esperaba. Dylan había recibido tan poco, que unas palabras que deberían haber sido normales, parecían dejarlo sin saber qué hacer.
—Te invité al acuario porque quería darte una foto que pudieras colgar —continuó. Había decidido contárselo todo, con la esperanza de que entendiera que no había intentado conseguir nada de él.
—¿Una foto que colgar? —repitió Dylan, desconcertado.
—Vi lo que tenías en la carpeta. Había varias fotos, pero, al encontrarlas allí, entendí que ninguna te traía buenos recuerdos, porque las tenías guardadas.
La sorpresa en su cara le indicó que había dado en el blanco. Dylan apretó los labios un instante, sin encontrar ninguna burla con la que protegerse.
—A lo mejor no tengo marcos —murmuró.
Negó con la cabeza, seguro de haber entendido bien su forma de ser.
—Tienes una libreta de los deseos y un imán en la nevera con cada aportación a tu cuenta de ahorro.
Si alguna de esas fotos significara algo bueno para ti, las tendrías a la vista.
Te gusta rodearte de cosas que te hagan feliz.
Quería regalarte eso: una foto de un buen día, de uno que no tuvieras que esconder en una carpeta.
Dylan dejó de mirarlo. Tragó saliva y se pasó una mano por la nuca, sin responder enseguida. La habitación se quedó en silencio, acompañada solo por el sonido constante del aire acondicionado y la fiesta en el exterior.
—Me da miedo que sepas tanto de mí —admitió Dylan al fin.
—Es aterrador —reconoció, recordando la facilidad con la que Dylan había identificado su estado de ánimo el día de la cita con la condicional. También él sabía demasiado: cuándo estaba cansado, cuándo fingía estar bien y cuándo necesitaba que no le preguntara nada.
Dylan asintió despacio.
—¿Ahora entiendes por qué estoy confundido? —preguntó, desesperado por hacerse entender.
Sí, lo entendía. Quizá demasiado. Porque el problema ya no era solo haberlo besado, sino que Dylan estuviera allí, sentado frente a él, y todavía quisiera quedarse después de todo lo que acababa de decirle.
dylan
Claro que lo entendía. ¿Cómo no iba a entenderlo cuando aún le latía el corazón después de escuchar que había descubierto por qué tenía esas fotos guardadas?
Había dicho que quería cuidarlo y, aunque fuera una locura, le creyó. No podía hacer otra cosa después de todo lo que le había demostrado ya.
Aquel beso lo pilló por sorpresa. No estaba preparado y no se lo esperaba, pero el remordimiento por cómo le había hablado hizo que fuera a buscarlo. Puede que no hubiera ido solo por eso, quizá fuera porque su pulso no se estabilizaba y, cuanto más miraba aquellos ojos oscuros, más rápido iba.
—A lo mejor necesitas salir de fiesta una noche y buscar una chica —le sugirió.
—No es eso —rechazó Rhae —. Ya lo intenté.
Pensó en ello un rato antes de dejar salir un suspiro.
—Me di mi primer beso con catorce años, con una compañera. No me gustaba, pero yo a ella sí, y por algún sitio tenía que empezar.
Rhae hizo un gesto interrogante, encogiéndose de hombros.
—Lo digo porque, a lo mejor, si nos besamos, aunque ninguno de los dos seamos gais, se te quita la tontería.
—¿En tu ejemplo yo soy la chica que no te gustaba? —quiso saber Rhae.
—Eres más atractivo que ella —respondió con calma.
—¿Y se supone que vas a sacrificarte para que yo me aclare? —ironizó.
—Más o menos.
—No necesito tu lástima, no es para tanto —le aseguró Rhae.
—No es por eso —aclaró.
—¿Y por qué lo harías, entonces? —planteó él con desconfianza.
No le respondió. Movió la silla para meterse en el espacio entre sus piernas y se inclinó un poco hacia delante, invadiendo su espacio. La cercanía hizo que el pecho le latiera todavía más deprisa, pero ya no tenía sentido retroceder después de haber sido él quien había propuesto aquello.
—No me gusta que me toquen sin avisar. No intentes meterme mano, no me agarres y quédate quieto —le ordenó con seriedad, asegurándose de mirarlo a los ojos para que supiera que iba en serio.
—Haces que suene muy apetecible —repuso Rhae con mordacidad.
—Soy tu sueño húmedo, da gracias a que sea tan generoso. —Se pasó la lengua por los labios para mojarlos.
—Gracias —le devolvió Rhae sin emoción.