Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Dylan se puso de pie y fue a la cocina. Lo vio trastear sin imaginar qué estaba preparando, hasta que volvió con un plato en las manos y una expresión demasiado satisfecha.

—Pruébalo, no mires qué lleva. Solo come —le ordenó, arrodillándose a su lado para observarlo.

—¿Lleva veneno? —preguntó, examinando el pan con atención, aunque no había ninguna señal de lo que escondía dentro.

—Sí, ya sé dónde esconderé tu cuerpo —bromeó, volviendo a tenderle el plato.

Lo tomó con reticencia y le dio un mordisco.

—¿A qué sabe esto? —quiso saber.

—Dímelo tú —lo retó Dylan.

—No lo tengo claro —admitió después de masticar un poco más la mezcla crujiente.

Dylan se rio, separó las rebanadas y le dejó mirar el interior.

—Mostaza y patatas barbacoa. ¿A que sabe a parrillada de carne cuando se mezclan?

—No, no se parece en nada. No es horrible, pero tampoco sabe a eso —dictaminó después de tragar.

Dylan estalló en carcajadas, se inclinó hacia él y le pasó el dedo por un lateral del labio.

Se le cortó el aliento. El roce fue breve, pero su cuerpo reaccionó antes de que pudiera controlarlo. Dylan estaba demasiado cerca. Tenía la sonrisa todavía marcada en la boca y aquellos ojos verdes fijos en él, tranquilos, sin una sola señal de que entendiera lo que acababa de provocar.

—¿Qué haces? —preguntó, con el corazón acelerado.

Dylan le enseñó el dedo, manchado de mostaza.

—Además de oler fatal, no sabes comer —se burló—. Son cosas básicas, deberías saber eso.

A pesar de sus palabras, la diversión seguía brillándole en los ojos.

Le gustaba verlo así, sin preocupaciones, disfrutando de una tontería que se le había ocurrido en mitad de la madrugada.

También le gustaba la forma en que se le marcaba un hoyuelo al sonreír.

Lo había visto antes, pero nunca le había costado tanto apartar la vista.

Dylan se giró para dejar el plato sobre la mesita, ajeno a la confusión que acababa de dejarle encima.

Se estiró antes de pensarlo demasiado y le puso la mano en la barbilla, haciéndole volver la cabeza hacia él. La piel estaba caliente bajo sus dedos y sintió cómo Dylan se quedaba quieto al notar el contacto.

—¿Me manché? —preguntó Dylan, mirándolo directamente, confiado y tranquilo, sin ser capaz de imaginar todo lo que se le estaba pasando por la cabeza.

Le pasó el pulgar por el labio inferior despacio, sorprendido por la suavidad de su piel. Presionó con cuidado el centro y Dylan reaccionó entreabriéndolos, dejando escapar una respiración entrecortada que le rozó los dedos y le extendió un estremecimiento por todo el cuerpo.

Lo agarró del brazo con suavidad y tiró de Dylan, acercándolo hasta que apenas quedó espacio entre los dos.

—Esto no está bien —susurró Dylan, con el aliento chocando contra su boca.

Era posible que estuviera en lo cierto, pero no iba a detenerse por ello, ni siquiera por el pánico que aplastó contra el fondo de su mente. Llevaba demasiado tiempo negando lo que sentía cada vez que Dylan se acercaba y ya no le quedaba ninguna excusa que lo frenara.

Cubrió su boca con la suya, inseguro durante el primer contacto, pero incapaz de parar algo que llevaba días descontrolándose dentro de él.

Las manos de Dylan se apoyaron en su pecho, empujándolo para apartarlo. Aun así, mantuvo el beso, porque necesitaba quitarse las dudas, saber qué demonios le pasaba y por qué se sentía tan desbordado cada vez que pensaba en él.

Rozó su lengua con la de Dylan y su mente implosionó.

¡Estaba besando a un hombre! No, estaba besando a Dylan.

Aquella alarma interna que antes sonaba a todo volumen se quedó en silencio.

Ya no había miedo, ni rechazo, ni nada que pudiera usar para convencerse de que aquello era un error. Solo podía pensar en seguir besándolo.

Dylan consiguió separarse y se quedó mirándolo a los ojos durante un segundo, con la sorpresa dibujada en la cara y la respiración agitada. Luego le dio un empujón más fuerte y se alejó un poco de él, sin apartar la vista en ningún momento.

—¿Estás borracho? —quiso saber Dylan—. ¿Drogado?

—Es posible —respondió, sin saber qué más decir.

—No vuelvas a hacer esa mierda —le ordenó, señalándolo con el dedo—. No soy gay.

—Yo tampoco —replicó a la defensiva, poniéndose de pie.

Dylan entrecerró los ojos, observándolo con desconfianza. Tenía los labios todavía húmedos y la respiración alterada, pero no había ninguna duda de su rechazo en la forma en que mantenía la distancia entre los dos.

—Si me tocas así de nuevo, te doy un puñetazo —le advirtió con seriedad.

—Te confundí con otra persona —improvisó mientras emprendía una huida rápida hacia la puerta.

—¿Con quién?

Ni siquiera trató de inventar otra mentira. Salió de allí casi corriendo, llegó a su coche y condujo hasta casa sin permitirse pensar en nada. Ignoró la fiesta del salón y fue directo a su cuarto.

No volvió a respirar con normalidad hasta que cerró la puerta con llave. Se quedó paralizado, con la espalda pegada a la madera. ¿Qué había hecho? ¿Qué coño había hecho? Se pasó las manos por el pelo, horrorizado consigo mismo.

Corrió al baño y se lavó los dientes a conciencia, frotando con tanta fuerza que se hizo daño en las encías. Casi se arrancó la ropa en sus ganas de olvidarlo todo. Abrió el agua fría y dejó que le empapara el cuerpo caliente por la noche y por lo que acababa de pasar.

Podía gastar toda el agua que quisiera y terminar el tubo de pasta de dientes, pero no conseguía quitarse de la cabeza el sabor de su boca ni el recuerdo de sus dedos cerrándose alrededor del brazo de Dylan.

En el fondo, él le había hecho un favor al rechazarlo; si, en vez de empujarlo, sus manos le hubieran acariciado el pecho y...

Bajó la mirada hacia su entrepierna. Estaba duro, dolorosamente necesitado, solo por pensar en un beso que ni siquiera había sido objetivamente bueno. Aquello hizo que se sintiera todavía peor.

Ignoró la necesidad. No iba a ser tan patético para masturbarse pensando en él; prefería que se le atascara por falta de uso. Se quedó bajo el chorro frío hasta que su cuerpo empezó a doler por la temperatura y consiguió salir de la ducha algo más calmado.

Puso el aire acondicionado y música para ahogar los sonidos de la fiesta. Se metió desnudo en la cama e intentó cerrar los ojos para dormir.

«No volveré a su casa en la vida», se prometió.

Se incorporó al escuchar algo chocar contra el cristal de la ventana. El ruido se repitió y se levantó de la cama, listo para descargar todo lo que llevaba dentro contra el imbécil que estuviera molestándolo a esas horas.

Dylan estaba frente a su ventana. Le hizo un gesto para que la abriera. Durante un instante pensó en no hacerlo, en volver a meterse en la cama y fingir que no lo había visto. Después recordó la cara con la que lo había dejado en su salón y supo que no podía ignorarlo otra vez.